«[…] que no se fie de animales»
(Cervantes 2001: 549).
Tiene sentido y peso el consejo de la dama ventanera, amiga de Nicolás el Romo, cuando se topa con Berganza y, a cambio de la carne que ella roba, pone su chapín en la cesta que el perro lleva con la boca. El aviso quizás pueda ser enviado a nosotros lectores modernos, muy proclives a buscar la realidad de los animales en la literatura antigua, por el impulso de la corriente de los animal studies. Estudios recientes han cambiado nuestra mirada hacia los animales de Cervantes, exhumando una cultura del perro que se solía pasar por alto (Martín 2004; Beusterien 2013); justifican la idea de un autor cinófilo, interesado en los realias de la condición canina de la época. Sin embargo, en este relato excepcional que constituye el «Coloquio de los perros», cada pormenor, incluso el más realista posible, está cargado de simbolismo, de manera que queda abierta la cuestión de un posible qui pro quo interpretativo. Por parte de Cervantes hay...


