Lacasa en Dresde; Jansen en Madrid: sobre la arquitectura madrileña en el primero tercio del siglo xx
Résumés
Les relations entre les architectes modernes espagnols et allemands ont été intenses au début du XXe siècle. Grâce aux bourses d’étude de la Junta de Ampliación de Estudios, de nombreux architectes espagnols ont étudié et travaillé en Allemagne : Lacasa, Mercadal, Colás, Subirana. Plusieurs collègues allemands ont aussi participé à des concours d’urbanisme espagnols. La collaboration entre Jansen et Zuazo lors du Concours d’Urbanisme de Madrid en 1930 a probablement été la plus importante à cet égard. La traduction de textes théoriques et la diffusion de projets allemands dans des revues spécialisées espagnoles ont en outre contribué à donner de l’importance à certains débats – le logement à bas prix, l’utilisation d’éléments préfabriqués, l’urbanisme moderne – dans l’architecture espagnole de cette époque.
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1En 1910 se celebraba en Berlín una Exposición, comisariada por Werner Hegemann, sobre la ciudad contemporánea con la que se pretendía mostrar —coincidiendo con el concurso celebrado poco antes para la construcción de la Groβstadt— la situación de la planificación urbana en Alemania contrastándola con lo que sucedía en otros países. Si en principio los ejes en torno a los cuales se articuló la muestra fueron las reformas susceptibles de ser llevadas a cabo en los cascos históricos existentes y los planes de desarrollo de las grandes ciudades, la pretensión última de la exposición buscó establecer las bases de intervenciones futuras, entendiendo que los problemas fundamentales del urbanismo de aquellos años eran dar respuesta a la penuria de habitaciones económicas existentes así como la necesidad de adecuar las antiguas ciudades a los nuevos problemas de tráfico.
2La Exposición de 1910 atrajo tanto a los protagonistas del debate teórico sobre la ciudad como a administrativistas y políticos: para el joven Le Corbusier —colaborador en aquellos momentos en el estudio de Behrens— uno de los temas de mayor interés fue poder contraponer la ciudad estadounidense con la europea, valorando en este sentido tanto el carácter que en esta última recibía la calle como el tratamiento dado a las plazas, la valoración del espacio abierto o la organización de la ciudad por zonas. Se presentaron proyectos daneses, ingleses, franceses, estadounidenses y austríacos, suecos, además de un importante número de ejemplos alemanes: pero el único plan español presentado fue el proyecto de enlace de Barcelona elaborado por el arquitecto sueco D. Hallman.
3Sorprende que Hegemann ignorara no tanto la realidad urbanística española de la segunda mitad del XIX y comienzos del XX cuanto dos proyectos concretos: la propuesta que Ildefonso Cerdá trazó para la ciudad de Barcelona y el estudio que Arturo Soria redactó para la ciudad lineal de Madrid. Sin embargo es preciso reconocer una doble vivencia: Hegemann ignoraba a Cerdá en primer lugar por éste había abierto la puerta a lo que en la Alemania de esos años se descalificaba al denominar ese tipo de intervención «el urbanismo de los ingenieros». Rechazando la cuadrícula ortogonal Baumeister había sugerido volver la mirada hacia la ciudad medieval al entender que el diseño en damero era inadecuado al parcelar el suelo no urbanizado de forma —entendían— irracional al no aprovechar al máximo las parcelas irregulares. En efecto, Cerdá había superpuesto una cuadrícula a la topografía existente. Lo cual implicaba ir contra los intereses de los propietarios de suelo que buscaban especular con el plan de ensanche y reclamaban, en consecuencia, ajustar el nuevo viario a los caminos rurales. Buscando justificar con argumentos grandilocuentes lo que no eran sino intereses económicos inmediatos, reclamaron ajustar los nuevos viarios a los límites de las propiedades por cuanto «los siglos han marcado sobre nuestra tierra las líneas y las características de debemos respetar», identificando en consecuencia su rechazo a la cuadricula tanto desde la idea de patria ancestral como desde una cultura ligada a la tradición, considerando impensable que un funcionario pudiera, con un solo trazo con el lápiz y un solo movimiento de goma, borrar el pasado histórico.
4Paralelamente, y frente a un Cerdá que había rechazado la idea de la centralidad urbana (distribuyendo de manera equitativa dotaciones y equipamientos) no priorizando ningún barrio sobre otro y concediendo igual importancia a todas las calles, se argüía que el ingeniero olvidaba un hecho determinante: éstas se construían gracias a las contribuciones urbanas, razón por la cual la burguesía se oponía a que los barrios obreros (que apenas contribuían) tuvieran idéntica calidad que las zonas burguesas. Por ello, y pese a la opinión de la corporación municipal barcelonesa (que defendía los interese inmediatos de los propietarios de suelo urbano) el Plan fue aprobado por el gobierno de Madrid, consciente de las aportaciones que ofrecía aquella propuesta.
5La razón por la que Hegemann ignoró a Soria es también clara: conocemos bien la evolución del proyecto que Arturo Soria propuso para la Ciudad lineal y en otros momentos he comentado sobre sus tres propuestas de ciudades lineales. Una, a escala intercontinental, proponía unir, por ejemplo, Cádiz con San Petersburgo o Bruselas con Pekín; una segunda, concebida como nexo de unión de distintas capitales de provincias de un mismo país, y una tercera, trazada como circunvalar a Madrid. Los fantasioso de las dos primeras propuestas entiendo servía solo para justificar su propuesta de ferrocarril de circunvalación para Madrid, en torno al cual —en una más que singular operación de recalificación de suelo— proponía su ciudad lineal, reiteradamente presentada por Soria como alternativa a la ciudad jardín definida en esos mismos momentos por Howard en Inglaterra.
6La Exposición de Berlín fue determinante en el urbanismo español al facilitar argumentos a los administrativistas ligados al Instituto de Reformas Sociales (Posada y Álvarez Buylla) para proponer dar al traste con la política urbanística de clase propiciada por Cánovas —la Ley de 1885 sobre Reforma Interior y Saneamiento— y abrir el debate sobre como construir la ciudad moderna; paralelamente, la Exposición fue punto de partida para que un joven catalán —difusor del pensamiento de Ruskin y traductor de alguna de las obras de Morris— presentara las experiencias europeas y estadounidenses del movimiento cooperativista en la construcción de ciudades jardín como solución a la escasez de viviendas económicas. Partidarios unos y otro de la necesidad de afrontar la reforma de la ciudad existente, frente a quienes mantenían la voluntad de una arquitectura ligada a modelos historicistas reclamando un falso estilo español que identificaban con las grandezas del Imperio tanto Montoliú como los dos catedráticos citados preconizaron tomar la experiencia alemana como referencia.
7Demasiado a menudo la historia de la cultura española anterior a la Primera Guerra Mundial ha enfatizado hasta el límite la importancia que tuvo Francia en la intelectualidad española anterior a 1920 pero un dato, estudiado por el profesor Salvador Guerrero, obliga a cuestionar tal comentario: la mayoría de los arquitectos que a lo largo del primer tercio de siglo pidieron a la Junta para la Ampliación de Estudios ayudas para viajar y formarse en países extranjeros lo hicieron, en su gran mayoría, expresando su deseo de trasladarse a Alemania. A ello, cabria añadirse otro hecho igualmente significativo: tras la contienda, la generación de urbanistas alemanas que, desde los comienzos del siglo, se había aglutinado en la berlinesa escuela de Charlotemburgo en torno a la figura de Brix (Jansen, Stübben, Möring, March etc.) ocupando importantes cargos en la gestión municipal vieron como, al terminar la contienda, sus puestos como Stadtbaurat (gerentes municipales de urbanismo o, literalmente, consejeros para la construcción de la ciudad) eran ocupados por una generación más joven que impuso nuevos criterios sobre la gestión de la ciudad y las formas de acceder a la vivienda, obligándoles en consecuencia a desplazarse a países deseosos de aprender la técnica urbanística que les había dado reputación.
8Entre 1920 y 1930 fueron varios los concursos de urbanismo convocados por los ayuntamientos españoles en los que aquellos técnicos alemanes colaboraron con profesionales locales: y sin duda la existencia de una moneda fuerte en un momento de bonanza económica —cuanto menos, hasta 1923— incentivó la presencia de aquellos alemanes en España; pero no olvidemos que, paralelamente, aquella misma experiencia sirvió para que muchos arquitectos recién titulados desearan viajar hasta aquel país y aprender de las nuevas experiencias desarrolladas por la más joven generación de responsables municipales. En distintas ocasiones he insistido en un dato significativo y determinante para explicar la realidad española: la neutralidad durante la primera guerra mundial tuvo significativas consecuencias en la forma de intervenir en la ciudad; ante el desarrollo de la industria se produjo una fuerte emigración del campo a la ciudad, lo que tuvo como consecuencia propiciar una fuerte demanda de viviendas económicas; paralelamente, aquel momento de bonanza supuso un fortísimo incremento en el precio de los materiales de construcción lo que llegó, desde la lógica de los inversores, a una desornamentación de la arquitectura. En este sentido los dos problemas claves (la gestión de la ciudad, calificando nuevos terrenos donde construir casas baratas y, paralelamente, la reflexión sobre viviendas unifamiliares) determinarían que Lacasa marchara a comienzos de los 20 a Dresde para trabajar con Paul Wolf en la reconstrucción de la ciudad; que Mercadal —pensionado en la Academia de Roma— trabajara con Poelzig en Berlín, asistiendo a los Cursos de Urbanística en la Escuela de Charlotemburgo; Colás asistiera como alumno al primer Bauhaus; Sánchez Arcas marchara a Holanda… de manera tal que, a la vuelta de todos ellos (en torno a 1925) las publicaciones españolas pudieron ofrecer a sus lectores traducciones de los textos de Muthesius, Behne, Bunz, Hegemann, March, Stübben…
9La situación intelectual existente en la España de aquellos momentos se caracterizaba por un hecho claro: tan sólo Barcelona y Madrid contaban con núcleos de debate, configurándose como «centro» de la «periferia» que constituía el resto del país. No es momento de debatir sobre si hubo en Canarias vanguardia artística (esto es, un grupo coherente y compacto) o si solo hubo personalidades aisladas —ciertamente, de gran potencia creadora— desligados de un debate más global y podríamos estudiar el tema desde la reflexión propuesta por Bourdieu sobre los campos. Pese a todo, la realidad es que incluso las minorías intelectuales madrileñas y catalanas se diferenciaron, en el caso de la arquitectura, porque las dos personas capaces de aglutinar una reflexión (uno, Ortega en Madrid; otro, d’Ors en Cataluña) planteaban cada uno –si bien desde supuestos similares- referencias culturales distintas. Formado Ortega en la lectura de Simmel, Dilthey o Sombart, en las Meditaciones del Quijote imponía la necesidad de seguir a los maestros alemanes en el estudio de la tradición, volviendo los ojos hacia lo que se entendía ya como cultura del Heimat; Castilla fue así la gran referencia y en este sentido no sólo de Torres Balbás sino también Azorín, Machado, Unamuno etc., enfatizando todos ellos la importancia del Quijote y de Castilla como reflejo de una simplificación que supuso proponer el Escorial como referencia arquitectónica. Barcelona, por el contrario, vivió un momento confuso (la excepcional singularidad catalana en arquitectura aparecería sólo a comienzos de la década de los 30) por cuanto que la reivindicación planteada por d’Ors sobre la mediterraneidad condenaría aquella vanguardia, posibilitando por el contrario la opción de una arquitectura definida por algunos como noucentista.
10Madrid y Barcelona vivieron los años 20 con dos velocidades distintas y, sobre todo, con dos referencias bien diferenciadas: la mayoría de los arquitectos formados en la escuela de Madrid que pidió viajar al extranjero lo hicieron buscando estudiar en Alemania mientras que los contados barceloneses que buscaron complementar su formación fuera de su ciudad optaron por marchar a Francia, excepción hecha quizá, en los primeros de la década de los 30, del gatepaco Subirana lo haría a Alemania. La referencia a la cultura alemana del Heimat tuvo consecuencias de muy distinto tipo: en primer lugar, hubo quienes entendieron el concepto arquitectura popular como forma de reclamar una arquitectura nacional ligada a pasado o raza, lo que les llevó a reivindicar los estudios sobre Moeller van den Bruck o Schultze-Naumburg; otros entendieron «lo regional» como seña de identidad asumiendo tanto opciones sevillanistas o montañesas como neovascas; pero, y lo que es más importante, también hubo quienes reivindicando lo vernáculo buscaron su normalización, aplicando a la arquitectura popular los esquemas tayloristas en esos momentos difundidos por Montoliú: en este sentido la referencia a Schmitthenner y su proyecto berlinés para la ciudad jardín de Staaken o las referencias que en 1914 hiciera Anasagasti sobre el magisterio de Tessenow planteaba una forma de entender la arquitectura popular pronto asumida por muchos de los que empezaron a proyectar las colonias de casas baratas.
11La referencia a la cultura popular se convirtió en pauta de quienes buscaban con ello definir una «arquitectura de la raza» enfrentando «lo eterno» a «lo efímero» y, en consecuencia, la «comunidad» frente a la «sociedad» reflejaban un rechazo de la moda y reivindicaba las características del alma como pautas de un comportamiento. Fueron estos quienes, desde la arquitectura, forzaron sobrecargar sus edificios de ornamentación «típica», inventando lo que jamás había existido concebido en los referentes rurales. Pero también lo popular fue referencia para quienes buscaron simplificar y desornamentar la arquitectura, desde la pretensión de «normalizar lo vernáculo». En este sentido tanto las misiones pedagógicas de Giner mostraron la realidad de la España rural como Ortiz de Echagüe retrató lo que entendía era el alma española o Florián Rey glosó, en su Nobleza baturra, lo que en la Alemania de aquellos años se denominó Heimarschutzbewegung (el Movimiento de defensa de la patria local). Y los dibujos que Mercadal trazó en Capri o la reivindicación que Anasagasti hiciera sobre el «apunte» arquitectónico o los estudios publicados por Gustavo Fernández Balbuena sobre la realidad arquitectónica y urbanística de la salamantina Sierra de Francia muestran la influencia del pensamiento de Ortega en una generación.
12Ortega tradujo a Simmel en su Revista de Occidente del mismo modo que la Patronal de la construcción difundía las patentes para muros concebidas por Tessenow en 1924, confundiéndose en ocasiones el contenido de la revista de la Patronal inmobiliaria, El Eco Patronal, con artículos publicados bien en las revistas de los sindicatos obreros, bien en las editadas (Hogar Propio u Hogar Obrero) por las cooperativas de vivienda. De ese modo, fueron más que numerosas las colonias de casas baratas trazadas, entre 1920 y 1925, desde la reflexión alemana abierta bien por los arquitectos municipales de aquel país, bien por las experiencias desarrolladas por los sindicatos obreros.
13Las sanciones económicas impuestas a Alemania tras la firma del armisticio supuso preconizar una política de gasto público, lo cual llevó a la Republica de Weimar a propiciar lo que se ha denominado «revolución conservadora». En 1926, al aplicar el Gobierno de Primo dichos esquemas en España, la Patronal abandonaba la construcción de colonias de casas baratas y optaba por participar en los grandes proyectos de Estado que, desde la política de obras públicas e infraestructura, pretendía dar solución a la recesión que el país vivía desde 1923. Fue el momento en el que Joaquín de Benjumea jugaría un más que importante papel al forzar desde la Dictadura la ejecución en primer lugar de la Ley de firmes especiales (mediante la cual se aprobaba la construcción en España de itinerarios radiales y periféricos subastándose obras para la realización de dos mil kilómetros de carreteras de enlace); luego, el Plan preferente de urgente construcción de ferrocarriles mediante el cual se afrontó la electrificación de 1.500 kilómetros de vías; por último —buscando optimizar las cuencas de las denominadas confederaciones hidrográficas— se aprobaba un amplio plan de obras hidráulicas que derivaría en una importante política de colonización. Buscando definir un proyecto a escala superior, aplicando lo que Franz Nuemann —refiriéndose a la Alemania anterior a 1939— denominara en su Behemoth, la vocación más racional, tales actuaciones se llevaron a término en un momento en que los ingenieros desempeñarían un singular papel aprovechando la constitución en España de las tres empresas constructoras más importantes de la época: Agromán, Entrecanales y Huarte. Y frente a aquella triple actuación desde la arquitectura se buscó abrir un cuarto frente, reclamándose desde el Primer Congreso Nacional de Urbanismo celebrado en 1926 que el gobierno fijara la obligación a los municipios de población superior a los 50.000 habitantes a tener un plan de ensanche, buscando así que la inversión de capital privado tuviera como consecuencia reactivar la economía.
14Fue en esos años cuando los urbanistas alemanes responsables de la planificación antes de la Gran Guerra desarrollaron su actividad profesional en distintos concursos para ensanche en ciudades españolas, siendo frecuente ver tanto en las revistas profesionales como en las de cultura o política artículos firmados por Behne, Hegemann, Muthesius, Jansen, March, Bünz… Se producía así un cambio significativo en la actividad desarrollada entre quienes buscaban definir cuál debía ser el futuro de la ciudad al celebrarse en 1926 en Madrid la Exposición La ciudad y la vivienda moderna: porque si la política anterior había consistido en construir colonias de casas baratas en la periferia, ahora se reivindicaba la construcción de bloques de alta densidad dentro del ensanche, destinándolos a viviendas económicas en alquiler. Así, frente a quienes identificaban la modernidad alemana con el formalismo (y recordemos como en 1927 fueron varios los arquitectos madrileños que dieron noticia de la Weissenhof celebrada en Stuttgart) para aquel Luis Lacasa formado en Dresde junto a Wolf, la nueva política de vivienda abría puertas a nuevas opciones, de acuerdo con lo expresado por Bruno Taut al señalar como «una casa no sólo tiene que ser bella cuando se pueden hacer de ella bellas fotografías». Y asumiendo Lacasa la idea de quienes propugnaban abandonar la «metafísica de la forma» optando, en su lugar, por una racionalidad basada en la función , expresaría su sintonía por quienes llegaban a la estética a través de la técnica —«lo útil no es lo bello ...hoy, las vanguardias de la nueva objetividad han dado muerte a dos palabras: Baukunst (arquitectura) y Kunst (arte) y estos dos conceptos han sido sustituidos por Bauen (construir) y por Leben (vivir)»— indiferente en consecuencia a la opinión de Le Corbusier. Y asumiendo el debate abierto por Behene, el español se opondría tanto a supeditar la composición de la fachada al número de oro como a asumir lo que, irónicamente, definiera como los «axiomas» formulados por Le Corbusier.
15Es obvio que todavía está por escribirse la historia de la crítica arquitectónica de la España de la primera mitad del siglo XX: porque junto a Lacasa sería necesario abrir el panorama a quienes desde Barcelona (no solo Rubió i Tuduri, sino también Giralt Casadesus o Ramón Benet) reclamaron criterios alternativos a los desarrollados por Le Corbusier. Hubo quienes, desde opciones funcionalistas ajenas a la esbozada años antes por Torres Balbás al reclamar una arquitectura basada en la simplificación defendería la capacidad de construir fuera de cualquier consideración esteticista. Contrario, como Lacasa, a quienes entendían que la alternativa era sustituir simplemente un lenguaje por otro y enfrentado a quienes identificaban arquitectura moderna con la utilización de determinados elementos en fachada, su posición sería asumir la lógica del proyecto y desarrollarlo. En este sentido, Lacasa coincidía en sus ideas con un Moreno Villa quien, en la conferencia dictada en la Residencia de Estudiantes («Función contra forma; confort contra lujo») abría puertas para que luego el mismo Lacasa ironizara al señalar como
un compañero mío, animado de los propósitos más verdaderos, proyectaba a mi lado un edificio. Se trataba de una vivienda y empezó a tantear la planta según el programa dado, y, después de plantear distintas soluciones, dio con una que consideró la procedente, tan normal, tan corriente, como hubiera sido la de otro compañero cualquiera, aunque no hubiera estado impregnado de tan nobles y modernos propósitos como el que nos ocupa.
[…] Según los principios racionalistas, sobre aquella base horizontal debiera levantarse el volumen correspondiente de manera fatal, inapelable y precisa.. pero mi sorpresa fue grande cuando vi que en lugar de levantar los volúmenes de manera automática […]. Vi que mi compañero empezaba nuevamente con tanteos acoplando los cubos, subiendo o bajando el nivel de las terrazas […] y pude advertir que entre tanto plano aparecía también un cilindro, aunque luego me he enterado, cosa que me extrañó, que se llevan también los cilindros, claro que sin abusar de ellos.
16Adoptando una posición abiertamente crítica respecto a lo que entendía solo era un nuevo academicismo, para Lacasa la proyectación arquitectónica debía ser estrictamente científica y los problemas del funcionamiento de un edificio eran más complejos que los de la vida de cualquiera de los individuos que debía usar de él. En distintos trabajos, tras apuntar como lo que llamó «funcionalismo auténtico» no consistía en la mera derivación mecánica, dogmática y rígida de la forma (según lo exigía la función) destacando como cabía un margen de elección (incluso, dirá, en la determinación de la sección de un pie derecho) que permite obtener que una obra fuera, además de adecuada a su función, más o menos bella, según la sensibilidad y capacidad del arquitecto.
17En torno a 1927 (cuando todavía Barcelona vive preocupada por el futuro del “noucentisme”) Madrid asume las criticas que el circulo de Behene plantea en esos momentos contra Le Corbusier; pero el quiebro que en dicho año se produce es significativo porque la bonanza económica y, sobre todo, la pretensión de construir viviendas de alquiler en el Ensanche dan definitivamente al traste con la política de casas baratas —con la voluntad de construir viviendas obreras y, en consecuencia, identificar éstas con programas de necesidades ya obsoletos— preponiéndose en su lugar la construcción de viviendas para clase media baja, lo que implica modificar el programa de necesidades. Es este el momento en que el berlinés Sigfried Kracauer publica dos trabajos: el primero, sobre Los empleados; el segundo, un breve comentario sobre un espectáculo visto en Berlín. En el primero de ellos Kracauer comenta un hecho significativo: en 1926 el porcentaje de empleados (oficinistas, obreros de cuello blanco) que viven en aquella ciudad supera con mucho a la población obrera y su existencia misma lleva a reclamar no sólo comportamientos y usos específicos (modos de diversión, lugares de ocio, forma de vestir, cambios en las costumbres y moral etc.) sino también a reclamar un tipo de vivienda ajeno a las propuestas definidas a comienzos de la década, cuando Gropius propusiera desde su recién fundada Escuela de Bauhaus «disponer todas las artes bajo las alas de la arquitectura.
18El segundo texto señalado era igualmente significativo: en un breve artículo periodístico Kracauer destacaba como, días antes, había asistido en Berlín al espectáculo ofrecido por el neoyorquino Radio City Hall destacando cuánto la virtud perseguida por coreógrafos era tanto la sincronización en los movimientos de las bailarinas como la perfección en la repetición del gesto, al levantar estas al unísono las piernas hasta determinada altura. Atónito ante un espectáculo cuya calidad se identificaba con algo ajeno a la danza, apuntaba como pocos días antes había asistido a uno de ballets de Diaghilev, teniendo ocasión de ver bailar a Nijinsky y comentando a continuación cuánto el arte tenía características bien distintas al espectáculo americano. La idea de la repetición (como luego también planteara Benjamin) apuntaba la necesidad de definir una cultura de clase media y en este sentido cuando en 1928 el Secretario de la Sociedad Central de Arquitectos (García Mercadal) recibiera institucionalmente una invitación para que dos arquitectos madrileños pudiera desplazarse y asistir a la reunión con Le Corbusier proponía desarrollar en el suizo castillo de La Sarraz, Mercadal tuvo problemas para encontrar quien le acompañara, dado el nulo interés que la propuesta de Le Corbusier despertaba en aquellos momentos.
19En distintas ocasiones se ha insistido cuánto aquel viaje de Mercadal (acompañado, finalmente, por Zabala) apenas tuvo trascendencia debido a varias razones: en primer lugar, porque Mercadal y Zabala carecían de la formación necesaria para entender y asumir lo que se ofreció ante ellos; luego, porque dudo comprendieran las razones por las que Loos, Taut o Martín Wagner no estuvieran presentes. Por ello, cuando un año más tarde el mismo Le Corbusier convocó una nueva reunión en Frankfurt, pidiendo ahora a arquitectos de distintos países enviaran dibujos en planta de sus viviendas económicas más representativas, ni Mercadal ni Zabala respondieron a la invitación, haciéndolo en su lugar el bilbaíno Luis Vallejo y el madrileño Amós Salvador quienes —aunque enviaron propuestas que encajaban perfectamente con el espíritu de la convocatoria y haber demostrado Vallejo su excepcional calidad en varios proyectos de vivienda mínima, demostrando haber comprendido el concepto esencial mínimum— han sido ignorados por la historiografía mas reciente.
20Tras la reunión de Frankfurt, 1930 fue la otra gran fecha de la arquitectura española: en primer lugar, porque en dicho año se celebró en San Sebastián la primera reunión de la vanguardia arquitectónica que se traduciría, al poco, en la reunión celebrada en Zaragoza y en la que se formalizaría Gatepac, el grupo racionalista liderado desde Barcelona por José Luis Sert; en segundo lugar, porque en ese mismo año el Ayuntamiento de Madrid convocó un Concurso de Urbanismo para definir tanto el Extrarradio como la Extensión de la Ciudad. Gatepac, llevado de manera brillante por Sert, lejos de retomar la influencia alemana que había caracterizado la arquitectura madrileña, centró su atención no tanto en los ciam cuanto, directamente, en la figura de Le Corbusier. Pero el concurso de Madrid fue determinante no sólo porque el berlinés Jansen (quien en 1910 obtuviera el primer premio en el concurso de la Groβstadt formó equipo con Zuazo presentando conjuntamente una propuesta que marcaría tanto las pautas para ordenar la extensión de la ciudad (proponiendo soluciones tanto para el extrarradio como para el entorno metropolitano) como definiendo un ambicioso programa de reforma interior sino porque el voto particular de uno de los miembros del jurado —el alemán Paul Bonatz— (lamentando que una partidista interpretación de las bases del concurso por de algunos miembros del jurado impidieran la concesión del primer premio) apuntaba las pautas sobre las que luego se definiría el desarrollo de la ciudad.
21De 1930 a 1936, momento en que se produciría la Sublevación, aquella propuesta sufrió numerosos avatares: por una parte la opción municipalistas del grupo socialista (liderado por Besteiro) entendió que la propuesta de Zuazo significaban tanto privatizar la construcción de la nueva ciudad de los negocios (el desarrollo de Castellana) como ignoraba las intervenciones en las zonas degradas del sur de la ciudad. Pronto la referencia a Jansen quedó obsoleta y las publicaciones españolas especializadas difundieron no sólo los proyectos de Gropius o Mies sino también los de Taut o Poelzig, al tiempo que publicaron imágenes de carácter tan distinto como eran las obras de Bonatz, Farenkamp o Schumacher. Y fue en esos momentos cuando, de nuevo, Berlín se entendió como paradigma urbanístico: que Zuazo proyectara, en su Casa de las Flores, trece tipos distintos de viviendas en alquiler para la clase media (en función de número de componentes de la familia se trazaba uno u otro programa de necesidades, lo que suponía definir viviendas con muy distintas superficies) caló en una Oficina Técnica Municipal en principio opuesta a las ideas de aquel al punto que en su propuesta para Castellana establecían hasta ocho tipos distintos de vivienda, con muy distintas superficies y, en consecuencia, con distintas rentas.
22En los primeros momentos de los años 30 aparecen numerosos artículos firmados por Hegemann, Behne, Schumacher, Gropius etc., no sólo presentando obras construidas sino estableciendo opiniones y criterios. Klein, por ejemplo, vería traducidos al castellano sus trabajos sobre las tipologías para casas de alquiler en Berlín y las opiniones de Martin Wagner sobre la ciudad se difundieron en varias revistas. Sin embargo, en noviembre de 1932, se produjo el quiebro político que todos conocemos al ganar el nsdap las elecciones y tomar la cultura arquitectónica nueva dirección. Convendría, en este sentido, leer tanto los informes enviados por el embajador de España, Luis Araquistáin o las memorias de Ramos Oliveira) como las redactadas por quienes eran entonces estudiantes españoles en Berlín (los Recuerdos y olvidos de Francisco Ayala, por ejemplo) para comprender las consecuencias de aquél.
23A partir de noviembre de 1932, la arquitectura alemana cambió: muchos de sus protagonistas marcharon al exilio aunque también es cierto que quienes quedaron desarrollaron una arquitectura que una crítica triunfalista ha querido ignorar. Nombres hasta entonces menores cobraron singular importancia, abriendo un debate ideológico que, años después, tendría singular trascendencia en la España de la posguerra. Kreis, Schutz-Naumburg, Troost o el mismo Speer caracterizaron la arquitectura de aquel nuevo Reich y ello tendría una doble consecuencia para la España de la Segunda República: por una parte el perfil de quienes durante los tiempos de Weimar habían solicitado marchar a Alemania cambiaria de forma significativa y —casi con la excepción, a riesgo de cometer error y olvidar algún otro, como por ejemplo Rodríguez Orgaz— la mayor parte de quienes a partir de 1933 pidieron viajar a Alemania, impulsados por el gobierno de la CEDA (Juan del Coro, Pérez Mínguez, Moreno Barberá etc.), demostraron cuánto sus referencias sintonizaban con la arquitectura del nuevo régimen, participando Coro en 1941 en el concurso para el Valle de los Caídos y repitiendo Barberá, después de la guerra, propuestas concebidas años antes por Schmitthenner.
24Barcelona, vivió el quiebro en la política alemana de manera bien distinta: del grupo de vanguardia que encabezara Sert tan sólo Subirana (el arquitecto desconocido y de quien entiendo sería preciso estudiar detenidamente, buscando comprender y profundizar en sus contradicciones) tenía formación técnica recibida en Alemania. Para Sert, en consecuencia, el fin de Weimar era sólo un acontecimiento más tras la crisis económica del 29. La nueva situación que viviera Europa tras el crack trastocó radicalmente el mundo de la arquitectura: la necesidad de plantear desde esquemas keynesianos una política de déficit público obligó a los ayuntamientos a suspender su labor como promotores en la construcción de viviendas económicas al tiempo que llevó a los Estados a afrontar importantes proyectos de infraestructura, potenciando en este sentido tanto grandes planes de obras hidráulicas como potenciando la idea de los planes regionales. En 1932, en la reunión que el cirpac mantuvo en Barcelona, se advertía ya cuanto la arquitectura de vanguardia próxima a Le Corbusier abandonaba los ejercicios planteados tanto en 1927 en la Exposición de la Weissenhof como en la reunión celebrada dos años más tarde en Frankfurt: se afrontaba, de manera, nueva, la ordenación del espacio a una escala no planteada hasta el momento pero lo más significativo es que frente a quienes en los años 20 buscaron en Madrid el modelo alemán como referencia, entendiendo el mismo como pauta de una «nueva objetividad» volvían en esos momentos sus ojos hacia la arquitectura estadounidense entendiendo ahora por «americanismo» algo bien distinto a lo que la misma palabra había significado apenas diez años antes.
25Sabemos como, superado tanto los debates sobre el taylorismo y el fordismo, en torno a 1927 la ciudad había sido puesta en cuestión insinuándose la conveniencia de construir en su centro grandes edificios en altura. Los dos grandes gestos de modernidad que caracterizaron aquella operación fueron el edificio para la ITT y el trazado por Feduchi y Eced para el Capítol. Si el edificio de Telefónica fue referencia publicada en numerosas revistas europeas de la época como reflejo de lo que podía ser rascacielos dentro del casco histórico, valorándose tanto su estructura metálica como su imponente volumen en el entorno, el edificio la nueva calle el Capítol se planteaba desde una referencia bien distinta. Localizado allí donde la recta que configuraba los dos primeros tramos de Gran Vía quebraba definiendo un tercer tramo en fuerte bajada que llegaba hasta Plaza de España el Capítol se proyectaba buscando repetir —al imponer su imagen en el fondo de una perspectiva— desde una clara referencia al neoyorquino ejemplo del Fletaron.
26Durante tiempo muchos han buscado identificar tanto la génesis como la genealogía del edificio, estableciendo referencias tanto al concurso como a proyectos mendelssohnianos: no es mi intención entrar ahora en debates sobre lenguajes formales pero sí entiendo que la propuesta concebida en esos años por Feduchi y Eced (por un Feduchi que había ya colaborado como escenógrafo en numerosas películas en aquellos años) tiene su referencia en el modo que se resuelve el cruce entre la Quinta Vía y Broadway. Pero no sólo la referencia a la arquitectura americana se planteó desde la imagen urbana sino también desde el rigor y la disciplina que habían apuntado años antes muchos arquitectos y que, con el triunfo del nuevo clasicismo propiciado por el nuevo Reich y el abandono de la arquitectura por parte de una vanguardia neo conversa que ahora se quería urbanista. Arquitectos como Sánchez Arcas o Zuazo tomarían como referencia una arquitectura anónima donde los detalles constructivos, los despieces, los equipamientos o los servicios caracterizan el todo. Y fue en esos años cuando los nuevos hospitales reflejan el nuevo saber y poco da que algunos (como, por ejemplo, Vilata) proyectaran algunos ejemplos injustamente hoy olvidados o que los citados Lacasa o Sánchez Arcas concibieran el edificio de física y química para la fundación Rockefeller.
27Los viajes que tanto García Lorca como Sánchez Arcas, Figueroa, Garrigues o tantos otros realizaron a comienzos de los años treinta a los Estados Unidos no fueron casuales sino que reflejaron cuánto la cultura del momento cambiaba al no encontrar ya, a partir de 1932, en las referencias alemanas los valores y características que ahora sí, por el contrario, aparecían en la sociedad estadounidense. Durante treinta largos años la referencia alemana fue entonces el punto de partida de una reflexión sobre la arquitectura y la ciudad: quizá por ello la sorpresa al percibir, en 1940, como el debate dejaba de plantearse desde la doble referencia a la gestión de la ciudad y a la definición de la célula para convertirse en simple modelo formal de un Nuevo Estado.
Pour citer cet article
Référence papier
Carlos Sambricio, « Lacasa en Dresde; Jansen en Madrid: sobre la arquitectura madrileña en el primero tercio del siglo xx », Bulletin d’Histoire Contemporaine de l’Espagne, 53 | 2019, 111-122.
Référence électronique
Carlos Sambricio, « Lacasa en Dresde; Jansen en Madrid: sobre la arquitectura madrileña en el primero tercio del siglo xx », Bulletin d’Histoire Contemporaine de l’Espagne [En ligne], 53 | 2019, mis en ligne le 30 septembre 2020, consulté le 11 octobre 2026. URL : http://journals.openedition.org/bhce/3775 ; DOI : https://doi.org/10.4000/bhce.3775
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