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Littératures

El Dios de la Boca Grande

Gladys Olivera
p. 221-223

Dédicace

A Rodolfo

Texte intégral

1Desde que escuché al cura contar que Dios dijo « hágase la luz y la luz se hizo », allá por los nueve años, no ha dejado de maravillarme el poder de las palabras. Entonces, en mi cabeza de niño, Dios se dibujó como una boca enorme que soplaba palabras que, al borde de los labios, iban siendo cosas y caían a la tierra. Sin romperse, lo que es importante que señale pues Dios estaba allá tan arriba en el cielo que si no ponía cuidado toda su creación se transformaba en miguitas.

2Y andaba imaginándome esa bocaza divina, cuando me dí cuenta, debo decir que fue también gracias al cura, que yo también tenía una boca llena de palabras. Y eso que el padre Guillermo se enojaba siempre conmigo y decía que debía escuchar con atención la palabra del Señor y no ir a la misa a mirar a Sofía. Sí que la escuchaba. Escuché lo de la luz que Dios dijo y escuché que con sus manos nos había hecho a su «imagen y semejanza». Por suerte nos hizo más proporcionados que él… en todo caso que la imagen que yo tenía de él, con su boca enorme y sus manitos de niño.

3Cuando tuve esta revelación me puse a practicar. El padre Guillermo me fastidiaba cada vez más, así que decidí «hacer» un nuevo cura para nuestra parroquia. Dije «que se haga el padre Raymundo» y el padre Raymundo se hizo. ¿Por qué Raymundo? Porque el Raymundo de los dibujitos animados de Super Hijitus era terrible, desobediente, mal educado, pero tenía un corazón tierno. Mi padre Raymundo fue a su imagen y semejanza.

4Bueno, en realidad no empecé por ahí. Empecé con una nube. Mi hermano mayor, después de haber leido un libro que no quiso prestarme porque era prestado, se había puesto a desintegrar nubes con el pensamiento. No recuerdo si lo logró pero sí me acuerdo que en una radiante tarde de febrero apareció mi nube gordita de agua. La hice llena de agua para diferenciarla de las de mi hermano que eran copos de algodón. A partir de ahí siguió todo lo otro.

5Me pareció que la fuerza de la creación estaba en el « hágase ». Si decía « gatito » el gatito que quería mi hermano Leandro no aparecía. En cambio, me bastaba decir « hágase un gatito » para que el deseado animal tomara forma. Y no era cualquier « hágase » echado a volar o un « hágase por favor », no, era la orden seca y segura, con la voz tonante del Dios de Moises.

6Yo estaba sentado en mi rama de nogal. Aquel nogal enorme que estaba al lado de la iglesia que habían construido los jesuitas por 1600 y algo, en propiedad comechingona. Aburrido y acalorado. Entonces lo dije y el padre Raymundo apareció ahí con dos cañas de pescar.

7Vamos al dique a pescar – dijo.

8Y fuimos. A partir de ese día hicimos tantas cosas los dos juntos. A partir de ese día la parroquia tuvo nueva vida, los niños cantábamos con fuerza y desentonados las alabanzas al Señor, sin preocuparnos por las críticas del padre Guillermo. A partir de ese día dejé de andar creando porque sí, puse un poco de orden en lo creado y me dediqué a hacer cosas de niño.

9Me dí cuenta de cuánto había crecido cuando empecé a subir por las escaleras hasta el cuarto del padre Raymundo y no por la correa de su sotana. Cuando comenzó a hablarme de Teología y de mis «dones». Entonces entre los dos dedujimos que si mi palabra podía crear, también podría ordenar.

10En aquellos días los médicos habían diagnosticado que mi padre tenía cancer, nos dijimos que yo podría restablecer la armonía en su cuerpo y así lo hice. Ese día me invadió una felicidad única, al fin mis palabras tenían sentido.

11Vino a mí tanta gente, con sus desesperanzas y sus dolores, con sus deseos y sus miedos, con su caos y con el caos del mundo en sus tripas. Escuché y aprendí a alinear mis palabras según cada hombre, cada mujer, cada niño.

12Vino una mujer enferma de soledad, un hombre con las manos crispadas, un niño que había comido mucha sandía al lado del río, un loco que leía historias de amor, un cura sin fe, un filósofo con el corazón en el estómago, una vieja con ñañas, una madre que traía la foto de su hija enferma de desamor, un paralítico, un ciego, un borracho…

13Mi padre Raymundo vio el cansancio en mis ojos y me dijo que quizás deberíamos ir a pescar, y nos fuimos. Cuando volvimos había mucha gente esperando, sentados en el cordón de la vereda, en sillas que les proponían los vecinos o en sus autos. Mamá y Justina, mi hermana mayor, servían agua y pastelitos a todo el mundo. Entonces pensé que no era bueno que me fuera tanto rato y desde entonces estoy acá.

14Después de tanto cansancio, de horas y de días poniendo orden en lo que no tiene orden ni puede tenerlo, puedo juzgar la imperfección del trabajo del Dios del padre Guillermo y perdonar. Cada vez que las letras se acomodaron en mi boca y al salir se chocaron con las infinitas voluntades de las creaturas, dije: «Dios de la Boca Grande te pido perdón». Sé que me perdonó…

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Pour citer cet article

Référence papier

Gladys Olivera, « El Dios de la Boca Grande », Caravelle, 95 | 2010, 221-223.

Référence électronique

Gladys Olivera, « El Dios de la Boca Grande », Caravelle [En ligne], 95 | 2010, mis en ligne le 01 décembre 2010, consulté le 08 octobre 2026. URL : http://journals.openedition.org/caravelle/7477 ; DOI : https://doi.org/10.4000/caravelle.7477

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Auteur

Gladys Olivera

Argentina. Autora de una tesis en Estudios Latinoamericanos defendida en la Universidad de Toulouse-Le Mirail, es actualmente investigadora asociada al GERM (Groupe d’Etudes et Recherches sur les Mondialisations). Su ensayo Aux abords de l’identité latino-américaine fue publicado en L’Harmatan (París) en 2003. Su texto de ficción « El aleteo de una mariposa…» fue publicado en L’Ordinaire Latino-américain n° 199 de enero-marzo de 2005.

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Droits d’auteur

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