- 1 El presente artículo fue publicado en la revista Texturas, 58, Madrid, Trama editorial, 2025, pp. 1 (...)
1Hacia 2010, Valeria Añón me envió el informe que había preparado para la Fundación TyPA junto a Gabriela Adamo y Laura Wulitzcher; se titula La extraducción en la Argentina. Venta de derechos de autor para otras lenguas. Un estado de la cuestión 2002-2009. Confieso que era la primera vez que veía los prefijos in y ex aplicados al concepto de traducción, y me pareció una buena idea. Referirnos como intraducción a los textos escritos en lenguas foráneas y traducidos al español, y como extraducción a los textos escritos originalmente en español y traducidos a otras lenguas, facilitaba las cosas. Sin embargo, creo que esa operación tuvo una suerte de efecto no deseado, de daño colateral: la rápida asimilación de categorías propias de la economía para identificar fenómenos provenientes de un mercado de bienes simbólicos sin las necesarias prevenciones y adecuaciones; de modo que así como mi país, Argentina, responde a un clásico modelo agroexportador e importador de bienes manufacturados, de manera análoga será clasificado entre los países de alto índice de intraducciones y de un bajo registro de extraducciones, como si en el campo de la cultura también pudiéramos hablar de una balanza comercial negativa.
2Estas precauciones implican, desde luego, un desafío metodológico que, como todo método, será necesario ir testeando mediante el estudio de casos. Los estudios sobre desigualdad suelen derivar rápidamente hacia métodos cuantitativos, y está muy bien que así sea, ya que allí se objetivan flagrantes desequilibrios y se visibilizan solapadas injusticias. Aquí, por el contrario, abordaremos una perspectiva cualitativa: explorar representaciones del mundo de la edición, a menudo hondamente arraigadas, que modelan muchas de las prácticas y tienden a consolidar, acaso involuntariamente, un estado de cosas. Con ‘representaciones’ me refiero a los modos en que editores, agentes y traductores piensan y reflexionan sobre su propia práctica profesional y de qué maneras esas reflexiones —que frecuentemente descansan sobre metáforas seductoras y replicables— se encuentran teñidas de prejuicios, lugares comunes y hábitos establecidos acríticamente a lo largo del tiempo. Creemos que esos prejuicios y hábitos pueden llegar a ofuscar la necesaria objetividad en los análisis del campo y, en consecuencia, a obstaculizar el desarrollo de proyectos eventualmente productivos.
3Comencemos, pues, con el ecosistema de la lengua española y el mercado de libros. Jesús de Polanco fue un destacadísimo editor español; fue el principal accionista del grupo PRISA y propietario de la Editorial Santillana. Según testimonios, Polanco solía decir que América Latina no es un continente, sino un archipiélago (en López de Abiada y otros, 2001: 77). La afirmación del exitoso editor se transformó en una de las más transitadas metáforas a la hora de caracterizar las relaciones editoriales entre España y nuestra América. Aun con el riesgo de plantear un caso atípico, procuraremos refutar la ocurrencia de Polanco. El caso atípico es el llamado boom de la literatura latinoamericana, el último gran momento de internacionalización de nuestra literatura.
4Es bien conocido el episodio del rechazo del manuscrito de La hojarasca, la primera novela de Gabriel García Márquez, por parte de Guillermo de Torre y la editorial Losada. Cuatro años después, en 1955, García Márquez logró publicar la novela por su cuenta en una pequeña imprenta de Bogotá. En esa década de los años cincuenta, el escritor inició su vida nómade con estadías en Roma, París, Caracas y Nueva York. A comienzos de los sesenta, se instaló en México, en el barrio de San Ángel, con su mujer y su hijo, y sin dinero. Desde allí publicó tres de sus obras más reconocidas. El coronel no tiene quien le escriba, escrita en París, fue la protagonista del segundo rechazo, esta vez de Roger Caillois, de Éditions Gallimard; se publicó en 1961 en Aguirre, una pequeña editorial de Medellín. Un año después, logró publicar La mala hora en un taller gráfico de España, pero la edición salió tan tergiversada que el autor terminó por desautorizarla; García Márquez siempre consideró la “primera edición” a la que publicó Era, de México, en 1966. Finalmente, los cuentos de Los funerales de la mamá grande se publicaron, también en 1962, en la Universidad Veracruzana de Xalapa. Según la mayoría de sus biógrafos, estas ediciones en pequeños sellos de poco alcance comercial no alcanzaron a otorgar visibilidad a su obra, de modo que el autor era muy poco conocido fuera de Colombia. Su obra más celebrada, Cien años de soledad, de 1967, resultó la víctima del tercer rechazo. Según Mario Vargas Llosa, el deseo de García Márquez por aquellos años era publicar Cien años… en Seix Barral; el editor catalán Carlos Barral dejó dormir el manuscrito, sin leerlo, y el colombiano interpretó la ausencia de respuesta como un rechazo; el crítico chileno Luis Harss, entonces, le acercó el texto a Francisco Porrúa y la primera edición de 8000 ejemplares se conoció en Buenos Aires, a través de Sudamericana. De esta manera, las gestiones de Barral por hacerse de la exitosa novela fracasaron, dado que Sudamericana decidió editarla un año después, en 1968, en Barcelona, a través de Edhasa, su filial en esa ciudad.
5El contacto asiduo de los principales autores del boom con el mundo intelectual parisino les posibilitó llegar a gestiones exitosas para ver traducidas y editadas sus obras en francés. Los sellos franceses de la vanguardia literaria de los años sesenta estuvieron más atentos que los españoles a las novedades narrativas que exhibían los escritores de América Latina. En el caso de García Márquez, luego del ya mencionado revés en Gallimard, Éditions, du Seuil publicará, en 1968, Cent Ans de solitude, y en ese mismo año se conocerá la traducción al italiano, en edición de Feltrinelli, el prestigioso sello de Milán. Por su parte, el interés de la editorial Harper & Row, de New York, se concretó también en 1968, con la publicación de No One Writes to the Colonel and Other Stories; y dos años después, en 1970, con la estupenda traducción del cubano Gregory Rabassa de One Hundred Years of Solitude. En síntesis, es fácil comprobar que, para el momento en que la literatura del colombiano se expande por el mundo en numerosas ediciones y traducciones, sus obras ya habían sido publicadas en Colombia, México, Montevideo y Argentina a lo largo de trece años, y que su tardío ingreso al mercado español se dio cuando un sello argentino editó su novela más exitosa a través de Barcelona, casi al mismo tiempo en que se publicaba en francés y en italiano.
6No voy a reseñar en detalle el itinerario editorial de Carlos Fuentes y de Julio Cortázar, pero en ambos puede observarse cierta similitud con el del escritor colombiano: primeras ediciones en América Latina (Fuentes en el Fondo de Cultura Económica, Cortázar en Sudamericana); luego, rápidas traducciones al inglés y al francés (La muerte de Artemio Cruz, por ejemplo, fue traducida y publicada por importantes sellos: Londres, Collins, 1964; París, Gallimard, 1966; Milán, Feltrinelli, 1966; lo mismo Rayuela: tanto la traducción de Gregory Rabassa, Hopscotch, para Pantheon Books, como la de Laure-Guille Bataillon, Marelle, para Gallimard, son de 1966); en tercer lugar, y años después, publicaciones en España, generalmente a través de Edhasa, la filial de Sudamericana, o a través de Seix Barral.
7Lo dicho hasta aquí parece demostrar con suficiente claridad que los intercambios entre autores, redes intelectuales y editoriales de América Latina eran fluidos, productivos y por momentos vertiginosos. Cuando Harss publica su conocido libro Los nuestros en 1966, incluye, por sugerencia de Cortázar, a la obra de García Márquez, aunque aún no era demasiado conocido: un ensayista chileno, una recomendación argentina, un escritor colombiano. Además, resulta evidente que el circuito de traducciones apuntaba centralmente al francés y al inglés como lenguas de referencia; y que la publicación de sus obras en España fue tardía y a menudo conflictiva; lejos, muy lejos, del protagonismo algo pedante que Barral ha asumido en sus memorias y en sus diarios. En suma, el desarrollo de los estudios sobre edición en América Latina ha demostrado que el creciente intercambio entre centros de edición en el subcontinente a partir de los años treinta, y muy especialmente durante los años del boom, resultó un proceso sostenido y creciente, de manera que es inexacta la imagen del archipiélago; en todo caso, el archipiélago no es una naturaleza, sino más bien una construcción de los españoles para quienes ha sido conveniente negociar sus productos en relaciones bilaterales con cada país, y no tener que competir con un continente más articulado y mejor organizado.
8Hacia fines del siglo pasado, el editor mexicano Sealtiel Alatriste —entonces director de Santillana en México— afirmaba que en ese momento “hasta el gusto de los lectores es local, y es común contemplar que los argentinos leen libros escritos por argentinos e impresos en la Argentina, y lo mismo pasa en España, México o Perú. Hemos vivido, a pesar de la globalización mundial, el fenómeno de la balcanización de la lectura” (1999: 218). Cinco años después, Jorge Herralde, el editor catalán, afirmaba, casi con las mismas palabras:
Un fenómeno cierto, con las excepciones de rigor, es que las literaturas en lengua española se mueven bastante en compartimientos estancos, excepto los grandes nombres que atraviesan estos compartimientos, como un Carlos Fuentes, naturalmente Gabo, Mario Vargas Llosa, un conjunto de diez, quince nombres, no creo que más. Pero la literatura argentina se lee en Argentina y poquísimo en México, y la colombiana en Colombia y poquísimo en Chile, y la española en España y poquísimo en estos países (2004: 199).
9De manera que del archipiélago del mundo editorial ha derivado, casi como una consecuencia inevitable, la balcanización de la lectura: ambos procesos no son otra cosa que el resultado de políticas específicas de mercado. Del mismo modo que Santillana publicaba manuales diferenciados para los distintos países de América Latina, Random House publica literatura argentina para Argentina, así como publica literatura mexicana para México y chilena para Chile, produciendo una segmentación nacional, esto es, consolidando el archipiélago.
10El efecto de estas políticas de segmentación nacional es fácilmente comprobable: el campo intelectual y editorial argentino gestionaba, traducía, publicaba y consumía la literatura extranjera de primera mano, a partir de contratos bilaterales; ahora recibe, de segunda mano, lo editado por los sellos españoles, muchos de ellos pertenecientes a grupos concentrados, lo que implica una serie de cambios, empezando por la lengua de traducción, muy significativos.
11Comencemos por una breve anécdota contada por Jorge Herralde y fechable hacia 1969, en sus inicios al frente de Anagrama:
Tuvimos la idea magnífica de publicar las obras completas de Sartre y de Camus [en Anagrama], lujosamente editadas para sortear la censura. En París hablamos con Gallimard, y ahí se acabó la aventura. Nos dijeron que no le iban a quitar los derechos a Losada para dárselos a unos pipiolos como nosotros (en Massot y Moix, 1994).
12El relato permite advertir cómo se gestionaban los derechos de edición —de autores tan significativos como Sartre y Camus— directamente desde Argentina, sin necesidad de recurrir previamente al contacto vía España, y cómo un sello del prestigio de Gallimard privilegiaba la relación con Losada por sobre la iniciativa de los catalanes. Sin embargo, aquella realidad cambió sustancialmente. Sería imposible reseñar aquí las causas y los momentos de ese cambio; me limitaré a señalar, en las líneas que siguen, algunas políticas llevadas adelante desde sellos peninsulares que caracterizan el mercado en los días que corren y nos aproximan a nuestra metáfora de la vidriera.
13Fundada en 1964 por la familia Huarte de Pamplona, la editorial Alfaguara fue adquirida en 1980 por el grupo Santillana que se destacaba por la producción de libros y materiales educativos. Allí se inició lo que Sergio Vila-Sanjuán (2003: 232) denominó el período de “hibernación” de Alfaguara, que se extenderá hasta inicios de los noventa. Fue el editor y periodista de El País, el canario Juan Cruz, el responsable de refundar el sello y dotarlo de una nueva impronta. En varias oportunidades, Cruz ha explicitado en qué consistió la estrategia inicial del relanzamiento:
Yo creo que de la pujanza que alcanzó Alfaguara a partir de 1992-1993, cuando nosotros nos asociamos con nuestros editores de América y vislumbramos que el gran negocio de la cultura literaria era el negocio del español, de que la gente quería ficción en español, empezamos a subir en nuestra facturación a nivel global […]. En Chile trabajamos con Marcela Serrano, pero ya teníamos a Donoso, en Argentina a Cortázar, en Uruguay a Tomás de Mattos y a Omar Prego, en México a Carlos Fuentes. Necesitábamos además un gran escritor global, que era Mario Vargas Llosa, y compramos toda su obra. Esto ha sido nuestra estrategia (entrevista de Burkhard Pohl, en López de Abiada y otros, 2001: 320).
14La estrategia doble de privilegiar la publicación de escritores de lengua española de uno y otro lado del Atlántico se profundizó en los años que siguieron hasta lograr su máxima visibilidad hacia 1997 y 1998; a ese proyecto, lanzado por Cruz en 1993, se lo bautizó “Alfaguara Global”; en palabras de Gustavo Guerrero, “la contrapropuesta más entusiasta, ambiciosa y voluntarista de un gran conglomerado para crear un mercado común del libro en el ámbito de la lengua” (2018: 113). “Alfaguara Global” no lo fue, en verdad, tanto, ya que Cruz ha reconocido que llevaron adelante estrategias de producción mixtas: algunos autores se publicaban sobre todo para abastecer el mercado local, sea mexicano, argentino, chileno, etc. —y bien podían hacerlo, ya que por entonces Santillana contaba con 14 sedes en América Latina—; otros autores, como el “global” Mario Vargas Llosa, se producían desde Madrid para todo el mercado de habla española. La red de contactos que fueron armando gracias a los autores emblemáticos de la casa, y contando con que, además, otras editoriales no manifestaban demasiado interés por el mercado latinoamericano, les permitió ir descubriendo nuevos escritores y nuevos títulos que fortalecieron la imagen de un sello con sólida presencia territorial.
15Entre las estrategias de promoción de la editorial y del proyecto latinoamericanista sobresale la refundación del Premio Alfaguara de Novela; el premio se entregó en una primera época que fue de 1965 a 1972; desde entonces se suspendió la realización del concurso. Cruz creyó, pues, que era una buena oportunidad para relanzarlo y en 1998 se premió ex aequo al nicaragüense Sergio Ramírez y al cubano Eliseo Alberto. Pero más allá de los nombres de autores y títulos, lo que pone en evidencia la estrategia de Cruz es la nacionalidad de los galardonados: en los ocho años de la primera etapa se premiaron a siete españoles y un latinoamericano; en la etapa que se inició en 1998 y hasta el 2018, se premiaron a diecisiete latinoamericanos y a cinco españoles: de esta manera se consolidaba el cambio de rumbo y el interés creciente en presentarse y ser reconocido como un sello que abarca toda la cartografía de la lengua.
16Vista a la distancia, sedimentada aquella historia por un tiempo impiadoso, todo parece indicar que ese “tercer descubrimiento”, en palabras de Tomás Eloy Martínez, resultó poco más que una estrategia “global”, ya que la mayoría de los autores latinoamericanos que formaron parte de esa aventura editorial no han logrado consolidar su carrera literaria, como si su excesiva pretensión se hubiera agotado en una gloria efímera; se trató, más bien, de un proyecto que posicionó a España como un sólido exportador de libros y a América Latina como un mercado importador, proveedor de una materia prima interesadamente sobrevalorada mediante una retórica panhispanista que eufemizó, una vez más, unas relaciones comerciales asimétricas y desiguales.
17Las dos colecciones de ficción más representativas de Anagrama se pusieron en marcha a principios de los ochenta: Panorama de Narrativas en 1981 y Narrativas Hispánicas en 1983. La combinación que implicaba el adjetivo “hispánicas”, con el deliberado plural, procuraba abarcar toda la literatura en español, independientemente del lugar en donde se hubiese producido. Es interesante, en este sentido, la hipótesis que formula Jorge Locane: a partir de la experiencia conjunta en la Distribuidora Enlace durante los años setenta, Herralde habría procurado continuar la labor editorial de Carlos Barral, a quien calificaba como su “hermano mayor”; al talento de Herralde como publisher se suma la pericia de sus lectores, asesores y jurados para ir conformando un catálogo que pivotea hábilmente entre clásicos contemporáneos, los así llamados best sellers de calidad, autores reciclados para el gran público, escritores emergentes de talento por demostrar y marginales de culto.
18En el mundo de la comercialización de libros siempre se ha destacado la labor “importadora” de Anagrama, que ha hecho confluir en su catálogo buena parte la mejor literatura del mundo. Sin embargo, a los fines de este trabajo nos interesa más su tarea de “exportación”, su capacidad de difundir títulos y autores “hispánicos” de su catálogo en otras lenguas, en otras geografías; en este punto se impone la tesis de la continuidad con la pionera estrategia de Barral. Durante los años sesenta, Barral tejió redes comerciales e intelectuales con otros editores europeos con los que compartía criterios afines en la concepción del trabajo editorial; con algunos de ellos montó el Grupo Formentor, el que administró los renombrados premios Formentor e Internacional entre 1961 y 1967: Gallimard (Francia), Rowohlt (Alemania), Einaudi (Italia), Weidenfeld & Nicholson (Reino Unido), Grove Press (Estados Unidos). Herralde también tejió, oportunamente, sus redes, con un perfil más comercial y solidario, redes que por un lado facilitan el intercambio de títulos y autores entre sellos considerados de calidad, y por otro lado sirven como auxilio necesario para las editoriales independientes ante el asedio de los grandes grupos concentrados: Klaus Wagenbach (Alemania), Inge Feltrinelli (Italia), Christian Bourgois (Francia), John Calder (Reino Unido). De manera que al prestigio que acarrea el editar en un sello de calidad, se le suma la oportunidad cierta de que el libro pueda ser traducido rápidamente a través de editoriales similares a Anagrama en otros países de Europa.
19No obstante, esa política tuvo un carácter programático y no fue privativa de Anagrama. En mayo de 1998 se llevó a cabo el I Salón del Libro Iberoamericano en Gijón; la nota publicada por El País (29 de mayo, firmada por Rafael Quirós) se titula “El mundo editorial latinoamericano pide que España sea su mediador en Europa” y el columnista afirma que allí se celebró el “feliz encuentro” entre las dos orillas. Otra vez, la edición española como mediadora y como “vidriera”; lo curioso es que, según la nota, los escritores latinoamericanos no se quejan de ese reparto desigual, sino que celebran y “piden” que España cumpla con esa función. Herralde advirtió tempranamente que América Latina era un mercado de interés para venderle libros, por supuesto, pero también era una fuente de materia prima para vender libros traducidos a otras lenguas. Y a partir de estas premisas el negocio fue creciendo. Según datos que brinda Vila-Sanjuán (2003: 386), “Hasta el mes de abril del año 2002, Anagrama había gestionado un total de 342 contratos de traducción a lenguas extranjeras”, y Locane —que califica a Herralde de gatekeeper protagónico— añade recientes contratos de traducción con el mercado asiático: “Al ser distinguidos con el premio, La hora azul, de Alonso Cueto, y La enfermedad, de Alberto Barrera Tyszka, fueron traducidos y publicados por la Editorial Popular de China, mientras que Los detectives salvajes y otros títulos de Bolaño, por Horizon en China, Minumsa en Korea y Batch Viet Books en Vietnam” (2019: 119).
20Alfaguara y Anagrama: se trata sólo de dos ejemplos, pero dos ejemplos muy significativos por su alcance comercial y por su valor simbólico. Diría que son los dos sellos que con más fuerza han consolidado la metáfora de la vidriera. En palabras de Gustavo Guerrero: “la inexistencia de una política editorial y de una red de distribución latinoamericana hacen que el recurso a la edición y a la exportación desde la Península acaben siendo el único medio para internacionalizar la difusión de una novela o un libro” (2018: 108). Dicho en pocas palabras, si un escritor latinoamericano quiere ser conocido a nivel global, y en consecuencia traducido a otras lenguas, debe ser publicado por los españoles, dado que esos sellos son lo que funcionan como escaparate de nuestra lengua para su eventual publicación en inglés, francés, alemán e incluso en lenguas más exóticas con relación al español. En consecuencia, el desafío de los sellos latinoamericanos es reconstruir relaciones bilaterales sólidas con otros centros de edición y, de esa manera, poder saltear la vidriera española. Aunque no lo consideraremos aquí, por un lado, la edición independiente y por otro, algunos programas de traducción específicos —como el Programa Sur en Argentina— han dado pasos significativos en esta dirección.
21La vidriera española: otra metáfora que, como la del archipiélago, ha resultado muy nociva para incidir en el mercado de nuestra lengua, y ha impedido ir reduciendo progresivamente sus crónicas desigualdades.
22En el libro sobre extraducción que mencioné al comienzo de este trabajo, se reseña una anécdota que tuvo como protagonista a Nicolás Costa, el legendario agente de origen croata que fundó en Argentina la International Editors y que fuera el promotor de la primera participación de nuestro país en la Feria del Libro de Frankfurt en 1963. Fue para la preparación de ese evento que Costa le solicitó a Victoria Ocampo materiales, obras, títulos para exhibir en la Feria, dar a conocer nuestra producción intelectual y abrir un cauce para su eventual traducción a otras lenguas. Ocampo, una de las principales y entusiastas intermediarias en los procesos de intraducción de literaturas extranjeras —principalmente inglesa y francesa—, fue indiferente a la propuesta y la iniciativa de Costa quedó sin respuesta. Como si hubiera una naturalización, propia de una mentalidad colonizada, de considerar que Argentina es sólo un país intraductor y que, en consecuencia, lo que se produce aquí nunca va a interesar al mercado externo. ¿Hasta qué punto es verdadero ese diagnóstico? ¿Lo seguirá siendo hasta nuestros días? Hemos escuchado mil veces frases como esta: “los libros de poesía no se venden”, y nunca sabremos exactamente cuándo una comprobación empírica se transforma en una profecía autocumplida. Para reflexionar sobre este tópico, voy a detenerme en un par de intervenciones de destacados intelectuales argentinos. La primera proviene de una conferencia de Beatriz Sarlo que fue publicada como artículo en 1997:
Todo parece indicar que los latinoamericanos debemos producir objetos adecuados al análisis cultural, mientras que Otros (básicamente los europeos) tienen el derecho de producir objetos adecuados a la crítica de arte. Lo mismo podría decirse acerca de las mujeres o de los sectores populares: de ellos se esperan objetos culturales, y de los hombres blancos, arte. Esta es una perspectiva racista aun cuando la adopte gente que se inscriba en izquierda internacional. Pero ese racismo no es sólo algo que pueda imputársele a ellos. También es nuestro. Nos corresponde a nosotros reclamar el derecho a la 'teoría del arte', a sus métodos de análisis (1997: 37).
23Dicho de otro modo: cuando se trata de estudios culturales, los latinoamericanos nos hemos acostumbrado a ser objetos de conocimiento, con producciones adecuadas a los estereotipos sobre lo latinoamericano construidos desde los países centrales, de valor antropológico e identitario, y nos resignamos demasiado pronto a no ser convocados en la mesa de quienes se consideran sujetos de conocimiento. Como solía decir un amigo, entramos con mucha más facilidad al British Museum que a la National Gallery.
24Ricardo Piglia cuenta la reacción de Roman Jakobson cuando lo consultaron si era pertinente otorgarle un puesto de profesor en Harvard a Vladimir Nabokov; la respuesta de Jakobson puede leerse como corporativa o gremial, desde los críticos hacia los escritores: “Señores, respeto el talento literario del señor Nabokov ¿pero a quién se le ocurre invitar a un elefante a dar clases de zoología?” (1988: 23). Extremando el razonamiento de Sarlo desde esta historia recreada por Piglia, podríamos decir que para los países centrales América Latina no se considera un proveedor de zoólogos sino sólo de elefantes. Hace ya muchos años, en la librería Fnac de la calle de Preciados, en Madrid, una generosa estantería anunciaba “literatura latinoamericana”, y allí estaban, como es fácil suponer, los escritores del boom y, hacia el presente, los autores que tuvieron la fortuna o la astucia de ser publicados por los sellos españoles de mayor visibilidad. Pero había otra estantería que exhibía un cartel algo ostentoso: “literatura universal”; allí encontré los libros de Borges. Para transformar a Borges en universal, lo habían deslatinoamericanizado, en una operación que deja bien en claro cómo funcionan los encasillamientos sustentados en caprichosos estereotipos y en hábitos arraigados.
25La segunda de las intervenciones que quería comentar pertenece a Walter Mignolo: se trata de una ponencia fechada en 2001 y publicada dos años después en Revista Iberoamericana:
Me conformo con sugerir lo siguiente: mientras que los Estudios Latinoamericanos, en el sentido de Latin American Studies y de la correspondiente asociación, Latin American Studies Association (LASA) fueron —y todavía son— básicamente un asunto de las ciencias sociales, los Estudios Culturales Latinoamericanos emergieron como un asunto, fundamentalmente, de las humanidades (2003: 405). Uno tiene la sensación, por ejemplo, de que en las universidades de Estados Unidos se esperaría que “los latinoamericanos se ocupen de asuntos latinoamericanos” y no de pensar el mundo a través de América Latina, al igual que lo hacen los pensadores europeos o estadounidenses (2003: 406).
26Lo que procura demostrar Mignolo es que la división de tareas y de objetos de estudio se ha visto reforzada por la organización académica e institucional de las universidades, ya se trate de estudios por disciplinas (sociología, historia, literatura) o por áreas (Asian Studies, African Studies, Latin American Studies). Otra vez: se esperaría que los elefantes nos ocupáramos de los elefantes, pero los zoólogos viven en Europa o en Estados Unidos. El aserto de Mignolo abre otra ventana de interés que tiene que ver con los géneros y la geopolítica del mercado de la lengua. Así como se sostiene que el español es una lengua sin alcurnia —algo así como “una moneda devaluada” (Adamo y otras, 2010: 38)—, que nuestra literatura interesa poco a los lectores no españoles, o que los libros de poesía o de teatro no se venden; también se ha generalizado, en consonancia con lo señalado por Mignolo, el lugar común que indica que resulta muy difícil para América Latina, si no imposible, extraducir los libros de ensayos, lo que confirmaría el lugar absolutamente marginal que se otorga a la producción intelectual originada de este lado del mapa.
27Si se me permite una obviedad, ya nos es casi imposible fijar límites entre géneros de ficción y de no ficción, entre novela y ensayo, y esta imbricación intergenérica, propia de las primeras vanguardias, ya ha superado un siglo. Pero la diferenciación resiste, aunque sea sólo como una herramienta que sirve para ordenar productos de un mercado específico; es bien visible en las listas de los libros más vendidos, frecuentemente ordenados en una columna de “ficción” y en otra de “no ficción”. En este sentido, ¿en qué consiste la maniobra más habitual para lograr vender derechos de libros de ensayos si es verdad que el género ensayo no se vende? Se procura disfrazar esas obras dentro de otros títulos de autores que se han destacado en la ficción. De manera que Otras inquisiciones, por ejemplo, se vende con el conjunto de libros de Borges, sin aclarar que se trata de un libro de ensayos. Y lo mismo ocurre con El arte de la fuga de Sergio Pitol o El último lector de Ricardo Piglia. Mucho más difícil, en cambio, resulta cuando se trata de ensayistas puros (filósofos, analistas políticos, sociólogos, críticos de arte), ya que, como sugería Sarlo, “de eso nos ocupamos nosotros” pensarán desde los países centrales. Gustavo Guerrero, editor de literatura latinoamericana para Gallimard, ha afirmado: “Otros géneros antaño tan prestigiosos como el ensayo tienen que aprender a sobrevivir arrimados dentro de ese cajón de sastre que ahora se llama la no ficción (y donde su condición de género literario se vuelve cada vez menos evidente o perceptible…)” (2018: 100). O sea: los ensayistas latinoamericanos deben penar dentro de ese “cajón de sastre” —según la acertada metáfora de Guerrero— para ser traducidos, leídos, comentados fuera de nuestras fronteras. La otra alternativa es, todos lo sabemos, escribir en inglés.
28En 2021 realicé un relevamiento sobre políticas de intraducción y de extraducción entre la literatura argentina y la literatura francesa (de Diego: 2024). Si focalizamos en la extraducción y en los últimos años, advertimos que existe una modesta demanda de textos de autor argentino dentro del circuito comercial, pero que esa demanda crece y se diversifica cuando se trata de traducciones subsidiadas, en especial por el Programa Sur. No obstante, de los numerosos sellos franceses que participaron del programa —Gallimard, Seuil, Flammarion, L’Harmattan, Christian Bourgois, La dernière goutte, L’Asphalte, L’atinoir, Reflet des Lettres, Abra Pampa—, sólo uno, Delga, una editorial independiente fundada en 2004, editó a influyentes ensayistas argentinos, como Juan José Sebreli, Beatriz Sarlo y Claudia Gilman, lo que parece confirmar lo ya dicho : de América Latina sólo interesa la ficción.
29Hemos rastreado algunas metáforas consolidadas en el mundo de la edición y de la traducción a través de testimonios de notables editores, como Polanco, Herralde, Alatriste, Juan Cruz. Nuestro propósito ha sido demostrar que en esas metáforas y en sus sentidos expandidos anidan prejuicios y equívocos que muchas veces obstaculizan y enmarañan el desarrollo y la circulación de nuestra literatura y nuestra producción intelectual en otros mercados y en otras lenguas.