España en la mirada de los viajeros extranjeros
Résumés
Au cours du XIXe siècle, les voyageurs étrangers s’intéressent surtout à l’Andalousie, mais en réalité ils considèrent toute l’Espagne ; c’est en Andalousie qu’ils voient le mieux des coutumes, un tempérament et des caractéristiques qui, selon les visiteurs étrangers sont présents dans toute la péninsule. Ce regard est celui d’une élite de voyageurs fortunés qui disposent de moyens économiques élevés et de relations sociales. Or, beaucoup d’Espagnols finiront par le partager. Celui-ci repose sur une idée que l’on peut résumer ainsi : l’Espagne n’est pas l’Europe, elle en est même différente. Ce sont les luttes politiques qui ont attiré l’attention des étrangers et qui expliquent la fascination qu’exerce sur eux l’Andalousie —Séville et Grenade, surtout— et le mythe d’une Espagne différente.
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1Conviene presentar tres observaciones previas:
21) En el siglo XIX, los viajeros extranjeros en España se fijan sobre todo en Andalucía, pero en realidad su mirada se hace extensiva a toda España; en Andalucía es donde se ven más claramente unas costumbres, un temperamento y unas características que, a juicio de los extranjeros que la visitan, se encuentran en toda la península.
32) Esta mirada es la de una elite de viajeros adinerados que disponen de medios económicos elevados y de relaciones sociales influyentes. Ahora bien, muchos españoles acabarán haciéndola suya.
43) Dicha mirada se plasma en una idea que se puede resumir en pocas palabras: España no es Europa sino algo distinto.
5Son los enfrentamientos políticos los que han llamado la atención de los extranjeros y que explican la fascinación que ejerce Andalucía —Sevilla y Granada, sobre todo— y el mito de una España diferente.
Napoleón y Mendizábal
6En 1990, tuve ganas de conocer la cartuja del Paular. El fraile benedictino que acogió al grupo de turistas al que me había incorporado, empezó por esta observación: «Tengan en cuenta que este monasterio ha tenido dos visitantes ilustres: Napoleón y Mendizábal; con esto está dicho todo lo esencial sobre lo que van a ver, mejor dicho, sobre lo que no van a ver en este monasterio». Al fin y al cabo, al fraile no le faltaba razón: si España tuvo tanta aceptación en los medios culturales de Europa en el siglo XIX fue en parte consecuencia de los conflictos diplomáticos, militares y políticos en los que estuvo metida entonces, concretamente la guerra de la Independencia, la primera guerra carlista, la desamortización llevada a cabo por los liberales, causas a las cuales vinieron a añadirse las corrientes estéticas de moda en aquella época: el romanticismo y el orientalismo.
7El Dos de mayo de 1808, el pueblo de Madrid se levanta en armas contra las tropas francesas que ocupan la ciudad, dando así comienzo a la llamada guerra de la Independencia, una guerra que, desde su inicio, se presenta con dos aspectos: una guerra clásica, por así decirlo, con participación de un ejército regular y organizado que contó entre sus principales aliados otro ejército, mejor organizado, el inglés, mandado por el que, andando el tiempo, acabará convirtiéndose en duque de Wellington; contra las tropas de Napoleón actuaron también unas guerrillas de combatientes voluntarios que hostigaban al enemigo. El resultado de aquellas actuaciones llenó de asombro y de admiración a media Europa; por primera vez, las tropas del emperador de Francia se encontraron con una seria resistencia, sufrieron varias derrotas y, por fin, tuvieron que salir de España huyendo.
8Del primer aspecto —la guerra en el sentido tradicional de la palabra— quedan en la memoria algunos episodios famosos: la batalla de Bailén (22 de julio de 1808) que tuvo como consecuencia la capitulación de todo un ejército francés con veinte mil soldados que quedaron prisioneros de los españoles; los sitios de Zaragoza (diciembre de 1808 - febrero de 1809) y de Gerona (mayo - diciembre de 1809), la batalla de los Arapiles (22 de julio de 1812) y la de Vitoria (21 de junio 1813) que obligó a los franceses a salir de España.
9Pero lo que más llamó la atención fueron las guerrillas que surgieron por todas partes, primero de modo espontáneo y esporádico, nacidas del deseo de vengarse de las exacciones del ejército invasor, luego bajo la forma de partidas dirigidas por jefes populares: el cura Merino, Espoz y Mina, Juan Martín El Empecinado etc. La movilidad les daba fuerza y eficacia a los guerrilleros para interceptar las comunicaciones y los movimientos del enemigo, destruir sus depósitos de víveres, atacar sus retaguardias y los destacamentos aislados; su táctica era caer por sorpresa sobre el enemigo, causarle pérdidas y replegarse para volver a aparecer más lejos algunos días después. La guerrilla dio a la guerra de la Independencia su carácter de lucha despiadada hecha de arrojo y de valentía, pero también de crueldad. En su serie sobre los Desastres de la guerra, Goya evocó con realismo las desgracias de los campos de España, oprimidos sucesivamente por los franceses, los ingleses, los guerrilleros.
10Cuando volvió la paz, muchos de aquellos guerrilleros no siempre reanudaron una vida normal. Se encontraron disponibles para cualquier aventura, conspiración, golpe de mano y para las guerras civiles que, a partir de 1833, después de la muerte de Fernando VII, enfrentaron a carlistas y liberales. Así se comprende lo dicho por Pérez Galdós: la guerrilla de los años 1808-1814 fue la gran academia del desorden. Las guerras carlistas también tomaron el aspecto de luchas encarnizadas. No fueron raros los actos de crueldad, tanto en un bando como en el otro. Semejantes actos contribuyeron a que, en Europa, se propagara la imagen de una España valiente, desde luego, pero en la que los instintos primitivos de la humanidad y el gusto por la muerte y la sangre se daban rienda suelta. La opinión internacional se conmocionó. En 1835, una misión oficial inglesa intentó humanizar el conflicto, poniendo fin a las atrocidades. Estamos ante un claro precedente de lo que ocurrió en España en tiempos de la guerra civil del 36.
11Así se difundió entre las elites de Europa una imagen con doble cara: por una parte, la nación indomable del levantamiento popular contra Napoleón, el pueblo que, por su heroísmo, puso en jaque a las que eran entonces las mejores tropas del mundo; pero este pueblo era al mismo tiempo capaz de todo tipo de barbaridades; era de una crueldad tremenda, de un fanatismo increíble; era, por decirlo todo en una palabra, un pueblo de salvajes.
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12A aquellos desastres se sumó el saqueo de obras de arte al que se dedicaron los ejércitos franceses. Los generales de Napoleón no tuvieron escrúpulos en incautar para su uso personal los cuadros de los grandes artistas españoles que estaban conservados en las iglesias, los conventos y las casas particulares. Se suele citar como muestra típica de aquellos robos los que cometió el mariscal Soult en Sevilla1. Cuando, en el verano de 1813, José Bonaparte salió huyendo de Madrid, le seguía una larga caravana vigilada por el general Hugo —el padre del célebre Víctor Hugo—; en decenas de carros estaban los despojos realizados durante su reinado. Éste tuvo que abandonarlo todo en pleno campo cuando fue derrotado cerca de Vitoria, en septiembre de 18132. Las obras de arte no fueron restituidas a sus legítimos propietarios. En vez de devolver los cuadros a sus lugares de origen, Wellington, jefe del ejército vencedor, mandó que se empaquetaran otra vez y se enviaran a Londres para decorar su mansión, Apsley House, y allí se encuentran todavía en la actualidad3. A los nombres de Napoleón y de Mendizábal que mencionaba el fraile del Paular como culpables de los despojos de que fue víctima el patrimonio artístico de España habría pues que añadir el duque de Wellington, quien, en teoría, vino a la península para echar a los franceses y restablecer España en su libertad e independencia4.
13A este pillaje conviene añadir las consecuencias de la desamortización decidida por Mendizábal en 1836. Algunos ricos extranjeros compraron a bajo precio centenares de obras de arte que estaban conservadas en los conventos puestas en venta en pública subasta. Gran parte de aquel patrimonio fue a parar en museos o casas particulares de Francia e Inglaterra. En 1838, en el museo parisino del Louvre, se organizó una exposición con más de 400 cuadros que el barón Taylor había comprado en España en condiciones muy sospechosas por mandado del rey Luis Felipe. Cuando le quitaron el trono, en febrero de 1848, éste último lo vendió casi todo a los ingleses.
Los «curiosos impertinentes»
14Aquellos despojos tuvieron una consecuencia paradójica: permitieron que Europa descubriera el patrimonio artístico español. La salida masiva de pinturas al extranjero despertó el interés de las clases cultas europeas por el arte español. Desde entonces, la península Ibérica quedó incluida dentro de los circuitos culturales, especialmente en Inglaterra donde, desde mediados del siglo XVIII, se había puesto de moda la llamada Gran Vuelta (le Grand Tour): al terminar sus estudios, los jóvenes de la alta aristocracia británica solían pasarse varios meses viajando en alguna de las naciones que entonces se consideraban centros de civilización y renombradas por su pasado histórico, sus tradiciones literarias y artísticas, sus monumentos: Italia, sobre todo, pero también Francia, Flandes, Alemania, Suiza. A principios del siglo XIX, Grecia y España, empezaron a figurar entre los derroteros posibles del Grand Tour.
- 5 Desde luego, fueron muchos más los viajeros extranjeros que recorrieron la península en el siglo XI (...)
15Al mismo resultado contribuyó el naciente romanticismo y su corolario, el orientalismo. Uno de los aspectos del romanticismo fue, en efecto, el interés por lo exótico, lo pintoresco, lo que era fuera de lo común: paisajes nuevos, hombres y costumbres desconocidas, restos del pasado, tradiciones antiguas etc. Desde este punto de vista, España ofrecía unas oportunidades singulares por la variedad de sus paisajes y de sus gentes, así como por la riqueza de su historia, de su literatura y de su arte. Uno de los primeros escritores en visitarla, aunque muy de prisa, fue Chateaubriand; en 1807, al regresar de un viaje a Jerusalén, pasó unos días en Andalucía y quedó entusiasmado por la Alhambra. Unos años después, leyó las Guerras civiles de Granada de Pérez de Hita, que se habían traducido al francés en 1809. Así nació uno de sus libros más curiosos, las Aventuras del último Abencerraje, novela en la cual aparecen caballeros moros y cristianos que comulgan en el culto del honor y rivalizan en el heroísmo y la pasión amorosa. Chateaubriand no volvió nunca a España. En cambio, a partir de 1815, fueron varios los viajeros, franceses e ingleses, que visitaron la península e iniciaron una nueva mirada sobre España. Los principales fueron cuatro: el norteamericano Washington Irving, los ingleses George Borrow y Richard Ford y el francés Prosper Mérimée5.
- 6 Antonio Gámiz Gordo, Alhambra. Imágenes de ciudad y paisaje (hasta 1800), Granada, El legado andalu (...)
- 7 Es lo que se desprende de un libro de la época, Los Nuevos pasos por Granada, de Simón de Argote; e (...)
- 8 Contribuyeron a su deterioro los mismos que lo iban a poner de moda. En efecto, Washington Irving e (...)
- 9 El título exacto es éste : La Alhambra, conjunto de cuentos y bosquejos de moros y españoles .
- 10 En la novela de Stendhal, Le Rouge et le Noir (1830), una de las protagonistas, Mlle. de la Mole, l (...)
16Washington Irving hizo dos viajes a España, en 1826 y en 1842, la segunda vez como embajador de los Estados Unidos. El primer viaje fue el más importante. Washington Irving que tenía entonces 42 años llegó a Irún el 11 de febrero de 1826 y salió por Figueras el 23 de agosto de 1829; se trata pues de una estancia de más de tres años que le permitió visitar detenidamente Madrid y sus alrededores —el Escorial, la Granja, Aranjuez, Toledo— con largos ratos pasados en la Academia de la Historia —se le nombra miembro correspondiente —, en los museos, en las tertulias o en las corridas de toros. El 1° de marzo de 1828 sale rumbo a Andalucía: visita Granada, las Alpujarras, Málaga, Ronda, Cádiz —donde conoce a la novelista Cecilia Böhl de Faber, alias Fernán Caballero—, Sevilla, Granada etc. Le fascinó la Alhambra. La que fue residencia de los últimos reyes moros de España estaba entonces en un estado de abandono casi total. Hacía tiempo que ya no vivía allí el capitán general de Granada. Desde 1752, el palacio servía de residencia a un cuerpo de inválidos, unos 80 hombres cuya llegada coincidió con la conversión de la Alhambra en refugio de gentes marginales: gitanos, contrabandistas; ladrones y tunantes de todas clases6. Hay que decir que, a principios del siglo XIX, en algunos medios cultos, el prestigio de la Alhambra y del arte hispano-musulmán en general había decaído notablemente; se le consideraba como muy inferior al arte del Renacimiento7. En estas condiciones, no tiene nada de extraño el descuido del que fue objeto el edificio8. Washington Irving quedó hondamente impresionado por Granada y el Alhambra. Los temas «hispanomoros —confesó entonces— poseen tal encanto, que me satisface escribir de ellos por el simple gusto de hacerlo. Tienen un espíritu elevado, la tendencia a lo caballeresco, y a la vez son extraños, pintorescos y en ocasiones un tanto humorísticos». Fue entonces cuando decidió componer los Cuentos de la Alhambra9 que se publicaron en 1832 y gozaron inmediatamente de un éxito extraordinario. Washington Irving no creó el mito de la Alhambra; existía antes de él10, pero fue él quien le dio una resonancia universal; la Alhambra se ha convertido en un paradigma de romanticismo y de exotismo oriental. Hoy en día son numerosísimas en Francia las salas de fiesta o los cines que llevan este nombre famoso.
- 11 El Handbook se ha vuelto a editar por Ian Robertson en 1966.
17Dos ingleses muy distintos entre sí visitan España casi por las mismas fechas: Richard Ford (1796-1858) y George Borrow (1803-1881). El primero vino porque los médicos le habían aconsejado a su esposa vivir una temporada larga en una región de clima agradable. En 1830, Ford instaló pues su familia en Sevilla hasta 1833 y se dedicó a recorrer el país: desde luego toda Andalucía, pero también la Meseta central y varias provincias. De vuelta a Inglaterra, publicó en 1845 dos libros que se hicieron rápidamente famosos en el mundo del hispanismo: el Hand-Book for Travellers in Spain y Gatherings from Spain, que se traducirá más tarde con el título: Cosas de España 11. Estos libros son el equivalente de las actuales guías para uso de los turistas; Ford los escribe pensando en los socios aristocráticos de la Geographic Society y del Travellers' Club. Unos años más tarde, en 1852, escribirá un largo prólogo como introducción a la Tauromachia de William Lake Price (1810-1891), una colección de 27 litografías que representaban corridas de toros celebradas en Madrid, Sevilla y Cádiz.
18George Borrow tiene muy poco en común con los viajeros precedentes. Él no procedía de la aristocracia inglesa ni había estudiado en ninguna universidad. Era un excéntrico aventurero, un gran jinete y conocedor de caballos y, sobre todo, un políglota: llegó a hablar una decena de idiomas, incluso el euskera y el caló que aprendió durante sus viajes por España. Este aspecto fue el que indujo a la Sociedad Bíblica Británica y Extranjera de Londres a contratarlo para difundir el Nuevo Testamento en la península Ibérica. Borrow estuvo pues en España durante cuatro años, entre 1836 y 1840. En 1837, llegó a imprimir 5000 ejemplares que no debió vender ya que casi todos fueron incautados y destruidos por las autoridades. En sus correrías se hizo muchos amigos entre la gente del pueblo, los gitanos y los manolos de Madrid que le llamaban D. Jorgito el Inglés. Se entrevistó con miembros de la buena sociedad y con personalidades como Mendizábal. En Londres, también conoció a Richard Ford que hablaba de él como del Gitano. En 1843, publicó un libro, La Biblia en España, que resultó ser un auténtico bestseller: de la primera edición, en tres volúmenes, se vendieron seis mil ejemplares; de la segunda, en dos volúmenes, diez mil. En 1844, se hicieron dos ediciones en los Estados Unidos que se agotaron rápidamente. Hubo también traducciones al francés, al alemán, al ruso, pero hay que esperar 1921 para ver la primera traducción al castellano, obra de Manuel Azaña. La Biblia en España fue probablemente uno de los libros más populares entre todos los producidos por los hispanistas del siglo XIX y el que influyó poderosamente en la mirada que se tuvo de España en Europa.
- 12 La obra está basada en la novela de Mérimée, con libreto de Henri Meilhac y Ludovic Halévy. El comp (...)
19Al francés Prosper Mérimée (1803-1870), novelista, dramaturgo e historiador, le gustaba mucho ver mundo. Visitó Italia, Grecia, el Prójimo Oriente, Inglaterra, pero sobre todo España que le atraía especialmente. Su primer viaje se sitúa en 1830; se quedó entonces seis meses en la península; se pasó muchas horas en el museo del Prado, deteniéndose ante los cuadros de Velázquez, Murillo, Zurbarán, Alonso Cano, Goya etc. También gastó muchas horas viendo corridas de toros. La condesa de Montijo —madre de la futura emperatriz de Francia, Eugenia—, gran amiga suya, le contó en una ocasión un suceso que había ocurrido en Málaga: el asesinato de una joven por un matón. A Mérimée le interesó la anécdota. Desde hacía algún tiempo se interesaba por los gitanos; le había gustado mucho el libro The Zincalli que George Borrow publicara en 1841. Para que a los lectores franceses el suceso pareciera más pintoresco y exótico, hizo de la joven una gitana hechicera que trabajaba en la fábrica de tabacos de Sevilla. Así nació la novela corta Carmen que se publicó en octubre de 1845 en la prestigiosa Revue des Deux Mondes. Fue un éxito inmediato que se prolongó mucho tiempo. La novela sirvió de base para la ópera del mismo nombre, obra de Georges Bizet, que se estrenó en París el 3 de marzo de 1875 y sigue siendo una de las obras más populares en el mundo entero, incluso en España12.
- 13 El nombre aparece por primera vez en el título de un libro de Ian Robertson dedicado a este tema: L (...)
20A los viajeros ingleses algunos críticos los han llamado los «curiosos impertinentes»13, no se sabe por qué, tal vez porque —lo mismo que los franceses— han mostrado una gran curiosidad por las cosas de España, haciendo observaciones y comentarios que han parecido muchas veces discutibles. Sin embargo, conviene notar que aquellos viajeros se situaron a una distancia infinita de la ola de turistas que invadió la península a partir de 1960 en busca de playa, de sol y de vida barata. Estos turistas eran, en su inmensa mayoría, gentes que sabían muy poco del país en el que iban a veranear; ignoraban su historia, su literatura, su arte; ni siquiera eran capaces de hablar correctamente el castellano; los solos españoles con quienes conversaron fueron taxistas, camareros y profesionales del turismo, cuando no prostitutas. Los «curiosos impertinentes» del siglo XIX, en cambio, procedían de las clases elevadas de la sociedad; sabían mucho de España; casi todos fueron auténticos eruditos; tres de los mencionados más arriba —Washington Irving, Richard Ford y Prosper Mérimée— fueron miembros correspondientes de la Real Academia de la Historia. Washington Irving conoció a Moratín, a Martín Fernández de Navarrete, gran especialista de los viajes de descubrimiento y de la conquista, a Fernán Caballero etc.; frecuentó los museos, las bibliotecas, los archivos —concretamente el de Indias, en Sevilla, cuando estaba preparando una vida de Cristóbal Colón. Richard Ford vino con cartas de recomendación del duque de Wellington para el general Pedro Agustín Girón, marqués de las Amarillas, luego duque de Ahumada, ex-combatiente de la guerra de la Independencia; gozaba de la consideración de las autoridades y de las familias aristocráticas a cuyas tertulias estaba invitado. En cuanto a Prosper Mérimée, no cabe duda de que fue todo un erudito; publicó libros muy serios y documentados sobre la España medieval; se había leído las obras de Lope, de Tirso, de Calderón; escribió trabajos sobre Cervantes y el Quijote. Era íntimo amigo de D. Cipriano Palafox y Portocarrero, que había sido militar en los ejércitos de Napoleón I, futuro conde de Montijo y padre de Eugenia, quien, en 1853, se iba a casar con el emperador Napoleón III; la condesa —esposa de Palafox— le dio el gusto por las cosas de España, sobre todo de Andalucía: los moros, la Alhambra etc. Mérimée se hizo también muy amigo del autor costumbrista Serafín Estébanez Calderón quien le presentó a Juan Valera, le introdujo en el mundo de los toreros y también —todo hay que decirlo— en las casas de putas de Madrid. El único que no entra en esta categoría es George Borrow, pero éste, si nunca se congració con la aristocracia, llegó a conocer muy bien la vida, las costumbres y la lengua del pueblo español. Todos estuvieron pues muy al tanto de las cosas de España. Estas les merecieron muchas veces juicios discutibles, pero ello no se debió a ignorancia sino a una mirada sesgada.
El laberinto español
- 14 Mérimée, al regresar a Francia, en 1840, pasa unos días en Vitoria que le gusta mucho; su plaza may (...)
- 15 El bandolerismo decayó mucho, a partir de 1844, a raíz de la creación de la Guardia Civil. En el re (...)
- 16 Habrá que esperar los primeros años del siglo XX para que, por lo menos los franceses descubran otr (...)
21¿Cuál fue pues la mirada de los «curiosos impertinentes» sobre España? A ellos les gusta España porque no es Europa sino una anticipación de Oriente. Les ofrece un clima, unos paisajes, unas costumbres distintas y exóticas. Esto se nota en las relaciones de viajes. Por lo general, los «curiosos impertinentes» entran por Irún, cruzan rápidamente las provincias vascongadas14; se detienen poco en Castilla la Vieja que encuentran miserable pero que todavía es Europa; están en terreno familiar, por así decirlo, a causa de las iglesias románicas o góticas como la catedral de Burgos que les llena de admiración. El choque se produce en Toledo con las primeras muestras del arte mudéjar, pero el encuentro decisivo con la que, a su juicio, es verdaderamente España empieza en Despeñaperros; nuestros viajeros sienten miedo ante la perspectiva de topar con bandoleros cuyo jefe era, hasta su muerte, en 1833, José María El Tempranillo, «el rey» de la Sierra Morena15; sienten miedo pero al mismo tiempo les gustaría verse cara a cara con ellos… para poder contarlo luego, a la vuelta. Por fin, los «curiosos impertinentes» llegan a Andalucía, meta final de su viaje y se deleitan con su sol, sus naranjos, sus olores. Desde luego les atraen los recuerdos de la dominación árabe: la mezquita de Córdoba, la Giralda de Sevilla, la Alhambra de Granada, pero, más que los monumentos, los fascina el ambiente oriental que se respira, el exotismo, la exaltación de las pasiones, la fiereza e incluso la violencia de la gente. Desde este punto de vista, Sevilla se impone sin discusión a Cádiz —ciudad comercial y activa, por lo tanto occidentalizada—, pero también à Granada y a Córdoba. Todo ello forma el mito de la España romántica con su fuerza y ambivalencia: atraso, rudeza, violencia, ignorancia y fanatismo, por un lado; autenticidad, pasión, viveza, generosidad y valentía, por otro16.
- 17 «La España de charanga y pandereta, /cerrado y sacristía, / devota de Frascuelo y de María…» («El m (...)
22Para los «curiosos impertinentes» y sus lectores y seguidores, España se reduce pues a Andalucía, Andalucía a Sevilla y Sevilla, a su vez, se resume en los toros, los gitanos y el flamenco. A mediados del siglo XIX se crea verdaderamente la mal llamada España de Mérimée —mal llamada porque Mérimée se mostró siempre mucho más matizado—; la «España de charanga y pandereta» que censurará Antonio Machado17, sólo que, para Machado, esta España no se reduce a Andalucía ; en Soria, «lo esencial castellano» se une con «lo eterno humano» para dar lugar a un primitivismo que normalmente debería haber sido borrado por siglos de civilización y que surge de repente en la época contemporánea como expresión vulgar de la violencia más descarada: la «envidia hispánica», el crimen de los hijos de Alvargonzález o de una novela de Unamuno —Abel Sánchez, una novela de pasión— o de los personajes del Romancero gitano de Federico García Lorca.
- 18 Un decreto de 1784 trató de prohibirlo por el motivo de que aquel atavío sólo lo utilizaban los git (...)
- 19 Richard Ford se vestía de majo para ir a las corridas.
- 20 En Francia, después de la boda, en 1853, del emperador Napoleón III con la española Eugenia de Mont (...)
23¿Fue la España de pandereta una pura creación de los viajeros extranjeros del siglo XIX? No del todo. Ellos la pusieron de moda pero, cuando llegaron a la península, ya había algo de ella como producto de españoles castizos. Ortega y Gasset fue el primero que, en su libro Papeles sobre Velázquez y Goya (1950), señaló la que, a su juicio, era una perversión cultural: a mediados del siglo XVIII, un sector de la aristocracia española empezó a remedar las costumbres del pueblo bajo de Madrid, fenómeno que presentaba tres aspectos: los majos, los toros y el espejismo andaluz. Aquellos aristócratas adoptaron la indumentaria, el vocabulario y los modales de los bellacos de los suburbios de Madrid. Era una forma de encanallarse con el fin de distinguirse de los elegantes que vestían a la moda francesa y que procuraban imitar las buenas costumbres venidas de fuera. Fue en la misma época cuando la corrida dejó de ser una diversión aristocrática para convertirse en lo que es hoy: un espectáculo codificado a cargo de toreros profesionales. El llamado traje de luces que empezaron a vestir éstos recuerda al que los majos pusieron de moda18. Así se encuentran reunidos, ya a finales del siglo XVIII, todos los ingredientes de la España de pandereta. Los «curiosos impertinentes» la hicieron suya19. Les gustaban apasionadamente los toros, diversión mora, creían algunos de ellos. A Mérimée también le gustan los toros pero se nota cierta reserva. No se le escapa que ciertos miembros de la buena sociedad española sienten escrúpulos e incluso se avergüenzan de acudir a un espectáculo sangriento, al fin y al cabo, no exento de barbarie; se justifican entonces recordando que, en Roma, se organizaban combates de gladiadores o señalando que la tauromaquia era una forma de fomentar la ganadería… Uno sospecha que a Mérimée le gustaban los toros sólo cuando los veía en España, pero que en Francia le parecían una barbaridad20.
- 21 España acabará teniendo su red de ferrocarriles, con la aportación de capitales franceses y la cola (...)
24Como era de esperar, la mirada de los viajeros extranjeros abrazaba también los aspectos políticos. Los ingleses —mucho más que los franceses— se muestran severos ante la incapacidad de las elites españolas para desarrollar la economía y para establecer un régimen representativo, y eso por un motivo que nunca confiesan abiertamente pero que se adivina: están convencidos de que las naciones católicas y las razas latinas son inferiores a las protestantes y anglosajonas. Este es uno de los fundamentos de la leyenda negra. Richard Ford recuerda el secular retraso de España, debido al mal gobierno y a unas clases dirigentes incapaces. Ford toma el ejemplo de los ferrocarriles; a mediados del siglo, sólo se han podido crear unas pocas líneas; será difícil hacer más por dos motivos: la orografía de la península y los intereses creados: nunca el gremio de arrieros, «muestra legítima de la caravana semioriental consentirá que la locomotora luterana les quite el pan"21. Desde esta perspectiva, España aparece como un país singular —«the labyrinth of Spanish affairs»—, que recuerda en más de una ocasión las cortes del Oriente. Si se la compara con los países más avanzados de Europa occidental, particularmente Francia e Inglaterra, España —nación pobre, hambrienta, aislada—, parece encontrarse en una situación de atraso y de inferioridad. La tesis de la excepcionalidad, de raigambre romántica, se acompañó así de la visión física del atraso. En 1943, otro curioso impertinente, Gerald Brenan, recogerá todos aquellos tópicos para explicar lo que a él y a sus compatriotas les parecía un laberinto, El Laberinto español, que pronto va a conocer un éxito extraordinario.
25Tal fue la mirada que los viajeros extranjeros tuvieron de España, mirada que muchos españoles hicieron suya a partir sobre todo de 98: España como problema. Nada más significativo, desde esta perspectiva, que la reedición, en 1976, del libro de Ian Robertson, Los curiosos impertinentes, reedición patrocinada por el gobierno español que se imprimió en la Editora Nacional con un prólogo del que era a la sazón ministro de información y turismo, Manuel Fraga Iribarne. Se trataba de atraer a los turistas y a los inversores extranjeros y, para ello, se difundió el lema: España es diferente, el mismo que los «curiosos impertinentes» habían puesto de moda.
26Aquella España mítica muere en los últimos años del siglo XX por obra de otro inglés. Hacia 1950, Raymond Carr estaba veraneando en Torremolinos cuando la universidad de Oxford le pidió que fuese a visitar a Gerald Brenan que vivía entonces en Churriana, cerca de Málaga, y le encargara una historia de la España contemporánea. Brenan se negó rotundamente. Entonces su visitante cambió sus planes y, en vez de estudiar la historia de Suecia, como se disponía a hacer, escribió el libro que Brenan se negara a componer. Lo publicó en 1966 con este título, Spain. 1808-1939. Se tradujo en seguida al español y es hoy considerado como una de las bases más fiables de la historiografía sobre España. Para Carr, España es un país normal, con problemas específicos, desde luego, pero que de ningún modo constituyen una excepción como lo creyeron los curiosos impertinentes y Manuel Fraga Iribarne.
Notes
1 Este se llevó centenares de cuadros de Murillo, de Alonso Cano, de Zurbarán etc. que sacó de la catedral y de los conventos de la ciudad: San Francisco, la Merced, los Venerables, la Caridad, etc.
2 Benito Pérez Galdós relata lo acontecido en El equipaje del rey José (1875), primera novela de la segunda serie de los Episodios Nacionales.
3 Después de restablecido en su trono, Fernando VII le regaló los cuadros a Wellington, pero se puede dudar de que éste los hubiera devuelto espontáneamente. No fue la sola ventaja que sacó el general inglés de su participación en la guerra: se le otorgó dos títulos de nobleza con grandeza de España; Argüelles propuso a las Cortes de Cádiz que se le diera una inmensa finca en Granada, el Soto de Roma, de la que siguen disfrutando hoy sus descendientes.
4 Wellington no fue el único alto funcionario inglés que sacó un inmenso provecho personal de su actuación política, militar o diplomática al servicio de la causa de la libertad. Cabe recordar el nombre de Thomas Bruce (1766-1841), alias lord Elgin, quien llegó a Constantinopla como embajador en diciembre de 1798. En el tiempo que ocupó el puesto, ordenó a sus agentes que desmontaran parte de la Acrópolis de Atenas; se apoderó así de 12 estatuas del Partenón, de 156 losas del friso, de 15 metopas, de una cariátide etc.; en total, el botín llenaba más de doscientas cajas que salieron de Grecia rumbo a Inglaterra. El escándalo fue grande; a lord Elgin se le acusó de robo, pero él no quiso devolver nada. Cuando su fortuna personal se vino abajo, trató de vender el botín ; en 1816, casi todo fue comprado por el Museo Británico y allí se pueden ver ahora aquellas obras maestras del arte de Grecia.
5 Desde luego, fueron muchos más los viajeros extranjeros que recorrieron la península en el siglo XIX en busca de impresiones exóticas. Entre los franceses, además de Mérimée, merecería recordar por lo menos a George Sand que se pasó seis meses en Mallorca en 1838-1839 con sus dos hijos y su amante, el compositor polaco Frédéric Chopin; a Teófilo Gautier que estuvo varias veces (en 1840, en 1846, en 1848 y en 1864) y para quien España era «el país romántico por antonomasia» gran aficionado a los toros, admirador entusiasta de la Alhambra en la que estuvo alojado algunos días; y a Alejandro Dumas que vino a España en octubre de 1846 con motivo de la boda del duque de Montpensier y de la infanta Luisa Fernanda.
6 Antonio Gámiz Gordo, Alhambra. Imágenes de ciudad y paisaje (hasta 1800), Granada, El legado andalusí, 2008, p. 155.
7 Es lo que se desprende de un libro de la época, Los Nuevos pasos por Granada, de Simón de Argote; en él se echa de ver el desprecio que tiene el autor por la arquitectura árabe, considerada como muy inferior a la del Renacimiento.
8 Contribuyeron a su deterioro los mismos que lo iban a poner de moda. En efecto, Washington Irving estuvo alojado en la Alhambra durante cuatro meses, lo mismo que, unos años después, el inglés Richard Ford quien, el 5 de junio de 1831, se instaló en la Alhambra, con el beneplácito del gobernador, con su esposa, sus hijos y unos cuantos servidores. Un nutrido grupo de pintores, albañiles y carpinteros se dedicaron a levantar tabiques o a suprimirlos, a fin de aderezar una serie de habitaciones para el uso de Richard Ford y de su familia: salones, dormitorios, cocina, baños, servicios, etc. Uno puede figurarse los destrozos que aquellas obras causarían en el edificio que todavía no estaba en la lista del patrimonio nacional, aunque lo era en realidad. «Los brutos de los nativos» —escribió Ford— hablan de la Alhambra como de una fábrica antigua, obra de los árabes a quienes parecen tener antipatía, pero en su comportamiento él mismo mostraba poco respecto para el monumento.
9 El título exacto es éste : La Alhambra, conjunto de cuentos y bosquejos de moros y españoles .
10 En la novela de Stendhal, Le Rouge et le Noir (1830), una de las protagonistas, Mlle. de la Mole, le pide a Julien Sorel que la acompañe al baile del duque de Retz; el salón le parece a éste suntuoso: «La décoration représentait l'Alhambra de Grenade» (cap. 8 del libro II).
11 El Handbook se ha vuelto a editar por Ian Robertson en 1966.
12 La obra está basada en la novela de Mérimée, con libreto de Henri Meilhac y Ludovic Halévy. El compositor Georges Bizet no estuvo nunca en España; a los que se extrañaban, solía contestar que visitar España le hubiera perturbado a la hora de componer Carmen; prefería la imaginación a la realidad cotidiana.
13 El nombre aparece por primera vez en el título de un libro de Ian Robertson dedicado a este tema: Los curiosos impertinentes: viajeros ingleses por España 1760-1850, Madrid, Serbal, 1988. Tom Burns Marañón lo recoge en su libro Hispanomanía, Barcelona, Galaxia Gutenberg, Círculo de Lectores, 2014.
14 Mérimée, al regresar a Francia, en 1840, pasa unos días en Vitoria que le gusta mucho; su plaza mayor le parece más bella que el Prado de Madrid: «es el Prado —escribe — pero perfeccionado […] Entre Burgos y Vitoria, hay al menos 400 años de civilización; allí se encuentran buenas posadas, limpias en las que se puede tomar buen café; la gente es muy activa; hay mucho empeño en mejorar las carreteras y los puentes.»
15 El bandolerismo decayó mucho, a partir de 1844, a raíz de la creación de la Guardia Civil. En el recorrido de Jaén a Granada, Richard Ford estaba acompañado por unos diez migueletes —mercenarios— cuya misión era protegerlo ante un eventual ataque de los bandoleros.
16 Habrá que esperar los primeros años del siglo XX para que, por lo menos los franceses descubran otra España, la Castilla de los hidalgos y de los místicos, la del Cid y del Greco; desde este punto de vista el libro de Maurice Barrès, Greco ou le secret de Tolède (1910), es uno de los hitos en el cambio de perspectivas del hispanismo francés. Sólo a finales del siglo XX aparecerá el mito de la España de las tres culturas y de la tolerancia, simbolizada por Córdoba y por la figura del pensador judío Maimónides cuya estatua se yergue en frente de la mezquita.
17 «La España de charanga y pandereta, /cerrado y sacristía, / devota de Frascuelo y de María…» («El mañana efímero»). Por las mismas fechas, Eugenio Noël inició una campaña antitoros. Era gran admirador de Joaquín Costa y adepto del regeneracionismo. A su juicio, la decadencia de España no era sólo política y económica; el flamenquismo y las corridas eran otras tantas manifestaciones, lo mismo que el prestigio del matón, del bandolero, del guerrillero, del gitano, del chulo, del señorito… La fiesta nacional no sería más que otra manifestación de casticismo.
18 Un decreto de 1784 trató de prohibirlo por el motivo de que aquel atavío sólo lo utilizaban los gitanos, los contrabandistas, los toreros y los carniceros… La referencia a los gitanos y a los contrabandistas remite a Andalucía, tierra de predilección de la corrida — las plazas de Ronda y de Sevilla fueron unas de las primeras en edificarse. La de Madrid es de 1750.
19 Richard Ford se vestía de majo para ir a las corridas.
20 En Francia, después de la boda, en 1853, del emperador Napoleón III con la española Eugenia de Montijo, muy aficionada a los toros, se empezaron a celebrar corridas en el suroeste; la primera fue en Bayona, el 21 de agosto de 1853. Se consultó a Mérimée cuando se pensó hacer otro tanto en París, pero el autor de Carmen se declaró rotundamente contra el proyecto por tres motivos: 1) al no haber toros bravos en Francia, sería preciso llevarlos de España, lo cual no sería fácil ; 2) en julio de 1850 una ley había prohibido maltratar a los animales; 3) si la opinión pública protestaba contra las corridas, se echaría la responsabilidad de aquella iniciativa y de aquella carnicería a la emperatriz, por ser española y aficionada.
21 España acabará teniendo su red de ferrocarriles, con la aportación de capitales franceses y la colaboración de ingenieros, también franceses.
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Référence papier
Joseph Pérez, « España en la mirada de los viajeros extranjeros », Bulletin d’Histoire Contemporaine de l’Espagne, 53 | 2019, 209-226.
Référence électronique
Joseph Pérez, « España en la mirada de los viajeros extranjeros », Bulletin d’Histoire Contemporaine de l’Espagne [En ligne], 53 | 2019, mis en ligne le 30 septembre 2020, consulté le 15 octobre 2026. URL : http://journals.openedition.org/bhce/4143 ; DOI : https://doi.org/10.4000/bhce.4143
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