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Comptes rendus

El Colegio de España en París (1927-1987)

Ivanne Galant
Référence(s) :

Antonia María Mora-Luna (coord.), El Colegio de España en París (1927-1987), Valencia, Tirant Humanidades, 2025, 452 p.

Texte intégral

1Lugar clave del hispanismo francés y de los estudiantes y académicos españoles que realizan una estancia en la capital francesa, el Colegio de España bien se merecía un estudio histórico. Este volumen reúne dieciocho contribuciones de historiadores, historiadores del arte, musicólogos, hispanistas y personal del Colegio. Algunas fueron pronunciadas con ocasión del congreso internacional que se celebró para su 80 aniversario en 2015, mientras que otras fueron añadidas posteriormente, completando la historia de la institución. El libro ha sido coordinado por la historiadora Antonia María Mora-Luna, de la Universidad de Valencia, quien aprovechó una estancia en París en el seno del Centre de Recherche sur l’Espagne Contemporaine, CREC (Université Sorbonne Nouvelle) para investigar en los archivos de la institución.

2Tras un prólogo de Juan Ojeda Sanz –secretario general del Partido Popular andaluz, parlamentario y vicepresidente de Cajasur hasta 2010, posteriormente director de comunicación en Córdoba y director del Colegio de España entre 2012 y 2016 –, Antonia María Mora-Luna firma la introducción del trabajo colectivo, en la que presenta la génesis de la institución. El Colegio de España forma parte del gran proyecto pacifista nacido después de la Primera Guerra Mundial, cuando en el marco de la Sociedad de Naciones, se creó la Comisión internacional de la Cooperación Intelectual. En este contexto se ideó la Cité Internationale Universitaire en 1921. El recinto situado en el 14e arrondissement de París estaba concebido para reunir varias «casas», representando cada una de ellas un país, como una «especie de Babel estudiantil» (p. 17). Se trataba de una utopía basada en la paz y la seguridad a través de la educación, la ciencia y la cultura, con el objetivo también de contribuir a la formación de las futuras élites dirigentes internacionales, afirmando la proyección internacional de Francia. En 1925 comenzó el proyecto vinculado con España, mediante un decreto impulsado por el Ministerio francés de Asuntos Exteriores transmitido a la Embajada de España. Las obras comenzaron en los años treinta y se inauguró diez años después de aquel decreto.

3El libro se centra en el periodo que llega hasta 1987 y muestra cómo el Colegio de España se impuso como pieza clave de un dispositivo de diplomacia cultural. Los cuatro primeros capítulos abordan la fundación del Colegio, así como su papel como institución clave de las relaciones franco-españolas. El capítulo del historiador Lorenzo Delgado Gómez-Escalonilla ofrece un panorama general del diálogo llevado a cabo entre ambos países. Un diálogo marcado sucesivamente por la admiración, la cautela o el recelo, el alejamiento por razones bélicas y políticas y la cooperación cultural, científica y técnica, materializada en un acuerdo firmado en 1969. El autor concluye destacando el papel desempeñado por Estados Unidos en los años setenta, superando la influencia o el peso de Francia en el punto de mira español.

4El historiador del arte Luis Sazatornil Ruiz examina la arquitectura del Colegio. Se evoca el proyecto de un lugar concebido como contrapartida de la Casa de Velázquez, que habría llevado el nombre de Villa Carpeaux, proyecto abortado al coincidir en el tiempo con el de la Cité internationale universitaire. El arquitecto Modesto López Otero, conocido por haber ideado la Ciudad Universitaria de Madrid, fue nombrado por el duque de Alba para llevar a cabo el Colegio. El objetivo era construir un edificio representativo de un estilo nacional español, con un lenguaje reconocible, capaz de ofrecer a los residentes una imagen arquitectónica evocadora de España. Sazatornil recuerda que el debate sobre la arquitectura nacional no era nada nuevo, sino que reaparecía cada vez que España debía proyectar su imagen, como ocurría en las sucesivas exposiciones universales. El dilema era recurrente, se trataba de elegir entre el neoplateresco, asociado a Castilla y a una imagen de seriedad, y el neomudéjar, vinculado a Andalucía y a una imagen más exótica, percibida como representativa a los ojos de los extranjeros. Se eligió el neoplateresco, recordando la universidad de Alcalá de Henares, el monasterio de El Escorial y el palacio de Monterrey del duque de Alba, y, a los parisinos, el pabellón español de la colosal Exposición Internacional de 1900. El capítulo evoca también las tensiones entre ambición representativa y limitaciones presupuestarias.

5Álvaro Ribagorda se centra en la gestación del proyecto y en la primera etapa del Colegio, insistiendo en la influencia del modelo de la Residencia de Estudiantes de Madrid y en el papel del director Ángel Establier. Con tan solo 27 años, no tenía gran experiencia previa, pero gozaba de una imagen considerada adecuada para el cargo. El Colegio se inauguró en 1935 y a los pocos meses empezó la guerra civil, momento en que Establier adoptó una posición «equidistante» reflejada en la pluralidad ideológica de los huéspedes de la Casa.

6Luis G. Martínez del Campo profundiza en la cuestión de la diplomacia cultural, recorriendo el marco pedagógico e intelectual en el que se creó el Colegio: con la Junta de Ampliación de Estudios (1907) que aspiraba a «europeizar la ciencia» y fomentaba un modelo residencial español con inspiración británica, así como la Institución Libre de Enseñanza, todo ello vinculado a la ideología regeneracionista. El capítulo muestra que la estrategia de diplomacia pública se apoyaba en instancias como la Junta de Relaciones Culturales creada bajo Primo de Rivera, y analiza la función de este «colegio mayor en París» como instrumento de proyección cultural de España en Francia con un componente propagandístico.

7Los cuatro capítulos siguientes analizan la primera etapa del Colegio, desde su inauguración hasta los últimos años de la dirección de Ángel Establier. Colette y Jean-Claude Rabaté editan, introducen y reproducen el texto de la conferencia pronunciada por Miguel de Unamuno el día de la inauguración, 11 de abril de 1935. El destino y la universalidad de su habla era el título de la intervención de un Unamuno que viajaba, esta vez no a la fuerza, por tercera vez a París. Llegó con un texto enteramente redactado de catorce folios en el que abordó cuestiones religiosas, filosóficas, políticas y personales. El capítulo reconstruye con precisión el desarrollo del acto inaugural y muestra la importancia de la red de hispanistas franceses con los que cenó Unamuno el día antes de la conferencia.

8Ozvan Bottois describe luego la exposición de pintura y escultura que se organizó en el Colegio en mayo y junio de 1935. En ella se reunieron obras de artistas españoles, fallecidos o vivos: Maria Blanchard, Francisco Bores, Federico Castellón, Salvador Dalí, Pablo Gargallo, Fernando Gerassi, Julio González, Juan José Luis González Bernal, Ismael Gómez de la Serna, Juan Gris, Joan Junyer, Joan Miró, Pablo Picasso, Gregorio Prieto y Hernando Viñes. Esta exposición se organizó un poco antes de otra exposición española celebrada en el Museo del Jeu de Paume, que reunía prácticamente a los mismos artistas. El autor compara ambas iniciativas, plantea la cuestión de la lógica y del propósito de la muestra del Colegio a través de la correspondencia de Establier. Jean Cassou, en el catálogo, explicaba que los artistas se vinculaban a la llamada «École de Paris»: unos artistas marginados en España que encontraron en la capital francesa, y especialmente en el Colegio, un espacio de visibilidad.

9La antigua directora de la Biblioteca y del Archivo Histórico del Colegio de España, Ana María Pedrerol, presenta también la figura de Ángel Establier Costa, primer director del Colegio. Nacido en Alicante, químico de formación, había realizado estudios en París. En 1931 fue nombrado secretario del Institut International de Coopération Intellectuelle y al año siguiente director del Colegio de España. Se centra en su trayectoria, entre 1931 y 1948, desde la supervisión de las obras, con la correspondiente gestión presupuestaria, el nombramiento del personal, la creación de un consejo de administración y la inauguración oficial en 1935. Su postura política pudo resultar difícil de entender, pues durante la Guerra Civil acogió a intelectuales vinculados a la Junta de Ampliación de Estudios, independientemente de su orientación política. Entró en conflicto con la representación republicana del embajador Luis Araquistáin, pero cuando llegó el nuevo embajador, José Félix de Lequerica, en 1939, fue acusado de simpatías republicanas. Llegaron momentos convulsos: la vuelta a España de Establier, la ocupación de la Cité por las tropas alemanas durante la guerra, la modificación del estatuto del Colegio bajo el régimen de Vichy, que lo convertía en un órgano que dependía del gobierno español. Con la Liberación, el director de la Cité invitó a Establier a regresar, y este lo hizo, aunque tuvo que afrontar diversos problemas administrativos y políticos, y dimitió en 1948, cuando fue nombrado jefe de la Oficina de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura en Iberoamérica.

10Fernando Fuster centra su contribución en otro intelectual, Pío Baroja, que estuvo en el Colegio entre septiembre de 1936 y mayo de 1937 y entre enero de 1938 y enero de 1940. Se insiste en el «doble exilio» vivido por el intelectual, doble por haber dejado España y por mantener una ideología que no favorecía su integración en París, sobre todo con respecto al embajador Araquistáin: Baroja había sido crítico con la República, pronunciándose a favor de una intervención militar para acabar con ella. Fuster explica que la vida de Baroja era discreta, escribía para la prensa española, pero contaba con pocos recursos incluso gozando de la gratuidad del alojamiento y de la comida durante una temporada. El autor se quejaba de no poder comprar los libros que hubiera querido adquirir en los bouquinistes. En su segunda estancia, esta vez con más trabajo para la prensa española, el ambiente previo a la guerra mundial se hacía cada vez más tenso, marcado por inquietudes y planes de viaje a Argentina, abortados, antes de retomar el camino a España.

11A continuación, se abre una nueva sección de seis capítulos que corresponden a la dirección de José Antonio Maravall entre 1949 y 1954. La inaugura un estudio del profesor Bernard Vincent. Maravall fue nombrado en 1948 en un contexto en el que diferentes sectores, tanto republicanos como falangistas, parecían desear el relevo de Establier. El Colegio atravesaba una situación difícil, con problemas presupuestarios y materiales que exigían cambios y reformas, además de los conflictos ideológicos internos. Según Bernard Vincent, la dirección de Maravall se caracterizó por una voluntad de reforzar la presencia española en la institución, principalmente entre los residentes. Lo consiguió. Se apoyó en sus redes, especialmente dentro del hispanismo francés, con el Institut d’études hispaniques y el Institut catholique de Paris, con los que desarrolló una programación cultural basada en conferencias y espectáculos. Por ejemplo, en el curso 1951-1952 actuaron en el Colegio los Coros y Danzas. Este éxito puede explicarse también por la evolución ideológica de Maravall, que llegó como falangista – había crucifijos en las habitaciones y los residentes debían asistir a la misa del domingo – antes de desarrollar relaciones personales con Jean Sarrailh, rector de la Universidad de París, conocido por sus posiciones antifranquistas y miembro del consejo de administración del Colegio. También estableció vínculos con Marcel Bataillon, con Monseigneur Jobit, fundador del Centre d’études et de recherche ibéro-américaines, así como con Matilde Pomès y Robert Ricard. El capítulo insiste en la importancia tanto de las redes institucionales como de las relaciones informales, especialmente los encuentros sociales que facilitaron los intercambios intelectuales y seguramente tuvieron que ver con la programación cultural del Colegio. Maravall contó además con el apoyo de círculos católicos interesados en reducir el aislamiento internacional de España. La influencia falangista había disminuido mientras que los sectores católicos conservadores habían reforzado su posición. En cierto modo, se había producido una «recuperación del control español sobre el Colegio» en la que Maravall había actuado como «personalidad clave de la intelectualidad democristiana europea». En 1954, Maravall obtuvo una cátedra en Madrid y dejó la dirección.

12Este hincapié en la dimensión cultural se ilustra con los cuatro capítulos que siguen. Germán Gan Quesada se interesa por el papel de París en la difusión internacional de la música española durante el franquismo. Ya desde el primer tercio del siglo XX, era un lugar clave para los compositores españoles que encontraban en la capital francesa un ambiente cultural que consideraban idóneo. El capítulo vincula el Colegio con otras manifestaciones que se organizaban en París y con la presencia de actores que actuaron como mediadores y difusores de la música española. Se insiste primero en las ayudas para la ampliación de estudios en el extranjero en los años 1950. Si los estudiantes no tenían obligación de alojarse en el Colegio, muchos lo hacían y en todo caso era un lugar central de muchas estancias. Los espectáculos programados en el Colegio eran numerosos, aunque por su tamaño su escenario no permitía la acogida de grandes orquestas. Gracias a la labor de Salvador Bacarisse de Radio París y de Carlos Suriñach presentados como «cabeza de puente del populoso desembarco de compositores españoles en París», a partir de 1954 pasaron por la capital francesa varios artistas: Halffter, Francisco Calés Otero, catedrático de Contrapunto y Fuga, el pianista Pascual Aldave, Narcis Bonet, Albert Blancafort, Josep Cercós, Antonio Ruiz Pipó o Joan Guinjoan. En los años sesenta disminuyó el número de conciertos españoles en el Colegio, principalmente por la menor presencia de músicos entre los becarios. Gan Quesada concluye proponiendo integrar estos músicos en una «Escuela de París», ya que encontraron una «modernidad serena y conciliadora» en la capital entre 1952 y 1958, mediante un camino lateral que los puso en contacto con más diversidad musical que la que hubieran encontrado en España.

13Hélène Frison dedica su estudio al compositor Joaquín Rodrigo, autor del Concierto de Aranjuez, vinculado al entorno falangista, quien mantenía correspondencia con Maravall. Rodrigo hizo un recital en el Colegio en el año 1949 pero los archivos no conservan documentación directa sobre el evento. Aun así, sí existen indicios de la presencia del compositor en la vida cultural del centro con dos conferencias suyas, sobre su obra en 1951 y en 1968. También estuvo presente de manera indirecta ya que varios de los músicos que pasaron por el Colegio interpretaron sus composiciones. Estos datos permiten situar a Rodrigo como una referencia constante en la vida colegial.

14Alfonso de la Torre analiza por su parte la presencia de artistas de la posguerra en el Colegio en el contexto de una España poco favorable a las vanguardias. Varios artistas viajaron a París, ya fuera para estancias breves, visitas o para integrarse en redes artísticas internacionales y se recogen algunas de sus impresiones y recuerdos. Muchos de los artistas presentes en el Colegio llegaron de Valencia, como explica Paloma Palau Pellicer. Lo que llegó a llamarse «La Casa de Franco» o «el Convento de España» aparece aquí más bien como un puente clave en la internacionalización y las trayectorias artísticas de los que lo cruzaron. Los que lo cruzaron, porque para las mujeres todo fue más difícil. Yvan Nommick muestra que el Colegio de España y la Casa de Velázquez se situaban en el centro de dinámicas de circulación intelectual y artística. Aunque fueron pocos los artistas que pasaron por ambas instituciones, funcionaron como «semilleros de ideas y conceptos» y como lugares de contacto entre los mundos culturales. Fueron pocos los que residieron en ambas instituciones en el periodo cubierto por el libro: José Rausell Sanchis, Luis Arcas Brauner y José Guerrero. La trayectoria de este último se presenta en detalle, y el autor lo considera «el mejor ejemplo posible de circulación de un artista español entre Madrid y París» (p. 368).

15La etapa entre 1968 y 1987 se desarrolla en dos capítulos – no se evoca con detalle el periodo entre la dimisión de Maravall y el Mayo del 68, momento en que se sucedieron dos directores, Poch y Gutiérrez (1954-1957) y Pérez Villanueva (1957-1968). Sergio Molina García, en su texto «Jaque Mate al franquismo», evoca la manera en que el Colegio se convirtió en un núcleo de resistencia ante el régimen durante las huelgas de mayo de 1968, así como las consecuencias de su cierre. Al igual que en España las voces contrarias al régimen se hicieron oír desde la universidad, la Cité Universitaire de París y el Colegio de España se convirtieron en espacios de libertad. Entre los residentes se encontraba un grupo catalán próximo al marxismo-leninismo y otro de madrileños afines al PSOE. Molina analiza lo sucedido en mayo del 68 en el Colegio, prefiriendo el plural «los mayos del 68» puesto que el caso francés reflejaba también una situación más global de protesta universitaria. En el Colegio, la politización se hizo mayor en esta época, con el fin de la separación de sexos y la organización de tertulias donde se evocaban temas políticos. Se convirtió en una institución desde la cual se podía sensibilizar sobre la situación española. Cuando tuvo lugar la mayor huelga de mayo de 1968, el 13, hubo un debate en la Sorbona en el que participaron varios españoles exiliados. Se decidió la ocupación de un edificio español, el Colegio, aunque ninguno de los residentes participó en la empresa. Fue ocupado de manera no violenta y los residentes se quedaron viviendo en él. Autodeclarado «zona libre del franquismo», constituyó rápidamente una piedra en el zapato del régimen. Aunque no se habló mucho del tema en la prensa española de la época, se decidió su cierre en 1969 y no reabrió hasta 1987. El final de la dictadura no bastó para que volviera a funcionar y hubo que esperar a la llegada del PSOE, al desarrollo de las relaciones franco-españolas y al proceso de integración europea para que el Colegio abriera sus puertas de nuevo.

16El último texto firmado por la editora del volumen, Antonia María Mora-Luna, profundiza en esta etapa de los veinte años del cierre del Colegio, veinte años en los que el gobierno español lo seguía gestionando. La autora insiste en la dicotomía que existía entre los que ocuparon el Colegio en mayo del 68 pensando que iban a liberar a los residentes del yugo franquista y los residentes que tenían la sensación de vivir en un espacio de libertad debido a la buena disposición de su director para organizar eventos en los cuales la palabra circulaba libremente. Cuando a mediados de junio de 1968 se fueron los ocupantes, la institución cerró, pero volvió a estar ocupada en dos ocasiones, como para llamar la atención sobre su necesaria reapertura, con personajes como Ramón Chao, exresidente. Mora-Luna destaca el papel del sociólogo José Vidal-Beneyto en la reapertura del Colegio. Tras mantener intercambios con el Ministerio de Asuntos Exteriores, manifestando su interés en el tema, fue nombrado asesor personal del ministro de Educación y Ciencia Mayor Zaragoza para su reapertura. Esta se fue planeando progresivamente, pensando en todas las obras necesarias para el funcionamiento de la institución y con un nuevo ministro de Educación y Ciencia a la cabeza del proyecto: José María Maravall. Era el hijo de José Antonio Maravall, antiguo director de la casa, lo que le daba cierta continuidad histórica y simbólica al proyecto. En 1987, volvía a abrir el Colegio, dirigido por primera y única vez hasta la fecha, por una mujer, Carmina Virgili, geóloga, que había sido secretaria de Estado de Universidades e Investigación en el primer gobierno de Felipe González. 

17El libro se cierra con un epílogo de Justo Zambrana, director del Colegio en el momento de la publicación del volumen y hoy ya jubilado, en el que retoma algunos de los hitos del pasado de la institución y apuesta por un futuro marcado por un diálogo cada vez más interdisciplinar. Más allá de la diversidad temática de las contribuciones, el volumen tiene una coherencia clara en torno a un eje que presenta el Colegio de España como observatorio privilegiado de las relaciones culturales franco-españolas a lo largo del siglo XX. La obra permite además matizar la imagen de estas relaciones mostrando sus momentos de crisis y sus recomposiciones en función de los contextos políticos. Uno de sus principales méritos reside en la capacidad para articular historia institucional, historia cultural e historia de las relaciones internacionales, sin perder de vista la dimensión humana de estas circulaciones académicas y artísticas. A través de trayectorias individuales y de redes intelectuales se dibuja una historia concreta de la diplomacia cultural, definida no solo como una política de Estado sino también como resultado de iniciativas personales y de sociabilidades académicas.

18Si bien algunos capítulos presentan un carácter más descriptivo que otros, estas limitaciones parecen en parte vinculadas a las propias lagunas de los fondos archivísticos disponibles. El conjunto ofrece una base documental sólida y aporta materiales de gran interés para futuras investigaciones. En particular, el volumen pone de relieve el interés de estudiar este tipo de instituciones como espacios de mediación cultural y como lugares donde se cruzan y se mezclan lógicas tanto nacionales como internacionales. Asimismo, la estructura propia de una obra colectiva conduce en algunos casos a la repetición de ciertos elementos contextuales, especialmente en lo relativo a la génesis del proyecto y a los primeros años de la institución. Esta recurrencia puede producir una impresión de redundancia en una lectura continua, aunque cada contribución introduce generalmente matices o informaciones complementarias. En cambio, este efecto resulta mucho menos perceptible en una consulta parcial del volumen, orientada hacia capítulos específicos. Este libro constituye así una referencia útil, tanto para los especialistas de las relaciones franco-españolas como para los investigadores interesados en la historia de las movilidades académicas, las políticas culturales y las instituciones universitarias internacionales, así como para quienes han pasado, o pasarán, por esta casa.

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Pour citer cet article

Référence électronique

Ivanne Galant, « El Colegio de España en París (1927-1987) »Cahiers de civilisation espagnole contemporaine [En ligne], 36 | 2026, mis en ligne le 16 août 2026, consulté le 13 septembre 2026. URL : http://journals.openedition.org/ccec/23684 ; DOI : https://doi.org/10.4000/16ler

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Auteur

Ivanne Galant

Université Sorbonne Paris Nord, Pléiade

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