«Las críticas circunstancias del día». La ciudad y sus hábitos cotidianos en dos periódicos lizardianos: Alacena de Frioleras y El Pensador Mexicano
Résumés
Cet article propose une vision de ce qu'était Mexico et la vie de ses habitants quelques années après la guerre d'Indépendance, à partir de deux journaux importants de José Joaquín Fernández de Lizardi. Il s’agit de déterminer comment le journaliste dessine une carte critique pour dénoncer la situation défavorable des secteurs les moins favorisés et de ne pas les considérer comme les seuls acteurs qui empêchaient le bon développement d'un problème social et économique commun.
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Mots-clés :
vie quotidienne et ville, Fernández de Lizardi (José Joaquín), dialogues, Lumières, MexicoKeywords:
daily life and city, Fernández de Lizardi (José Joaquín), conversation, Enlightenment, Mexico CityPalabras claves:
vida cotidiana y ciudad, Fernández de Lizardi (José Joaquín), diálogos, Ilustración, MéxicoPlan
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Introducción
- 1 De acuerdo con J. Pedro Viqueira «las clases populares de la ciudad que marcaban el ambiente que re (...)
- 2 Viqueira afirma que: «de acuerdo con las ordenanzas para alcaldes de barrio, algunas de las obligac (...)
El proyecto de las Reformas Borbónicas durante los últimos decenios del siglo XVIII, entre sus múltiples propósitos, había intentado cambiar la apariencia de la Ciudad de México al procurar que las calles estuvieran limpias y ordenadas. Sin embargo, a pesar de estas intenciones, la realidad que prevaleció en la urbe fue de desorden constante, ya que la vida más intensa tenía lugar en las agitadas calles. Por su parte, el mundo del comercio en la vía pública estaba presente con la venta de objetos de primera necesidad y alimentos que consumían los sectores más necesitados (alimentos de origen prehispánico como bebidas hechas de raíces, pulque, atole, tortillas con chile). De tal manera, que las plazas y callejuelas eran el lugar idóneo para que sus habitantes se volcaran a la convivencia abierta ante la escasa privacidad de sus pequeños espacios domésticos, por lo que no era extraño ver a comerciantes, limosneros, ciegos, borrachos, ladronzuelos, léperos, vagabundos o gente sin oficio ni beneficio en amenas charlas sin importar si se encontraban en medio de sitios llenos de lodo o excremento1. Así, las calles de la ciudad eran ruidosas y se caracterizaban por el constante ajetreo del ir y venir de los carruajes. En consecuencia, el proyecto ilustrado de higiene y orden, que llevaba implícito el objetivo de restringir ciertos espacios públicos a las clases populares o invisibilizarlas, se vio de alguna manera frustrado porque estos actores marginales «no permitieron embellecer» la urbe. Los esfuerzos de españoles y criollos acaudalados por instaurar una buena imagen de orden y equilibrio en la ciudad no fueron posible, ya que la exacerbada pobreza de un amplio sector de la población no se los permitió. Sin embargo, una parte de este «desorden» sí se trasladó a la periferia donde fueron expulsados algunos de sus habitantes2. De la misma manera, la complicada relación ideológica, social y política de los asuntos públicos de carácter gubernamental y religioso estuvieron rebosantes de tensión entre los diversos grupos sociales.
- 3 El Pensador Mexicano, núm. 18, 30 de diciembre de 1813. Sigo la edición de Fernández de Lizardi, Jo (...)
Ante esta situación de conflicto, la prensa del periodo se condujo a señalar las faltas, pero culpando, fundamentalmente, a las clases populares. En el influyente primer cotidiano de la Nueva España, el Diario de México (1805-1817), hay abundantes testimonios que describen con minuciosidad y plasman la compleja cotidianeidad a la que se enfrentaban los distintos miembros de la sociedad de las primeras décadas del siglo XIX. Por otra parte, es casi imposible hablar de la Ciudad de México y sus habitantes sin referir la obra de José Joaquín Fernández de Lizardi (1776-1827), pues este reconocido hombre de letras dedicó abundantes páginas a las calles y personas que la habitaron. En sus novelas y en su constante quehacer periodístico, la tumultuosa ciudad fue retratada con sus claro-oscuros y con un tono agridulce no exento de ironía. Como buen hombre ilustrado, Fernández de Lizardi empleó su pluma para criticar y señalar las cosas que no funcionaban o alteraban el orden en todos los aspectos de la vida social, pero sin duda, algo que singularizó su énfasis fue que privilegió la voz de los sectores con menos recursos económicos. En efecto, Fernández de Lizardi quería la complicidad y comprensión de un público más amplio y de un estrato social más bajo; su propósito más que consciente era dirigirse a la cocinera, al jicarero de pulquería, al payo, al aguador, a la sirvienta, a la costurera, etcétera. Por ello, los títulos de sus periódicos y folletos tuvieron nombres llamativos, pues su intención era atraer a todo tipo de lectores y escuchas para así ampliar el dominio de su recepción sin perder el tono irónico y ameno, pero sobre todo educativo. En palabras del propio Fernández de Lizardi, el sentido de su escritura era tener «el gusto de que me entiendan hasta los aguadores, y cuando escribo jamás uso voces exóticas o extrañas, no porque las ignore, sino porque no trato que me admiren cuatro cultos, sino que me entiendan los rudos»3.
- 4 Fernández de Lizardi, dada su necesidad de expresarse y supuestamente cobijado en dicha libertad de (...)
Como bien se sabe, en la obra de José Joaquín Fernández de Lizardi, los escritos periodísticos destacan por encima de sus novelas. Una referencia obligada a esta práctica son las páginas de El Pensador Mexicano, periódico inspirado en El Pensador Matritense (1762) de José Clavijo y Fajardo. El periódico de Fernández de Lizardi surgió el 9 de octubre de 1812 amparado bajo la efímera libertad de imprenta de la que gozó la Nueva España. Desafortunadamente, la publicación de este periódico lo llevaría a la cárcel4. Poco tiempo después, verá la luz su Alacena de Frioleras (1814-1816) junto con el suplemento Cajoncitos de la alacena (1815-1816), El conductor eléctrico (1820) y Conversaciones del Payo y el Sacristán (1824). Sin duda, podríamos hacer una larga lista de periódicos y folletos que salieron de su pluma; simplemente apuntemos que en un periodo de quince años (1812-1827), Fernández de Lizardi promovió diez periódicos de su autoría, mientras que, en los momentos más álgidos de la guerra de Independencia, llegaron a circular un máximo de 40 impresos en todo el territorio mexicano.
- 5 Véase Martínez Luna, Esther, Vida y hechos de don Catrín de la Fachenda y Noches tristes y día aleg (...)
- 6 Respecto al diálogo existe abundante bibliografía que se ocupa de su estudio desde un arco temporal (...)
Resaltemos que Fernández de Lizardi en sus textos evidenció los problemas que surgieron en un periodo de cambios profundos. La observación minuciosa del mundo que lo rodeaba no lo condujo a una mera descripción de las noticias corrientes del día a día; por el contrario, su intención fue hablar y reflexionar en un sentido amplio de todos los escenarios sociales donde se llevaban a cabo las actividades por medio de las cuales los actores de su entorno entraban en contacto. En ese sentido, es común distinguir en el periodismo que practicaba retratos de costumbres y hábitos sociales con una fuerte carga ficcional. Esta carga ficcional podía deberse a diversas razones, por ejemplo, para no ser perseguido por las autoridades virreinales o bien porque la práctica de esta clase de periodismo ilustrado pedía ocultarse detrás de una máscara o seudónimo. Este «ocultarse» servía para que el propio escritor creara, bajo diversos seudónimos, más de un «autor-lector» y entablara acres discusiones al responder a las airadas críticas acerca de lo que ocurría en los asuntos públicos. Apuntemos que otras formas literarias como las fábulas, el teatro, las cartas, el viaje, los sueños, los cuentos breves, los cuadros de costumbres fueron intercalados en sus folletos y periódicos de manera recurrente. Estos géneros literarios eran muy útiles, ya que le servían como vínculos y herramientas para explicar y expresar situaciones de crisis que se percibían en la esfera gubernamental. De la misma manera, en su práctica periodística, recurrió a la intertextualidad de voces sancionadas por el dominio cultural de los criollos, donde las referencias a autoridades como Benito Jerónimo Feijoo, Miguel de Cervantes, Francisco de Quevedo y Tomás de Iriarte tuvieron un peso sustantivo en la redacción de sus textos5. Lo mismo la utilización recurrente de diálogos6, le sirvió para que sus personajes expresaran, de manera didáctica, consejos morales o señalaran la incomodidad y lo injusto que les resultaba el día a día.
Sin embargo, cabe destacar que mi intención en las siguientes páginas no es detenerme a explicar exclusivamente los recursos formales y retóricos de los que echó mano para configurar sus textos, pues estos ya han sido estudiados con cierta profusión. Mi interés radica en demostrar la manera en que Fernández de Lizardi trazó el mapa de la vida cotidiana de una ciudad erizada de conflictos y cómo recreó a ciertos sujetos sociales dotándoles de una voz propia para que acreditaran incidentes, conductas y conflictos como testimonio de los cambios que estaban ocurriendo debido al incipiente proceso de Independencia, un proceso complejo en el que Lizardi prefirió conducir su mirada crítica para documentar con mayor énfasis los abusos que padecían, principalmente, las clases bajas.
En ese sentido, no me centraré en la «ciudad letrada» promovida por los sujetos que han sido beneficiados en tanto su situación de criollos o españoles (regidores, jueces, escribanos, abogados, representantes de cabildos, miembros de la iglesia, etcétera), sino en la «ciudad popular» que expresa la visión del pueblo con ese tono de la plebe que reproduce con tanto empeño y acierto un letrado como Fernández de Lizardi; un letrado, cuyo lugar de enunciación estuvo fuera del círculo hegemónico del poder a diferencia de sus coetáneos que supieron encontrar acomodo y gozaron de los beneficios de pertenecer a la burocracia del poder. En virtud de ello, la visión que se advierte en los textos periodísticos lizardianos es la denuncia constante de los vínculos de complicidad de un sector privilegiado de la agónica sociedad novohispana. En este ánimo, examinaré el retrato de una sociedad en la cual los responsables del mal funcionamiento de los mecanismos sociales y cotidianos son en gran medida las clases altas y no solo los pobres como difundió cierto discurso ilustrado.
«Para unos serán frioleras y para otros alhajas de gusto»
- 7 «[...] Le he puesto este título lo primero porque no siendo susceptible esta clase de periódicos a (...)
Su periódico Alacena de Frioleras, en apariencia, aborda temas intrascendentes para no llamar la atención de los censores: «Es un periódico rascuachillo, como dicen por ahí, o trapientuzco; mondo de prólogos retumbantes y perspectivas luminosas»7, pero tras su carácter misceláneo y de aparente superficialidad se halla una intención de denuncia ante la necesidad de poner en la mesa los temas que lo inquietan, dando voz a aquellos que no la tienen y padecen las penurias e injusticias de la vida cotidiana. Es así que sus pinceladas expresan las costumbres peculiares de esos mexicanos cuya sociabilidad está en búsqueda de una identidad propia y que ve con recelo los hábitos de las clases altas o mejor dicho venidas a menos, que no contribuyen al bienestar ni a la educación de los que menos tienen.
- 8 El diálogo consta de tres entregas: la primera «Que tratan sobre asuntos que sabrá el que los leyer (...)
En ese sentido, «La Paya y la Mexicana»8 es un diálogo entre dos mujeres, donde cada una de ellas representa un espacio geográfico, una identidad y una cotidianidad diferentes. Por ejemplo, la Paya personifica a una mujer que no conoce más que la «hacienda de su padre» porque allí ha vivido toda su vida. La oportunidad de pasar unos días en la Ciudad de México le sirve para que su amiga la Mexicana, la conduzca por algunos lugares públicos que le descubran la cotidianidad y los hábitos más comunes que tienen lugar en la capital. Sitios como la catedral, los portales, el teatro Coliseo o una procesión servirán como escenario para conocer el día a día de los habitantes de la metrópoli.
Desde que inicia la conversación entre estas dos mujeres no hay duda en querer compartir con el lector que las cosas no están bien en la «atractiva capital». A esto hay que sumar las expresiones del lenguaje popular que irán caracterizando y conformando la personalidad de la Paya para evidenciar su supuesta ignorancia:
«Mexicana: Conque, mi alma, ¿qué le ha parecido a usted México?
Paya: Muy bueno; sólo la porquería de las calles y los muladares de frente a Palacio y otras partes me enfadan mucho.
Mexicana: ¿Y ha ido usted a la Catedral?
Paya: Sí, me llevaron una noche que era la función de los Martínez.
- 9 Obras IV. Periódicos. Alacena de Frioleras, op. cit., p. 51.
Mexicana: De los maitines, dirá usted»9.
Con un tono jocoso, Fernández de Lizardi pone en boca de la Paya una visión de asombro y desconocimiento ante las múltiples actividades que suceden en determinados ambientes y sectores de la sociedad. En ese sentido, el periodista se vale de la supuesta ignorancia de la Paya para exponer los empeños y afanes de las mujeres de la clase alta que asisten a la Catedral y no van vestidas de manera apropiada o se comportan y realizan actividades contrarias a un lugar sagrado, pues lejos están de entregarse a los rezos y a la devoción cristiana.
- 10 Ibidem, p. 51.
«Pero lo que más me cuadro fue ver a tantas señoras que iban muy decentes y algunas llevaban los brazos, las espaldas y los pechos al aire; ya se ve, sería por la calor y darse fresco. Y si viera aquel garbo con que se paseaban muchos con las señoras, y platicando recio mientras tocaban aquellas trompetas de plomo, ¡eso sí era bueno!, porque, la verdad, como esa iglesia es tan grandota, da ganas de pasearse y platicar y divertirse»10.
El diálogo, igualmente se centra en señalar cómo las clases altas y/o la jerarquía burocrática (virreyes, condes, marqueses) alteran y violentan las buenas costumbres en vez de ser ejemplo para el cultivo de buenos hábitos en las personas que tienen menos educación o recursos. Tan es así, que los recintos de esparcimiento y sociabilidad como los teatros son caracterizados como excesivamente ruidosos y conflictivos, a tal grado de que nadie respeta a los pocos, pero verdaderamente interesados en apreciar la obra representada. En ese sentido, es la Mexicana quien le explica a la Paya con toda la intención pedagógica:
- 11 Obras IV. Periódicos. Alacena de Frioleras, op. cit., p. 59 (el subrayado es mío).
«Dice usted muy bien, yo soy una imprudente en exigir de usted un silencio que no guardan muchos de esos señores cortesanos, que dicen que son tan civilizados. Cada vez que vengo al Coliseo hago una cólera con esta fatal corruptela, que como infinitos de los que vienen aquí, o ya han visto o no entienden la comedia, no tratan sino de pasar el rato, de juzgar con el anteojito los palcos, de destripar vidas ajenas, de hablar de ésta, de seducir a la otra, de murmurar lo que se les antoja, aunque no lo entiendan, de charlar mil boberas, y de incomodar al género humano con sus zumbidos, como usted dice»11.
- 12 En el Diario de México con bastante frecuencia se publicaron textos en donde lectores y colaborador (...)
Este comportamiento de conversar «a grito pelado» en el teatro, como bien sabemos, fue muy recurrente en el periodo que venimos refiriendo, pues no sólo Fernández de Lizardi se ocupó de denunciarlo, sino que, anteriormente, algunos otros impresos como el Diario de México publicaron abundantes testimonios donde se comparaba al famoso Coliseo con las plazas de toros y las peleas de gallos por el desorden y la algarabía sin freno que tenía lugar sin que nadie pudiera poner orden12. En respuesta a este diálogo de «La Paya y la Mexicana», Fernández de Lizardi concluye con una fina ironía, pues la Paya, con su candidez reiterada, comenta que en su tierra las representaciones teatrales son en la calle y todo mundo guarda silencio aunque no haya más señores de respeto que el cura y el delegado.
«Que es verdad que los criados son los pregoneros de los secretos de las casas»
- 13 Esta colaboración consta de dos entregas, la primera de ellas es «Plática de dos criadas en la plaz (...)
- 14 Cabe recordar que la Plaza del Volador fue uno de los establecimientos comerciales, junto con El Pa (...)
«Los clarines de las casas o las mozas habladoras»13 es otro diálogo de la Alacena de Frioleras en el que merece la pena detenerse. Fernández de Lizardi inicia su diálogo situando al lector para informarle que le relatará un suceso que tuvo lugar en la Plaza del Volador14, es decir, en un espacio público y abierto, donde cotidianamente se reúnen los criados y criadas a chismorrear acerca de sus amos. La conversación entre Tules y Pachita es un doble testimonio en el sentido de que en primera instancia, el periodista, parece aconsejar a sus lectores acerca del cuidado que deben tener ante las maledicencias y murmuraciones de los sirvientes, pero en realidad, Fernández de Lizardi, con su acostumbrada ironía, hará un retrato descarnado de aquellos que en apariencia tienen solvencia económica y llevan una vida recta y privilegiada. Desde la mirada resentida de los criados, se ridiculiza a aquellos estratos que han perdido su capital económico y deben recurrir al empeño de sus pertenencias de valor para seguir aparentando un falso estatus ante sus conocidos y círculos más cercanos. Este mundo de apariencias afectará el desempeño laboral de las criadas, pues en vez de que haya tres o cuatro sirvientas realizando las arduas tareas domésticas del hogar de sus «acaudalados» patrones, todo del trabajo de la casa se depositará en una sola persona.
- 15 Obras IV. Periódicos. Alacena de Frioleras, op. cit., p. 132.
«Tules: Yo ya estoy aburrida. Si supieras de alguna conveniencia, avísame, por vida tuya, porque ya no aguanto. No tengo más que dos pesos de salario y cinco y medio de ración, y para esto soy cocinera, mandadera, ama de llaves, recamarera y todo cuanto hay»15.
La misma Tules abunda en su descontento laboral al relatar que su ama, incluso aunque a veces no tenga qué comer, sus actividades cotidianas no se modifican de manera alguna:
- 16 Ibidem.
«El dinero se acabó: pero la soberbia quedó en casa. Primero faltará el sol que ella ir al Coliseo muy planchada; y más que se coman frijoles han de vivir en casa sola, y tomar café a la mañana y nieve por la noche para las visitas, y cuenta, como el señor no da para ello, que hay uno de los demonios, y hasta los niños están tan engreídos que parecen unos condes»16.
Si esto no fuera suficiente, ante las agudas estrecheces pecuniarias, los maridos que antes eran celosos hoy modifican sus sentimientos y opiniones para aceptar y promover el que sus mujeres tengan un cortejo, cuyas actividades no sólo se circunscriban a dar un paseo, asistir al teatro o ser sus confidentes, sino que el cortejo además colabore con la subsistencia familiar. Si por alguna razón este «amigo cercano» se llega a ausentar tres o cuatro días, el menesteroso marido no duda en ir a buscarlo, pues ante la necesidad de alimentarse él y su familia, no importa que el costo sea la humillación. En consecuencia, este hombre proveedor, que antes era rechazado por seducir y tener escarceos eróticos con la mujer de la casa, ahora se le busca y recibe con los brazos abiertos para que sea el encargado de sostener a la familia.
La conversación de las mozas no se detiene, es continua en su ácida crítica a las conductas cotidianas de sus amas, ni tampoco se autocensuran para definirlas con adjetivos altisonantes o proporcionarnos información abundante respecto del registro de sus actividades diarias. Por ejemplo, a qué hora se levantan, cómo se visten, qué comen, a quién visitan, cuáles son sus actividades de ocio. En fin, que ante la pregunta de Pachita: «Cuéntame, ¿cuál es la vida de tu ama?», la respuesta de Tules es extensa y da pie para conocer que
- 17 Fernández de Lizardi, Obras IV. Periódicos. Alacena de Frioleras, op. cit., p. 135.
«[...] se levanta a las diez y media de la mañana; toma su café en la recámara; se sienta junto a su tocadorcito con una porción de peines, escobetas, botes, alambres y papelitos, y allí se está componiendo y pintando hasta las once y media. A esa hora se viste, y se plancha, se encaja su túnico negro y se va a misa, dice ella, que yo no la veo. A las doce o doce y media vuelve a casa, pide de almorzar, a cuyo tiempo suele venir el viejo de don Claudio [su cortejo] y se ponen a platicar [...] y platican hasta las tres y media. A esta hora se pone la mesa; comen y a las cuatro o más, se levantan los manteles. [el] Señor se va a sus negocios, y la ama se va hasta la oración, al paseo, o a visita, o quién sabe dónde con don Claudio [...] vienen a tomar chocolate para irse al Coliseo o algún baile, de donde vuelven a las dos o las tres de la mañana. [...] lo más gracioso es que, en estando mi ama en la calle, en visita, o en el baile, está contentísima y alegre, salta y brinca más que una ardilla, y habla más que una cotorra; pero en cuanto llega a casa, se enferma y se pone impertinente como ella sola»17.
- 18 Ibidem, p. 136.
- 19 Idem.
Como buen practicante del género del espectador, Fernández Lizardi acude reiteradas veces a la plaza pública en «pos de las mozas habladoras porque [...] desea oír el fin de [su historia] para contársela al público en su obsequio»18. No obstante, al mismo tiempo, no pierde oportunidad para distanciarse de ellas, ya que observa su comportamiento con rechazo y censura. Tan es así, que el ingrediente moral no puede faltar como sustento de su argumentación: «Sentí alguna repugnancia para entrarme de rondón a la mezquita de Baco, porque si me veía algún mal intencionado, no diría que iba yo a escuchar a las criadas, sino a emborracharme con todos»19. Sin embargo, en el balance final de este diálogo, el autor está dispuesto a justificar y disculpar la errada conducta y las lenguas largas de las mozas habladoras porque afirma carecen de educación, pero no así el comportamiento de los amos que se conducen con falsedad e imprudencia y, a pesar de su «educación», lejos están de enarbolar el discurso ilustrado que pretende el decoro y las buenas costumbres.
«Las críticas circunstancias del día»
Si como bien hemos visto, la Alacena de frioleras brinda información elocuente para conocer la sociabilidad en ciertos espacios públicos o las conductas más regulares de los criados y sus amos (conductas que debieron ser moneda corriente en la sociedad de las primeras décadas del siglo XIX en México), hay que señalar que no es el único impreso de Fernández de Lizardi que ayuda a trazar una cartografía de hábitos recurrentes ya que, por su parte, se halla el importante periódico El Pensador Mexicano, por medio del cual también encontraremos diálogos significativos que revelan información de las actividades, costumbres y conductas más frecuentes que tuvieron lugar día con día en la metrópoli.
- 20 Las fechas de publicación fueron: jueves 7 de octubre de 1813; lunes 8 de noviembre de 1813; lunes (...)
En ese sentido, en la serie de conversaciones titulada «Diálogo entre el Tío Toribio y Juanillo, su sobrino»20, a diferencia de los textos que hemos analizado anteriormente, una buena parte del contexto de interlocución será un espacio cerrado de carácter doméstico e íntimo ante la necesidad de señalar a los sujetos que detentan un poder público o comercial y buena parte de su vida transcurre en las calles. Para Toribio y Juanillo, cuya unión está dada por fuertes lazos familiares, la vida cotidiana y pública estará asociada a la corrupción; esta corrupción implicará a diversos actores sociales que bien pueden ser un policía, un comerciante o un juez sin escrúpulos que no sabe o no quiere impartir justicia. De tal manera, que tío y sobrino verán con los ojos llenos de asombro, cómo se cometen faltas a las normas más elementales de convivencia, e incluso ellos mismos serán víctimas de alguna injusticia. En una palabra, serán los espectadores de la degradación y envilecimiento de un sistema en crisis, cuyas anomalías son palpables diariamente en el espacio público porque la propia ciudad es un lugar con grandes carencias y dificultades para vivir decorosamente. El relato que hace Juanillo es más que persuasivo, al exponer con bastante humor e ironía las faltas que se comenten cotidianamente en la ciudad:
- 21 Fernández de Lizardi, José Joaquín. Obras III. Periódicos. El Pensador Mexicano, op. cit., p. 194.
«Juanillo: ¿Qué le parece a usted la policía de México, no está linda? No hay duda: México no tiene que envidiar a Londres, París ni Filadelfia. Si aquí vinieran algunos extranjeros, no podían menos que copiar los estatutos de policía y planes económicos de aseo, hospitalidad e industria, porque estos ramos están en nuestra ciudad adelantadísimos. ¡Jesús! Es una gloria ver las calles de México: por aquí un montón de basura, por allí un vómito de borracho, por este lado una empanada de muchacho, por el otro un turrón de adulto; aquí una saca de carbón, allí un poco de estiércol que sobró al carretón y por no poderlo llevar lo dejó hasta otro día... ¿Qué diré a usted del alumbrado, especialmente por los barrios y por las albarradas en donde era más necesario? En algunas partes parecen viruelas locas: un farol en Flandes y otro en Aragón; esto es donde los hay, pues hay parajes en que bien puede usted ir de noche desnudo sin que sepan si es hombre o mujer los que lo encuentren»21.
- 22 «Ya la mujer está sin túnico, ya una muchacha sin naguas blancas, ésta sin camisa, aquél sin calzon (...)
Y si no fuera suficiente el retrato de una ciudad que vive en franco caos, tío y sobrino discurren en torno de cómo los grupos marginales no pueden ver satisfechas sus necesidades más elementales, pues visten harapos22 y no tienen qué comer, los víveres son escasos o resultan muy caros por lo que es imposible alimentarse.
«Juanillo: ¿Tan malo está todo, tío?
Toribio: Sí, hijo, malísimo. ¿no ves la universal carestía de los víveres? El pan, la carne, las semillas, las velas, el dulce, la verdura, la fruta, los huevos, y el carbón y todo está por las nubes, como dicen las viejas cuando van a la plaza.
Juanillo: ¿Y cuándo bajará tío?
- 23 Fernández de Lizardi, Obras III. Periódicos. El Pensador Mexicano, op. cit., p. 186.
Toribio: Cuando haya menos ladrones y más trabajadores en el reino»23.
El trazo que insistentemente realiza Fernández de Lizardi de la vida cotidiana mexicana es que los beneficios del proyecto ilustrado y reformista no son palpables, sino por el contrario, son escasas las huellas de esa ciudad ilustrada que desea el reordenamiento, el equilibrio, la limpieza, la honradez y un poco menos de miseria en los sectores más necesitados. El «utilitarismo racional», parece decirnos, no logra favorecer a un amplio sector marginal como se promulgaba con tanta insistencia entre ciertos grupos letrados. En virtud de ello, el «Pensador» recurre a la estrategia retórica de emplear voces populares para representar simbólicamente a esos personajes que son excluidos y habitan fuera del escenario letrado, pero necesitan emitir su opinión respecto de las mezquindades e injusticias que les ha tocado vivir. Es decir, estos sectores populares y urbanos, no son los únicos responsables de que no se puedan cumplir las normas para que se lleve a cabo el buen funcionamiento de la administración pública, comercial y religiosa, sino paradójicamente, son las propias élites las que impiden su incorporación y participación racional para el correcto desarrollo social. En ese sentido, Toribio y Juanillo representan a un sector económico y cultural que busca enfrentarse a la hegemonía del discurso letrado y evidenciar que son esas élites carentes de empatía las que constituyen parte sustancial del problema; esas élites que no saben mirarse a sí mismas y aceptar que ellas también infringen las leyes porque roban, son superficiales, viven de apariencias y no tienen el dinero que dicen tener a pesar de ser condes, marqueses, ministros o capellanes, así pues, sus títulos nobiliarios no les quita lo miserable.
- 24 Respecto a la novela, me refiero al cura de Jalatlaco, el tío que intenta, infructuosamente, conduc (...)
- 25 Fernández de Lizardi dedicó varios números de El Pensador Mexicano al problema de la escasez y vent (...)
Con ciertos ecos de lo que después será la novela breve Don Catrín de la Fachenda hallamos la construcción ficticia de un tío sensato que aconseja y anima a su sobrino respecto del camino y las decisiones correctas que debe tomar24. Dada la difícil vida de la ciudad, Juanillo se cansa y quiere mudarse a vivir al campo y ser un payo porque el entorno donde vive está sucio, es inseguro, caro, la comida la vende en mal estado, los kilos no son kilos, y no hay carbón para cocinar25. A todos estos inconvenientes se suma la complicada situación política por el enfrentamiento que durante el periodo prevalece entre «insurgentes y realistas», pero todavía hay más, la convivencia con los rapaces monopolistas, verdaderos ladrones que solo tratan de hacer su fortuna sobre «las ruinas de sus semejantes».
- 26 Ibid., p. 332.
«Juanillo: Yo sí, tío; me voy al campo a trabajar en las siembras, en el ganado y todo..., porque yo he leído en un autor inglés, que creo que se llama Buchán, que la felicidad es imposible esperarla en la ciudad, sino viene del campo [...] Y no en la ciudad que todo se vuelve respetos, miramientos, hambre y faramallas entre los cortesanos. ¡Ah, fucha en la vida de la ciudad, tan melindrosa y arrastrada en los ricos y en los pobres! Aquellos todos se vuelven etiquetas y monadas, y éstos, piojos y desesperación»26.
- 27 Por ello, Lizardi utiliza al personaje de Juanillo como un recurso retórico para insistir en los ex (...)
- 28 Entre los otros muchos temas que conversan tío y sobrino están las tertulias, las diversiones públi (...)
Quizá la lectura más rápida y obvia sería afirmar que el personaje busca una vida bucólica, casi arcádica, muy cercana a un discurso relacionado con la cultura literaria neoclásica, pero no dejará la «ciudad ilustrada» por mucho tiempo porque el campo tampoco es la solución a su existencia, ya que regresará más pronto que tarde. La experiencia de Juanillo con los insurgentes en las afueras de la ciudad súbitamente le hace comprender que, aunque él busca un cambio, su lugar está en la urbe y no en las armas, al lado de los insurgentes, de quienes se distancia de inmediato27. Mientras está ausente y vive en el campo, ambos, tío y sobrino, de manera constante intercambiarán información de todos los males que siguen aconteciendo, desde los más íntimos y familiares hasta los consabidos que tienen que ver con la res pública. De tal manera que los diálogos sobre la ciudad y sus personajes se van encabalgando en varias entregas periodísticas para exponer más y más aristas de la problemática vida diaria28.
- 29 Incluso el mismo personaje lo llega a decir: «pero ya esto me va pareciendo sermón. No cojamos las (...)
- 30 Para muestra un botón de los muchos en el diálogo de La Paya y la Mexicana: «Paya: Pero oiga usted, (...)
Estos diálogos, a diferencia de los de la Alacena de Frioleras, de pronto son casi sermones o largas arengas, ya que los interlocutores discurren de manera vehemente y excesiva, nada ni nadie puede interrumpirlos, paradójicamente. La supuesta conversación donde cada hablante respeta su turno de palabra con una exposición breve no se cumple29. La conversación, entonces, se vuelve monólogo ante la necesidad que hay de expresar un mensaje para buscar ser persuasivo ante las adversidades cotidianas. No obstante, Fernández de Lizardi no olvida consignar en sus diálogos rasgos de bonhomía, calidez y empatía, tanto en el saludo como en la despedida. En el saludo, para manifestar el afecto que une a los interlocutores antes de entrar en materia y que se extienda a los lectores-escuchas para que sepan que la conversación que se va a «reproducir» es con gente similar a ellos. Por su parte, la despedida, tiene por objeto dejar en los lectores la inquietud de que el tema no ha concluido porque aún hay mucho que señalar y criticar. El artificio de dejar en suspenso una conversación, como es de suponerse, lo emplea Fernández de Lizardi como anzuelo para que sus lectores vuelvan a comprar su periódico y él pueda seguir obteniendo ganancias. De la misma manera, tampoco duda en hacer propaganda de sus propios periódicos mencionándolos dentro de los mismos textos periodísticos30. En este panorama que describe la cotidianeidad de la ciudad, el periodista también apela a los sentidos del oído, la vista y el olfato, para que por medio de los ruidos, la observación y los olores se conozca la compleja dinámica social, política y cultural de un periodo álgido de la historia de México, los años inmediatos al grito de Dolores; una etapa que aún está lejos de alcanzar la consumación del país como república autónoma y laica.
Un diálogo más, incluido en El Pensador Mexicano, en el que vale la pena detenerse es «La ciega y su muchachita». Nuevamente aquí el escenario de interlocución es un espacio cerrado y familiar, el cual dará la pauta para que sean los propios personajes quienes se autodefinan socialmente:
«Muchachita: Madre, usted aunque es pobre es buena cristiana.
Ciega: ¡Ojalá fuera como debía ser! Pero ¿por qué haces la prevención de que aunque soy pobre? ¿Pues que te parece que los pobres no son capaces de virtud?
- 31 Obras III. Periódicos. El Pensador Mexicano, op. cit., p. 359 (el subrayado es mío).
Muchachita: ¡Ay, mamita de mi alma! Si según el desprecio con que nos tratan los señores, me parece que somos lo peor del mundo e incapaces de nada bueno; y la verdad, que en diciendo pobre es lo mismo que decir demonio salido del infierno. Yo lo que veo es que los que tiene [dinero] huyen de nosotros como del diablo»31.
- 32 «Muchachita: ¡Madre, qué hambre tengo! Ya son las ocho de la noche y no hemos comido sino frijolito (...)
En palabras de ellas mismas, Fernández de Lizardi evidencia el desprecio del que son objeto por ser pobres; al tiempo que detalla las conductas malintencionadas por parte de las clases altas al fingir ser generosas y caritativas, cuando en la realidad obsequian a los hambrientos comida en mal estado que ni los propios perros se comen32. La marginación y desprecio se extienden incluso más, al darles como retribución económica los llamados «tlacos». Estas monedas, que toman su nombre del náhuatl, por ejemplo, no eran aceptadas en todos los comercios, por tanto, quienes las tenían muchas veces debían cruzar media ciudad para poder comprar comida, medicina o algún artículo que necesitaran.
«Ciega: ¿Pues qué ha sucedido, hija? ¿Perdiste los tlacos?
Muchachita: No, madrecita, pero lo mismo que si los hubiera perdido. Todas las tiendas de por aquí por Monserrate he andado y en ninguna parte quieren estas señales, porque dicen que unas son de por el barrio de Santa Catarina, y las otras no las conocen.
- 33 Ibidem, p. 360.
Ciega: Pues, hija, sea por Dios. ¿Qué hemos de hacer? Hacerte ir sola tan lejos a esta hora, y enviarte a adivinar la tienda, es imprudencia. Acompañarte no puede ser, porque estoy mala. Obligar al tendero a que te los reciba, es tontera pensarlo; conque no hay más sino acostarnos a dormir muertas de hambre y con cuatro tlacos en la bolsa, que no será la primera vez»33.
- 34 Sobra decir que esta moneda no era utilizada por otros grupos sociales, el propio narrador remata d (...)
Para concluir su corrosivo diálogo, el periodista le dice a su lector que no es un caso fingido ni singular lo que está relatando, porque estos sucesos son costumbre y resultado de las malas políticas, ya que el hecho de que cada tendero tenga sus particulares tlacos es una forma de corrupción y monopolio para controlar las compras que realizan los más desamparados e impedirles adquirir mejores productos en otros comercios34. Ante este horizonte pernicioso, la ciudad se vuelve más incivilizada y los pobres ven restringidas sus posibilidades de beneficio en cualquier aspecto de su vida diaria. Se entiende, entonces, que el problema atañe a la estructura económica que no construye las condiciones necesarias para incorporar a estos parias dentro de una cadena que modifique la maquinaria productiva. En ese sentido, la ciudad moderna no puede construirse sobre un eje económico que limita la incorporación activa de sus habitantes porque, al parecer, la aristocracia está empeñada en impulsar estrategias antieconómicas (al fomentar el empleo de diversas monedas) aunque este hecho repercuta en contra del desarrollo de ella misma y de la ciudad moderna.
«Tanto es lo que aborreces a México»
El Pensador Mexicano y la Alacena de Frioleras exhiben las desdichas y problemas más comunes de las clases populares. En el trazo de costumbres que realiza el autor no pretende mostrar a sus personajes sólo como sujetos graciosos, curiosos o pintorescos para provocar la risa fácil. La intención es concebir un retrato descarnado, no carente de ironía, que deje claro que no hay equilibrio económico ni social entre los diversos estratos de la sociedad debido, fundamentalmente, a que las élites no están interesadas en buscar el bien común, ya que una buena parte de los proyectos económicos de las reformas no establecen mecanismos productivos para invertir capitales que incidan en la construcción de un Estado moderno. Consecuentemente, los grupos representados prueban que sólo unos cuantos miembros de la colectividad pueden vivir con holgura porque el país rebosa de gente miserable donde, por cierto, los indios pertenecen a un escalafón aún más bajo.
Por medio de los diálogos publicados en estos dos importantes periódicos se puede conocer de buena tinta, las actividades más comunes y reiteradas de sus habitantes, así como los esfuerzos escriturales de José Joaquín Fernández de Lizardi para denunciar con cautela los vicios y mezquindades frente a los ojos inquisitivos de la censura de sus detractores. Sus diálogos no son nada superficiales ni están al margen de la política, ya que se caracterizan por cumplir una función social articulada en un discurso que, tras el aparente humor, denuncia que la ciudad no es un espacio civilizado como lo dicta el lugar común de unos cuantos privilegiados. En virtud de ello, la conversación se da entre sujetos del pueblo que son iguales y a los que les incumben los mismos problemas y preocupaciones.
Este sector desprotegido del que hemos hablado, de acuerdo con Fernández de Lizardi, debe reclamar en voz alta que también tiene derecho a ser escuchado y considerado por las autoridades de la ciudad letrada. Este reclamo es un hecho, sin duda, destacable porque tiene la intención de modificar o cuando menos matizar el paradigma letrado hegemónico. No olvidemos que años antes, en el periódico de mayor circulación de la época, el Diario de México, tuvo como objetivo más regular denostar a la plebe y adjudicarle toda la responsabilidad del mal funcionamiento del engranaje de los proyectos ilustrados.
Finalmente, si bien dentro del discurso ilustrado se afirma que la educación es la clave para modificar los males sociales y las injusticias, el propio Fernández de Lizardi se encarga de refutar el argumento, al afirmar en sus textos que el ethos de la ciudad y los sujetos que la constituyen es un problema más de carácter ético y económico. Él sabe que se requiere mayor indulgencia y compromiso con los grupos menesterosos y sus «críticas circunstancias del día», pero también es consciente de que las élites no harán nada sustancial para contribuir a promover cambios que irradien en sectores a los que ellos no pertenecen. En ese sentido, la indolencia de los poderosos se circunscribe a
- 35 Ibidem, p. 369.
«Esta palabra que es la favorita hoy para hacer cuanto hay; por las circunstancias del día no se da limosna; por las circunstancias del día no se paga lo que se debe: por las circunstancias del día se roba cuando se ofrece y no a obscuras; y así, por las circunstancias del día se quebrantan las leyes divinas y humanas, pero el diablo cargará con éstos, por las circunstancias del día»35.
Notes
1 De acuerdo con J. Pedro Viqueira «las clases populares de la ciudad que marcaban el ambiente que reinaba en las vías públicas. Los artesanos, los aguadores, los vendedores ambulantes, los más que abundantes léperos y méndigos no sólo formaban el grueso de la población de las calles, sino que eran también los que las ocupaban en forma más permanente», p. 137. Cfr. Viqueira Albán, Juan Pedro. ¿Relajados o reprimidos? Diversiones públicas y vida social en la ciudad de México durante el Siglo de la Luces, México, FCE, 1987.
2 Viqueira afirma que: «de acuerdo con las ordenanzas para alcaldes de barrio, algunas de las obligaciones eran: apresar a los contrabandistas, expulsar a los indios que habitasen dentro de la traza urbana y obligarlos a avecindarse en los pueblos y barrios de las parcialidades, enviar a los enfermos pobres a los hospitales, fomentar la creación escuelas y amigas [...] conducir al hospicio a los pobres y remitir a los presidios a los holgazanes»; ibidem, p. 235.
3 El Pensador Mexicano, núm. 18, 30 de diciembre de 1813. Sigo la edición de Fernández de Lizardi, José Joaquín. Obras III. Periódicos. El Pensador Mexicano. Recopilación, edición, notas y presentación de Jacobo Chencinsky y María Rosa Palazón. México, Universidad Nacional Autónoma de México, Centro de Estudios Literarios, 1968 (Nueva Biblioteca Mexicana, núm. 9), p. 12.
4 Fernández de Lizardi, dada su necesidad de expresarse y supuestamente cobijado en dicha libertad de imprenta, se atrevió a pedir al virrey la revocación del edicto que encarcelaba a los curas que habían participado en la guerra de Independencia. Esta petición, en el ejercicio de su libertad, le valió la cárcel en diciembre de 1812. Al salir, en julio de 1813, continuaría publicando El Pensador Mexicano, pero ya consciente de que debía modificar su estilo aguerrido por un tono más mesurado y precavido para no ser encarcelado nuevamente.
5 Véase Martínez Luna, Esther, Vida y hechos de don Catrín de la Fachenda y Noches tristes y día alegre de José Joaquín Fernández de Lizardi (edición, notas y estudio de Esther Martínez Luna), PenguinRandom House Mondadori, México, 2019, pp. 12-14.
6 Respecto al diálogo existe abundante bibliografía que se ocupa de su estudio desde un arco temporal amplio y desde distintos enfoques. En mi caso, señalo simplemente la acepción del Diccionario de Autoridades (1726-1739): «Diálogo s. m. Conferencia escrita ó representada entre dos o mas personas, que alternativamente discurren, preguntandose y respondiendose [...] disputar o razonar entre dos personas» que es la función de las conversaciones que recrea de Lizardi.
7 «[...] Le he puesto este título lo primero porque no siendo susceptible esta clase de periódicos a un solo asunto serio y detenido, es forzoso contengan diversas piezas pequeñas que para unos serán frioleras y para otros alhajas de gusto». Sigo, aquí y en adelante, la edición de Fernández de Lizardi, José Joaquín Obras IV. Periódicos. Alacena de Frioleras, Cajoncitos de la Alacena, Las Sombras de Heráclito. Recop., edición, notas y presentación de María Rosa Palazón. México, Universidad Nacional Autónoma de México, Centro de Estudios Literarios, 1970 (Nueva Biblioteca Mexicana, núm. 12), pp. 23, 24.
8 El diálogo consta de tres entregas: la primera «Que tratan sobre asuntos que sabrá el que los leyere», martes 23 de mayo de 1815; «Continúan su platica sobre varias cosillas», jueves 25 de mayo de 1812, y «Continúan su conversación en el Coliseo», sábado 27 de mayo de 1815 todas salidas de la imprenta de doña María Fernández de Jauregui. Obras IV. Periódicos. Alacena de Frioleras, op. cit., pp. 51-59.
9 Obras IV. Periódicos. Alacena de Frioleras, op. cit., p. 51.
10 Ibidem, p. 51.
11 Obras IV. Periódicos. Alacena de Frioleras, op. cit., p. 59 (el subrayado es mío).
12 En el Diario de México con bastante frecuencia se publicaron textos en donde lectores y colaboradores se quejaban de lo incivil que era asistir al teatro y de que los actores, por más buena disposición que tuvieran para divertir al público, el resultado era siempre la indiferencia ruidosa de los espectadores. No resulta desconocido saber que lo usual en la época era asistir a los teatros para dejarse ver, mirar a los otros, hablar, hacer política, en resumen, realizar cualquier actividad menos atender el espectáculo, lo cual es paradójico, pues asistir al teatro era una expresión de progreso a decir de los ilustrados, de ahí su constante promoción dada la supuesta incidencia moral entre la población.
13 Esta colaboración consta de dos entregas, la primera de ellas es «Plática de dos criadas en la plaza de la verdura» donde dialogan Tules y Pachita, sábado 15 de noviembre de 1815; y la segunda, «Los criados habladores. El lacayo, Pachita y Tules», sábado 2 de diciembre de 1815. Sigo la edición de Obras IV. Periódicos. Alacena de Frioleras.
14 Cabe recordar que la Plaza del Volador fue uno de los establecimientos comerciales, junto con El Parián, donde asistía la gente a comprar prácticamente todo lo que necesitaba. Su construcción fue resultado de un proyecto reformador para poner orden en la ciudad y concentrar el comercio cotidiano en un solo espacio.
15 Obras IV. Periódicos. Alacena de Frioleras, op. cit., p. 132.
16 Ibidem.
17 Fernández de Lizardi, Obras IV. Periódicos. Alacena de Frioleras, op. cit., p. 135.
18 Ibidem, p. 136.
19 Idem.
20 Las fechas de publicación fueron: jueves 7 de octubre de 1813; lunes 8 de noviembre de 1813; lunes 27 de diciembre de 1813; lunes 24 de enero de 1814; lunes 28 de febrero de 1814.
21 Fernández de Lizardi, José Joaquín. Obras III. Periódicos. El Pensador Mexicano, op. cit., p. 194.
22 «Ya la mujer está sin túnico, ya una muchacha sin naguas blancas, ésta sin camisa, aquél sin calzones, y todos con los estómagos en cuaresma, que yo no sé cómo hay filósofos que niegan se da vacío en la naturaleza», Fernández de Lizardi, Obras III. Periódicos. El Pensador Mexicano, op. cit., p. 184. En contraste se podía ver a mujeres que tenían más que de sobra túnicos para usar uno cada día del mes. Por otro lado, el problema de la desnudez fue tan importante que muchos años antes, en el Diario de México, un colaborador del periódico (Wenceslao Sánchez de la Barquera) lo señalaba, pero desde una perspectiva de censura y no como Fernández de Lizardi que lamentaba el hecho. En palabras de Barquera: «Señor diarista. Para que no fatiguen a usted con proyectos impertinentes o extravagantes sobre el medio que debe tomarse para vestir a la gente desnuda de México, sírvase usted, de insertar en su Diario las siguientes preguntas: 1. ¿Por qué en todas las ciudades de América española casi no se encuentra gente desnuda, y esta plaga es peculiar de México? 2. ¿Por qué el indio más infeliz anda vestido, y los desnudos son casi todos individuos de las castas mixtas? 3. ¿Por qué los más de los cargadores de México, que sabemos ganan en un día dos o tres pesos, andan desnudos, pudiendo vestirse a poca costa?
Los que respondiesen bien a estas preguntas conocerán la verdadera causa de un mal que lamenta la gente civilizada, y serán los únicos capaces de dar un proyecto acertado. Los demás podrán formar discursos sabios, especiosos, o apreciables por muchas circunstancias, pero inconducentes para el asunto. Así lo juzga un apasionado de usted, B[arueq]». Diario de México, viernes 8 de noviembre de 1805, núm. 39 p. 155 (el subrayado es mío).
23 Fernández de Lizardi, Obras III. Periódicos. El Pensador Mexicano, op. cit., p. 186.
24 Respecto a la novela, me refiero al cura de Jalatlaco, el tío que intenta, infructuosamente, conducir a su sobrino por el buen camino. El Catrín, a diferencia de Juanillo, juzga con muy malos ojos las virtudes del canónigo y más que como amigo lo ve como un «constante pedagogo [...], fiscal vigilante y perpetuo regañón». Martínez Luna, Esther, Vida y hechos de don Catrín de la Fachenda y Noches tristes y día alegre de José Joaquín Fernández de Lizardi, op. cit., p. 46.
25 Fernández de Lizardi dedicó varios números de El Pensador Mexicano al problema de la escasez y venta de carbón; además de los consabidos diálogos, recurrió a otros géneros como la carta o a breves discursos para denunciar la centralidad del problema en la economía mexicana y la incidencia adversa que provocaba en las clases más desprotegidas. Incluso propuso que para evitar el monopolio del carbón se separaran a los carboneros «en las plazuelas del Volador, de Jesús, de San Juan, Santa Catalina, Santo Domingo, Vizcaínas y otras, de suerte que los carboneros de una plazuela ignorasen, si era posible, a cómo se vendía en otras partes el carbón, pues como ha dicho el Pensador “los monopolistas no pueden hacer de las suyas estando separados con la misma facilidad que juntos”. Y así, debían de estar lejitos unos de otros, y no reunidos como se han puesto en la plazuela de Jesús» en Obras III. Periódicos. El Pensador Mexicano, op cit., p. 336.
26 Ibid., p. 332.
27 Por ello, Lizardi utiliza al personaje de Juanillo como un recurso retórico para insistir en los excesos de la vida insurgente más que promover un discurso de carácter arcádico. El simple hecho de postular la pregunta: «¿Quién vive?», por parte de los insurgentes, le sirve al autor para explayarse y perorar en lo inadecuado del cuestionamiento y el proceder de los insurgentes al querer saber de dónde viene y a dónde se dirige una persona, en vez de utilizar la palabra «alto» para pedirle que se detenga y solicitarle información.
28 Entre los otros muchos temas que conversan tío y sobrino están las tertulias, las diversiones públicas, donde resaltan las peleas de gallos, los toros, el teatro, los paseos. Igualmente, la necesidad de mejoras cívicas, la falta de luz, el descuido en el que se encuentra la ciudad, el mal desempeño de los regidores, los jueces sin escrúpulos, los monopolios, la economía, etcétera.
29 Incluso el mismo personaje lo llega a decir: «pero ya esto me va pareciendo sermón. No cojamos las cosas tan de arriba; bajémonos acá bajo y hablemos a la pata la llana cuando usted quiera, que a mí se me va la lengua de repente, y hago un misionero que no me falta más de la campanita». Obras III. Periódicos. El Pensador Mexicano, op. cit. pp. 193-194.
30 Para muestra un botón de los muchos en el diálogo de La Paya y la Mexicana: «Paya: Pero oiga usted, ¿qué gritan por ahí?
Mexicana: La Alacena de Frioleras.
Paya: Será alguno de esos estantitos que venden de a medio, ¿no?
Mexicana: No, no es eso, es un papel periódico; quiere decir, un papel que sale determinados días.
Paya: ¿Y por qué se llama así?
Mexicana: Porque así quiso ponerle su autor, respecto de que no tiene cosas sublimes, ni para pocos, sino cositas comunes, y en las que puede hallar instrucción y divertimento muchos. Paya: Pues lo compraremos, porque a mí me cuadra leer lo que entiendo». Obras IV. Periódicos. Alacena de Frioleras, op. cit., p. 55.
31 Obras III. Periódicos. El Pensador Mexicano, op. cit., p. 359 (el subrayado es mío).
32 «Muchachita: ¡Madre, qué hambre tengo! Ya son las ocho de la noche y no hemos comido sino frijolitos que nos dieron al mediodía, revueltos con caldo; y eso, yo apenas comí unos pedacitos de pan duro, porque los frijoles, ya usted vio, estaban acedos que amargaban.
Ciega: Hijita, mira, es verdad que hay caridades que mejor fuera no hacerlas; pero Dios, que nos ha puesto en estado de mendigar el alimento diario, graduará el mérito de los frijoles acedos mejor que tú y que yo». Ibidem (el subrayado es mío).
33 Ibidem, p. 360.
34 Sobra decir que esta moneda no era utilizada por otros grupos sociales, el propio narrador remata diciendo: «Esta clase de moneda es indecentísima en una ciudad y un reino civilizado; nadie de la gente de lujo o mediano porte se conforma con traerla en su bolsa; más bien saldrán sin una moneda que traer ésta, de lo que siguen no pocas malas consecuencias». Idem.
35 Ibidem, p. 369.
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Référence électronique
Esther Martínez Luna, « «Las críticas circunstancias del día». La ciudad y sus hábitos cotidianos en dos periódicos lizardianos: Alacena de Frioleras y El Pensador Mexicano », El Argonauta español [En ligne], 20 | 2026, mis en ligne le 06 septembre 2026, consulté le 14 octobre 2026. URL : http://journals.openedition.org/argonauta/7068 ; DOI : https://doi.org/10.4000/16qi8
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