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Mélanges

«Las ignotas caras del amor»

Intertextualidad y exilio en «El botánico» de Juan Gelman
Eduardo CHIRINOS
p. 177-193

Résumés

Cet article présente une lecture du poème « El botánico » (Fábulas, 1971) du poète argentin Juan Gelman. La fable du savant français Aimé Bonpland qui tente de transposer son système de signes aux forêts de l’Orénoque et sa rencontre avec l’Indienne Nunu suppose la rencontre féconde entre l’intertextualité comprise comme un déplacement d’un système de signes à un autre, et l’exil dans son acception étymologique de exsilire : « sauter dehors ».

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Texte intégral

Mi compañero de viaje, el ciudadano Bonpland, discípulo del Jardín de las Plantas, se me hace de día en día más precioso. A sus solidísimos conocimientos en botánica y en anatomía comparada junta un celo incansable. Espero que en él devolveré algún día a su patria un sabio digno de llamar la atención del público.

Alexander von Humboldt (Carta a A. F. de Fourcroy. La Guaira, 25 de enero de 1800)

  • 1 Si bien no fue tan popular como el octosílabo y el hexasílabo, el verso eneasílabo estuvo presente (...)

1En el año 1971, coincidiendo con la edición definitiva de Cólera buey, la editorial La Rosa Blindada publicó el séptimo libro de Juan Gelman titulado Fábulas. Los dieciséis poemas que lo conforman responden a las sugerencias semánticas que propone su título: relatos en verso con intención didáctica y moraleja final; ficciones artificiosas que encubren o disimulan una verdad; relatos orales, populares y anónimos cuyos personajes son, por lo común, animales dotados de habla. Esta variedad de sugerencias recuerda sutilmente la alianza etimológica entre fablar y fabular (es decir, entre conversar y el acto de crear ficciones) y nos advierte que estas fábulas están menos interesadas en la veracidad histórica de los hechos narrados que en demostrar la vigencia de una lección que se adapta de manera natural a los sucesos políticos y a la reflexión literaria. Esta lección, bueno es advertirlo, no tiene que ver con la «ejemplaridad» de los sujetos de estas fábulas, sino con la relevancia de un rasgo (positivo o negativo) que los convierte en seres aquejados por las mismas miserias que sufre cualquier lector. De este modo, personajes como Lord Nelson, José Gervasio Artigas, Aimé Bonpland y el conde de Lautréamont son situados en el mismo nivel de personajes anónimos como Joaquín, Miguel y Eugenio, cuyas historias son democratizadas en un nuevo imaginario cultural. Para ello, Gelman recurre a la versificación tradicional eneasilábica (aunque prescinda de la rima) y a un lenguaje «deliberadamente vulgar y coloquial» sin que por ello pierda la dimensión «onírica e imaginativa» que María Ángeles Pérez López ha observado en estos poemas (33-34)1. Se trata de un lenguaje preocupado en todo momento por borrar todo vestigio de autoridad para restablecer el vínculo comunitario que le debe a sus lectores.

  • 2 Según Corominas, la palabra exilio (que proviene del francés exile) era rara en español hasta 1939. (...)

2¿De qué modo se adaptan estas fábulas a los sucesos políticos y la reflexión literaria? La respuesta está parcialmente contestada en los tres epígrafes que presiden el volumen. Estos epígrafes resultan sorprendentes no tanto por la personalidad de sus enunciadores (Marx, Dylan Thomas y Lenin), sino por la magia que supone reunirlos en una sola página: Gelman los cita y al citarlos acuden al encuentro que la cronología y la historia les prohibe. El epígrafe de Marx alude a las relaciones que el escritor establece con sus trabajos, a los que considera un fin (nunca un medio) hasta el punto de sacrificar su existencia a la de ellos «cuando tal cosa es necesaria»; el de Dylan Thomas es una ferviente defensa de la magia como un elemento no accidental en el poema; y el último, la conocida frase de Lenin «todo es ilusión, menos el poder» que, leída junto con las otras dos, se transforma en una definición de la poesía como una ilusión necesaria y eficaz para desenmascarar el poder. Estas citas no sólo conforman la primera «fábula» del libro, sino que explican su método de composición, basado en un juego continuo de transposiciones textuales. La fábula de Aimé Bonpland intentando trasponer su sistema de signos a las selvas del Orinoco y su encuentro con la india Nunu es, en este sentido, ejemplar e incluso emblemática, pues supone el encuentro fecundo entre la intertextualidad entendida como un desplazamiento de un sistema de signos a otro y el exilio en su acepción etimológica de exsilire: «saltar hacia afuera»2. En «Exergo», texto introductorio a Com/posiciones (1986), Gelman explica que llama así a estos poemas

porque los he com/puesto, es decir, puse cosas de mí en los textos que grandes poetas escribieron hace siglos. está claro que no pretendí mejorarlos. Me sacudió su visión exiliar y agregué –o cambié, caminé, ofrecí– aquello que yo mismo sentía.

3El vínculo entre exilio y sistema de composición sugerido por Gelman está presente en una de las definiciones más clásicas de intertextualidad, la que ofrece Julia Kristeva:

El término intertextualidad denota esta transposición de uno o varios sistemas de signos a otro; pero debido a que este término se ha entendido casi siempre en un sentido banal de ‘estudio de fuentes’, preferimos el término transposición, que posee la ventaja de precisar que el desplazamiento de un sistema de signos a otro exige una nueva articulación de la posicionalidad enunciativa y denotativa. Si se admite que toda práctica significante es un campo de transposiciones de varios sistemas significantes (una intertextualidad), se comprende que el 'lugar' de enunciación y su ‘objeto’ denotado nunca son simples, completos, ni idénticos a sí mismos, sino siempre plurales, fragmentados, susceptibles de ser tabulados. (59-60, mi traducción)

  • 3 El ABC de Byobu. Madrid: AdamaRamada Ediciones, 2005.

4Una lectura cuidadosa de esta definición no puede pasar por alto que el «saltar hacia afuera» (que define etimológicamente la condición del exiliado), guarda más de una correspondencia con el procedimiento intertextual que consiste, precisamente, en hacer «saltar» un sistema de signos y transponerlo a otro lugar de enunciación. Este proceso es infinito y define la condición esencialmente nomádica de la poesía. Como lo recuerda Ida Vitale (otra poeta del exilio), «las palabras son nómadas; la mala poesía las vuelve sedentarias»3. Cuando Gelman matiza su procedimiento aclarando que agregaba sobre los textos de los poetas aquello que él mismo sentía, no está haciendo otra cosa que articularlos en una nueva «posicionalidad enunciativa» para así actualizarlos, redefinirlos y pluralizarlos. Este proceso fortalece el vínculo entre lenguaje, poesía y biografía que define la «mirada exiliar» de Gelman, aun cuando los personajes enunciados (e, incluso, los enunciadores), sean otros. Ahora sí, leamos «El botánico»:

y aquí el francés Bonpland botánico
buscaba asclepias lirolensis
o chinchonas acaridáceas
encontró en cambio las ignotas
caras o rostros del amor
a la india
Nunu de los zambos
junto a la boca del Orinoco

junto a la boca del Orinoco
durmió al cuidado del peligro
comía arroz yucas hormigas
plátanos y manjar de mono
mirándose en los cocodrilos
en el silbido de las boas
en el rugido de los tigres
mientras se alzaban los temores
como hogueras nunca apagadas

aquí el francés Bonpland botánico
entró en las dulces partes de Nunu
mientras giraban en la noche
las catedrales medievales
toda la rue du chat qui pêche
como planetas instantáneos
apagándose en la mitad
entre los pechos de la Nunu
que hablaban sus idiomas suaves
más poderosos que la selva
más bellos que los tigres en
la luz violeta de su vientre
o que los cocodrilos bocas
del Orinoco padre o río
o que las boas onduladas
como olitas del Sena gris

temió amó a Nunu comió mono
con su levita directorio
tuvo 15 días de miel
y cuando alguno robó a la india
(no por deseo de su carne
o de sus partes destinadas

al amor puro y duro y otro
sino para hacerlas volver
a la desencadenada
selva o sacarlas del amor
para otro mundo como e
o amor es de otro mundo o es
otro mundo directamente)
Bonpland decía al rededor:

«hermano cocodrilo di
dónde está Nunu la dulzona
de varios pechos a saber:
el que te da leche de amor
el que te apaga la maldad
el que te viste contra el miedo
el que se tiembla en la caída
porque no sabe si te alzará»
o al tigre de rayas de rey:
«dónde está Nunu tigre tigre
ahora salido de mi sangre»
o a la boa: «cómo está Nunu
la de la luna en la rodilla»

la de la luna en la rodilla
se la llevaron y Bonpland
no quiso saber más de estrellas
o de misterios de la mar
o de volcanes encendidos
o de plantas quietas en sí
y aunque se fue del Orinoco
de sus herrumbres suaves verdes
y aunque lo amó la emperatriz
(la Josefina de Napoleón)
y aunque ella eligió sus brazos
para morirse de una vez
aquí volvió el Bonpland a Nunu
y nunca jamás la encontró

pero comía yucas hormigas
arroz manjar de mono plátanos
y bebía aguas del Orinoco
como quien come a una mujer
como quien bebe a una mujer

y esta es la historia de Bonpland
clasificó muchas plantitas
del continente americano
pero él vivía en Nunu oh Nunu

la de la luna en la rodilla
la de varios pechos de amor
la de planetas apagados
como la rue du chat qui pêche
volando abriendo su mitad
para el francés que la quería
como jardín oh Nunu oh Nunu
como la noche Nunu Nunu (2004, 241-244)

5¿Qué nos autoriza a leer en este poema el vínculo entre exilio e intertextualidad? Bonpland no era un literato como Lautréamont, tampoco un héroe militar como Horacio Nelson, ni mucho menos un luchador anónimo como Emilio Jáuregui: en todos ellos lo literario y lo político están presentes desde la alusión nominal. Pero en un naturalista francés que vivió entre los siglos XVIII y XIX ese vínculo no es tan claro. No por lo menos a primera vista. Como la del almirante Nelson, la fábula de Bonpland también cuenta una historia de amor y de pérdida: al margen de la fama que les ha otorgado la historia oficial, ambos sufrieron de amores como cualquier mortal y murieron apartados de las mujeres que amaban: la fascinante Emma Lyon (casada con el embajador William Hamilton) y la india Nunu (raptada por un indio que la devolvió a la selva). Hasta aquí las semejanzas. Las diferencias surgen con la naturaleza del poder que ambos representan (el poder en estos poemas es muy importante, no olvidemos el epígrafe de Lenin): si Nelson representa el poder y la gloria militar, Bonpland representa un poder que no por modesto es menos determinante, el del lenguaje clasificatorio de las ciencias. Bonpland buscaba trasponer un rígido y denotativo sistema de signos a una naturaleza que se encargó rápidamente de resignificar recomponiendo a su enunciador. Más que el fracaso de la enunciación científica, estamos frente al desconcierto que produce la negativa de la naturaleza a dejarse sujetar por un lenguaje al que termina absorbiendo. Eso no tendría nada de particular si no fuera porque ese desconcierto es vivido a través del aprendizaje de las «ignotas caras del amor» que sufre Bonpland en carne propia.

  • 4 Además de ser un refugio familiar y una manera de afirmar su prestigio, la Malmaison, obedecía a la (...)

6Llegado a América como parte de la expedición científica organizada por Humboldt en 1799, Aimé Jacques Alexandre Goujaud, llamado «Bonpland» por su afición a las plantas, recorrió durante cinco años los territorios de Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú, Cuba, México y los Estados Unidos. A su vuelta en 1804, publicó como colaborador de Humboldt Voyage aux régions equinoxiales du nouveau continent, un apasionante y completo registro de la expedición americana, y los siete volúmenes de Nova genera et species plantarum. En 1804, Bonpland acepta el cargo de intendente de la Malmaison, la casa «personal» de campo que adquirió Josefina Bonaparte tres años después de su boda con Napoleón4. Bonpland se mantuvo en ese cargo hasta la muerte de la emperatriz en 1814. Atraído fatalmente por América, regresó en 1816 a instancias de Bernardino Rivadavia, quien lo contrató como profesor de la Facultad de Medicina y del Museo de Historia Natural de Buenos Aires. En 1820 se instaló en un poblado de Corrientes, donde organizó múltiples expediciones científicas. Sus continuas incursiones a la selva y la borrosa demarcación fronteriza con el Paraguay, lo hicieron cruzar inadvertidamente a este país donde fue tomado prisionero por el dictador José Gaspar Rodríguez de Francia. Sólo después de diez años de cautiverio (donde ejerció, entre otras actividades, la medicina y el cultivo del mate) fue dejado en libertad. En vez de volverse a Europa, el inquieto Bonpland se dedicó a recorrer las misiones brasileñas y se estableció en San Borja, donde continuó sus investigaciones botánicas; luego regresó a Corrientes para recorrer el territorio fronterizo entre Argentina, Uruguay, Brasil y Paraguay. Encariñado con el país que lo secuestró una década, se unió con la hija de un cacique local llamada María, con quien tuvo dos hijos. Exiliado de su país, de su lengua y de su nombre, Bonpland murió en Santa Ana el 11 de mayo de 1854.

7Si bien la fábula de Gelman privilegia un episodio de su primer viaje, esta breve biografía de Bonpland ofrece una idea del carácter simbólico de su relación con Nunu y del poder que ejerció en su vida, incluso después de haberla perdido. Ahora bien, la fábula del botánico no se inicia con las palabras del poema (ni termina con su final); el comienzo in medias res, que tanta ambigüedad le añade a la historia, nos sitúa en el espacio mismo donde se está produciendo la enunciación:

y aquí el francés Bonpland botánico
buscaba asclepias lirolensis
o chinchonas acaridáceas
encontró en cambio las ignotas
caras o rostros del amor
a la india Nunu de los zambos
junto a la boca del Orinoco

  • 5 «Acaridáceas» son ácaros portadores de enfermedades de la piel, «lirolensis» artrópodos venenosos. (...)

8La historia que ocupa el espacio anterior a la y minúscula que inicia el relato está silenciada, pero no suprimida: pertenece a un viejo lugar de enunciación cuya relevancia se sitúa por debajo del nuevo, marcado directamente por el adverbio aquí. La oposición entre lo viejo y lo nuevo corresponde, naturalmente, al Viejo Mundo de donde viene Bonpland investido con su prestigioso sistema de signos, y al Nuevo Mundo cifrado en las selvas del Orinoco. La ambigüedad surge cuando interpretamos el aquí, como el espacio textual donde la fábula construye su propia ficción y, a la vez, su propio referente: la cualidad anafórica del deíctico aquí invita a identificar el poema con el Nuevo Mundo, y a ambos con el lugar de enunciación donde sus signos serán transpuestos y modificados. Esto lo sabe muy bien el hablante, a quien no le interesa ni la verdad del discurso científico, ni la verdad del discurso histórico (¿existió realmente la tal Nunu?, ¿fue Bonpland amante de Josefina?); lo que le interesa contarnos es lo que encuentra Bonpland en cambio de lo que buscaba. El tono burlón que se adivina tras las la mención en latín de los nombres científicos deja entrever la impropiedad de la nomenclatura de Linneo en un espacio irreductible a la clasificación sistemática. Ese tono burlón, sin embargo, no descalifica las intenciones de Bonpland, empeñado en encontrar en los insectos las causas de extrañas enfermedades y en las plantas sus remedios curativos5. Lo que encuentra Bonpland es algo que su prestigioso sistema clasificatorio no está en condiciones de prevenir ni, mucho menos, de proteger: el desinteresado amor de la misteriosa india Nunu.

9¿Cómo era físicamente Nunu? El poema no nos ofrece ninguna pista, aunque nos hace suponer que poseía cualidades que aventajaban la hermosura que privilegian los patrones occidentales. En el Capítulo X de Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Mundo, Humboldt ofrece esta descripción de las mujeres chaimas:

no son lindas, según las ideas que atribuimos a la belleza; las jóvenes, sin embargo, tienen cierta dulzura y tristeza en el mirar que contrasta agradablemente con la expresión algo dura y salvaje de la boca. Llevan los cabellos reunidos en dos largas trenzas. No se pintan el cutis ni conocen otros ornamentos en su extrema pobreza que collares y brazaletes hechos de conchas, huesos de pájaros y semillas. (172)

  • 6 Las únicas menciones al cuerpo de Nunu son los pechos «que hablaban sus idiomas suaves» y las rodil (...)

10La descripción de Humboldt se detiene significativamente en la mirada y nos hace sospechar que en ella radican los encantos con los que Nunu sedujo al joven Bonpland. Se trata de una atracción donde las convenciones diseñadas por el «gusto» dejan lugar a la extrañeza de un conocimiento que al parecer no se encuentra mediado por ningún tipo de adorno ni afeites; vale decir, por ningún tipo de artificio que estorbe el libre acceso a la naturaleza de Nunu. Y escribo «al parecer» porque no debemos olvidar que la mirada de Humboldt (como la de su compañero Bonpland) estaba mediatizada por el modelo de maquillaje europeo que buscaba, en su recargamiento, una máscara resaltadora de la belleza. Tanto la pintura facial como los ornamentos de las mujeres de la Amazonía y el Orinoco tienden a cumplir un rol funcional cuya interpretación está vedada al conocimiento europeo. Este rol muchas veces se encuentra vinculado con poderes de atracción propios de la hechicería femenina: tal vez los «collares y brazaletes hechos de conchas, huesos de pájaros y semillas», que para Humboldt eran señales de una extrema pobreza, eran recursos mágicos que condujeron al vulnerable Bonpland a sentirse atraído fatalmente por Nunu. Por otra parte, la casi total ausencia de descripción física6 da por sentada la aceptación, por parte de Bonpland, de un código de belleza que forma parte del nuevo lugar de enunciación. En este sentido, es pertinente recordar la descripción de una indígena americana bañándose desnuda ante los perturbados ojos de un príncipe europeo, tal como aparece en el «El sueño del Príncipe-Elector» de Álvaro Mutis (Caravansary, 1981):

Una presencia extraña le hizo volver la vista hacia la orilla. Allí, con el agua a la altura de las rodillas, lo observaba una mujer desnuda, cuya piel de color cobrizo se oscurecía aún más en los pliegues de las axilas y del pubis. El sexo brotaba, al final de los muslos, sin vello alguno que lo escondiera. El rostro ancho y los ojos rasgados le recordaron, vagamente, esos jinetes tártaros que viera de joven en los dominios de sus primos en Valaquia. Por entre las rendijas de los párpados, las pupilas de intensa negrura lo miraban con una vaga somnolencia vegetal y altanera. El cabello, también negro, denso y reluciente, caía sobre los hombros. Los grandes pechos mostraban unos pezones gruesos y erectos, circuidos por una gran mancha parda, muy oscura. El conjunto de estos rasgos era por entero desconocido para el Príncipe-Elector.

Jamás había visto un ser semejante. Nadó suavemente hacia la hembra, invitado por la sonrisa que se insinuaba en los gruesos labios de una blanda movilidad selvática. Llegó hasta los muslos y los recorrió con las manos mientras un placer hasta entonces para él desconocido le invadía como una fiebre instantánea, como un delirio implacable. Comenzó a incorporarse, pegado al cuerpo de móvil y húmeda tersura, a la piel cobriza y obediente que lo iniciaba en la delicia de un deseo cuya novedad y devastadora eficacia, lo transformaban en un hombre diferente, ajeno al tiempo y al sórdido negocio de la culpa. (Mutis, 141)

  • 7 Estos encuentros, por breves que fueran, le estaban vedados al Príncipe-Elector. Una vez que se ade (...)

11Como Bonpland, el Príncipe-Elector es también un exiliado, pero la transposición a la que es sometido en la posada de Hilldershut no sólo compromete las relaciones entre la realidad y el sueño (del que también es exiliado por un destino supuestamente más noble), sino también entre el presente europeo y el futuro americano, cuya seducción lo perseguirá en la vigilia recordándole amargamente su condición de Príncipe-Elector. En el poema de Gelman, en cambio, realidad y sueño conviven con tanta despreocupación como el presente europeo y el futuro americano: mientras ocurrían los encuentros de Bonpland y Nunu «giraban en la noche / las catedrales medievales / toda la rue du chat qui pêche / como planetas instantáneos / apagándose en la mitad»7. Se trata del erotismo como liberación, ya no sólo de la culpa, sino de las barreras impuestas por el tiempo y el espacio. Al proponer una equivalencia entre búsqueda científica y encuentro amoroso, el hablante de «El botánico» nos invita a ver en el amor una forma (tal vez la más ardua, pero también la más fecunda) de conocimiento. Un conocimiento que las ciencias habían desterrado de sus dominios y cuya restauración les correspondió a los románticos, estrictos contemporáneos de Bonpland.

  • 8 En este sentido, el poema se incluye en una larga tradición mítica –iniciada por Colón y el cartógr (...)
  • 9 Más que una cifra simbólica de la naturaleza, Nunu es la cifra de una cultura que ha sabido convivi (...)
  • 10 Estas observaciones lingüísticas de Humboldt se encuentran corroboradas por Jesús Israel Acevedo, q (...)
  • 11 Lévi-Strauss corrige la idea de que en la «vulgata americana la Luna tiene una función macho y el S (...)

12Situándose en las antípodas del discurso científico –tan preocupado por analizar, separar y clasificar las distintas especies– lo que narra esta fábula es un proceso de conocimiento donde lo lingüístico es inseparable de lo erótico, y lo alimenticio consustancial a la cultura: el amor de Nunu le permite a Bonpland dormir junto a la boca del Orinoco «al cuidado del peligro», comer «arroz yuca hormigas plátanos y manjar de mono», mirarse «en los cocodrilos en el silbido de las boas en el rugido de los tigres». Más que un goce destinado a gratificar las urgencias del cuerpo, los encuentros con Nunu son descritos como el ingreso a un mundo unificado donde todo, incluyendo las catedrales medievales y la calle más estrecha de París, gira «como planetas instantáneos apagándose en la mitad»8. Se trata de un cuerpo-selva que le enseña al botánico sus «idiomas suaves» a través de los misteriosos caminos del amor. Refiriéndose a la fragilidad de las relaciones amorosas en el mundo globalizado (al fin y al cabo el mundo donde se desenvuelven el autor y sus lectores), Zygmunt Bauman invoca la tesis de Lévi-Strauss según la cual «el encuentro entre los sexos es el terreno en que la naturaleza y cultura se enfrentan por primera vez», y añade que se trata «del punto de partida y origen de toda cultura» (59). Esta observación antropológica podría invitarnos a leer el encuentro entre Bonpland y Nunu como una puesta en escena de este enfrentamiento (Adán y Eva redivivos en el paraíso del Nuevo Mundo) si no fuera porque en este caso es la naturaleza quien seduce a la cultura, pero no para destruirla ni para imponer su superioridad, sino para convencerla de que ella es otra cultura perfectamente capaz de generar su propio sistema de signos9. De allí que el vínculo entre la adquisición de los códigos y el aprendizaje erótico en el que es iniciado Bonpland refuerce el carácter simbólico de Nunu, cuyo nombre en lenguas nativas evoca tanto tierra como luna. El mismo Humboldt fue sensible a tan extraña identificación: «En tamanaco y en caribe, nono significa la tierra; nuna la luna, como en chaima. Esta relación me ha parecido bien curiosa; y así los indios del río Caura dicen que la luna es otra tierra» (187)10. Como en la mayor parte de las mitologías del Viejo Mundo, en la de los indios Chaimas tierra y luna también se vinculan con la madre (o la hermana) primordial. Sin perder de vista que en los mitos americanos el personaje luna está provisto de una notable ambigüedad genérica11, la pérdida de Nunu es sufrida por Bonpland como el equivalente a un segundo nacimiento, o –como lo ha enunciado Gelman en relación a su propio nacimiento– a la renovada escenificación de nuestro primer exilio, el del paraíso terrenal y el del útero materno. Por eso escribe en Carta a mi madre: «debo haber sido muy feliz adentro//tuyo/habré querido no salir nunca de vos/me//expulsaste y lo expulsado te expulsó» (2007, 13).

13¿Por qué pierde Bonpland a Nunu? El hablante no atribuye la pérdida a una voluntaria decisión de los amantes, sino a la decisión de «algún indio» que la robó para devolver sus partes a la desencadenada selva. De este modo, subraya las advertencias de la «sabiduría bárbara» ante los peligros que corría Nunu al lado de Bonpland: la especialización de sus «partes» y el doloroso ingreso a un sistema cultural que ha logrado sustituir, utilizar y transformar la naturaleza. Dicho con otras palabras: de lo que salva el indio a Nunu es de convertirse en objeto de estudio y, al mismo tiempo, de encadenarla a las normas culturales de Occidente. A diferencia de aquellos europeos que optaron por abandonar sus ropas e incorporarse a la selva, Bonpland no quiso (o no pudo) desprenderse de su «levita directorio», apartándose fatalmente de la desnudez natural de Nunu y de los suyos. La oposición entre vestimenta y desnudez proyecta sus contenidos simbólicos en la oposición entre encadenamiento y desencadenamiento. Eso lo observó muy bien Humboldt al señalar la resistencia de los habitantes de la boca del Orinoco a aceptar la vestimenta que les ofrecían los misioneros:

Los chaimas, como todo pueblo semisalvaje que habita en regiones extremadamene cálidas, tiene una señalada aversión por los vestidos […] en la zona tórrida […] se ve que los indígenas tienen vergüenza, como dicen ellos, de estar vestidos, huyendo a los bosques cuando se les obliga demasiado presto a renunciar a su desnudez. (170)

14No es ninguna paradoja que sea en la búsqueda de Nunu donde los brevísimos «15 días de miel» pongan a prueba su eficacia. El botánico llega al extremo de interrogar a los distintos animales sobre su paradero, y es en ese momento de desesperación donde advertimos el magisterio de Nunu, pues Bonpland no sólo es capaz de dirigirse al cocodrilo, al tigre y a la boa en su propia lengua, sino que los llama «hermanos», como si la comunidad de lenguaje (que es, no lo olvidemos, la comunidad de la fábula) fuera también una fraternidad a la que ahora pertenece por derecho propio. Adaptando la definición de Kristeva sobre la intertextualidad, podríamos decir que no sólo el lugar de enunciación (las selvas del Orinoco) y su objeto denotado (los elementos de su naturaleza), sino también su enunciador (el botánico) «son simples, completos, ni idénticos a sí mismos, sino siempre plurales, fragmentados, susceptibles de ser tabulados».

  • 12 La palabra diversión proviene del latín divertere, que significa «apartarse» (lo que la convierte e (...)
  • 13 Citado por Marcelo Pichón Riviere en «Juan Gelman. Poesía y otras cuestiones» Clarín. Domingo 17 de (...)
  • 14 Traducciones I. Los poemas de John Wendell, incluido en la primera edición de Cólera Buey (1971).

15El exilio de Bonpland se resuelve en la adquisición de un nuevo sistema de signos que sólo es posible gracias a una pérdida esencial. De aquí en adelante, el botánico vivirá para compensar esta pérdida: a su vuelta en París con «la Josefina de Napoleón» (cuya Malmaison rodeada de plantas y animales exóticos era, a su vez, una compensación simbólica de su Martinica natal) y, años más tarde, con María, la hija de un cacique guaraní. Lo que sufre Bonpland es –para jugar con el vocabulario de Gelman– un proceso de con/fusión causado por el resquebrajamiento de un sistema de signos en el que hasta ese entonces se sentía protegido. Esta con/fusión (que no es otra cosa que la inesperada fusión de sistemas antagónicos) genera en el botánico una forzosa di/versión, es decir, lo convierte en una versión de sí mismo sin dejar de ser quien era.12 La diversión causada por la confusión de los sistemas significantes se encuentra sugerida en una broma de Groucho Marx que a Gelman le gusta repetir: entrevistado para ocupar el puesto de gerente en un hotel en Casablanca, le preguntan qué acciones tomaría si le ofrecieran el puesto. Groucho contesta que mezclaría todas las llaves del tablero y las volvería a colocar aleatoriamente. «¿Y la confusión?», preguntan alarmados los entrevistadores. «¿Y la diversión?», replica Groucho13. El tablero donde cada llave corresponde a un huésped se ofrece como una metáfora del orden sistematizador y racionalista que Groucho propone subvertir ofreciendo otro no menos arbitrario, pero más divertido. Tal vez la atracción de Gelman por esta broma tenga que ver con su fascinación por los grandes sistematizadores de los siglos XVII y XVIII homenajeados por John Wendell, la primera de sus numerosas diversiones14. Como buen hijo de la Ilustración, Bonpland se incluye en esa estirpe de sabios expuestos a las grietas de su propio saber: el naturalista Buffon enamorado de su gata a la que no le enseñó a hablar «por miedo al desengaño» (CDI), el enciclopedista Diderot quien vio la Revolución francesa en los libros y murió «sin saber por qué lloraba el rengo» (CDXII), el filósofo Descartes quien concibió el método universal de la duda «entre obuses austriacos… el empecinamiento alemán [y] la mosquetería de los checos» (CCCLV). Las fabulaciones de Gelman no ocultan el apasionamiento de estos personajes por un sistema de signos que aspiraba a ordenar el mundo aunque para ello fuera necesario sacrificar sus matices y claroscuros. Un sistema de signos que –parafraseando la cita de Marx– jamás consideraron un medio, sino un fin. Cito el poema dedicado a Buffon, que bien pudo llamarse «El zoólogo»:

«el hombre sería un misterio a no ser
por los animales» dijo Buffon
francés naturalista
prolijo puntual se
levantaba a las 4
a ver la ronda de los peces o
el majestuoso amor del ciervo y
lo acompañaba su gata a la

que amaba ciegamente y triste
no le enseñaba a hablar por miedo
al desengaño más cruel oh
el animal sería un hombre a no ser

por el misterio decía también
Buffon en baja voz o el hombre
sería un animal a no ser por
los misterios decía triste cada vez (2004, 144)

16Como en los casos de Descartes y Diderot, el racionalismo que condujo a Buffon a diseñar un metalenguaje tan ajeno a la poesía, se transforma en irracionalismo una vez que escarbamos en las miserias de su vida cotidiana. Es, precisamente, en estas miserias donde asoma la amenaza del caos que todos ellos (Bonpland incluido) intentaron conjurar con su portentoso sistema de clasificación científica: el misterio se encargará de mezclar las llaves del tablero para divertirlos luego de la confusión. Y ese misterio no es otro que la poesía.

  • 15 Un título tan vinculado con los discursos del descubrimiento y conquista como Relaciones (1973), ad (...)

17La identificación entre misterio y poesía (sugerida en cada uno de los epígrafes del libro) no debe conducirnos a la identificación del caos con la poesía, sino, más bien, a la percepción de la poesía como un espacio donde es posible construir un sistema de signos que nos libere de las «telarañas de la costumbre» a las que se refería Cortázar. Lejos de restarles valor a los grandes sistematizadores, Gelman se deja conmover por la patología de estos melancólicos obsesionados por organizar el mundo y extrae de ellos una lección para su quehacer poético y un modelo para su obra15. Es como si la fábula del botánico nos advirtiera que la poesía no puede (ni debe) organizar enciclopédicamente el mundo, pero puede aspirar a registrarlo desde «las ignotas caras del amor» para hacerlo más habitable. Tal vez ésa fue la enseñanza que le dejó Nunu al ciudadano Bonpland, quien logró convertirse –como quería Humboldt– en «un sabio digno de llamar la atención del público», pero nunca quiso regresar a su patria.

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Bibliographie

Acevedo, Jesús Israel. Diccionario Chayma. http://www.monografias.com/ trabajos22/diccionario-chayma/diccionario-chayma.shtml

Bauman, Zygmunt. Amor líquido. Acerca de la fragilidad de los vínculos humanos. Mirta Rosemberg y Jaime Arrambide, trads. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2005.

Belaúnde, Luisa Elvira. El recuerdo de luna. Género, sangre y memoria en los pueblos amazónicos. Lima: Fondo Editorial de la Facultad de Ciencias Sociales UNMSM, 2005.

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Corominas, Joan. Breve diccionario etimológico de la lengua castellana. Madrid: Gredos, 1983.

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Notes

1 Si bien no fue tan popular como el octosílabo y el hexasílabo, el verso eneasílabo estuvo presente en las gestas populares españolas del s. XIV y aún antes. Menéndez Pidal registra pareados de base eneasílaba en Vida de Santa María Egipciaca (c. 1215), en la «Cántica de velador» (incluida en el «Duelo de la Virgen» de Berceo, c. 1255) y en el Poema de Elena y María, redactado hacia 1280-90 (Menéndez Pidal, 83). Muchas de las jarchas medievales están compuestas en versos eneasílabas, como aquella famosa que dice: « Vaise meu corazón de mib. /Ya Rabb, ¿si se me tornarad? /Tan mal meu doler lil-habib./ Enfermo yed, ¿cuánd sanarad?». En el siglo XVII el fabulista Tomás Iriarte lo usó muy escasamente (por ejemplo en «El manguito, el abanico y el quitasol»: «Si querer entender de todo/Es ridícula presunción/Servir sólo para una cosa / Suele ser falta no menor»). Este verso fue rescatado por los modernistas en el siglo XIX. Rubén Darío escribió en eneasílabos su célebre «Canción de otoño en primavera»: «Juventud, divino tesoro, /¡ya te vas para no volver! / Cuando quiero llorar, no lloro, /y a veces lloro sin querer».

2 Según Corominas, la palabra exilio (que proviene del francés exile) era rara en español hasta 1939. Antes se usaba la palabra destierro. La fecha indicada por Coromines coincide con el final de la guerra civil española: la carta de ciudadanía lingüística se inicia con el exilio de los considerados opositores al régimen (262). El Diccionario de la RAE define el exilio como «separación de una persona de la tierra en que vive», y como «expatriación, generalmente por motivos políticos» (933).

3 El ABC de Byobu. Madrid: AdamaRamada Ediciones, 2005.

4 Además de ser un refugio familiar y una manera de afirmar su prestigio, la Malmaison, obedecía a las inquietudes ilustradas de Josefina, quien –en palabras de Marina Belozerskaya– «quería transformar Malmaison en un laboratorio de historia natural, en «el jardín más bello y curioso de Europa, un modelo del mejor cultivo». […] Al haber crecido en medio de la lozana flora y fauna del Caribe, Josefina las extrañaba desde que se había mudado a Francia. También era presa de la pasión ilustrada por las plantas y los animales exóticos y Malmaison dio riendo suelta a la naturalista que habitaba en su interior» (258). Como tantos jardines de fieras europeos, la Malmaison era el resultado de una violenta transposición (un violento exilio) de plantas y animales de su lugar natural a un lugar de enunciación donde se los exhibía para satisfacer la curiosidad del vulgo, el saber científico, y el poder político.

5 «Acaridáceas» son ácaros portadores de enfermedades de la piel, «lirolensis» artrópodos venenosos. «Chinchona» es el nombre genérico de los árboles de la quina, cuya corteza posee virtudes farmacéuticas; «asclepias» son plantas medicinales. Ambas fueron bautizadas por Linneo: la primera en honor a Ana Osorio, esposa del Conde de Chinchón y virrey del Perú; la segunda en honor a Asclepios, dios griego de la medicina.

6 Las únicas menciones al cuerpo de Nunu son los pechos «que hablaban sus idiomas suaves» y las rodillas («la de la luna en la rodilla»). El primer caso sugiere el viejo vínculo entre leche materna y cultura, el segundo es más complejo. En una conversación informal, la antropóloga Luisa Elvira Belaúnde sugirió que la triada luna-rostro-rodilla no sólo descansa en la similitud morfológica (que comparte con los pechos), sino en patrones de belleza amazónicos que tienen por modelo la cara redondeada y plana «como la luna». Para un estudio pormenorizado de los mitos vinculados con luna en la Amazonía ver: Luisa Elvira Belaúnde. El recuerdo de luna. Género, sangre y memoria en los pueblos amazónicos (2005).

7 Estos encuentros, por breves que fueran, le estaban vedados al Príncipe-Elector. Una vez que se adentra en las aguas del río en dirección a la extraña y atractiva mujer, un andrajoso viejo de barba entrecana lo detiene con estas palabras: «No, Alteza Serenísima, no es para ti la dicha de esa carne que te pareció tener ya entre tus brazos. Vuelve, señor, a tu camino y trata, si puedes, de olvidar este instante que no te estaba destinado. Este recuerdo amenaza minar la materia de tus años y no acabarás siendo sino eso: la imposible memoria de un placer nacido en regiones que te han sido vedadas» (141).

8 En este sentido, el poema se incluye en una larga tradición mítica –iniciada por Colón y el cartógrafo Juan de la Cosa– que sitúa el paraíso terrenal en el territorio interior la costa venezolana. La tesis colombina se apoya en las autoridades de la Biblia, san Isidro, san Ambrosio, Estrabón y Scoto (Morón, 61–71).

9 Más que una cifra simbólica de la naturaleza, Nunu es la cifra de una cultura que ha sabido convivir con la naturaleza. No se trata, entonces, de idealizar la naturaleza buscando en ella lo que la cultura ha perdido o trastocado irremediablemente. El mismo Lévi-Strauss lo había advertido: «En efecto, se cae en un círculo vicioso al buscar en la naturaleza el origen de reglas institucionales que suponen –aún más, que ya son– la cultura y cuya instauración en el seno de un grupo difícilmente puede concebirse sin la intervención del lenguaje» (1985, 41).

10 Estas observaciones lingüísticas de Humboldt se encuentran corroboradas por Jesús Israel Acevedo, quien en su Diccionario Chayma (2005) registra los vocablos Nono y Nuno, con el significado de tierra y luna respectivamente.

11 Lévi-Strauss corrige la idea de que en la «vulgata americana la Luna tiene una función macho y el Sol una función hembra» explicando que muchas veces la narración mítica invierte estas funciones haciéndolas ambivalentes y ambiguas (2008, 166). El mismo Lévi-Strauss comenta una afirmación, desarrollada en El origen de las maneras en la mesa, según la cual «incluso cuando no cambia de sexo, la luna, a menudo andrógina o hermafrodita, se ofrece como tema a una mitología de la ambigüedad» (2008, 145).

12 La palabra diversión proviene del latín divertere, que significa «apartarse» (lo que la convierte en una variante semántica de «exiliarse»), de donde sale diverso. Corominas registra el uso de esta palabra hacia 1525. El sentido de «distraerse» surgió alrededor del siglo XVII (604).

13 Citado por Marcelo Pichón Riviere en «Juan Gelman. Poesía y otras cuestiones» Clarín. Domingo 17 de setiembre de 2000. http://www.clarin.com.ar/suplementos/ cultura/2000-09-17/e-00301d.htm. La escena figura en la película Una noche en Casablanca (1946).

14 Traducciones I. Los poemas de John Wendell, incluido en la primera edición de Cólera Buey (1971).

15 Un título tan vinculado con los discursos del descubrimiento y conquista como Relaciones (1973), adquiere un sentido de homenaje a estos sistematizadores y propone, de paso, una alianza entre la escritura poética y los registros de la memoria. En este sentido, el piadoso registro de las relaciones familiares (como aquella del abuelo leyendo en momentos de mayor amenaza una relación de rabinos, el último de los cuáles era él) cumple un papel tan decisivo como el de la historia social en la que se inserta.

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Pour citer cet article

Référence papier

Eduardo CHIRINOS, « «Las ignotas caras del amor»  », Caravelle, 95 | 2010, 177-193.

Référence électronique

Eduardo CHIRINOS, « «Las ignotas caras del amor»  », Caravelle [En ligne], 95 | 2010, mis en ligne le 01 décembre 2010, consulté le 17 octobre 2026. URL : http://journals.openedition.org/caravelle/7421 ; DOI : https://doi.org/10.4000/caravelle.7421

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Eduardo CHIRINOS

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