Reaccionarios, traidores y otras malas hierbas políticas.
La representación visual del antirrepublicanismo en El Motín (1881-1895)
Résumés
Cet article aborde l’étude de l’image de « l’autre » antirépublicain, forgée et diffusée par El Motín, l’un des journaux satiriques républicains les plus importants de l’époque de la Restauration. À partir d’une sélection de dessins parus dans ce périodique sur ce sujet, l’analyse s’intéresse autant aux personnages et à la séquence narrative qui les constituent qu’aux procédés rhétoriques visuels utilisés par les dessinateurs successifs qui se chargèrent de leur réalisation. L’article vise ainsi à élucider dans quelle mesure cette image de « l’autre » antirépublicain servit d’élément fédérateur pour la définition d’un « nous » républicain, à un moment de grande fragmentation au sein du républicanisme espagnol.
Notes de l’auteur
Este artículo ha sido realizado en el marco del Proyecto «La construcción del imaginario monárquico. Monarquías y repúblicas en la Europa meridional y América Latina en la época contemporánea (siglos XIX y XX)», financiado por el Ministerio de Ciencia e Innovación (Ref.PID2019-109627GB-I00); asimismo, la autora goza de un contrato María Zambrano adscrito a la Universidad de Cantabria, que favoreció la investigación y redacción de este trabajo.
Texte intégral
Introducción
- 1 Manuel Suárez Cortina, «Entre la barricada y el parlamento: la cultura republicana en la Restauraci (...)
- 2 Ángel Duarte y Pere Gabriel, «¿Una sola política republicana ochocentista en España?», Ayer, 2000, (...)
- 3 Manuel Suárez Cortina, «Élites republicanas y periodismo en la España de finales del siglo XIX», in (...)
1Tras la Restauración monárquica, normativamente consolidada a partir de la aprobación de la Constitución de 1876, el republicanismo pasó a engrosar las filas de la oposición extraparlamentaria al régimen. Un republicanismo que, como han señalado los especialistas en el tema, se encontraba fuertemente dividido a resultas de las expectativas y las realidades vividas durante el primer experimento republicano de 1873, cuyo legado fue la aparición de un microcosmos de culturas políticas republicanas distintas, con un mismo nombre, pero con apellidos diferenciados1. Entre ellas, tres parecen haber sido las corrientes con mayor preponderancia: la federalista o demorrepublicana, encabezada por Pi y Margall, la romántica y exaltada, liderada por Manuel Ruiz Zorrilla, y la posibilista, dirigida por Emilio Castelar2. Esta fragmentación, que habría de mantenerse hasta el arranque de la nueva centuria, favoreció el surgimiento de numerosos clubes y asociaciones republicanos, cada uno adscrito a las peculiaridades de su respectiva familia, en los que se llevaban a cabo todo tipo de actividades proselitistas. Asimismo, a falta de un partido propiamente dicho, las cabeceras de la prensa republicana, que comenzaron a proliferar sobre todo a partir de la Ley de Policía de Imprenta de 1883, se convirtieron en la plataforma natural para la transmisión y discusión de ideas3.
- 4 Antonio Laguna Plateros y Francesc Martínez Gallego, «La eficacia de la propaganda política a travé (...)
- 5 Manuel Pérez Ledesma, «José Nakens. Pasión anticlerical y activismo republicano», in Isabel Burdiel(...)
- 6 Eduardo Higueras, «Los líderes republicanos a través de la caricatura política», in Gonzalo Capellá (...)
- 7 Sergio Sánchez Collantes, «Los símbolos republicanos entre la prensa y la calle: el gorro frigio en (...)
- 8 Antonio Laguna Plateros y Francesc Martínez Gallego, «La eficacia…», op. cit., p. 177-178.
2En este escenario fue en el que salió a la luz El Motín, periódico satírico ilustrado, fundado por José Nakens y Juan Vallejo en 1881, que acabaría convirtiéndose, por su influencia y su prolongada vida, en uno de los referentes de la prensa republicana de la Restauración4. Sin alinearse explícitamente a ninguna de las familias republicanas y contumaz promotor de la unión entre ellas, El Motín no pudo soslayar sus simpatías hacia la opción romántica y exaltada liderada por Ruiz Zorrilla5, presentado casi siempre de forma digna y solemne en sus páginas, frente a otros líderes republicanos, como Salmerón o Pi y Margall, no siempre favorecidos por el lápiz de los dibujantes6. Con un precio que osciló entre los 15 y los 5 céntimos en estos años, este semanario constaba de cuatro páginas, de las que las dos centrales estaban destinadas a la publicación de una lámina a color, que constituía el principal reclamo para los compradores y que, además de su consumo inmediato, servía eventualmente para la decoración de espacios internos, como talleres o domicilios7. En las páginas uno y cuatro se insertaban textos, tanto en prosa como en verso, que compartían el mismo tono jocoso de la ilustración, razón por la que, con frecuencia, igual que les ocurrió a otras cabeceras críticas con el sistema turnista, El Motín tuvo que hacer frente a multas o incluso a cierres temporales de la redacción8.
- 9 Íbid., p. 175; Manuel Pérez Ledesma, «José Nakens…», op. cit., p. 315-316.
- 10 Marie-Angèle Orobon, «Tomás Padró, le chevalier au crayon ou la naissance d´un satiriste politique» (...)
- 11 Eva Lafuente y Marie-Angèle Orobon, «Introducción», in Id. (coords.), Hablar a los ojos…, op. cit., (...)
3Dada la relevancia asignada a las caricaturas –como advertiría Nakens en 1918, estas causaban «más iras y más furor» que los escritos9– esta publicación tuvo especial cuidado en la selección de sus dibujantes, entre quienes figuraron personajes tan destacados como Eduardo Sojo −que fue el principal ilustrador en 1881−, Manuel Jiménez −entre 1881 y 1884− y Antonio Macipe −desde 1884 y hasta su fallecimiento en 1918. Asimismo, también se cuidó con esmero la técnica de la cromolitografía, cuya inserción en España unos años atrás había sido obra de otro gran caricaturista, Tomàs Padró10. El dominio de esta técnica amplió el contenido semántico de las ilustraciones, pues los colores de la paleta solían estar asociados a un significado concreto11. Todo ello permitió, en última instancia, un enriquecimiento de la narración icónica presente en El Motín, que sin duda tuvo impacto en la construcción de un imaginario republicano.
- 12 Peter Burke, Visto y no visto. El uso de la imagen como fuente histórica, Barcelona, Crítica, 2001; (...)
- 13 Gonzalo Capellán, «Imágenes de la democracia: la representación de los conceptos fundamentales (y s (...)
- 14 Carlos Reyero, «El poder es una mierda, la mierda es un poder», in Alberto Ramos Santana (ed.), 180 (...)
- 15 Gonzalo Capellán, «Introducción», en Id. (ed.), Dibujar discursos…, op. cit., p. 14-15.
4Para comprender la conformación de ese imaginario, en este trabajo proponemos un análisis de las láminas de El Motín a partir de un enfoque centrado en el estudio de los lenguajes visuales de la política. Un enfoque que, como han evidenciado investigaciones como las de Peter Burke o Carlos Reyero12, resulta enriquecedor historiográficamente, por al menos dos motivos. Por una parte, porque las imágenes que aparecieron en este semanario contribuyeron a densificar la semántica histórica de los conceptos fundamentales sobre los que se sostenía esta cultura política13. Y, por otra, porque a través de esos mensajes icónicos los dibujantes pudieron llegar a enunciar lo inefable, aquello que las reglas del decoro o la sensibilidad de su época no habrían permitido decir, pero que se encontraba latente en el imaginario; algo relativamente recurrente en la iconografía política como evidenciaron, por ejemplo, los numerosos grabados de temática escatológica aparecidos en los albores de las revoluciones liberales14. Por otra parte, el análisis de las caricaturas políticas aparecidas en El Motín, en tanto que cabecera situada en los márgenes de la política oficial, nos permitirá conocer el discurso del contrapoder; un discurso marcado por una clara vocación de intervención en el debate público, realizada sobre todo a partir de la provocación, para la que los dibujantes se valieron de múltiples elementos retóricos, como la ironía, la animalización, la antífrasis o la hipérbole15. A través de ellos, lo representado quedaba deformado y ridiculizado a ojos del espectador, proporcionando una complicidad entre este y la publicación. La burla y la risa favorecían la cohesión del grupo y la identificación de un «nosotros», normalmente contrapuesto al «otro», que era objeto de un escarnio que, dependiendo del tema y de las condiciones de libertad de expresión, podía pasar de lo sutil a lo despiadado.
- 16 Eva Lafuente y Marie-Angèle Orobon, «Introducción», op. cit., p. 30.
5En las siguientes páginas nos ocuparemos de analizar un conjunto de imágenes cuyo denominador común fue servir para definir por vía negativa la idea y la esencia de la república de acuerdo con la mirada de El Motín; esto en el periodo que comprende desde la fundación del semanario en 1881 y hasta 1895, cuando, debido a problemas económicos, se interrumpió temporalmente la publicación de láminas. Aunque el talante crítico fue la nota general de las ilustraciones, igual que ocurrió en otras cabeceras satíricas, como El Loro, La Mosca o El país de la Olla, también aparecieron ilustraciones de exaltación republicana, en las que alegorías con gorro frigio o soles que iluminaban un futuro de libertad servían para demostrar las bondades de esta forma de gobierno, como ocurría en la publicada el 9 de marzo de 1890, tras el frustrado movimiento revolucionario portugués. Dicha ilustración estaba protagonizada por la representación corporizada de las dos naciones ibéricas, cobijadas entre los brazos de una monumental y luminosa república. Con ello, como había ocurrido durante el Sexenio democrático, el humor gráfico abandonaba por unos instantes su habitual función crítica y se convertía en un espacio de regocijo entre el espectador y el dibujante16.
- 17 François Hartog, El espejo de Herodoto. Ensayo sobre la representación del otro, México, Universida (...)
- 18 Javier de Diego, Imaginar la república. La cultura política del republicanismo español, 1876-1908, (...)
6En este trabajo, sin embargo, vamos a dejar de lado esas imágenes, para poner el foco de atención en aquellas destinadas a la representación de la alteridad que, dada la propia naturaleza de la caricatura, constituyen la mayoría. La alteridad, como han señalado, entre otros, François Hartog o Tzevan Todorov, es un elemento discursivo que resulta esencial para la definición del «nosotros», en tanto que permite dibujar una imagen en negativo del grupo de pertenencia17. A través de la representación del «otro» (cuya dimensión veritativa resulta completamente intrascendente), se busca mostrar los valores tanto permanentes como temporales que caracterizan a ese «nosotros», algo que, cuando la definición del grupo de pertenencia resulta complicada −como lo era para el republicanismo de esos años− se presenta como una solución no solo viable, sino aconsejable, en la medida en que puede favorecer la cohesión interna del mismo. Para El Motín, como veremos a continuación, la alteridad antirrepublicana estaba constituida por múltiples elementos que constantemente intercedían para evitar que la república pudiera instaurarse en el país, con lo que no solo atentaban contra una forma de organizar el Estado y de entender la libertad, sino contra la existencia misma de la nación, que en el discurso republicano solo podría llegar a su total plenitud bajo esta forma de gobierno18.
- 19 Sergio Sánchez Collantes, «La construcción simbólica del republicanismo español en el Sexenio Democ (...)
7Entre esta multiplicidad de amenazas, dos fueron las que aparecieron de forma más recurrente: por un lado, la conformada por las personas y las acciones de aquellos considerados como reaccionarios; y, por otro, la de los traidores. A estas se sumaría un último grupo, que fungiría como una suerte de cajón de sastre en el que podrían incluirse tanto amenazas coyunturales, como otras de más difícil concreción iconográfica, y que, sugerido precisamente por una de las láminas publicadas en este semanario, he designado en el título como «otras malas hierbas». Para la construcción visual de ese «otro» antirrepublicano, El Motín hizo uso del rico arsenal iconográfico heredado de las décadas anteriores y notablemente enriquecido durante el Sexenio democrático, cuando además la prensa ilustrada experimentó un periodo de auge19. A los esquemas compositivos, las metáforas y otros recursos retóricos empleados entonces, los dibujantes de esta cabecera les añadieron elementos propios de la cultura visual de su época, que les permitieron afinar matices de significado y probablemente conectar de manera más directa con sus espectadores previstos. A través del análisis de este corpus iconográfico del antirrepublicanismo presente en las páginas de El Motín intentaremos dilucidar qué percepción tenían los republicanos de sí mismos, así como cuáles fueron los valores o principios que consideraron fundamentales.
La reacción
- 20 Florencia Peyrou, «Las libertades del pueblo», in M. Cruz Romeo y María Sierra (coords.), Historia (...)
- 21 Francisco Pi y Margall, La reacción y la revolución, Barcelona, Revista Blanca, 1926 [1854].
- 22 Pere Gabriel, «Republicanismos y federalismos en la España del siglo XIX. El federalismo catalán», (...)
- 23 Román Miguel, «La república obrera: cultura política popular republicana y movimiento obrero en Esp (...)
8Desde las décadas centrales del siglo XIX, el término reacción había servido a republicanos y demócratas para englobar todos aquellos elementos que consideraban contrarios al desarrollo absoluto de la libertad de los individuos que era, en su opinión, la aspiración última de cualquier pueblo20. En su libro La reacción y la revolución21, Pi y Margall la había identificado fundamentalmente con la monarquía y con la Iglesia: por ello mismo, fue habitual el empleo del calificativo reaccionario dentro de estas culturas políticas para definir a los carlistas o los partidos de derecha católica más intransigente, en tanto que su doctrina combinaba a partes casi iguales los dos elementos. Poco tiempo más tarde, a medida que la cuestión social fue adquiriendo mayor relevancia dentro de ciertos segmentos del republicanismo22, a esta nómina de «estranguladores de la libertad» se sumaron las élites económicas, pues la defensa que estas hacían de la desigualdad repercutía sin duda en una limitación de la libertad de las mayorías y desde luego no abonaba a la consecución del bien común23.
- 24 Javier de Diego, Imaginar la república…, op. cit., p. 69-105.
- 25 Sergio Sánchez Collantes, ««¡Abajo las testas coronadas!» Los bustos como símbolo del cambio políti (...)
9Tras la Restauración canovista, los componentes de la reacción para las culturas políticas republicanas se mantuvieron en esencia iguales; sin embargo, se pueden detectar algunas pequeñas mutaciones respecto a su formulación en las décadas pasadas, de las que la narración icónica presente en El Motín dio buena cuenta. Por una parte, aunque el antimonarquismo continuó formando parte de su discurso24, este dejó de tener el lugar protagónico que había tenido con anterioridad, sobre todo durante el Sexenio, cuando esta institución fue ridiculizada y denostada hasta el hartazgo, como evidencian las numerosas caricaturas políticas dedicadas a Isabel II o a la búsqueda de un candidato al trono después de la caída de esta25. En estos años, sin embargo, la representación caricaturizada de la monarquía fue escasa −probablemente debido también a los límites a la libertad de expresión−, pero, en todo caso, cuando apareció en este semanario no tuvo la connotación peyorativa que había tenido con anterioridad, sino que fue presentada como víctima de los mismos maltratos de lo que se había convertido en la verdadera lacra del país: los políticos. Así puede advertirse en la Ilustración 1, publicada poco tiempo después del conocido como «parlamento largo de Sagasta», cuando la regente María Cristina debía hacer el encargo de la formación de un nuevo gobierno. En la lámina, una representación arquetípica de la monarquía con gesto resignado y pose estática se encontraba acosada por los políticos del momento, entre quienes figuraban tanto conservadores como liberales; todos ellos, en su deseo por llamar su atención, habían acabado por romperle las vestiduras.
Ilustración 1. «Cómo están poniendo a la monarquía sus defensores»,
El Motín, 27 de abril de 1890
Madrid, Biblioteca Nacional de España
- 26 Francis Grose, Principios de la caricatura, Madrid, Katz, 2011, p. 116-117.
- 27 Isabelle Mornat, «Persona y monstruo. Cánovas en sus caricaturas», in Gonzalo Capellán (coord.), Vi (...)
10La monarquía, por tanto, parecía ya no ser percibida como la gran conculcadora de la libertad, sino que este papel había pasado a desempeñarlo la clase política, liderada indiscutiblemente por Antonio Cánovas del Castillo. Convertido en la «bestia negra» del republicanismo, el político malagueño protagonizó innúmeras láminas de El Motín, a través de las que esta publicación denunció los distintos medios con los que el sistema político turnista diseñado por él coartaba la libertad del pueblo español. Pero, más allá de sus acciones concretas, El Motín convirtió a Cánovas del Castillo en la encarnación de la reacción, en la representación más sublime del mal. Si en la caricatura política la deformación física del caricaturizado suele servir para evidenciar los que se perciben como sus vicios morales26, para los dibujantes de este semanario −que coincidían en su percepción con el resto del republicanismo− el cúmulo de vicios de Cánovas era tal que su fisonomía pasó de la monstruosidad a la animalización para terminar sus días en una humanización que, en su caso, podría ser considerada hasta humillante27.
- 28 Sergio Sánchez Collantes, «La construcción simbólica del republicanismo español en el Sexenio Democ (...)
- 29 Isabelle Mornat, «Persona y monstruo. Cánovas en sus caricaturas», op. cit.
11En las primeras láminas publicadas por El Motín, Eduardo Sojo perfiló algunos de los rasgos icónicos que identificaron a partir de entonces al político malagueño como el símbolo de la reacción. En una aleluya −género que había experimentado un desarrollo significativo durante el Sexenio− aparecida el 22 de mayo de 1881, al hilo de la narración biográfica de Cánovas se mostraban ciertos aspectos de su carácter, como el autoritarismo, la soberbia o su actitud refractaria hacia la libertad, que ya apuntaban en esa dirección. Pero fue probablemente en la lámina publicada la semana siguiente en la que Sojo proporcionó una definición más completa de aquello que implicaba la reacción y en la que se presentaba al político malagueño como su mejor encarnación simbólica. La escena (Ilustración 2), cuya composición no puede soslayar sus deudas con la tradición iconográfica del Sexenio28, recreaba una procesión cuyo recorrido concluía en torno a una escultura monumental del propio Cánovas alzada en un pedestal sobre el que aparecía la inscripción «Al monstruo del siglo XIX», designación que había adquirido popularidad dentro del republicanismo para vituperar al personaje29. Desde este lugar protagónico, el político malagueño se convertía en el elemento que le confería sentido a toda la escena en la que, mediante un desdoblamiento iconográfico, él mismo aparecía como integrante de algunos de esos carros procesionales que circulaban en torno a su propia representación.
12Integrados fundamentalmente por religiosos, carlistas y militares, cada uno de los pasos de este reaccionario cortejo mostraba distintos mecanismos para coartar la libertad y maltratar a la nación. En el carro situado en el primer plano, Sojo sintetizaba los aspectos más descarnados de ese maltrato. Tirado por el pueblo, representado metonímicamente a través de las figuras arquetípicas del maestro y del contribuyente, sobre él se encontraban las alegorías de la Libertad, de la Democracia y de España, que se presentaban como las víctimas propiciatorias de esos miembros de la reacción que las rodeaban y que parecían haberlas sentenciado ya a muerte: los malos políticos −entre quienes, como señalábamos, figuraba el propio Cánovas, que sujeta la cabeza todavía sangrante de la Libertad−, la Iglesia, encarnada en el religioso situado a espaldas de la Democracia; y la oligarquía, simbolizada probablemente en el personaje que, con una batuta en la mano, está intentando llamar la atención de esta misma alegoría.
Ilustración 2. «Centenario conservador»,
El Motín, 29 de mayo de 1881
Madrid, Biblioteca Nacional de España.
13En tanto que epítome de la reacción, Cánovas no tardó en ser representado en El Motín como padre o maestro de esa clase política que debería perpetuar el sistema por él establecido. Así puede verse, por ejemplo, en una lámina publicada apenas un año más tarde que la anterior (Ilustración 3), situada en un espacio escolar que es aprovechado por el dibujante para denotar la ignorancia y la irracionalidad de sus ocupantes, tanto a través del texto que aparecía escrito en la pizarra como mediante el mapa que está al fondo, en el que el mar Mediterráneo y el océano Atlántico se encontraban invertidos de lugar. En este espacio de la incultura y de la represión −como sugiere el látigo que sostiene Cánovas debajo del brazo− el político malagueño, en su calidad de maestro, entregaba las calificaciones a sus alumnos, entre quienes no figuraba ningún personaje con indumentaria carlista, quizás porque estos, en opinión de El Motín, ya se sabían la lección, o quizás porque la reacción representada por ellos no era percibida como una amenaza tan real como la que en ese momento encarnaba Cánovas. Entre los presentes, los mejor parados, Sagasta y Castelar con un sobresaliente y un notablemente respectivamente, parecían ser, a los ojos de este semanario, los que mejor habían aprendido la lección y los que, a la vista de sus acciones en ese primer año del primer gobierno de Sagasta, mejor podrían perpetuar un sistema político que para los republicanos estaba impidiendo el advenimiento de la democracia en el país.
Ilustración 3. «Escuela de reaccionarios»,
El Motín, 30 de julio de 1882
Madrid, Biblioteca Nacional de España.
- 30 Florencia Peyrou, «Las libertades del pueblo», op. cit., p. 347-376.
14El sistema del turno de partidos, por tanto, constituía, junto a Cánovas, otro de los pilares de la reacción, sostenido en este caso por todos aquellos políticos que lo habían acabado aceptando y que, con su participación en él, lo sostenían. Entre los elementos del sistema turnista que más lacerantes resultaban para el republicanismo se encontraban el sufragio censitario o los mecanismos para el falseamiento de su ejecución recogidos en la Ley Electoral de 1878, así como las restricciones a la libertad de expresión, temas que fueron recurrentemente denunciados en las páginas de El Motín. La representación visual de estas denuncias puede apreciarse en composiciones como la recogida en la Ilustración 4, en la que Macipe ironizaba sobre la interpretación del concepto de soberanía popular de los políticos turnistas. La lámina, realizada durante las semanas previas a las elecciones de 1893 −que, contra todo pronóstico, beneficiaron a los republicanos en un nutrido número de cabeceras municipales−, estaba protagonizada por la representación arquetípica del pueblo español que este semanario encarnaba en la figura de un Juan Español, vestido generalmente con atuendo regional aragonés y de un tamaño siempre proporcionalmente mayor al resto de las figuras de la escena, detonando con este sencillo recurso visual la grandeza que se le asignaba a este concepto dentro de su discurso30. Sin embargo, en esta escena, ese Juan Español, desvalido y con la ropa hecha girones, quedaba en manos de una clase política que todavía parecía no haber entendido que el único soberano era él y que la función de ellos consistía en cumplir su voluntad.
Ilustración 4. «El soberano y los súbditos en el periodo electoral»,
El Motín, 25 de febrero de 1893
Madrid, Biblioteca Nacional de España.
- 31 Manuel Suárez Cortina, Entre cirios y garrotes. Política y religión en la España contemporánea (180 (...)
- 32 Manuel Pérez Ledesma, «José Nakens…», op. cit., p. 309-310.
- 33 Sergio Sánchez Collantes, «El anticlericalismo en la caricatura política», in Gonzalo Capellán (coo (...)
- 34 M. Ángeles Moreno Lara, La metáfora conceptual y el lenguaje político periodístico: configuración, (...)
15Junto a Cánovas del Castillo y los políticos del turno, el otro gran emblema de la reacción para El Motín lo constituía la Iglesia, identificada desde décadas atrás con la irracionalidad, la conculcación de las libertades y la promoción del mantenimiento de las injusticias sociales31; vicios morales en buena medida coincidentes, como veíamos más arriba, con los atribuidos a los políticos del establishment. Acorde con el furibundo anticlericalismo de José Nakens32, el semanario le dedicó numerosas ilustraciones a este tema, que le servían tanto para demostrar las consecuencias negativas de la influencia del clero en la ciudadanía como para denunciar sus perversas conductas, entre las que la insinuación de actos de pederastia o de abuso a mujeres constituían una constante33. Para ello, además de las representaciones arquetípicas de sacerdotes gordos y con aspecto libidinoso, los dibujantes recurrieron con frecuencia a la animalización, lo que a priori degradaba a los miembros de esta corporación, sobre todo teniendo en cuenta las metáforas zoomórficas elegidas34. Entre ellas, las más habituales fueron los insectos (como las arañas) o los reptiles (como las serpientes), normalmente con rostro humano y tocados con un sombrero de teja o un solideo negro, que aparecían atrapando a alegorías de España en sus redes o asfixiándola al enrollarse sobre ellas, como hacía una suerte de sanguijuela gigante en la lámina publicada el 22 de enero de 1882.
16Pero, sin duda, la animalización más habitual era en la forma de cuervos, buitres, murciélagos o cualquiera de las llamadas «aves de mal agüero». Estos pájaros, que ni siquiera tenían que hacer el esfuerzo de cazar a sus presas para beneficiarse de ellas, parecían representar mejor que ninguna otra especie animal la naturaleza oportunista y artera que para los republicanos tenía esta corporación, que aprovechaba cualquier descuido de la nación para abalanzarse sobre ella. Así lo vemos, por ejemplo, en una lámina de 1884 (Ilustración 5), publicada al hilo de los debates parlamentarios sobre la separación de las competencias Iglesia-Estado. En la ilustración, una alegoría de España con gesto angustiado trata de protegerse con los brazos de una de esas aves de mal agüero que vuela en dirección a ella.
Ilustración 5. «No temas; ya se le cortarán las alas»,
El Motín, 3 de agosto de 1884
Madrid, Biblioteca Nacional de España.
17Además de esto, al clericalismo se le atribuía también la responsabilidad por la pérdida de una de las libertades más esenciales, la de conciencia, que llevaba a los ciudadanos y a las naciones al oscurantismo de épocas pasadas, como parece poner de manifiesto la Ilustración 5, publicada en la primavera de 1885. La imagen, compuesta de dos escenas unidas por la túnica rasgada de la alegoría de España, contrapone el espacio del clericalismo, oscuro por la presencia tanto de miembros de la Iglesia como de las aves de mal agüero mencionadas más arriba, con el de la luz de la libertad iluminado por un sol radiante, hacia el que la mencionada encarnación de la nación se dirige, a pesar del intento de los clericales por retenerla.
Ilustración 6. «Por mucho que ellos tiren, ellas se abrazarán fraternalmente». El Motín, 1 de marzo de 1885
Madrid, Biblioteca Nacional de España.
- 35 Manuel Pérez Ledesma, «Ricos y pobres; pueblo y oligarquía; explotadores y explotados. Imágenes dic (...)
- 36 Michael Cohen, ««Cartooning Capitalism»: Radical Cartooning and the Making of American Popular Radi (...)
18El tercer componente de la reacción, el simbolizado por una oligarquía económica cuya actitud egoísta atentaba contra la consecución del bien común, fue el que tuvo una traducción visual más escasa, a pesar de que la igualdad de oportunidades constituía una de las piezas angulares del discurso político de El Motín, como lo era también para otras cabeceras republicanas35. Aunque en el relato iconográfico de este semanario todavía no se había generalizado, la representación estandarizada del capitalista36, que ya empezaba a estar presente en otras cabeceras de orientación obrerista y libertaria −como La Tramontana, los elementos denotativos de estos personajes, relacionados con la ostentación, la soberbia, el lujo o la gula, quedaron encarnados en El Motín en el arquetipo del noble o aristócrata, así como también en ciertos miembros del clero. Así puede advertirse, por ejemplo, en una lámina publicada el 30 de enero de 1887 (Ilustración 7), en la que, dejando de lado el lenguaje alegórico y metafórico de otro tipo de escenas, se hacía uso de otros recursos visuales como las deformaciones grotescas, que parecían más acordes para representar una realidad que se percibía de por sí desfigurada. La lámina, dividida en dos escenas yuxtapuestas, permitía al dibujante mostrar de forma elocuente la extrema desigualdad que había entre la forma en la que vivían los ricos, que eran además los que tenían derechos políticos de ciudadanía ‒eran «Los que hablan», según rezaba el pie de la escena superior‒, y la realidad que le tocaba padecer al pueblo más humilde ‒«Los que callan»‒, cuya representación política, como señalábamos más arriba, era falseada y cuyas necesidades, por tanto, eran descuidadas.
Ilustración 7. «Contrastes», El Motín, 30 de enero de 1887
Madrid, Biblioteca Nacional de España.
19Así pues, los reaccionarios, ya fueran políticos, clérigos u oligarcas, con sus prácticas y sus principios, lo que estaban haciendo en última instancia era atentar tanto contra el pueblo como contra la patria, con todo lo que ambos conceptos simbolizaban para el republicanismo. De ahí la recurrencia con que fueron representadas tanto la alegoría de la idea de España como el arquetipo de Juan Español, normalmente siendo víctimas de las acciones de uno o varios de los miembros de esa reacción. La exhibición constante de los vicios morales de este amplio y heterogéneo grupo permitía al republicanismo definirse por omisión como lo contrario de aquello que era representado. Un contraste que Macipe tradujo parcialmente al lenguaje visual en la lámina titulada «El escudo de armas de la situación», elaborada a los pocos meses de que Cánovas volviera a ocupar la presidencia tras la caída del primer gobierno de Sagasta (Ilustración 8). En la ilustración, bajo la corona almenada en la que el político malagueño se protege con cañones y bayonetas de todo posible ataque, se suceden las ocho cuartelas que componen ese escudo y que, mediante una sucesión de antífrasis, mostraban la forma en la que los políticos turnistas aplicaban ciertos principios y prácticas políticas.
Ilustración 8. «Escudo de armas de la situación», El Motín, 17 de febrero de 1884
Madrid, Biblioteca Nacional de España.
Los traidores
- 37 Manuel Suárez Cortina, «Entre la barricada…», op. cit., p. 499-523; José Álvarez Junco, «Racionalis (...)
- 38 Joaquín Varela Suances, «El sentido moral del pensamiento democrático español a mediados del siglo (...)
20Si la reacción permitía trazar en negativo el dibujo de los ideales republicanos, los traidores, además de esto, servían para poner de manifiesto un aspecto especialmente significativo para los defensores de un republicanismo fuertemente impregnado por la pátina de un romanticismo todavía presente en aquellos años: la lealtad a los principios defendidos y el honor de mantenerlos, aun cuando las circunstancias externas no fueran las idóneas para ello37. Frente a una moralidad que para el republicanismo trascendía el espacio de lo privado y constituía una forma de vivir y estar en sociedad38, el pragmatismo y la ductilidad de todos aquellos que tras la Restauración canovista fueron poco a poco integrándose a la nueva legalidad política resultaba un insulto. Por eso, desde las páginas de El Motín se trató de forma con frecuencia insultante a todos esos actores políticos, pero de forma más dura a aquellos cuya capacidad de adaptación les llevó a abanderar posturas significativamente distintas a las que habían defendido apenas unos años atrás, durante el Sexenio. Este fue el caso, a los ojos de este semanario, de Práxedes Mateo Sagasta, que pasaba del progresismo a un liberalismo templado que no tuvo prisa en restablecer las libertades conquistadas con la Gloriosa; de Emilio Castelar, que transitó de un republicanismo federalista a otro posibilista; y de Cristino Martos, que desde las filas del Parido Democrático supo acomodarse sin mayor problema a un sistema que era todo menos demócrata. Si a todos ellos el pueblo los tratara con la dureza que merecían, como mostraba la lámina del 15 de abril de 1888, en la que Juan Español tenía agarrado de una oreja y elevado por los aires a Castelar, los demás, como advertía el título de esa ilustración, «se arrodillarían a sus pies». Sin embargo, a pesar de la colosal estatura del Juan Español de esta lámina, el pueblo parecía no haber adquirido todavía conciencia de su capacidad.
- 39 Isabelle Mornat, «Masculino/femenino: estereotipos e inversiones en la caricatura española (siglo X (...)
- 40 María Sierra, «Entre emociones y política: la historia cruzada de la virilidad romántica», Rúbrica (...)
21La representación de la actitud traidora de estos políticos se hizo mediante el empleo de múltiples recursos retóricos, entre los que tuvo especial presencia uno de larga tradición, pero también de indudables buenos resultados: el travestismo, producto, en buena medida, de una inversión en la imagen de los tipos populares que la prensa costumbrista venía difundiendo desde hacía algunas décadas39. De este modo, vestidos como mujeres y actuando de la forma que estereotipadamente se atribuía a este género, no sólo se denunciaba su impostura, sino que se les privaba de esa «virilidad» que se consideraba tan esencial para la acción política durante aquellos años40, además de que se les podía acusar de otras faltas morales en teoría propias de las mujeres, como la debilidad, la superficialidad o la pusilanimidad.
- 41 Isabelle Mornat, «Masculino/femenino…», op. cit.
- 42 José Luis Ollero, «Del tupé a la porra. La construcción de la imagen de Sagasta en el Sexenio Democ (...)
22Sería el caso, por ejemplo, de una de las láminas elaborada por Eduardo Sojo durante los primeros meses del primer gobierno de Sagasta (Ilustración 9). La escena, protagonizada por el político riojano y Emilio Castelar ‒formando una de esas típicas parejas costumbristas41‒, se sitúa en un escenario al aire libre ‒presumiblemente de Madrid‒ justamente en la encrucijada, nada gratuita, de la calle Magdalena. Sagasta, fácilmente identificable por su invariable tupé42, aparecía ataviado con la indumentaria típica de las vendedoras de flores, un vestido de lunares y un pañuelo en la cabeza, ofreciéndole a Castelar una de las «flores de lis» ‒como se puede leer en el pequeño diálogo de la parte inferior de la lámina‒ que llevaba en el canastillo que sostenía sobre el hombro. Así, a la impostura asociada al travestismo se sumaba en esta lámina la pretensión de engaño propia de una seducción interesada y no motivada por un gusto o una intención verdadera; es decir, una suerte de doble impostura que degradaba todavía más al personaje.
Ilustración 9. «Sin título», El Motín, 4 de septiembre de 1881
Madrid, Biblioteca Nacional de España.
23Igualmente travestidos ‒de forma más recurrente, si cabe‒ aparecieron Castelar y Martos, quizás en su caso de forma más legitimada para el espectador de este semanario por su paso de las filas del republicanismo a su acomodo en un régimen monárquico de talante abiertamente conservador. En la Ilustración 10, elaborada asimismo en los primeros meses del primer gobierno de Sagasta, aparecen, entre otros, ambos políticos ataviados de esta forma. En este caso, la escena transcurre en un interior, un espacio que parece simular un tablao flamenco en el que Sagasta está ejecutando un zapateado. Entre el coro que lo jalea se encuentran Castelar y Martos, que, a diferencia de los demás integrantes del grupo, son los únicos que aparecen travestidos. Con mantillas y vestidos largos, probablemente lo más llamativo de su indumentaria se encuentra en sus respectivos tocados, conformados en ambos casos por gorros frigios, que esconden en la parte posterior una especie de daga, susceptible de ser empuñada en el momento que sea necesario. De nuevo, el travestismo escondería una doble impostura, la de la actitud aparentemente conciliadora con la política que encarna Sagasta y la posibilidad de traicionarla si se presenta la ocasión.
Ilustración 10. «Los jaleadores», El Motín, 23 de abril de 1882
Madrid, Biblioteca Nacional de España.
24Junto al travestismo, la animalización resultó también un recurso retórico habitual para denotar algunas de las cualidades morales propias de estos traidores. Como en el caso del anticlericalismo, la elección de los animales no era gratuita y la actitud en la que eran representados, tampoco. Además de reptiles e insectos, en este caso también fue frecuente la aparición de roedores, como ratones o conejos, normalmente en el momento de ser acorralados o cazados por los verdaderos republicanos, como hacía en una lámina publicada poco antes del golpe de Estado frustrado de Villacampa un perro con la cabeza de Ruiz Zorrilla, que acechaba a un Sagasta con cuerpo de gato, que a su vez perseguía a unos políticos del momento convertidos en ratones. Sin embargo, los animales rastreros, imprevisibles y escurridizos, continuaron siendo los más habituales, como pone de manifiesto una lámina de mediados de 1885 (Ilustración 11). En ella, una alegoría de España triste e indefensa aparecía atacada por diversos reptiles que la envolvían y amenazaban con devorarla. Entre ellos se encontraba Sagasta, que era el de mayor tamaño y que tenía entre sus fauces la cabeza de la nación; así como Martos, que había comenzado a comerse una de sus manos.
Ilustración 11. «Los reptiles ex revolucionarios procurando devorar a España», El Motín, 28 de junio de 1885
Madrid, Biblioteca Nacional de España.
- 43 La presentación de series de retratos de personajes ilustres había sido ampliamente explorada por l (...)
25Pero las metáforas zoomórficas fueron empleadas asimismo para explicar las metamorfosis, apostasías y transformaciones que se habían operado en esos políticos traidores para acabar siendo lo que eran. En este punto, Castelar adquirió un papel protagónico. En una lámina que formaba parte de una serie con la que El Motín había querido dar su propia versión de la galería de las figuras políticas del momento (Ilustración 12)43, se mostraba en el centro un retrato fotográfico del político gaditano, enmarcado por una suerte de ramas de árboles sobre las que aparecían posados diversos pájaros que servían al periódico para explicar la evolución moral y política del mencionado político. Así, si la secuencia iniciaba con el «ruiseñor democrático» y el «gallo republicano» –aves que denotaban un simbolismo positivo para el pensamiento republicano–, poco después estas se transformaban en el «loro federal» y el «búho posibilista» para acabar en 1883 resultando en el «cuervo conservador».
Ilustración 12. «Don Emilio Castelar», El Motín, 17 de junio de 1883
Madrid, Biblioteca Nacional de España.
26Así pues, tanto estos traidores como los reaccionarios a los que nos referíamos más arriba constituían para El Motín todo un manojo de malas hierbas que estaban succionando de la tierra española sus nutrientes. Por eso, lo mejor que se podía hacer con ellas, como sugería elocuentemente la primera lámina publicada por este semanario en 1883 (Ilustración 13), era segarlas, usando para ello una hoz manejada por los brazos de la libertad y de la justicia; es decir, por unos brazos republicanos, que podrían devolverle a la nación los nutrientes que necesitaba.
Ilustración 13. «Aguinaldo que El Motín quisiera ofrecer al país un día», El Motín, 7 de enero de 1883
Madrid, Biblioteca Nacional de España.
Otras malas hierbas
- 44 Florencia Peyrou, «Las libertades del pueblo», op. cit., p. 347-376; Gonzalo Capellán, «El nuevo le (...)
- 45 Este recurso iconográfico se popularizó durante el Sexenio y continuó empleándose durante la Restau (...)
27Finalmente, la definición por vía negativa de lo que era o debía ser la república se llevó a cabo también mediante el empleo de otro tipo de representaciones, entre ellas, personajes o motivos icónicos alusivos a valores o principios contrarios al pensamiento republicano. Así, la corrupción, por ejemplo, en tanto que antítesis de la virtud cívica que debía definir la actitud de todos los ciudadanos y de forma más enfática la de aquellos que se ocupaban de los negocios públicos44, apareció frecuentemente representada mediante alimentos ‒que eventualmente lucían la etiqueta «turrón»45− que se convertían en motivo de disputa entre los malos políticos o que estaban dispuestos en banquetes a los que solo estaban invitados algunos elegidos, como mostraba la lámina publicada el 30 de octubre de 1881, en la que Sagasta aparecía sentado a la proteica mesa del presupuesto nacional. Asimismo, frente a la imagen del soldado republicano dispuesto a dar su vida por la libertad de la patria, los «espadones» ‒y de manera enfática el General Serrano, a quien se consideraba tan traidor como a Sagasta o Castelar‒ eran presentados como una amenaza latente para la nación, pues al no estar sus actos ya guiados por la consecución del bien común, lo único que buscaban era la satisfacción de los intereses particulares, para lo que no dudaban en emplear las armas que tenían a la mano, como parecía denunciar la lámina del 9 de septiembre de 1883 dedicada precisamente a Serrano.
28La síntesis de estas otras manifestaciones del antirrepublicanismo quedó encarnada en una figura alegórica relativamente recurrente en las páginas de este semanario: la «Santa Inmoralidad», advocación mariana de la que parecían ser fieles devotos buena parte de los políticos que formaban parte del turno (Ilustración 14). Esta «santa», como se advierte tanto por su lujosa indumentaria como por los elementos que conforman el altar en que exhibe (en el que se incluían todo tipo de objetos para la compra de voluntades, como bolsas de dinero, carros, casas, relojes, etc.), venía a representar la antítesis del ciudadano virtuoso y contribuía, por tanto, a esa definición por vía negativa del republicanismo.
Ilustración 14. «Santa Inmoralidad. La diosa que más devotos tiene en la España de la Restauración», El Motín, 4 de diciembre de 1887
Madrid, Biblioteca Nacional de España.
Reflexiones finales
29Debido a las características inherentes del lenguaje iconográfico de la caricatura política, el antirrepublicanismo fue la vía más efectiva con la que este semanario pudo brindar una definición del «nosotros» republicano con la que aunar voluntades para combatir a un enemigo común. Un enemigo que, como tal, a pesar de aparecer individualizado ‒sobre todo en la representación caricaturizada de los principales actores políticos‒ se mostraba parcialmente deshumanizado, aunque sin llegar al extremo de lo que, unas décadas más tarde, la propaganda de masas hará con el enemigo ideológico y/o militar. Sin embargo, en la visión estereotipada de ese otro antirrepublicano, El Motín ya utilizó ciertos recursos narrativos, como la animalización o la deformación ‒en la mayoría de los casos procedentes de la larga tradición de la iconografía de lo grotesco‒ que favorecían el distanciamiento entre el espectador y la imagen, y que buscaban a su vez generar un rechazo y formular una denuncia, sobre todo cuando el objeto de ataque de ese «otro» era algo tan sensible para el republicanismo, como la patria o el pueblo; dos conceptos cuya representación visual en las láminas que hemos analizado es constante.
30Pero además del distanciamiento emocional respecto al «otro», estas imágenes permitieron a El Motín identificar y subrayar aquella serie de principios y valores sobre los que se asentaba su idea republicana. Entre ellos figurarían, como hemos visto, la libertad, entendida como la ausencia de un gobierno tiránico, definido como tal tanto por su legitimidad de origen como de ejercicio (algo de lo que, en su opinión, carecían los políticos del turno); la emancipación de las conciencias, considerada como condición esencial para el ejercicio de la soberanía (que la Iglesia entonces se empeñaba en impedir); el principio de la soberanía popular, como base de la acción política (vulnerado y desprestigiado por la actuación de los políticos corruptos); la igualdad de oportunidades y el equilibrio socioeconómico (insensible al egoísmo de los ricos); o la virtud cívica, como cualidad del buen ciudadano, cuyas acciones estarían movidas por una moral laica encaminada al engrandecimiento de la patria (frente al oscurantismo, la incivilidad y la inmoralidad pública y privada de la clase política). Las láminas analizadas en las páginas precedentes aludían a uno o varios de esos principios, pero enunciados de forma negativa; es decir, mostrando cómo ese «otro» ideológico conculcaba o maltrataba dichos principios. Mediante la articulación de este relato iconográfico, El Motín, al mismo tiempo que contribuía a socializar un imaginario republicano, abonaba a un enriquecimiento semántico de ciertos conceptos fundamentales, empleando para ello un instrumento tan poderoso como nemotécnico: la imagen satírica, generadora, además, de la complicidad del regocijo compartido.
Notes
1 Manuel Suárez Cortina, «Entre la barricada y el parlamento: la cultura republicana en la Restauración», in Id. (coord.), La cultura española en la Restauración, Madrid, Alianza, 1999, p. 499-523.
2 Ángel Duarte y Pere Gabriel, «¿Una sola política republicana ochocentista en España?», Ayer, 2000, n° 39, p. 11-34; Román Miguel, «Las culturas políticas del republicanismo histórico español», Ayer, 2004, n° 57, p. 207-236.
3 Manuel Suárez Cortina, «Élites republicanas y periodismo en la España de finales del siglo XIX», in Paul Aubert y Joan-Michel Desvois (eds.), Les élites et la presse en Espagne et en Amérique Latine, Madrid, Casa de Velázquez, 2001; Rosana Gutiérrez Lloret, «Sociabilidad política, propaganda y cultura tras la Revolución de 1868. Los clubes republicanos en el Sexenio Democrático», Ayer, 2001, n° 44, p. 151-172; Óscar Anchorena, «Sociedad civil democrática en acción durante la Restauración: el republicanismo en Madrid», Espacio, tiempo, forma, serie V, Historia Contemporánea, 2016, n° 28, p. 73-94.
4 Antonio Laguna Plateros y Francesc Martínez Gallego, «La eficacia de la propaganda política a través de la prensa satírica: el caso de El Motín (1881-1926)», in Eva Lafuente y Marie-Angèle Orobon (coords.), Hablar a los ojos. Caricatura y vida política en España (1830-1918), Zaragoza, PUZ, 2021, p. 169-186.
5 Manuel Pérez Ledesma, «José Nakens. Pasión anticlerical y activismo republicano», in Isabel Burdiel y Manuel Pérez Ledesma (coords.), Liberales, agitadores y conspiradores, Madrid, Espasa Calpe, 2000, p. 305-330.
6 Eduardo Higueras, «Los líderes republicanos a través de la caricatura política», in Gonzalo Capellán (ed.), Visualizar la Historia. Miradas a la España de la Restauración desde la caricatura política, la iconografía y la prensa (1875-1923), Santander, Universidad de Cantabria, en prensa.
7 Sergio Sánchez Collantes, «Los símbolos republicanos entre la prensa y la calle: el gorro frigio en el Sexenio», in Gonzalo Capellán, Dibujar discursos, construir imaginarios. Prensa y caricatura política en España (1836-1874), Santander, Universidad de Cantabria, 2022, p. 311-338.
8 Antonio Laguna Plateros y Francesc Martínez Gallego, «La eficacia…», op. cit., p. 177-178.
9 Íbid., p. 175; Manuel Pérez Ledesma, «José Nakens…», op. cit., p. 315-316.
10 Marie-Angèle Orobon, «Tomás Padró, le chevalier au crayon ou la naissance d´un satiriste politique», in Carole Fillière y Maud Le Guellec (eds.), « «Longtemps j'ai pris ma plume pour une épée». Écriture et combat dans l’Espagne des XVIIIe et XIXe siècles. Hommage à Françoise Étienvre », HispanismeS, 2017, hors-série n° 1, p. 282-391.
11 Eva Lafuente y Marie-Angèle Orobon, «Introducción», in Id. (coords.), Hablar a los ojos…, op. cit., p. 23.
12 Peter Burke, Visto y no visto. El uso de la imagen como fuente histórica, Barcelona, Crítica, 2001; y La fabricación de Luis XVI, Madrid, Nerea, 2003; Carlos Reyero, Alegoría, Nación y Libertad. El Olimpo constitucional de 1812, Madrid, Siglo XXI, 2010.
13 Gonzalo Capellán, «Imágenes de la democracia: la representación de los conceptos fundamentales (y sus símbolos)», in Francisco Ortega, Rafael E. Acevedo y Pablo Casanova (eds.), Horizontes de la historia conceptual en Iberoamérica. Trayectorias e incursiones, Madrid, Genueve ediciones, 2021, p. 165-232.
14 Carlos Reyero, «El poder es una mierda, la mierda es un poder», in Alberto Ramos Santana (ed.), 1808-1812: Cádiz, los emblemas de la libertad, Cádiz, Universidad de Cádiz, 2009, p. 473-503.
15 Gonzalo Capellán, «Introducción», en Id. (ed.), Dibujar discursos…, op. cit., p. 14-15.
16 Eva Lafuente y Marie-Angèle Orobon, «Introducción», op. cit., p. 30.
17 François Hartog, El espejo de Herodoto. Ensayo sobre la representación del otro, México, Universidad Iberoamericana, 2007; Tzevan Todorov, Nosotros y los otros, México, Siglo XXI, 1991.
18 Javier de Diego, Imaginar la república. La cultura política del republicanismo español, 1876-1908, Madrid, CEPC, 2008, p. 193-254; M. Pilar Salomón Chéliz, «Republicanismo e identidad nacional española: la república como ideal integrador y salvífico de la nación», in Carlos Forcadell (ed.), Discursos de España en el siglo XX, Valencia, PUV, 2009, p. 35-64.
19 Sergio Sánchez Collantes, «La construcción simbólica del republicanismo español en el Sexenio Democrático», Investigaciones históricas, época moderna y contemporánea, 2017, n° 37, p. 132-174; Marie-Angèle Orobon, «Marianne y España. La identidad nacional en la Primera República española», Historia y Política, 2005, n° 13, p. 79-98; Antonio Checa Godoy, «Auge y crisis de la prensa satírica española en el Sexenio Revolucionario, 1868-1874», El Argonauta Español, 2016, n° 13, disponible en: https://journals.openedition.org/argonauta/2335.
20 Florencia Peyrou, «Las libertades del pueblo», in M. Cruz Romeo y María Sierra (coords.), Historia de las culturas políticas en España y América Latina. La España liberal, 1833-1874, Madrid, Marcial Pons, 2014, p. 347-376.
21 Francisco Pi y Margall, La reacción y la revolución, Barcelona, Revista Blanca, 1926 [1854].
22 Pere Gabriel, «Republicanismos y federalismos en la España del siglo XIX. El federalismo catalán», Historia y Política, 2001, n° 6, p. 31-56.
23 Román Miguel, «La república obrera: cultura política popular republicana y movimiento obrero en España entre 1834 y 1873», in Claudia Cabrero, Xuan F. Bas, Víctor Rodríguez y Sergio Sánchez Collantes (coords.), La escarapela tricolor. El republicanismo en la España contemporánea, Oviedo, KRK, 2008, p. 21-54.
24 Javier de Diego, Imaginar la república…, op. cit., p. 69-105.
25 Sergio Sánchez Collantes, ««¡Abajo las testas coronadas!» Los bustos como símbolo del cambio político en 1868», Atlántida, 2016, n° 42, p. 54-56; Antoni-Manel Muñoz Borràs y Marie-Angèle Orobon, «La corona de España a subasta: la cuestión de la búsqueda de un rey tras la Revolución de 1868», in Marie-Angèle Orobon y Eva Lafuente (coords.), Hablar a los ojos…, op. cit., p. 121-137.
26 Francis Grose, Principios de la caricatura, Madrid, Katz, 2011, p. 116-117.
27 Isabelle Mornat, «Persona y monstruo. Cánovas en sus caricaturas», in Gonzalo Capellán (coord.), Visualizar la Historia…, op. cit., en prensa.
28 Sergio Sánchez Collantes, «La construcción simbólica del republicanismo español en el Sexenio Democrático», op. cit., p. 132-174; Antonio Checa Godoy, «Auge y crisis de la prensa satírica española en el Sexenio Revolucionario», op. cit.
29 Isabelle Mornat, «Persona y monstruo. Cánovas en sus caricaturas», op. cit.
30 Florencia Peyrou, «Las libertades del pueblo», op. cit., p. 347-376.
31 Manuel Suárez Cortina, Entre cirios y garrotes. Política y religión en la España contemporánea (1808-1936), Santander, Universidad de Cantabria, 2014; Demetrio Castro Alfín, «Palabras de fuego. El anticlericalismo republicano», Journal of Spanish Cultural Studies, 2005, vol. 6, nº 2, p. 205-225.
32 Manuel Pérez Ledesma, «José Nakens…», op. cit., p. 309-310.
33 Sergio Sánchez Collantes, «El anticlericalismo en la caricatura política», in Gonzalo Capellán (coord.), Visualizar la Historia…, op. cit., en prensa.
34 M. Ángeles Moreno Lara, La metáfora conceptual y el lenguaje político periodístico: configuración, interacciones y niveles de descripción, La Rioja, Universidad de La Rioja, 2005.
35 Manuel Pérez Ledesma, «Ricos y pobres; pueblo y oligarquía; explotadores y explotados. Imágenes dicotómicas en el siglo XIX español», Revista del Centro de Estudios Constitucionales, 1991, n° 10, p. 59-88; Manuel Suárez Cortina, «El republicanismo institucionista en la Restauración», Ayer, 2000, n° 39, p. 61-81.
36 Michael Cohen, ««Cartooning Capitalism»: Radical Cartooning and the Making of American Popular Radicalism in the Early Twentieth Century», International Review of Social History, 2007, n° 52, p. 35-58.
37 Manuel Suárez Cortina, «Entre la barricada…», op. cit., p. 499-523; José Álvarez Junco, «Racionalismo, romanticismo y moralismo en la cultura política republicana de principios de siglo», in Jean-Luis Guereña y Alejandro Tiana (eds.), Clases populares, cultura y educación, siglos XIX y XX, Madrid, UNED, 1989, p. 355-375.
38 Joaquín Varela Suances, «El sentido moral del pensamiento democrático español a mediados del siglo XIX», Revista de derecho político, 2002, n° 55-56, p. 15-33.
39 Isabelle Mornat, «Masculino/femenino: estereotipos e inversiones en la caricatura española (siglo XIX)», in Sonia Kerfa y Jean-Claude Seguin (eds.), Image et genre, Lyon, Université Lyon-2, 2014, p. 143-155, disponible en: Masculino/femenino: estereotipos e inversiones en la caricatura española (sigloXIX) (archives-ouvertes.fr)
40 María Sierra, «Entre emociones y política: la historia cruzada de la virilidad romántica», Rúbrica Contemporánea, 2015, vol. 4, n° 7, p. 11-25.
41 Isabelle Mornat, «Masculino/femenino…», op. cit.
42 José Luis Ollero, «Del tupé a la porra. La construcción de la imagen de Sagasta en el Sexenio Democrático», in Gonzalo Capellán (ed.), Dibujar discursos…, op. cit., p. 245-266.
43 La presentación de series de retratos de personajes ilustres había sido ampliamente explorada por la caricatura política republicana durante el Sexenio: Sergio Sánchez Collantes, «La construcción simbólica del republicanismo español en el Sexenio Democrático», op. cit., p. 149-150.
44 Florencia Peyrou, «Las libertades del pueblo», op. cit., p. 347-376; Gonzalo Capellán, «El nuevo lenguaje de la corrupción política en la España del siglo XIX. Neologismos, semántica y metáforas visuales», in Id. (ed.), Dibujar discursos…, op. cit., p. 421-468.
45 Este recurso iconográfico se popularizó durante el Sexenio y continuó empleándose durante la Restauración: Marie-Angèle Orobon, «El arte de pret(h)erir. Símbolos, atributos y políticos en la caricatura española de la segunda mitad del siglo XIX», Trayectorias satíricas, 2021, n° 2, p. 59-76.
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Référence électronique
Lara Campos Pérez, « Reaccionarios, traidores y otras malas hierbas políticas.
La representación visual del antirrepublicanismo en El Motín (1881-1895) », Cahiers de civilisation espagnole contemporaine [En ligne], 30 | 2023, mis en ligne le 16 juillet 2023, consulté le 14 septembre 2026. URL : http://journals.openedition.org/ccec/14907 ; DOI : https://doi.org/10.4000/ccec.14907
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