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Études
Dossier : « Textes, images, symboles : construire les légitimités politiques dans l’Espagne du XIXe siècle »
Figures individuelles et incarnations

Ruiz Zorrilla y El Motín: la construcción de una legitimidad revolucionaria en la prensa satírica republicana durante la Restauración (1881-1895)

Ruiz Zorrilla and El Motín: the building of a revolutionary legitimacy in Spanish republican satiric press during the monarchical restoration (1881-1895)
Ruiz Zorrilla et El Motín : la construction d’une légitimité révolutionnaire dans la presse satirique républicaine pendant la Restauration (1881-1895)
Eduardo Higueras Castañeda

Résumés

Manuel Ruiz Zorrilla a été l’une des principales références du mouvement républicain espagnol dans le dernier quart du XIXe siècle. Exilé en 1875, il a fait de son exil prolongé la base de l'image publique qu’il cherchait à projeter. En dialoguant avec la presse et d’autres moyens de communication, il a construit un personnage qui symbolisait les valeurs politiques liées à la vertu civique et à la masculinité, telles que le sacrifice, l'intégrité, la détermination et la rébellion. Ces valeurs, dans le discours du républicanisme radical, se retrouvaient synthétisées dans l’idée de révolution. En ce sens, la presse illustrée a joué un rôle essentiel pour concrétiser graphiquement ces idées et les diffuser à grande échelle, dans un contexte de transition vers la société de masse. L'objectif de cet article est d’analyser comment les journaux satiriques républicains, et en particulier la revue illustrée El Motín, ont défini l'image de Ruiz Zorrilla en l’associant à la légitimité de la révolution républicaine, par opposition à une monarchie qui représentait la réaction.

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Texte intégral

Los bandos de Villafrita: a modo de introducción

  • 1 Juan José Carreras, «De la zarzuela bufa al género chico», in Juan José Carreras (ed.), La música e (...)

1El 7 de septiembre de 1884, El Motín, el periódico satírico que dirigían José Nakens y Juan Vallejo, publicó una estampa que representaba la «Escena final de Los Bandos de Villafrita» (Ilustración 1). El título de la lámina hacía alusión a una zarzuela firmada por Eduardo Navarro Gonzalvo que se había estrenado en el teatro Recoletos de Madrid justo el mes anterior. Era frecuente que los dibujantes tomaran escenas de óperas o de obras de teatro populares como marco temático para sus caricaturas. Las tramas y los personajes de ficción eran sustituidos por los protagonistas de la actualidad política con una intención, evidentemente, satírica. Como el «género chico» y, en especial, las revistas políticas estaban en pleno auge en la España de fin de siglo1, fue cada vez más habitual que los caricaturistas se sirvieran de ellas, de modo que se producía un trasvase entre diferentes modalidades comunicativas destinadas a un mismo público.

2Los bandos de Villafrita, como afirma Marie Salgues, fue «el primer éxito rotundo de la historia teatral española»2. En su estreno, la obra fue elogiada por el crítico de El Imparcial, uno de los periódicos más influyentes del país en materia literaria: «No escatimaremos aplausos al libro del Sr. Navarro Gonzalvo»3. Varios de los números musicales fueron repetidos ante el entusiasmo del público. La Discusión confirmó que las primeras representaciones de la revista tuvieron «llenos completos» y significaron «un triunfo diario para sus autores»4. En los meses siguientes, Recoletos programó dos pases diarios de la obra, que, tras ser adquirida por el teatro Martín, alcanzó las trescientas representaciones consecutivas, una cifra que hasta entonces no se había visto en España. Más allá de la anécdota, el rotundo éxito de esta revista política marcó un hito en la evolución del teatro español5. Su concepción como producto de consumo para las masas se afianzaba en paralelo al auge de la prensa industrial6. Puesto que el abaratamiento de las entradas convirtió a las clases populares en el público de este tipo de obras, es obvio que también funcionaron como un mecanismo de politización de masas. En otras palabras: el público demandaba obras de temática política y, en el caso concreto al que nos referimos, de orientación republicana7.

Ilustración . «Escena final de Los Bandos de Villa-Frita».

El Motín, 7 de septiembre de 1884.

  • 8 Marie-Pierre Caire, «Teatro y política durante el Sexenio Democrático (1868-1874)», Moenia, 2006, n (...)
  • 9 Entre otros trabajos centrados en la figura de Ruiz Zorrilla, por lo que se refiere a su exilio, ca (...)

3La orientación ideológica de Los bandos de Villafrita apenas estaba disimulada. No podía esperarse otra cosa de Navarro Gonzalvo, el autor de Macaronini I, una «bufonada cómica» en torno a la elección de Amadeo de Saboya como rey de España, estrenada en diciembre de 1870 en el teatro Calderón de Madrid. La obra, sobre todo, se recuerda por la irrupción de la «partida de la porra» de Sagasta y Prim en plena función para destruir el escenario8. Si se considera que Ruiz Zorrilla, en aquellos momentos presidente de las Cortes Constituyentes, había sido el encargado de trasladar al duque de Aosta el ofrecimiento de la corona española, puede parecer contradictorio que, catorce años después, el mismo escritor le convirtiera en «don Manuel», el héroe de su historia9. La evolución política de Ruiz Zorrilla resuelve la paradoja: convertido al republicanismo en 1873, tras la renuncia al trono de Amadeo I y ante la inminencia de la restauración de los borbones, el líder progresista fue expulsado de España por el gobierno de Cánovas a comienzos de 1875. Desde el exilio impulsó una política de oposición frontal a la monarquía para instaurar la república por medios insurreccionales. Se convirtió, de este modo, en la gran referencia de aquellos republicanos que se definían como «revolucionarios». Era, precisamente, la política que defendía El Motín.

4Los bandos de Villafrita era una sátira de actualidad política por la que desfilaban los principales dirigentes de los partidos de la Restauración. El ilustrador no tuvo que hacer ningún esfuerzo para llevar al papel una trama cuyos personajes eran los mismos que dibujaba en cada número. Que «Pepe Domingo» era el general López Domínguez, líder de la Izquierda Dinástica, «Crispino» era el demócrata, antiguo zorrillista, Cristino Martos o «Aplasta» representaba a Sagasta, no era difícil de adivinar. Todos ellos se disputaban a dos mujeres, «la Zurda», joven y jacarandosa, y la beata «Circuncisión». La primera encarnaba a la Constitución democrática de 1869 y la segunda, claro está, la doctrinaria de 1876. Pidal, Cánovas, Romero Robledo o Moret completaban una escena en la que las bajezas de los dirigentes monárquicos contrastaban con la seriedad y honradez del «tío Manuel» (Ruiz Zorrilla), una figura que aparece a lo lejos, al fondo de la escena, tras una ventana que evoca su exilio:

Cuando todos los jefes de los bandos están para venir a las manos, por envidias, celos y rivalidades, se asoma el tío Manuel por la ventana, y dice:
«¡Caballeros! ¡Muchas gracias!»
Al escuchar estas palabras, se vuelven todos atemorizados, exclamando: ¡Es Manuel! ¡Es Manuel! Se confunden en estrecho abrazo.
[…] todos desfilan cantando hasta que cae el telón: ¡Chitón, chitón, chitón! / Aquí no hay que jugar… / tengamos mucha unión / y no hay que regañar, / porque ese puede dar /alguna desazón. / ¡Chitón, chitón, chitón!10

5Como cualquier trama de actualidad, el marco de referencias de los espectadores con el que el autor jugaba para crear una complicidad cómica ha perdido la inmediatez que tuvo en su momento. Pero es posible reconstruir algunas de sus claves. En primer lugar, el éxito de la obra es un índice de que Ruiz Zorrilla atravesaba el momento álgido de su popularidad. Tanto Navarro Gonzalvo como El Motín aprovecharon esta circunstancia para llegar a un público más amplio, y a la vez sirvieron de amplificadores de la celebridad del personaje. Puede servir de ejemplo el estreno de la obra en Santander. De acuerdo con crónica publicada en La Voz Montañesa, «el público pidió la repetición del coro final, y en el momento de asomarse a la ventana […] don Manuel, que lleva la cabeza cubierta con un gorro frigio, resonó un aplauso nutridísimo»11. La imagen de Ruiz Zorrilla, de este modo, contrastaba y destacaba frente a la representación del mundo político de la Restauración como un juego de intrigas y corrupción.

  • 12 Al respecto, además de las referencias sobre Ruiz Zorrilla citadas anteriormente, baste con apuntar (...)
  • 13 Eduardo Higueras Castañeda, «Prensa y partido en el republicanismo progresista: El Porvenir (1882-1 (...)

6Justo un año antes del estreno de la obra, en agosto de 1883, había estallado una sublevación republicana en Badajoz que tuvo réplicas en Santo Domingo de la Calzada y la Seo de Urgell12. La insurrección, dirigida desde París por el líder republicano, fracasó, pero demostró que había fuerzas militares importantes comprometidas con la causa de la República. Poco tiempo después salió a la luz la existencia de una Asociación Republicana Militar que agrupaba varios centenares de oficiales. A pesar de que el gobierno difundió un folleto difamatorio del antiguo secretario de esta sociedad, Miguel Pérez, para minar la reputación de Ruiz Zorrilla, lo cierto es que contribuyó a que su popularidad se incrementara todavía más. Es significativo que, justo en esas fechas, su periódico, El Porvenir, multiplicara sus ventas13.

  • 14 Sobre el radicalismo republicano a fines de siglo XIX, Manuel Suárez Cortina, El gorro frigio. Libe (...)
  • 15 Sobre el ideal de virtud en el pensamiento del republicanismo clásico, véase Maurizio Viroli, Repub (...)
  • 16 Sobre la estrategia insurreccional y el derecho a la rebelión, Carlos Dardé, «El procedimiento revo (...)

7Para los militantes republicanos, las sublevaciones de 1883 habían demostrado la vulnerabilidad de la monarquía y, a la vez, habían devuelto a Ruiz Zorrilla su credibilidad como líder político después de casi diez años de conspiraciones infructuosas. La prensa ilustrada, en este sentido, jugó un papel fundamental a la hora de construir un personaje, de delinear los trazos de su imagen pública. A nivel gráfico, al igual que sobre los escenarios, se esbozó un discurso que se asentaba en las dicotomías propias del imaginario republicano, sobre todo en su declinación radical: el pueblo frente a la oligarquía, la libertad frente a la tiranía, la virtud frente a la corrupción o, en definitiva, la república frente a la monarquía14. Como síntesis de este juego de oposiciones, el concepto de revolución cobró una importancia creciente. No solo aludía al cambio de régimen mediante una insurrección, sino que se imaginaba como una obligación cívica15, como un acto de patriotismo, puesto que era el único camino para que el pueblo reconquistara sus libertades. De este modo, el discurso clásico sobre el derecho de rebelión ante la tiranía se retomaba para legitimar la vía violenta hacia la república, puesto que monarquía y democracia eran términos antitéticos16.

8El Motín asumió y reprodujo estas coordenadas, y contribuyó, sobre todo, a estrechar la identificación entre el concepto de revolución y la imagen de Ruiz Zorrilla, el «tío Manuel» de Los bandos de Villafrita: el vecino honrado del pueblo que representa a España, que vive apartado (en el exilio) para no mezclarse en las bajezas de los caciques y sus secuaces; al que todos temen porque, en el fondo, reconocen su superioridad. Por eso, cuando asoma la cabeza por la ventana –la amenaza revolucionaria como un acto de dignidad y de virilidad–, se asustan y, por muy enfrentados que aparezcan entre sí, por muchas zancadillas que se hayan hecho, se agrupan para protegerse. El personaje de Ruiz Zorrilla, de este modo, se revestía de valores que además giraban en torno a la masculinidad, bajo los cuales la virtud, representada por «la Zurda», símbolo de la Constitución de 1869, podía estar protegida.

9Analizar cómo los medios satíricos convirtieron a Ruiz Zorrilla en símbolo de la revolución republicana, entendida conforme a los anteriores trazos, es el objetivo de este artículo. A través de la evolución de las caricaturas de El Motín puede profundizarse en la evolución de las narrativas que convirtieron al personaje en epítome de la virtud cívica y, al confrontarlo con la ilegitimidad de origen de la monarquía, subrayaron la legitimidad de su estrategia insurreccional. Para ello es necesario, en primer lugar, explicar la evolución del movimiento republicano en el tercio central del siglo XIX y la emergencia de un discurso radical en la década de 1880. Sobre esa base se explica la eclosión de los medios ilustrados satíricos a partir de los años del Sexenio Democrático (1868-1874) y su consolidación en la Restauración. El Motín tuvo un indudable protagonismo en el ecosistema mediático de fines de siglo y, en sus caricaturas, la figura de Ruiz Zorrilla adquirió un relieve que únicamente declinó al final de su vida.

La movilización democrática y el periodismo republicano: el hábitat de El Motín

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  • 18 Antonio Laguna Platero y Francesc-Andreu Martínez Gallego, «La eficacia de la propaganda política a (...)

10En su estudio sobre El Motín, Antonio Laguna Platero y Francesc Martínez Gallego consideraban indiscutible que «la cultura política republicana se forjó en los iconos, las alegorías o las caricaturas de la prensa satírica». En este sentido, debe apuntarse que la tradicional identificación entre la ideología republicana como un atributo característico de la pequeña burguesía urbana ha sido superada. Por el contrario, en las últimas décadas se ha comprobado que las culturas republicanas fueron esencialmente interclasistas y permearon en sectores diversos de la sociedad española, especialmente en las clases populares17. De este modo, de forma indirecta, podría corroborarse también otra conclusión que los autores dejan como incógnita: las láminas de El Motín «llegaron a públicos populares», y no solo «a las capas medias de la sociedad»18.

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11Los orígenes del movimiento republicano pueden rastrearse en las primeras décadas del siglo XIX19. Emergió fundamentalmente como respuesta o impugnación democrática a las desigualdades políticas y sociales que implicaba la construcción del Estado liberal20. A finales de la década de 1830 y comienzos de la siguiente, se desarrolló en el espacio más amplio del liberalismo radical que pugnaba por expandir los márgenes de la participación política. En el contexto inmediato que siguió a las revoluciones de 1848, los diversos mimbres del republicanismo español se trenzaron en el Partido Democrático. Con fuertes raíces en el asociacionismo obrero y organizados en una amplia red de periódicos y centros de sociabilidad, los republicanos trataron de sortear las restricciones legales para expandirse tanto en los entornos urbanos como en el ámbito rural21. La apertura democrática de 1868 les permitió aparecer abiertamente como republicanos y, con la cobertura organizativa del Partido Federal, impulsaron un movimiento que anticipaba rasgos de los modernos partidos de masas22. Protagonizaron, por ello, los procesos de politización en sentido democrático desplegados en estos años, que son el trasfondo de la implantación de la Primera República en 1873.

  • 23 Antonio Laguna Platero y Francesc-Andreu Martínez Gallego, «La eclosión de la prensa satírica en Es (...)
  • 24 Marie-Angèle Orobon y Eva Lafuente, «Introducción. A vueltas con la caricatura política en España: (...)
  • 25 Carlos Dardé Morales, «La larga noche de la restauración, 1875-1900», in Nigel Townson (ed.), El re (...)

12El Sexenio también abrió las puertas a la eclosión de la prensa periódica y, en especial, de la prensa satírica ilustrada23. Aunque existían precedentes significativos, como El Solfeo, la libertad de prensa, de un lado, y la intensidad del proceso de politización que se estaba experimentando, explican el afianzamiento de este tipo de periódicos. El republicanismo, representado por cabeceras como el Gil Blas, La Flaca o La Campana de Gracia, fue hegemónico en este terreno24. Sin embargo, el desmoronamiento del régimen republicano en enero de 1874 y la restauración de los Borbones al cabo de un año interrumpieron la expansión de la prensa satírica. Bajo la dictadura canovista, tanto el movimiento democrático como la prensa de oposición encontraron importantes dificultades para desenvolverse hasta la relativa apertura política de 1879 y, sobre todo, hasta la llegada de los liberales al poder en 188125. Entre ambas fechas, la prensa satírica ilustrada recuperó parte de su vigor.

  • 26 No es posible abordar en este artículo el debate sobre la unidad o pluralidad de las culturas polít (...)
  • 27 Analiza las subculturas políticas del republicanismo español en la Restauración Javier de Diego Rom (...)

13Cuando las circunstancias legales permitieron que el republicanismo volviera a asomar la cabeza en la arena pública, su fragmentación se hizo patente. No era un fenómeno nuevo: desde sus orígenes, el movimiento republicano español había sido heterogéneo26, pero a partir de la experiencia de gobierno de 1873, las fallas se hicieron insalvables. Por otra parte, el giro republicano de muchos seguidores de Ruiz Zorrilla introdujo una mayor pluralidad en el espacio democrático. Aunque para el líder exiliado la única diferencia significativa entre las familias democráticas era la que separaba a los revolucionarios de quienes no lo eran, en el terreno de los partidos políticos los límites quedaron marcados por tres agrupaciones, representativas de sensibilidades políticas bien delimitadas: el posibilismo, unitario y conservador, de Castelar; el progresismo, unitario, descentralizador, reformista y con una clara vocación insurreccional, de Ruiz Zorrilla y Salmerón; y, en la izquierda, el federalismo de Pi y Margall, con un claro acento socialista y una concepción de la revolución menos militarista27.

  • 28 Manuel Suárez Cortina, El gorro frigio…, op. cit., p. 73-89.

14Asociar el nombre de un líder a cada agrupación no es una forma de simplificar: el personalismo fue un rasgo relevante en la delimitación de las agrupaciones, republicanas. Y, al mismo tiempo, como era habitual en los partidos del ochocientos, cada fracción se articulaba y visibilizaba a través de sus órganos de prensa: El Porvenir, El Progreso o El País dieron voz a Ruiz Zorrilla, del mismo modo que El Globo representaba a Salmerón y La Vanguardia o La República defendían a Pi y Margall28. Este tipo de periódicos –quizá con la salvedad de El Globo– eran representativos de un modelo de empresa periodística tradicional que perseguía el rédito político, más que el económico. En el caso de La República, de hecho, cabe incluso hablar de un sistema puramente preindustrial, de mecenazgo, puesto que sobrevivía gracias al bolsillo de un aristócrata republicano, el marqués de Santa Marta. Este modelo de periódico no desapareció ante el empuje de la prensa industrial, de negocio, que tomó especial impulso tras la promulgación de la Ley Gullón en 1883.

15Los periódicos satíricos ilustrados no fueron, en general, periódicos de partido, lo que no significa que no se inclinaran por uno u otro líder, o por varios simultáneamente. Por otra parte, la orientación republicana fue mayoritaria, aunque no hegemónica, como lo había sido en el Sexenio. Es evidente que este tipo de prensa buscaba incrementar las ventas a través del atractivo de la caricatura y de la bajada del precio de suscripción y venta que permitían las nuevas técnicas de impresión. Y, de nuevo, parece razonable concluir que el espacio republicano no era, en absoluto, un nicho de mercado minoritario, limitado a la pequeña burguesía urbana. De otro modo sería imposible entender la perdurabilidad de empresas periodísticas como La Campana de Gracia o El Motín, que se publicó ininterrumpidamente desde 1881 hasta 1926.

  • 29 El Pueblo Español se publicó entre 1877 y mayo de 1878, según los datos que recoge Pedro Pascual, E (...)
  • 30 Una aproximación biográfica a Nakens, en Manuel Pérez Ledesma, «José Nakens (1841-1926). Pasión ant (...)

16La orientación política de El Motín, como es evidente, estaba marcada por la de sus fundadores, José Nakens y Juan Vallejo, así como por la de sus dibujantes: Eduardo Sojo en su primera época y Antonio Macipe desde 1884. Quizá por la longevidad de Nakens, o porque, como polemista, fue más ruidoso, la figura de Vallejo ha quedado algo ensombrecida. Sin embargo, en 1881, cuando los dos se asociaron para poner en marcha El Motín, Vallejo tenía un mayor recorrido profesional en los medios republicanos. De hecho, había sido redactor de uno de los principales semanarios ilustrados del Sexenio, El Solfeo, además de director de El Pueblo Español, un diario de vida breve29. En 1880 colaboró con El Buñuelo, semanario ilustrado en el que coincidió con Nakens, un escritor sevillano que había dejado el cuerpo de Carabineros tras la Revolución de 1868 para vivir de las letras. Curtido en la escritura de obras de teatro por horas, que tuvo su mayor impulso en esos años, se incorporó al comenzar la Restauración a la redacción de El Globo, el órgano de Emilio Castelar30.

17Nakens defendió hasta 1879 las posturas del republicanismo posibilista, en las que hasta cierto punto encajaba: su nacionalismo rabiosamente españolista y unitario no desentonaba con el antifederalismo cerrado de sus compañeros de partido. Tampoco sus escritos anticlericales se apartaban de la línea editorial de El Globo, salvo por el tono radical, que sí contrastaba con el conservadurismo de Castelar. Nakens, sin embargo, no podía compartir la estrategia legalista que se impuso en el posibilismo. Fue, precisamente, ante las elecciones a Cortes celebradas ese año cuando el movimiento republicano comenzó a salir a la luz y tuvo que posicionarse ante la alternativa de la lucha electoral o el retraimiento. Los posibilistas optaron por lo primero. Tras abandonar El Globo, Nakens inició una activa militancia fuera de los partidos. En todo caso, tanto él como Vallejo y Sojo mostraron predilección por la postura que representaba Ruiz Zorrilla. De hecho, El Buñuelo, donde los tres trabajaron, defendía esa orientación.

Los trazos del liderazgo republicano: «el jefe de la democracia»

18En mayo de 1880, El Buñuelo publicó un artículo titulado «El jefe de la democracia». No llevaba firma, pero no es descabellado atribuirlo a Nakens o a Vallejo, dos autores que, por encima de los partidos, defendían la unión de todos los republicanos bajo la dirección de Ruiz Zorrilla:

  • 31 El Buñuelo, 10 de febrero de 1881.

De los jefes de las fracciones en que hoy se halla dividida la democracia, unos invocan su antigüedad, otros sus méritos, este la sanción del partido en épocas lejanas, aquel su abolengo revolucionario; y todos y cada uno tratan de recabar para sí el título que la opinión unánime ha concedido a un hombre: a D. Manuel Ruiz Zorrilla.
[…] D. Manuel Ruiz Zorrilla es hoy el jefe de la democracia española, y lo es porque sus antecedentes liberales lo abonan; porque no tomó parte en dos fechas que separarán siempre a ciertos hombres: el 23 de abril y el 3 de enero; porque supo colocarse dignamente a comienzos de la restauración, lo que no hizo ninguno; porque predica la concordia y la paz entre los hombres de sus ideas; porque la mayor parte de la juventud inteligente y apasionada está a su lado; porque el país le ha dado la jefatura, y porque si no se la hubiera dado, él, parodiando a Napoleón, tendría derecho a exclamar: «Encontré la jefatura de la democracia en un lodazal, y me la adjudiqué para que no se perdiera»31.

  • 32 Son los argumentos básicos de su folleto de 1877: Manuel Ruiz Zorrilla, A sus amigos y a sus advers (...)

19La estrategia de Ruiz Zorrilla desde 1875, en efecto, consistía en promover la unidad del movimiento republicano bajo las premisas revolucionarias, aplazando las disputas que conllevaban sus diferencias programáticas hasta que se lograra derribar la monarquía mediante una insurrección. Los argumentos que El Buñuelo proponía para legitimar su jefatura eran los mismos que él había trazado desde el exilio: al contrario que Pi y Margall, Castelar o Salmerón, Zorrilla no estaba desgastado por el rápido derrumbe del régimen republicano en 1873. Mientras que otros líderes radicales como Martos –responsable del golpe de Estado fallido del 23 de abril–, habían puesto zancadillas a la República, él se mantuvo al margen y, en 1874, cuando el peligro de la Restauración era inminente, reapareció en la arena política para defender la Constitución de 186932. Incluso su destierro jugaba a su favor, porque le convertía en una víctima de la Restauración, en un mártir de la causa republicana. Por eso, al defender cerradamente la estrategia insurreccional, se había «colocado dignamente» frente a la monarquía.

20La fragmentación del espacio republicano, más allá de la organización de los partidos, en la narrativa esbozada por medios como El Buñuelo quedó reducida a una alternativa dicotómica que elevaba a Ruiz Zorrilla, por contraste, sobre los restantes líderes. Era el «ilustre desterrado» que esquivaba astutamente la vigilancia de «la policía francesa», mientras que Castelar permanecía en España «cansado y aburrido porque no se habla de él»33. De acuerdo con la interpretación de Nakens y Vallejo, las instituciones no tenían nada de temer del «ilustre tribuno», y, en realidad, tampoco de Pi y Margall y otros dirigentes republicanos. Sin embargo, Ruiz Zorrilla era «el coco de Cánovas, el que le quita el sueño, el que le aterra» por su incansable actitud de rebeldía, de confrontación con la Restauración, de conspiración y propaganda que impulsaba «bien en París, bien en Bruselas, silencioso, mudo, sin hacer alardes de víctima ni prodigar frases declamatorias, reposado, tranquilo, sereno», pero incansable:

[…] Ruiz Zorrilla, emigrado, dando lecciones de entereza a los débiles y de dignidad política a los hombres eminentes de la oposición, hace converger en él todas las miradas, y Cánovas tiembla, y ruge de rabia al pensar en la impotencia de sus medios para evitar que sea así34.

21Otros medios democráticos, menos alineados con una opción partidaria específica, como El Loro, encontraron menos admirable el reposo, la tranquilidad o la serenidad en de la que parecía disfrutar el líder revolucionario, dado el escaso resultado que hasta la fecha habían ofrecido sus tácticas conspirativas. Por ese motivo, un año más tarde los periódicos republicanos discutían si Ruiz Zorrilla debía permanecer en el exilio o regresar a España. A mediados de 1881, su representante en Madrid, el marqués de Montemar, le describía el clima de opinión existente en diferentes círculos republicanos. Sus palabras reflejan con claridad la influencia de las ilustraciones satíricas sobre el público, que por las propias características de la caricatura rebasaba ampliamente el círculo de los suscriptores. De ahí la preocupación que podían llegar a causar en los dirigentes políticos el modo en el que eran representados:

  • 35 La ilustración a la que se refiere, titulada «No las quiero comer, no están maduras», se publicó en (...)
  • 36 Se trata de una lámina titulada «Pasatiempos democráticos progresistas», en la que Martos, ataviado (...)
  • 37 Félix [seud. Francisco de Paula Montemar] a Ruiz Zorrilla (20 de octubre de 1881), Archivo Manuel R (...)

No dejaban de contribuir a generalizar estas murmuraciones las caricaturas de El Loro, que no te son favorables y que están colocadas en una librería de la calle Carretas delante de las cuales se para mucha gente.
En una estás vestido de Zorro y tirado a la bartola debajo de un árbol, esperando con la boca abierta que caigan unas peras muy gordas.
—No están maduras, dices35.
En otra estás vestido de mañana con jaquet muy corto, un bastoncito muy ligero, y un sombrerito hongo muy pequeño, paseando en los Campos Elíseos, rodeado de cocottes36.
Todo esto sirve para predisponer más la opinión de los que, aun siendo amigos, murmuran37.

  • 38 Eduardo Higueras Castañeda, «Ruiz Zorrilla y el radicalismo: puntos negros y claroscuros en las rep (...)

22A esas alturas, la imagen de Ruiz Zorrilla todavía no se había despojado de los rasgos que lo habían caracterizado durante su etapa de gobernante bajo la monarquía de Amadeo I. Era esencialmente el mismo personaje que había poblado las caricaturas desde 1871, cuando para los dibujantes republicanos dejó de ser el joven y simpático ministro reformista de la Revolución de Septiembre y pasó a ser un hombre corpulento y de rostro avinagrado38. Los lunares que moteaban su vestimenta le hacían reconocible. Se trataba de una alusión a su discurso de los «puntos negros» de fines de 1870, en el que advertía sobre la urgencia de atajar la corrupción política para culminar la obra revolucionaria de la Septembrina. Puede interpretarse, por ello, que en 1881 no se había completado su encaje en el imaginario republicano. Debe tenerse en cuenta que, justo en esos años, en el seno de la agrupación que encabezaba, se debatía la línea política a seguir, y algunos dirigentes destacados como Becerra, Martos o Montero Ríos parecían más cerca del régimen monárquico que de la causa republicana.

  • 39 «Entre Scila y Caribdis», El Buñuelo, 6 de mayo de 1880; y El Buñuelo, 13 de mayo de 1880.
  • 40 Sobre las representaciones de la república en la España del XIX, véase la aproximación de Marie-Ang (...)
  • 41 «Así la tratan sus hijos», El Loro, 17 de diciembre de 1881.

23A estas disputas hacían referencia las caricaturas de El Buñuelo del 6 y el 13 de mayo de 1880. En la primera, Ruiz Zorrilla y Becerra conducían dos trenes a punto de chocar, dejando en medio la figura de la matrona que representaba la democracia. En la segunda, se peleaban con dos enormes navajas de Albacete39. La división siempre fue penalizada por los dibujantes republicanos, puesto que se consideraba el mayor obstáculo para lograr la restauración de la democracia. En este sentido, es importante subrayar que la figura de Ruiz Zorrilla, con frecuencia, fue situada al margen de las disputas, como la única alternativa posible para la unión o, por lo menos, como el único líder que no la entorpecía. En una caricatura de El Loro de fines de 1881, Figueras, Martos, Castelar, Montero Ríos, Echegaray, Pi y Margall y Moret, manteaban a la Democracia –una mujer con traje catalán y gorro frigio40. Tras un muro que representaba la frontera y, por extensión, el exilio, Ruiz Zorrilla, ataviado de caballero andante, observaba la escena41. Era, de este modo, el único entre los «hijos» de la Democracia que no la maltrataba. Por el contrario, aparecía como su único campeón.

24La representación del exilio jugó como un elemento icónico que delimitaba, de un lado, la integridad revolucionaria de Ruiz Zorrilla y, del otro, «las mezquindades» de los políticos monárquicos y, sobre todo, de los republicanos. El Motín explotó esta idea desde sus primeros números. Así, en mayo de 1881, tras la llegada de los liberales de Sagasta al poder, cuando Martos y otros dirigentes del partido democrático progresista presionaban a su líder para que regresara a España, El Motín aprovechó para ilustrar el contraste entre unos y otros:

  • 42 Así lo argumentaba El Motín en su número del 8 de mayo de 1881.

No, no tienen derecho a exigir la venida de Ruiz Zorrilla, porque haya hoy un poco de libertad tolerada, pero no garantida por la ley, los hombres que, demasiado dúctiles o de sobra interesados, soportaron la reacción canovista sin protestar como D. Manuel Ruiz Zorrilla; los que debieron seguirle al destierro si hubieran tenido para los actos viriles el valor que derrochan en empresas de pigmeos42.

25De este modo, Ruiz Zorrilla encarnaba la protesta permanente contra «el 28 de diciembre» y, en negativo, simbolizaba el legado de la Revolución de Septiembre. Gran parte de los antiguos revolucionarios habían traicionado ese legado –y, por ello, su propia historia política–, que se conservaba al otro lado de la frontera. Por tanto, Ruiz Zorrilla personificaba la idea de revolución en tres acepciones que se entrelazaban. En primer lugar, se trataba de un concepto vinculado a la propia idea de progreso y democracia, confrontada con la reacción monárquica. En segundo lugar, se reivindicaba la Revolución de 1868 en su acepción republicana y popular como fuente de legitimidad política, frente a los golpes de Estado de Pavía y Martínez Campos. Por último, la revolución era «el acto viril» que devolvería al pueblo español la democracia.

26Conviene reparar en esto último. La revolución no solo era un derecho frente al gobierno tiránico o una respuesta en sí misma legítima frente a la reacción, por ser la palanca del progreso, sino que era una obligación cívica, un deber ciudadano ligado, además, a la masculinidad. De ello se desprendían valores «viriles» como la determinación, la valentía, la honra, etc. En otras palabras, no era hombre quien no sabía defender sus derechos frente a la monarquía. Todas estas ideas convergían en la construcción de la imagen del liderazgo revolucionario de Ruiz Zorrilla y cobraron forma en las primeras caricaturas de El Motín.

Ilustración . «¡Entrada Libre!».

El Motín, 5 de junio de 1881.

  • 43 «¡Entrada libre!», El Motín, 5 de junio de 1881.

27Puede servir de ejemplo un dibujo de Demócrito publicado a comienzos de junio de 1881 (Ilustración 2). El líder progresista aparecía al fondo de la imagen, más allá del río Bidasoa –otra representación recurrente de la frontera y del exilio43. En la orilla española Sagasta, vestido de ministro, Serrano, de capitán general, y Martos, ataviado de cura y con un ejemplar de El Liberal como sombrero, le invitan efusivamente a cruzar por un tablero lleno de rosas, que, a modo de puente, une la orilla francesa y la española. Al final del puente se oculta un juez que espera al «ilustre proscrito» con un auto de prisión en una mano y alzando la otra amenazante. Son, por supuesto, las garras de una justicia despótica. A ambos lados de la imagen se ocultan dos guardias civiles con la bayoneta calada. Ruiz Zorrilla, de frac, para resaltar su respetabilidad social, se niega a morder el anzuelo. El exilio, de este modo, se convertía en un sinónimo de la rebeldía, de la oposición a ultranza o, en definitiva, de la revolución republicana.

28Esta oposición entre el líder republicano y los antiguos dirigentes del Sexenio Democrático se repitió en una caricatura de noviembre del mismo año. Sojo volvió a utilizar la metáfora del río para separar una dicotomía moral entre el civismo de Ruiz Zorrilla y la traición de sus rivales. Pero en este caso no era el Bidasoa, sino el puente de Alcolea, sobre el Guadalquivir, el que concentraba el valor simbólico de la imagen44. Se trataba de reflejar las diferentes actitudes ante la Restauración de los Borbones de los antiguos revolucionarios antidinásticos de 1868: Serrano, el vencedor de la batalla de Alcolea, derriba con un pico el puente de la Septembrina que dejan atrás Sagasta, Balaguer, Romero Ortiz y López Domínguez. En grandes cestas, acarrean los escombros a Sagunto, donde les espera Martínez Campos. Al fondo, tras las montañas que representan los Pirineos –de nuevo, la frontera45– Ruiz Zorrilla les advierte que la obra revolucionaria resistirá al pico. Tras él, resplandece el sol de la libertad. Es, a un tiempo, una referencia a la República francesa y una promesa de la revolución republicana que Zorrilla encarna. Esta vez, la vestimenta del jefe revolucionario, más bien propia de un pequeño burgués, iba moteada con los puntos negros que, como se ha mencionado, recordaban su caracterización del Sexenio.

  • 46 Sergio Sánchez Collantes, «Los símbolos republicanos entre la prensa y la calle: el gorro frigio en (...)
  • 47 El Motín la publicó como grabado el 16 de septiembre de 1883.

29A fines de 1881 se consumó la ruptura del partido democrático progresista entre el sector minoritario que encabezaba Martos, partidario de una oposición benevolente al gabinete de Sagasta, y la mayoría revolucionaria de Ruiz Zorrilla. Los primeros se integraron en el sistema, mientras que los segundos confirmaron definitivamente su compromiso republicano. A partir de ese momento se percibe una redefinición de la imagen del personaje. Sus rasgos del Sexenio, por fin, quedaron atrás. Llama la atención, además, que los dibujantes comenzaran a colocar sobre su cabeza el gorro frigio, marca inequívoca de la filiación republicana46, que hasta entonces se le había resistido. Pero también sus rasgos físicos variaron. Sojo, primero, y después Macipe, tomaron como modelo una fotografía que el propio Zorrilla había distribuido entre sus correligionarios en la segunda mitad de la década de 187047. Era un retrato en el que aparecía como un hombre de mediana edad, confiado, con mirada decidida y llena de optimismo. Esa caracterización tuvo continuidad hasta la muerte del personaje, en 1895, y pasó por alto el envejecimiento que otras fotografías posteriores reflejaban: el personaje de las caricaturas representaba una idea de la revolución inmune al tiempo.

  • 48 El Motín, 6 de agosto de 1882.
  • 49 «Unos por otros la casa sin barrer», El Motín, 2 de octubre de 1881.

30Una caricatura de agosto de 1882 ya representaba a Ruiz Zorrilla con estos rasgos. Junto a él aparecía un también joven Nicolás Salmerón48. El ex presidente de la República recibió un tratamiento que osciló entre la subordinación al «ilustre desterrado», mientras se mantuvo a su lado en el partido republicano progresista, y de abierta hostilidad, cuando se verificó la ruptura entre ambos en 1887. Puesto que Salmerón se desviaba de la línea revolucionaria a ultranza, se convertía inmediatamente en un enemigo de la democracia y un obstáculo para el triunfo de la República. El lápiz de El Motín, de este modo, elevaba la idea de revolución por encima de cualquier valor político y reivindicó la unidad del movimiento republicano, pero únicamente bajo esta premisa, lo que implicaba inevitablemente barrer a favor de Ruiz Zorrilla. Por eso, Castelar fue el blanco predilecto de las críticas del periódico radical. Puesto que la revolución se asociaba a valores positivos ligados a la masculinidad, es natural que se utilizara los contravalores femeninos para degradar simbólicamente a quienes se oponían o no contribuían a ella. En una lámina publicada en octubre de 1881, Castelar, Martos, Figueras, Pi y Margall y José Carvajal, aparecen vestidos como mujeres de la limpieza que, en vez de barrer, pierden el tiempo de cháchara. En el suelo se amontona la basura de las quintas, la pena de muerte, la ley de imprenta, la intolerancia religiosa o los conventos49.

  • 50 El Motín, 2 de julio de 1882.

31La estrategia de la degradación icónica para denigrar al rival político se ensayó preferentemente en Castelar, casi siempre mediante la feminización o la animalización de sus rasgos. Si a ello se añadía el carácter radicalmente anticlerical de El Motín, la crítica subía de tono al dibujar al personaje con atributos religiosos: en otra lámina de julio de 1882, por ejemplo, se le representaba como una beata con mantilla esperando a confesarse con el líder carlista Nocedal50. Podría, en este sentido, hablarse de «clericalización» como una forma peyorativa de representación satírica. Pero el periódico de Nakens no se limitó a fustigar al posibilismo, sino que se cebó también con Pi y Margall. Del líder de los federales les separaba, más que su mayor o menor confianza en la estrategia insurreccional, la propia idea de federación, que chocaba con el españolismo unitarista de El Motín. Se le culpaba, por otra parte, de frenar cualquier intento de coalición republicana por su supuesto exclusivismo de partido.

  • 51 «Abrazo sinalagmático conmutativo», El Motín, 12 de junio de 1881.

32Mientras que Ruiz Zorrilla casi siempre fue representado con chaqueta, chaleco y sombrero de copa, a Pi y Margall fue más habitual caracterizarle con camisa de obrero y pantalones raídos. No era tanto una manera de resaltar su identificación con las clases trabajadoras como de confrontar la revolución democrática que encarnaba el líder progresista con la amenaza de la revolución social. Por ejemplo, en una lámina de mediados de 1881, Sojo dibujó a Pi y Margall abrazando a un obispo que representaba la confusión entre carlistas y federales. Los primeros eran reconocibles por las boinas rojas y los trabucos. Los segundos, por las latas de petróleo –en alusión a la Commune y a la rebelión de Alcoy de 1873–, los rostros salvajes y las banderas rojas. En una de ellas, se leía «¡Viva el pacto federal ultramontano!»51. Se trataba de identificar el federalismo de izquierdas con la fuerza bruta y el comunismo, interpretado como un sistema en el que, al igual que en el absolutismo, el individuo quedaba absorbido por el Estado.

  • 52 Al respecto, escribe Álvaro Ceballos Viro, «El concepto de sátira en la España decimonónica y su ap (...)
  • 53 El Motín, 11 de diciembre de 1883.

33Era, desde luego, una deformación ridícula del proyecto federal. Al fin y al cabo, ridiculizar al rival es la esencia de la sátira política52. Así, El Motín identificaba a los federales pactistas y al propio Pi como enemigos, siempre que no entraran en las vías del entendimiento con Ruiz Zorrilla sobre las bases de una revolución «de orden». En este sentido, es elocuente la caricatura del 8 de abril de 1883, en la que Pi y Margall, erizado de espinas, abre los brazos a Ruiz Zorrilla y a Salmerón: «Hermanos, venid a mí, que yo coaligarme ansío», les dice. Mientras que el líder revolucionario, siempre dispuesto a la unión, parece dirigirse a los brazos del jefe de los federales. Salmerón, sin embargo, rechaza la invitación y responde: «bien se ve por tu atavío», y Zorrilla, advertido, añade: «cualquiera se acerca a ti»53. Tras ellos, una masa desdibujada de hombres del pueblo y militares tocados con gorros frigios insinuaban la unión de pueblo –entendido de manera interclasista–, y el ejército que debía protagonizar la revolución, mientras que detrás de Pi aparecían, también armados, los communards.

34La denuncia de la separación de los líderes republicanos equivalía a reclamar la unión de los fragmentos del movimiento antimonárquico. Este fue un tema recurrente en El Motín, siempre bajo las premisas que se han explicado. Pero debe tenerse en cuenta que los ataques a los jefes de los diferentes partidos, más que facilitar la unión, contribuían a erosionar su imagen y, por tanto, su capital político. Aunque la proyección simbólica de Ruiz Zorrilla ganara relieve, lo cierto es que el personaje que El Motín construyó no respondía exactamente al proyecto político que el líder revolucionario representaba. Por ello, puede interpretarse que, en cierta medida, el personaje dibujado se emancipaba de la persona que lo inspiraba. El hecho es que El Motín, como ya se comentó, era un periódico independiente y obraba de acuerdo con sus propios intereses. Así, entre 1883 y 1891, la imagen de Ruiz Zorrilla evolucionó en el periódico de Nakens de la glorificación a la reprobación, cuando el choque entre ambos finalmente se produjo.

Auge y caída de un mito revolucionario

  • 54 El Motín, 4 de octubre de 1883.
  • 55 «El coco», El Motín, 11 de diciembre de 1883.

35La sublevación de agosto de 1883 inyectó optimismo entre los republicanos «revolucionarios». A pesar del fracaso, su posición era ahora creíble: podían dar la batalla a las instituciones. El relato de El Motín, a partir de ese momento, convirtió a Ruiz Zorrilla en una especie de espada de Damocles sobre la cabeza de la monarquía, una amenaza esquiva que tenía en su mano derribar la monarquía de un plumazo. Así, en un dibujo publicado a comienzos de octubre de 1883 titulado «en busca de Ruiz Zorrilla», Sagasta y Martínez Campos, ambos en ropa de dormir, buscaban con un candil debajo de la cama al «coco» que les quita el sueño54. La lámina del 11 de diciembre de 1883 giraba en torno al mismo tema. En esta ocasión, Ruiz Zorrilla, envuelto en una sábana blanca y tocado con un gorro frigio, espantaba a Cánovas, con traje de luces y sombrero calañés, a Sagasta, de nuevo vestido de ministro, y al general Serrano55.

  • 56 El Motín, 21 de octubre de 1883.
  • 57 El Motín, 28 de septiembre de 1883.
  • 58 Antonio Laguna Platero y Francesc-Andreu Martínez Gallego, «La eficacia de la propaganda política a (...)
  • 59 «D. Manuel Ruiz Zorrilla», El Motín, 16 de septiembre de 1883.

36La publicación del retrato de los sargentos fusilados por sublevarse en Santo Domingo de la Calzada56, y del capitán Cebrián57, cabecilla del movimiento, que fue abatido por uno de los soldados que lo seguían, le valió a El Motín «una larga lista de números secuestrados, detenciones, multas, condenas en los púlpitos», etc58. Podría decirse que, en ese momento, la revolución no era una mera evocación retórica ni se reducía a una actitud de rechazo a las instituciones: se trataba de un combate real, con víctimas y verdugos, que se libraba, fundamentalmente, en los cuarteles y en el terreno de la propaganda, un espacio que con frecuencia conducía a la prisión o incluso al exilio. Entre 1883 y 1886 tuvo lugar el momento álgido del insurreccionalismo republicano y Ruiz Zorrilla fue, por supuesto, el eje de la movilización clandestina. En el lenguaje de El Motín, el líder revolucionario podía definirse con una sola palabra: «un hombre. Y serlo en estos tiempos de varones nerviosos y perfumados, veleidosos como mujerzuelas y corrompidos como esclavos, es un mérito a que ningún otro iguala»59.

  • 60 «Lo que debe hacer Ruiz Zorrilla si Martos se acerca a él», El Motín, 30 de junio de 1889.
  • 61 El Motín, 16 de noviembre de 1884.
  • 62 El Motín, 7 de febrero de 1885.
  • 63 Un dibujo de Macipe publicado en El Motín el 15 de junio de 1890 representó a Ruiz Zorrilla, de nue (...)

37Se continuaba, de este modo, un discurso político sostenido en un imaginario de género en el que se confrontaban valores propios de la masculinidad con una concepción frágil de la feminidad que, aplicada a los hombres, implicaba debilidad y corrupción. En una caricatura de 1889, Ruiz Zorrilla era el varón aguerrido e incorruptible, nada menos que el marido de Marianne, su protector. Con el bastón alzado, despreciaba a quienes, como Martos, la habían traicionado. Mientras que el jefe republicano aparecía vestido como un señor, su antiguo correligionario era un pordiosero que le suplicaba limosna60. Lo varonil –la fuerza, la valentía, la entereza–, era representado siempre en oposición a los símbolos de las instituciones o a la debilidad de los otros líderes republicanos. Por ejemplo, en una lámina de fines de 1884, Ruiz Zorrilla era un cazador que apuntaba su escopeta a Cánovas y Sagasta, animalizados como pajarracos61. Repitiendo el argumento, otra de 1885 le caracterizaba como un perro de presa, con un collar de púas para acentuar la agresividad, acechando al gato Sagasta que, traicionero, persigue a los ratones de la Izquierda Dinástica62. Empuñando el fusil, el bastón, una garrota o en su representación de sabueso63, siempre se identificaba la revolución con la virilidad.

  • 64 Eduardo González Calleja, Política y violencia en la España contemporánea I, Madrid, Akal, 2020, p. (...)
  • 65 El Motín, 21 de octubre de 1888.

38Después del fracaso de la sublevación del general Villacampa en septiembre de 1886 la táctica insurreccional entró en crisis64. Un año más tarde se disolvió la unión republicana de los federales de Pi y Margall y los progresistas de Ruiz Zorrilla, abandonado por los seguidores de Salmerón, poco proclives a las soluciones de fuerza. La dispersión republicana y el declive del insurreccionalismo, sin embargo, no alteraron la imagen de Ruiz Zorrilla como epítome de la revolución, sino que, al menos en las páginas de El Motín, esa asociación cobró mayor fuerza. Puede servir de ejemplo una lámina de 1888 titulada «La revolución mostrándole al Pueblo la causa de sus males, y la reacción impidiendo que corra a remediarla»65. En el centro de la imagen, delante de un muro de piedra, se encuentra Ruiz Zorrilla (la revolución). Frente a él, el pueblo está representado como un joven con traje típico de campesino aragonés. Sagasta, Cánovas y Castelar (la reacción) tiran de él mientras que Zorrilla sostiene su muñeca. Los primeros intentan que el pueblo no pueda ver los problemas que provocan su miseria, pero Zorrilla se los muestra a través de una abertura en la pared: el clericalismo, la pobreza, la corrupción, la inseguridad, son, en definitiva, el fruto de la monarquía.

  • 66 El Motín, 14 de octubre de 1888.

39El periódico, de este modo, situaba al pueblo como protagonista de su propia emancipación. La revolución era, de hecho, su deber, y todavía podía confiar en el papel de los jefes republicanos. La ejemplaridad de Ruiz Zorrilla señalaba el camino a todos ellos. Todavía constituía la mayor amenaza para los políticos de la Restauración. Es muy ilustrativa una caricatura publicada casi en las mismas fechas que la anterior, en la que Moret veía a Zorrilla «hasta en la sopa»: el entonces ministro de Estado, sentado a la mesa, veía el rostro del «ilustro desterrado» en el cucharón de servir, en su copa, en el pan, la botella de vino, el respaldo de su butaca, las cortinas, la chimenea, los candelabros, etc. Se interpretaba que, a pesar de los fracasos, mientras mantuviera su actitud de oposición intransigente, las instituciones no podían sentirse seguras66.

  • 67 El Motín, 13 de enero de 1888.
  • 68 Antonio López Estudillo, «El republicanismo en la década de 1890: la reestructuración del sistema d (...)

40Las narrativas de El Motín jugaron una y otra vez con la temática de la unión y la división de los republicanos. Si los líderes se ponían de acuerdo, la revolución era una cuestión de voluntad y la monarquía no podría resistir su empuje. Merece la pena comentar la ilustración del 13 de enero de 1888, en la que Zorrilla, armado con una garrota, se abalanzaba sobre el edificio de la monarquía con ademán resuelto, la cabeza levantada, el puño apretado y enseñando el pecho. Lideraba a Pi y Margall y a Salmerón que blandían como él sus estacas para tomar por la fuerza el poder. Pero les cerraba el paso Castelar, el perro guardián de la monarquía. Sagasta, su amo, se frotaba las manos bajo la puerta67. Estaba claro que el acuerdo entre los líderes era imposible. Por eso, Nakens apoyó el proyecto del marqués de Santa Marta de reunificar el movimiento antimonárquico a través de una «coalición de la prensa republicana»68. Aunque la iniciativa fue acogida con entusiasmo por periódicos y comités de todas las agrupaciones, su decantación favorable a las posiciones revolucionarias de Ruiz Zorrilla derivó en una nueva ruptura. La coalición quedó reducida a los progresistas y algunas escisiones de los federales. En esa coyuntura, Nakens, como agente de Santa Marta, comenzó a colaborar por primera vez de manera directa con el dirigente exiliado.

  • 69 El Motín, 13 de octubre de 1889. Otra de 29 de diciembre de 1889 representaba, a la izquierda, a la (...)
  • 70 El Motín, 24 de noviembre de 1889.
  • 71 «Pi procurando detener el carro de la revolución», El Motín, 20 de octubre de 1889.
  • 72 «Labor patriótica de Pi y Salmerón», El Motín, 6 de abril de 1890.

41Entre 1889 y 1890, El Motín subió el tono de sus ya recurrentes críticas a Salmerón y Pi y Margall. En una caricatura de octubre de 1889, el jefe de los federales aparecía vestido de jesuita –nada podía ser más denigrante en la gramática política de Nakens–, atacando con un puñal a la matrona que representaba la coalición republicana. El Motín, representado como un hombre del pueblo, blandía una garrota para impedirlo69. En otra caricatura publicada en fechas similares, Salmerón aparecía pisoteando al pueblo, al que antes había halagado70. En este sentido, las dos caricaturas más significativas se publicaron en octubre de 1889 y abril de 1890. En la primera (Ilustración 3), la coalición de la prensa, encarnada en una matrona, tira del carro de la revolución, representada por una bandera nacional que porta Marianne en el hombro derecho y por la espada en su mano izquierda. Mientras que Ruiz Zorrilla y el pueblo empujan la carreta, Pi y Margall, vestido de payés, tira de ella para frenarla71. En la segunda, el líder federal y Salmerón cortaban la línea férrea que conducía a la República, por la que avanzaba el tren de la revolución conducido, por supuesto, por Zorrilla72.

Ilustración . «Pi procurando detener el carro de la revolución».

El Motín, 20 de octubre de 1889.

  • 73 Fernando Martínez López, «La ‘corte revolucionaria’. Ruiz Zorrilla en París», op. cit., p. 148-149.

42El empeño revolucionario, sin embargo, no dio fruto. Entre fines de 1890 y comienzos de 1891, Nakens rompió toda colaboración con Ruiz Zorrilla. Sería prolijo explicar los motivos de la ruptura. En síntesis, tenía que ver con el aplazamiento de un movimiento insurreccional planeado en octubre de 1890. El marqués de Santa Marta había proporcionado al líder progresista una importante suma de dinero que, a los pocos meses, reclamó por medio de Nakens. Aunque la petición fue atendida, la relación quedó rota. A comienzos de 1891, Ruiz Zorrilla se había convencido de que el acuerdo con Santa Marta era un lastre para llegar a un pacto con los restantes partidos republicanos, por lo que se dispuso a deshacer la coalición de la prensa73. Por otra parte, en esos momentos negociaba con el gobierno la promulgación de una amnistía que permitiera el regreso de los exiliados, por lo que entró en un periodo de tregua conspirativa. A partir de ese momento, El Motín, decepcionado con el líder progresista, quedó enfrentado a todos los dirigentes republicanos. Llamativamente, en un número que abría en portada con una fotografía coloreada de Ruiz Zorrilla a toda página, Nakens publicó esta declaración:

  • 74 «Nuestro paréntesis», El Motín, 18 de abril de 1891.

El Motín, hasta que la República se restaure, será solamente un periódico revolucionario, ayudando desde su modesta esfera de acción al hombre, sea quien fuere y llámese como se llamare, que simbolice o impulse esa tendencia.
Mientras el Sr. Ruiz Zorrilla la representó sin vacilaciones ni dudas, a su lado estuvimos en absoluto […] fueran cuales fueren los rumbos que el Sr. Ruiz Zorrilla tomase, lamentando que al cabo de tantos años su figura, que descollaba sobre las de todos, descendiese al nivel de las de Pi y Salmerón, mucho más bajas en esto del evolucionismo que la de Castelar, a quien, con ligeras variantes, han venido a imitar, aun cuando sin decidirse todavía a confesarlo74.

  • 75 El Motín, 6 de febrero de 1892.
  • 76 El Motín, 18 de marzo de 1892.

43Lo cierto es que Ruiz Zorrilla no abandonó ni el destierro ni el camino revolucionario hasta que, a comienzos de 1895, enfermo de gravedad, fue trasladado a España. Él mismo concebía el exilio, a esas alturas, como un gesto simbólico de la protesta permanente contra la Restauración. Pero las ilustraciones de El Motín le despojaron de todos los rasgos que habían definido al personaje político y que lo habían convertido en sinónimo de la revolución. De hecho, esos rasgos se invirtieron. El pueblo se elevó por encima de la altura de los líderes, como en una caricatura de febrero de 1892 en la que, representado como una figura gigante con la garrota de la revolución, amonestaba a los pequeños jefes y les exigía la unión75. Al mes siguiente, Zorrilla, Pi y Salmerón aparecían vestidos de mujeres a las que el pueblo entregaba plumeros, agujas de coser y ruecas. Eran, según el paratexto, los «artefactos» que les correspondían76. De este modo, Ruiz Zorrilla quedaba privado de uno de los principales rasgos que lo habían caracterizado en los dibujos de El Motín: la hombría.

Ilustración . «Creciente y menguante».

El Motín, 26 de noviembre de 1892.

  • 77 El Motín, 26 de noviembre de 1892.

44La imagen que mejor representa la historia del tratamiento de Ruiz Zorrilla en El Motín fue la que el periódico de Nakens publicó a fines de 1892 (Ilustración 4). Se titulaba «Creciente y menguante». En 1875, el dirigente republicano aparecía con ademán de tribuno, de perfil, para resaltar su dignidad. En 1880 podía levantar la cabeza, orgulloso y confiado en el futuro. Después de los intentos insurreccionales de 1883 y 1884, estaba en la cima de su popularidad. Reducido al pesimismo tras la sublevación de Villacampa, sus manos, entre 1886 y 1888, pasaban de los bolsillos a la espalda para expresar su resignación e impotencia. En 1891, coincidiendo con su «paréntesis revolucionario», agachaba la frente y comenzaba a volver la espalda al pueblo. Derrotado, cruzado de brazos y cabizbajo, en 1892 era una figura diminuta que contrastaba con el gigante revolucionario que había sido años atrás77.

Conclusiones

  • 78 Véase Eduardo Higueras Castañeda, Con los Borbones, jamás. Biografía de Manuel Ruiz Zorrilla, op. c (...)
  • 79 Al respecto, es obligada la referencia a José Álvarez Junco, El Emperador del Paralelo. Lerroux y l (...)

45El discurso republicano elaborado en las páginas de El Motín es difícil de encuadrar en la taxonomía clásica del movimiento republicano en la Restauración. Aunque hasta 1892 defendió a Ruiz Zorrilla, su orientación anticlerical, radical y populista sobrepasaba, tanto en el acento como en el fondo, el discurso democrático y reformista que caracterizó el proyecto político del líder republicano. Un proyecto, por otra parte, que no puede ser reducido únicamente a la obsesión conspirativa que, por lo general, se le ha atribuido78. Ese discurso, en cualquier caso, ayudó a conformar el imaginario radical que caracterizó a un sector del republicanismo conformado en la década de 1890 y que, en el cambio de siglo, encontró un nuevo líder y un nuevo modelo de movilización política en el liderazgo de Alejandro Lerroux, quien al fin y al cabo se había acunado en las filas progresistas, justo en la época de declive del insurreccionalismo79.

  • 80 Antonio Laguna Platero y Francesc-Andreu Martínez Gallego, «Eduardo Sojo, el Quijote de la caricatu (...)
  • 81 Véase Román Miguel González, «Los Tribunos del Pueblo. La tradición jacobina del republicanismo his (...)

46El mito de Ruiz Zorrilla mantuvo su vigencia a pesar de la ruptura con Nakens. Sobre todo, porque contaba con potentes medios de prensa afines, como El País, uno de los diarios de mayor tirada a fines de siglo, o Don Quijote, la publicación satírica ilustrada que un convencido zorrillista, Eduardo Sojo, fundó en 189280. Demócrito había sido, precisamente, uno de los impulsores de El Motín y quien comenzó a trazar los rasgos que le definieron durante más de una década en el periódico radical. Delineó, de este modo, un discurso que podría definirse como «revolucionario», por la centralidad que el concepto de revolución adquiría en su gramática. Era un lenguaje, por otra parte, que daba continuidad al discurso jacobino articulado desde décadas atrás81. La oposición entre el pueblo esclavizado y la tiranía reproducía la clásica dicotomía entre progreso y reacción. En este sentido, la revolución era la palanca del progreso, pero este concepto no remitía a una fuerza abstracta o inmanente, sino que constituía una obligación cívica que el pueblo debía ejecutar para ser dueño de sus derechos.

47Este discurso, en su materialización gráfica, se sostenía en una concepción de la masculinidad que ligaba a lo viril valores culturales que se interpretaban políticamente como rasgos propios de la virtud cívica. Un buen ciudadano –lo que equivalía, en el lenguaje nacionalista de Nakens y Vallejo, a un buen español– no podía aceptar la imposición de la monarquía, puesto que el trono simbolizaba la negación de los derechos que le hacían hombre. Su dignidad y su honra se cifraban en demostrar un rechazo intransigente, incondicional, al juego electoral, una pantomima que distraía fuerzas de la acción revolucionaria. Estas ideas se asociaron de manera perdurable a la figura de Ruiz Zorrilla y, en cierta medida, respondían a la imagen que él mismo se esforzaba en proyectar. Así, hasta la ruptura de 1891, El Motín cifró en la revolución y, por extensión, en el líder político que la encarnaba, una legitimidad política ingénita frente a la ilegitimidad de origen de la Restauración.

48Es, por último, importante subrayar las ideas con las que el artículo comenzó. El discurso radical de El Motín y el mito movilizador de la Revolución encarnado en Ruiz Zorrilla no tuvieron, ni mucho menos, un carácter residual. Por el contrario, fue un lenguaje que fluyó de la prensa «seria» a la ilustración satírica y a otras modalidades comunicativas que, en los años finales del siglo XIX, abrían el camino del entretenimiento de masas, como la revista política. Los Bandos de Villafrita, la obra escrita por Navarro Gonzalvo y dibujada por Macipe en El Motín, no fue el único ejemplo, pero sí el que mejor ilustra estas ideas, por su enorme difusión entre un público de clases medias y populares en todos los teatros de España. Al recoger el discurso legitimador de la revolución que tenía a Ruiz Zorrilla como eje, podría argumentarse que el líder progresista se convirtió en una celebridad política.

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Notes

1 Juan José Carreras, «De la zarzuela bufa al género chico», in Juan José Carreras (ed.), La música en España en el siglo XIX (vol. V de la Historia de la música en España e Hispanoamérica), Madrid, Fondo de Cultura Económica, 2017, p. 515 y ss.

2 Marie Salgues, Teatro patriótico y nacionalismo en España: 1859-1900, Zaragoza, Prensas Universitarias de Zaragoza, 2010, p. 20.

3 El Imparcial, 6 de agosto de 1884, [https://hemerotecadigital.bne.es/hd/es/viewer?id=8f653121-9083-4f90-9989-36c6210bc64f visto: 10-11-2022]

4 La Discusión, 14 de agosto de 1884, [https://hemerotecadigital.bne.es/hd/es/viewer?id=1852b73d-dcc4-4862-b029-bc8b118d6c87 visto: 10-11-2022]

5 Francisca Íñiguez Barrena, La parodia teatral en España (1868-1914), Sevilla, Universidad de Sevilla, 1999, p. 31.

6 Sobre el tránsito de la prensa tradicional a la prensa de masas, véase Jesús Timoteo Álvarez, Restauración y prensa de masas. Los engranajes de un sistema (1875-1883), Pamplona, Ediciones de la Universidad de Navarra, 1981; y Antonio Laguna-Platero y Francesc Andreu Martínez Gallego, El Trust. El periodismo industrial en España (1906-1936), Salamanca, Comunicación Social, 2020, p. 19 y ss.

7 Acerca de la relación entre el teatro y las culturas políticas españolas, véase el dosier coordinado por Gregorio de la Fuente Monge, «El teatro político en la España del XIX», Historia y Política, 2013, n° 29; el mismo autor firma el estado de la cuestión con el que se abre el número: «Los estudios sobre el teatro político de la España del siglo XIX», Historia y Política, 2013, n° 29, p. 13-43.

8 Marie-Pierre Caire, «Teatro y política durante el Sexenio Democrático (1868-1874)», Moenia, 2006, n° 12, p. 269-270; David Thatcher Gies, El teatro en la España del siglo XIX, Cambridge University Press, 1996, p. 468-469.

9 Entre otros trabajos centrados en la figura de Ruiz Zorrilla, por lo que se refiere a su exilio, cabe destacar los de Eduardo Higueras Castañeda, Con los Borbones, jamás. Biografía de Manuel Ruiz Zorrilla, Madrid, Marcial Pons, 2016; Jordi Canal, «Manuel Ruiz Zorrilla (1833-1895): de hombre de Estado a conspirador compulsivo», in Isabel Burdiel Bueno y Manuel Pérez Ledesma (coords.), Liberales, agitadores y conspiradores: biografías heterodoxas del siglo XIX, Madrid, Espasa, 2000, p. 267-300; Fernando Martínez López, «La ‘corte revolucionaria’. Ruiz Zorrilla en París», in Fernando Martínez López, Jordi Canal y Encarnación Lemus López (coords.), París, ciudad de acogida: el exilio español durante los siglos XIX y XX, Madrid, Marcial Pons, 2010, p. 113-158; Pere Gabriel Sirvent, «La seducción de un exiliado antiborbónico, ahora republicano: Ruiz Zorrilla y el republicanismo federal (1875-1893)», in Jordi Pomés i Vives y Manuel Santirso Rodríguez (coords.), Patrias alternativas: expulsiones y exclusiones de la España oficial en la época contemporánea, Madrid, Biblioteca Nueva, 2019, p. 85-108; María Teresa Martínez de Sas, «Los últimos veinte años de un conspirador. El insurreccionalismo zorrillista en la Restauración (1875-1895)», Boletín de la Real Academia de la Historia, 2004, n° 201, p. 425-457; y Fernando Martínez López, «Réseaux personnels et appuis politiques et journalistiques de l’exil espagnol en France: Manuel Ruiz Zorrilla à Paris (1875-1895)», in Luis P. Martin, Jean-Paul Pellegrinetti y Jérémy Guedj (coords.), La République en Méditerranée. Diffusions, espaces et cultures républicaines en France, Italie et Espagne (XVIIIe-XXe siècles), Paris, L’Harmattan, 2012, p. 202-220.

10 «La caricatura», El Motín, 7 de septiembre de 1884, [https://hemerotecadigital.bne.es/hd/es/viewer?id=757268d2-fe64-4764-8ab0-919da6b1d8ab, visto: 10-11-2022]

11 La Voz Montañesa, 26 de noviembre de 1884, [https://prensahistorica.mcu.es/] [visto: 10-11-2022]

12 Al respecto, además de las referencias sobre Ruiz Zorrilla citadas anteriormente, baste con apuntar la de Eduardo González Calleja, Política y violencia en la España contemporánea I. Del Dos de Mayo al Primero de Mayo (1808-1903), Madrid, Akal, 2020, p. 523-524.

13 Eduardo Higueras Castañeda, «Prensa y partido en el republicanismo progresista: El Porvenir (1882-1885)», Historia Contemporánea, 2014, n° 50, p. 41-73.

14 Sobre el radicalismo republicano a fines de siglo XIX, Manuel Suárez Cortina, El gorro frigio. Liberalismo, democracia y republicanismo en la Restauración, Madrid, Biblioteca Nueva-Sociedad Menéndez Pelayo, 2000, p. 45-51.

15 Sobre el ideal de virtud en el pensamiento del republicanismo clásico, véase Maurizio Viroli, Republicanismo, Santander, Ediciones Universidad de Cantabria, 2014 [1ª ed. 1999], p. 109-118.

16 Sobre la estrategia insurreccional y el derecho a la rebelión, Carlos Dardé, «El procedimiento revolucionario y los republicanos en España durante los primeros años de la Restauración», in Col.loqui Internacional ‘Revolució i socialisme’, Barcelona, UAB-IFP-Fundación Caixa de Barcelona, 1989, vol. II, p. 49-63; y Eduardo González Calleja, «En las tinieblas de Brumario: cuatro siglos de reflexión política sobre el golpe de Estado», Historia y Política, 2001, n° 5, p. 89-122.

17 Una visión de conjunto sobre el republicanismo histórico español en Ángel Duarte, El republicanismo: una pasión política, Madrid, Cátedra, 2013; del mismo autor, es también relevante la visión de síntesis que recoge en «Los significados del republicanismo histórico», in Nicolas Berjoan, Eduardo Higueras Castañeda y Sergio Sánchez Collantes (eds.), El republicanismo en el espacio ibérico contemporáneo. Recorridos y perspectivas, Madrid, Casa de Velázquez, 2021, p. 9-23. Esta obra colectiva compila un estado de la cuestión de los estudios sobre el movimiento republicano en España y Portugal abordado por regiones. Por último, es importante la reciente aportación de Manuel Suárez Cortina, El león durmiente. Democracia, republicanismo y federalismo en España, 1812-1936, Santander, Ediciones Universidad de Cantabria, 2022.

18 Antonio Laguna Platero y Francesc-Andreu Martínez Gallego, «La eficacia de la propaganda política a través de la prensa satírica: el caso de El Motín (1881-1926)», in Marie-Angèle Orobon y Eva Lafuente (coords.), Hablar a los ojos. Caricatura y vida política en España (1830-1918), Prensas de la Universidad de Zaragoza, 2021, p. 186.

19 Jordi Roca Vernet, «Liberales exaltados republicanizados en la prensa de Barcelona del Trienio Liberal», El Argonauta Español, 2020, n° 17, [https://journals.openedition.org/argonauta/4311] [visto: 10-11-2022]

20 Juan Sisinio Pérez Garzón, «Contenidos y significados del republicanismo en la España contemporánea», in Juan Sisinio Pérez Garzón (ed.), Experiencias republicanas en la historia de España, Madrid, La Catarata, 2015, p. 19-57.

21 Sobre las culturas republicanas en el tercio central del siglo XIX, son indispensables los trabajos de Román Miguel González, La Pasión Revolucionaria. Culturas políticas republicanas y movilización popular en la España del siglo XIX, Madrid, CEPC, 2007, y Florencia Peyrou, Tribunos del pueblo. Demócratas y republicanos durante el reinado de Isabel II, Madrid, CEPC, 2008.

22 Sobre el republicanismo en el Sexenio, además de la referencia a Román Miguel citada anteriormente, mantiene su vigencia la aproximación de C. A. M. Hennessy, La república federal en España. Pi y Margall y el movimiento republicano federal, 1868-74, Madrid, Aguilar, 1966 [reed. La Catarata, 2010].

23 Antonio Laguna Platero y Francesc-Andreu Martínez Gallego, «La eclosión de la prensa satírica en España (1868-1874)», El Argonauta Español, 2018, n° 15, [https://journals.openedition.org/argonauta/3077?lang=es][visto: 10-11-2022]; y Antonio Checa Godoy, «Auge y crisis de la prensa satírica española en el Sexenio Revolucionario (1868-1874)», El Argonauta Español, 2016, n° 13, |[https://journals.openedition.org/argonauta/2335] [Visto: 16-11-2022]

24 Marie-Angèle Orobon y Eva Lafuente, «Introducción. A vueltas con la caricatura política en España: raíces europeas y evolución histórica», in Id. (coords.), Hablar a los ojos…, op. cit., p. 21-22.

25 Carlos Dardé Morales, «La larga noche de la restauración, 1875-1900», in Nigel Townson (ed.), El republicanismo en España (1830-1977), Madrid, Siglo XXI, 1994, p. 113-138,

26 No es posible abordar en este artículo el debate sobre la unidad o pluralidad de las culturas políticas republicanas en la España del XIX. Al respecto, véase Àngel Duarte y Pere Gabriel Sirvent, «¿Una sola cultura política y republicana ochocentista en España?, Ayer, 2000, n° 39, p. 11-34. Román Miguel González, «El debate sobre el republicanismo histórico español y las culturas políticas», Historia Social, 2011, n° 69, p. 143-164. Tampoco cabe detallar las divisiones que el federalismo o el progresismo experimentaron en estos años. Por otra parte, repara en la existencia de un amplio margen del movimiento republicano que no estuvo alineado en ninguna agrupación Unai Belaustegi Bedialauneta, «Los republicanos ‘incoloros’: la militancia política dentro y fuera de los partidos políticos», Espacio, tiempo y Forma, 2016, n° 28, p. 139-161.

27 Analiza las subculturas políticas del republicanismo español en la Restauración Javier de Diego Romero, Imaginar la República. La cultura política del republicanismo español, 1876-1908, Madrid, CEPC, 2008.

28 Manuel Suárez Cortina, El gorro frigio…, op. cit., p. 73-89.

29 El Pueblo Español se publicó entre 1877 y mayo de 1878, según los datos que recoge Pedro Pascual, Escritores y editores en la Restauración canovista, 1875-1923, Madrid, Ediciones de la Torre, 1994, p. 120, 317 y 322.

30 Una aproximación biográfica a Nakens, en Manuel Pérez Ledesma, «José Nakens (1841-1926). Pasión anticlerical y activismo republicano», in Isabel Burdiel y Manuel Pérez Ledesma (coords.), Liberales, agitadores y conspiradores …, op. cit., p. 303-330.

31 El Buñuelo, 10 de febrero de 1881.

32 Son los argumentos básicos de su folleto de 1877: Manuel Ruiz Zorrilla, A sus amigos y a sus adversarios, Londres, 1877.

33 «Lo sublime y lo ridículo», El Buñuelo, 29 de abril de 1880, [https://hemerotecadigital.bne.es/hd/es/viewer?id=1e1b4576-c349-4dfc-b8b0-445cb31fbd60&page=3] [visto: 16-11-2022]

34 «Grandeza del Alma», El Buñuelo, 16 de diciembre 1880, [https://hemerotecadigital.bne.es/hd/es/viewer?id=0fc1da2c-f2ef-4564-8836-553beb83d6ff] [Visto: 16-11-2022]

35 La ilustración a la que se refiere, titulada «No las quiero comer, no están maduras», se publicó en El Loro, 17 de septiembre de 1881, [https://www.cervantesvirtual.com/obra/num-38-17-de-agosto-de-1881/] [visto: 14 de marzo de 2023]

36 Se trata de una lámina titulada «Pasatiempos democráticos progresistas», en la que Martos, ataviado de ratero, se dispone a robarle a un confiado Ruiz Zorrilla la jefatura del partido. Fue publicada en El Loro, 20 de agosto de 1881, [https://www.cervantesvirtual.com/obra/num-34-20-de-agosto-de-1881/] [visto: 14 de marzo de 2023]

37 Félix [seud. Francisco de Paula Montemar] a Ruiz Zorrilla (20 de octubre de 1881), Archivo Manuel Ruiz Zorrilla, Exilio 9, C 58. Murmuraciones como la siguiente, que incluía la misma carta: «Los más irritados o los más lenguaraces tenían salidas de otro género: Ya se ve, allí está muy descansado, asistiendo a convites y aquella es mejor vida que esta».

38 Eduardo Higueras Castañeda, «Ruiz Zorrilla y el radicalismo: puntos negros y claroscuros en las representaciones satíricas del Sexenio Democrático», in Gonzalo Capellán de Miguel (ed.), Dibujar discursos, construir imaginarios: prensa y caricatura política en España (1836-1874), Universidad de Cantabria, 2022, p. 225-243.

39 «Entre Scila y Caribdis», El Buñuelo, 6 de mayo de 1880; y El Buñuelo, 13 de mayo de 1880.

40 Sobre las representaciones de la república en la España del XIX, véase la aproximación de Marie-Angèle Orobon, «Marianne en tránsito: la alegoría de la república en la caricatura del Sexenio Democrático», in Gonzalo Capellán de Miguel (ed.), Dibujar discursos, construir imaginarios…, op. cit., p. - 287-310.

41 «Así la tratan sus hijos», El Loro, 17 de diciembre de 1881.

42 Así lo argumentaba El Motín en su número del 8 de mayo de 1881.

43 «¡Entrada libre!», El Motín, 5 de junio de 1881.

44 El Motín, 6 de noviembre de 1881, [https://hemerotecadigital.bne.es/hd/es/viewer?id=ff030b33-8491-4aa0-be90-6f5932529158] [Visto: 16-11-2022].

45 La misma iconografía fue utilizada por El Tupé en su caricatura del 7 de julio de 1881.

46 Sergio Sánchez Collantes, «Los símbolos republicanos entre la prensa y la calle: el gorro frigio en el Sexenio», in Gonzalo Capellán de Miguel (ed.), Dibujar discursos, construir imaginarios…, op. cit., p. 311-338.

47 El Motín la publicó como grabado el 16 de septiembre de 1883.

48 El Motín, 6 de agosto de 1882.

49 «Unos por otros la casa sin barrer», El Motín, 2 de octubre de 1881.

50 El Motín, 2 de julio de 1882.

51 «Abrazo sinalagmático conmutativo», El Motín, 12 de junio de 1881.

52 Al respecto, escribe Álvaro Ceballos Viro, «El concepto de sátira en la España decimonónica y su aplicación a la prensa periódica», in Marie-Angèle Orobon y Eva Lafuente (coords.), Hablar a los ojos…, op. cit., p. 35-51.

53 El Motín, 11 de diciembre de 1883.

54 El Motín, 4 de octubre de 1883.

55 «El coco», El Motín, 11 de diciembre de 1883.

56 El Motín, 21 de octubre de 1883.

57 El Motín, 28 de septiembre de 1883.

58 Antonio Laguna Platero y Francesc-Andreu Martínez Gallego, «La eficacia de la propaganda política a través de la prensa satírica…», op. cit., p. 178.

59 «D. Manuel Ruiz Zorrilla», El Motín, 16 de septiembre de 1883.

60 «Lo que debe hacer Ruiz Zorrilla si Martos se acerca a él», El Motín, 30 de junio de 1889.

61 El Motín, 16 de noviembre de 1884.

62 El Motín, 7 de febrero de 1885.

63 Un dibujo de Macipe publicado en El Motín el 15 de junio de 1890 representó a Ruiz Zorrilla, de nuevo, como un perro de caza que acecha a Sagasta, Cánovas y Martos, caracterizados como liebres. En esta ocasión le acompañaba el marqués de Santa Marta, promotor de la coalición republicana de 1890 (la «coalición de la prensa») que El Motín, entre otros periódicos, había impulsado.

64 Eduardo González Calleja, Política y violencia en la España contemporánea I, Madrid, Akal, 2020, p. 530-531.

65 El Motín, 21 de octubre de 1888.

66 El Motín, 14 de octubre de 1888.

67 El Motín, 13 de enero de 1888.

68 Antonio López Estudillo, «El republicanismo en la década de 1890: la reestructuración del sistema de partidos», in José A. Piqueras y Manuel Chust (comps.), Republicanos y repúblicas en España, Madrid, Siglo Veintiuno, 1996, p. 212-214.

69 El Motín, 13 de octubre de 1889. Otra de 29 de diciembre de 1889 representaba, a la izquierda, a la plana mayor del federalismo como furibundos comunistas, mientras que, a la derecha, «en privado», aparecían como beatos arrodillados frente a un altar.

70 El Motín, 24 de noviembre de 1889.

71 «Pi procurando detener el carro de la revolución», El Motín, 20 de octubre de 1889.

72 «Labor patriótica de Pi y Salmerón», El Motín, 6 de abril de 1890.

73 Fernando Martínez López, «La ‘corte revolucionaria’. Ruiz Zorrilla en París», op. cit., p. 148-149.

74 «Nuestro paréntesis», El Motín, 18 de abril de 1891.

75 El Motín, 6 de febrero de 1892.

76 El Motín, 18 de marzo de 1892.

77 El Motín, 26 de noviembre de 1892.

78 Véase Eduardo Higueras Castañeda, Con los Borbones, jamás. Biografía de Manuel Ruiz Zorrilla, op. cit.

79 Al respecto, es obligada la referencia a José Álvarez Junco, El Emperador del Paralelo. Lerroux y la demagogia populista, Madrid, Alianza, 1990.

80 Antonio Laguna Platero y Francesc-Andreu Martínez Gallego, «Eduardo Sojo, el Quijote de la caricatura», IC Revista Científica de Información y Comunicación, 2015, n° 12, p. 111-134.

81 Véase Román Miguel González, «Los Tribunos del Pueblo. La tradición jacobina del republicanismo histórico español», in Manuel Suárez Cortina (coord.), Utopías, quimeras y desencantos: el universo utópico en la España liberal, Santander, Universidad de Cantabria, 2008, p. 159-190.

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Pour citer cet article

Référence électronique

Eduardo Higueras Castañeda, « Ruiz Zorrilla y El Motín: la construcción de una legitimidad revolucionaria en la prensa satírica republicana durante la Restauración (1881-1895) »Cahiers de civilisation espagnole contemporaine [En ligne], 30 | 2023, mis en ligne le 16 juillet 2023, consulté le 04 septembre 2026. URL : http://journals.openedition.org/ccec/15337 ; DOI : https://doi.org/10.4000/ccec.15337

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Auteur

Eduardo Higueras Castañeda

Universidad Nacional de Educación a Distancia, Madrid

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Droits d’auteur

CC-BY-NC-ND-4.0

Le texte seul est utilisable sous licence CC BY-NC-ND 4.0. Les autres éléments (illustrations, fichiers annexes importés) sont susceptibles d’être soumis à des autorisations d’usage spécifiques.

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