1La prostitución es, y ha sido, un símbolo desbordante, condensador y catalizador de humores sociales. En dos momentos históricos separados por un siglo —primero a finales del siglo xix y luego a finales del xx— emergen preocupaciones por la trata de personas que han producido alteraciones en los mercados sexuales. ¿Cómo podemos interpretar estos movimientos? Una de las concepciones más expandidas en la literatura sobre prostitución es que existen tres modelos jurídicos: reglamentarista, abolicionista y prohibicionista. En el primero, el Estado regula la actividad, usualmente mediante el registro y la exigencia de control sanitario de las personas que hacen comercio sexual, confinándolas a determinadas zonas y cobrando impuestos. El enfoque abolicionista implica la sanción de terceros que fomentan la prostitución o se lucran de ella y, más recientemente, también de quienes pagan por sexo, se supone que con la intención de desincentivar la actividad. El prohibicionismo criminaliza directamente a todas las personas involucradas, transformando en delito todo comercio sexual.
2Esta clasificación puede permitir orientarnos, pero rara vez representa de forma exacta las legislaciones que los estados han establecido, donde frecuentemente se mezclan los distintos enfoques, y menos aún permite entender cómo funciona y qué efectos produce. En buena parte de los casos, fruto de transformaciones históricas y de tensiones entre fuerzas e intereses diversos, se dan situaciones donde se confunden normativas de diversa índole formando un patchwork (Morcillo y Justo, 2012) cuya aplicación también puede ir cambiando según los espacios y los territorios. En ocasiones, la combinación de normativas que corresponderían a los tres modelos parece simplemente favorecer el accionar discrecional de las fuerzas encargadas (Blanchette et al. 2015; 2017). Las críticas a la clasificación en modelos proponen descentrar el enfoque de la ley, pero sin dejar de considerar su rol en las formas de gobernabilidad aumentada que operan para configurar los sujetos, espacios y formas del poder (Scoular, J., 2010). Además, estas formas de gubernamentalidad de la prostitución son adaptadas e instrumentalizadas por distintos agentes (Varela, 2015; 2018), generando articulaciones con regímenes antitrata — entendidos estos como una “constelación de políticas, normas, discursos, conocimientos y leyes sobre trata de personas, formuladas en el entrelazamiento de planos supranacionales, internacionales, nacionales y locales” (Piscitelli, 2015, p. 1). El análisis de las políticas implementadas en diversos países de Europa — y en especial en Francia, que ha aplicado varios modelos — ha mostrado que, a pesar de tener distintas normas jurídicas y principios de legitimación, los tres modelos confluyen en los objetivos de represión de la migración femenina irregular y en la moralización del espacio público (Mathieu, 2014).
3En esta línea, pensando en términos de continuidades y desplazamientos más que en divisiones, aquí busco analizar cómo una serie de discursos asociados a la prostitución y la trata de personas atraviesan las relaciones de sexo-género produciendo, entre otros efectos, sujetos (in)morales: la primera entre estos será la puta y una producción más reciente: el putero o prostituyente. En diversas tramas discursivas y dispositivos que van articulando la moral sexual con ideas relativas a la nación, la primera aparece entre los procesos que movilizó el sistema reglamentarista decimonónico —también llamado sistema francés — y su crisis a partir de la cruzada abolicionista contra la entonces llamada trata de blancas. El segundo comienza a emerger con el neoabolicionismo del siglo xxi, estimulado por el resurgimiento de la lucha contra la trata de personas.
4Poner de relieve esta trama de vinculaciones no implica trazar una igualación entre puta y putero. En primer lugar, simplemente porque quienes venden y quienes compran sexo no ocupan una misma posición, pero también porque estas subjetividades, si bien comparten algunos elementos en su proceso de construcción, ocupan posiciones históricamente diferentes. Desde las ciencias sociales, agentes en estas construcciones, las distintas vertientes y posicionamientos, coinciden en indicar el interés tardío que suscitaron quienes pagan por sexo, con lo cual han sido mucho menos investigados que quienes ofrecen sexo comercial. Esta relativa invisibilización del cliente (que, por contraste con la hipervisibilización de las prostitutas, muestra ciertos privilegios) puede ligarse a varios motivos: los diversos grados de naturalización del consumo de sexo por parte de varones, la tendencia en las ciencias sociales a investigar a los sujetos más subalternizados, y especialmente el funcionamiento de los sistemas penales que han apuntado y sancionado más a quienes venden sexo que a quienes lo compran (Monto, 2004; Sanders, 2008).
5Pero ¿cómo ha sido posible la aparición de este sujeto históricamente invisibilizado? En términos generales, debemos considerar el contexto de expansión global de los feminismos y, a su vez, desde principios del siglo xxi, el reflote de la preocupación por la trata de mujeres con fines de explotación sexual. Resulta fundamental este marco, que homogeneiza las distintas formas de comercio sexual bajo la idea de la esclavitud sexual, y ha contribuido a poner en cuestión el rol de los varones que pagan por sexo y plantear el ataque a la “demanda” como la mejor forma de intervenir en la problemática. A partir de este momento histórico, agencias como la Coalition Against Trafficking in Women (CATW) no solo se han valido de la retórica de la trata de mujeres para igualar prostitución y esclavitud, sino que comenzaron a señalar a los clientes como los principales causantes de estos males. Un hito clave en este proceso fue la aparición de los clientes en el radar penal: en 1999, Suecia instauró una legislación que, inspirada por el feminismo radical abolicionista, penaliza a quienes compren o intenten comprar “relaciones sexuales temporales”.
6Apenas un año más tarde un pequeño incidente resulta revelador de la orientación política que tomaría el abolicionismo. El propio gobierno sueco y otras agencias internacionales encargaron un informe sobre la vinculación entre la demanda y el tráfico de personas. El extenso informe daba cuenta de la investigación llevada a cabo en varios países bajo la dirección de dos científicas sociales especializadas en migraciones y en comercio sexual. Los resultados no solo cuestionaban la simplificación que supone trazar una causalidad lineal entre la demanda de los clientes y la trata de mujeres —señalando, en cambio, la desregulación del mercado y falta de protección laboral como factores más importantes—, sino que también cuestionaba la utilidad del propio concepto de trata. Alejándose de las políticas que proponen mayor control sobre las migraciones y la supresión de la prostitución vía penalización de los clientes, las autoras recomiendan comenzar por entablar diálogos con las organizaciones de trabajadoras sexuales y trabajar en revertir su estigma (Anderson y O’Connell Davidson, 2004). El gobierno sueco decidió no publicar el informe, pero posteriormente apareció publicado por la International Organization for Migration (IOM) y la CATW desestimó sus resultados planteando que la complejidad del mercado sexual no puede ser una excusa académica para la inacción. Janice Raymond, una de las principales voceras de la CATW y promotora de la penalización de los clientes, desestimando los resultados del informe, concluye que “esto puede tacharse de simplista, poco matizado o conceptualmente deficiente; sin embargo, un mercado de la prostitución sin consumidores masculinos quebraría” (Raymond, 2004, p. 1160).
7En los años subsiguientes, como veremos más adelante, el gobierno sueco y varias agencias abolicionistas hicieron lobby activamente para internacionalizar este modelo cuya eficacia estaba cuestionada - al tiempo que la preocupación sobre la “trata de mujeres” también viajaba por el mundo (véase, por ejemplo, Cheng, 2011; Varela, 2020). Este modelo de penalización se expande así hacia otros países europeos (e inspira varios proyectos de ley en Argentina), y también surgen programas de reeducación para los clientes en Inglaterra y en los Estados Unidos. En Francia, después de algunos años de debate, los movimientos abolicionistas logran imponer en 2016 la penalización legal de la “compra de actos sexuales” (achat d’actes sexuels).
8En línea con las críticas a la idea de los tres modelos, aquí, más que cuestionar si los clientes de prostitución son los culpables de la trata, como quiere el discurso abolicionista, me interesa elaborar una reflexión sobre cómo los distintos modelos, más allá de sus propias pretensiones, alimentan la construcción de sujetos inmorales estigmatizados de diversas formas. Para plantear aquí estas reflexiones sobre la construcción de la figura del putero, o prostituyente, como lo llaman los sectores abolicionistas, me propongo analizar algunos discursos sobre género, masculinidad y sexualidad que emergen ligados a los esfuerzos de moralización y penalización de los clientes. Los efectos negativos de este tipo de políticas para las trabajadoras sexuales —aumento de la precarización y vulnerabilidad, fundado en un mayor ocultamiento y empeoramiento general de las condiciones del comercio sexual— han sido señalados en varias ocasiones (Jordan, 2012; Levy y Jakobsson, 2014; Scoular, 2004; Scoular y O’Neill, 2007). Sin dejar de considerar estos aspectos, en esta primera aproximación, parte de una investigación aún en curso, me interesa ensayar algunas reflexiones sobre el proceso de construcción de la imagen del putero. Me centro en algunos elementos de la política implementada en Francia, puestos en paralelo con construcciones discursivas sobre los clientes de prostitución en Argentina para complejizar el análisis sobre las interpelaciones y moralizaciones resultantes. Sin ánimo de trazar una comparación, algunos aspectos como el tránsito de un modelo reglamentarista al abolicionismo, con un fuerte peso de la cuestión de la trata en el caso de Argentina, y luego con el pasaje al neoabolicionismo en Francia, aportan elementos importantes para la mirada que aquí propongo, que supone dejar de lado por un momento las divisiones entre modelos.
- 1 En el marco de una estancia de investigación posdoctoral en la Université Paris 8, financiada por C (...)
9Para este artículo me valdré de los resultados preliminares de un trabajo de campo sobre la penalización de clientes de prostitución en Francia1, donde hice hincapié en los cursos de sensibilización (stage de sensibilisation) que forman parte de la sanción para quienes son condenados por la compra de actos sexuales. Tanto en este componente como en las investigaciones anteriores a las que me referiré, la estrategia metodológica fue cualitativa. Aquí realicé entrevistas en profundidad con quienes están a cargo de los cursos de sensibilización, el personal formador que dicta y coordina los cursos en la región de Île-de-France, donde se concentra la gran mayoría de los cursos impartidos en Francia. Complementariamente entrevisté a diputados y diputadas que se involucraron en la creación de la ley francesa de 2016, y también llevé a cabo observaciones no participantes en los cursos, donde pude entablar varias conversaciones informales con los varones que cumplían esta pena. Además, el trabajo sobre el caso francés implicó el análisis de un corpus de datos secundarios constituido por informes gubernamentales, publicaciones de las organizaciones abolicionistas y asociaciones ligadas a la temática, y artículos de prensa relativos a la implementación de la ley de penalización de compra de actos sexuales. A su vez, aquí utilizo también investigaciones anteriores de larga duración sobre el mercado sexual en Argentina (Morcillo, 2021; Morcillo et al., 2021).
10Tras un breve rodeo donde recordaré algunos puntos del “sistema francés” que intervinieron en el proceso de emergencia de la puta, analizo los procesos de construcción de la figura del prostituyente, tomando su origen en Suecia, referencia obligada en este asunto, para luego ver cómo esta concepción aparece en Francia y en Argentina. Finalmente, analizo algunos de los discursos que circulan en el dispositivo de “sensibilización” que la ley francesa dispone para estos varones. Busco así dejar planteadas algunas preguntas en torno a las potencialidades y limitaciones de dicho dispositivo y, más en general, sobre la producción de sujetos inmorales y las formas de interpelación sobre los varones (y sus masculinidades) que las políticas neoabolicionistas proponen.
- 2 Este apartado fue reelaborado a partir de investigaciones previas (Morcillo, 2015, 2021).
11La puesta en marcha del sistema francés, tanto en Francia como en Argentina, estuvo estrechamente vinculada a la construcción de una imagen degradada de las prostitutas, para lo cual fueron fundamentales el control policial y sanitario. Es cierto que ya en la Edad Media podían encontrarse regulaciones en Europa respecto al ejercicio de la prostitución y controles sanitarios, pero en el sistema francés es el propio Estado el que, asociado a los saberes del higienismo, busca establecer y regular los burdeles, las maisons closes, como las llamaron en Francia, o las casas de tolerancia en Argentina.
12El sistema francés comenzó a funcionar desde principios del siglo xix y el hito de producción del saber/poder higienista sobre prostitución ocurre con el estudio de Alexandre Parent-Duchâtelet, que constituye la primera encuesta epidemiológica a prostitutas, publicada póstumamente en 1836. De la prostitution dans la ville de Paris, considérée sous le rapport de l’hygiène publique, de la morale et de l’administration es una obra señera en el estudio de la prostitución y Parent-Duchâtelet suele ser citado como uno de los pioneros de la investigación sobre sexualidad desde las ciencias sociales (Bullough y Bullough, 1996). Para su estudio de las prostitutas realiza un examen pormenorizado: trabaja con encuestas y con registros policiales, hace exámenes médicos, revisiones clínicas y biométricas, y lleva a cabo un análisis amplio de las condiciones de vida, como hábitos cotidianos, alimentación, forma de vestir, etcétera. Estos datos le sirven para estructurar un esquema de distintos estratos de prostitutas con diferentes costumbres, una taxonomía de prostitutas.
- 3 La versión más amplia de la imagen que el higienismo creó de las prostitutas incluye alcoholismo, m (...)
- 4 La mayor parte de los estudios higienistas están preocupados por la extensión de la prostitución: s (...)
13Más allá de la exactitud de los datos empíricos que recaba Parent-Duchâtelet, aquí importa la operación que mediante este estudio se lleva a cabo, pues se logra un doble efecto: por una parte se alimenta, con fundamentos científicos, un imaginario sobre las prostitutas que asocia, entre otros aspectos, pobreza, enfermedad y fallas morales3, la puta como sujeto; y por otra parte, cristaliza la construcción de las prostitutas como una población en el sentido foucaultiano4, como un objeto susceptible de ser regulado. Los controles y las encuestas epidemiológicas contribuyen a la construcción del cuerpo de la prostituta como conjunto de caracteres patológicos y a la vez moralmente reprochables, susceptible de un tratamiento y un castigo, entre el burdel, el hospital de sifilíticas y la cárcel.
14Las asimetrías en las relaciones de fuerza entre los géneros y una concepción de masculinidad que supone irrefrenabilidad del deseo sexual y necesidad de reafirmación heterosexual harán que, a pesar de la vinculación entre prostitución y enfermedad o vicio, haya una ambivalencia al considerar a los varones que pagan por sexo. Su participación en el comercio sexual posibilita tanto la “descarga sexual” — y así previene patologías y perversiones varias —, como el riesgo del contagio y la entrada de las infecciones en el seno de la familia y el matrimonio. Son estas condiciones, y la ambivalencia resultante, las que permiten que estos varones permanezcan protegidos por cierta invisibilidad durante esta fase. Sin embargo, la ambivalencia desaparece cuando la mirada se dirige a la prostituta, pues ella será directamente subsumida en la familia de los anormales y perversos.
- 5 La sífilis será interpretada claramente como una enfermedad del “otro”, achacando su origen a extra (...)
15Donna Guy (1994) analizó el funcionamiento del sistema reglamentarista en Argentina entre 1875 y 1955. Allí muestra que la concepción de la medicina higienista sitúa el matrimonio y la masculinidad heterosexual como valores a defender, y que también proteger a la nación es parte de su misión5. Los criterios de la medicina higienista generan distinciones al seleccionar a quiénes someter a revisiones médicas: quedan exentos clientes y prostitutas de clase alta, consideradas “menos peligrosas”. Estos criterios muestran cómo las concepciones de sexo y género, de clase y nacionalidad, atraviesan la pretendida visión científica y biomédica de esta corriente. Los controles sanitarios, al aplicarse solo a algunas de las prostitutas y nunca a los clientes, carecían de cualquier eficacia en términos de control epidemiológico, pero sí resultaban productivos a la hora de distinguir moralmente entre las mujeres buenas y las otras.
16El imaginario de la puta como ser perverso permea las fronteras del higienismo y se instala en diversos discursos, por ejemplo, el abolicionista. Desde las primeras décadas del siglo xx también las disciplinas psi han funcionado como saberes-poderes sobre las prostitutas, muchas veces patologizándolas y estereotipándolas. Un ejemplo se puede ver en el popular texto Une mois chez les filles (que décadas más tarde no será traducido como “un mes con las chicas” sino como Prostitución: Enfoque médico-psicológico y social y en inglés como Psychoanalysis of the Prostitute), una singular investigación que Maryse Choisy lleva a cabo en los burdeles parisinos en 1928 haciéndose pasar por criada. La autora se propone una crítica abolicionista del sistema de casas de tolerancia y busca trazar un retrato de las prostitutas que allí conoce. Retomando lo que Freud llamó dirnenkomplex (complejo de prostitución), explica que en el fondo de cada prostituta hay “una niñita que no se siente amada por su padre” y que, por ello, buscará “degradar su valor sexual”. Además agrega que estas “criaturas perversas […] son por lo general totalmente frígidas” (Choisy, 1993, p. 13) e incapaces de tener sexualidad normal, pues sus vínculos se gestan a partir del odio y el desprecio. Si bien la intención es criticar el sistema y a los proxenetas, se resta importancia a las “causas socioeconómicas” de la prostitución, poniendo todo el énfasis en la constitución psicopatológica de la prostituta.
17En los procesos de construcción de sujetos monstruosos o perversos, las transformaciones legales junto con un conjunto de saberes específicos suelen ser parte de los dispositivos que los producen y permiten cristalizar una conducta o práctica en una subjetividad estereotipada. Foucault (2002) ya había mostrado este proceso con la transformación de los actos de sodomía, que pasan de ser concebidos como una aberración temporal, a la homosexualidad como el rasgo distintivo de una subjetividad particular.
18Siguiendo este planteamiento foucaultiano, Don Kulick (2005) ha señalado que la implantación de la penalización de los clientes de prostitución en Suecia puede ser leída como una contribución a la formación de un “nuevo perverso”. Así como en el siglo anterior se estableció la idea de que la perversión homosexual acechaba a los varones y podían volverse desviados si no iban al burdel, ahora comienza a circular la noción de que solo los perversos buscan prostitutas. Los varios estudios que construyen tipologías de clientes y proponen la necesidad de tratamientos, así como la difusión de cifras y campañas públicas que contribuyen a construir esta imagen del cliente de prostitución, son leídos por Kulick en el marco de una transformación en la política sexual sueca. El feminismo sueco se enfocó en la sexualidad y pronto se logró imponer la concepción de la prostitución como violencia de género y como obstáculo para la equidad de género, devenida norma e ideal sueco. Este cambio promovería la idea de una “sexualidad buena” que está asociada a la cultura sueca y se contrapone a los desviados sexuales, que ejemplifican tanto los clientes de prostitución como los inmigrantes. La contraposición de estos personajes perversos sirve así tanto para establecer pautas morales sobre sexualidad como para reafirmar la identidad nacional sueca, atravesada en ese momento por las ansiedades de su ingreso a la Unión Europea.
19A los diez años de implementación de este modelo, el gobierno sueco lanzó un informe buscando mostrar los logros. Sin embargo, este documento fue duramente contestado mostrando su falta de evidencia empírica (Jordan, 2012). No obstante, varias feministas abolicionistas y el propio gobierno sueco coinciden en señalar que “cualquier impacto negativo sobre las trabajadoras sexuales es contrapesado por el mensaje que da la ley” (Kulick, 2003: 225), y el gobierno se muestra especialmente indiferente frente a este impacto en el caso de las migrantes (Vuolajärvi, 2018). En este sentido, si lo único importante es el mensaje y la adhesión, algunos elementos permiten leer un cierto éxito en la política implementada. Un estudio para conocer la opinión de los suecos y las suecas sobre la ley (Kuosmanen, 2011), también tras 10 años de aplicación, muestra resultados contundentes: la gran mayoría de la población aprueba la medida independientemente de su eficacia para disminuir la demanda o la oferta de sexo comercial, y la ley es un símbolo de la identidad sueca.
- 6 Todas las traducciones son propias.
20En el marco de las preocupaciones que despertaron los flujos migratorios desde la década de 1990 y la entrada en la UE, el discurso de la trata de personas se transforma en una pieza clave que permite conectar dichas ansiedades con las identidades nacionales y la cuestión de la prostitución. Así, sin haber registrado grandes crecimientos, ni transformaciones en las condiciones en que opera el comercio sexual, o sin aparecer como un tema urgente en la mirada social, ciertos sectores feministas logran poner la prostitución en el centro de las políticas por la equidad de género. Este esfuerzo se internacionalizará rápidamente y las abolicionistas de la CATW replicarán la idea de que “las mujeres víctimas de trata y prostitución en la industria del sexo sufren los mismos tipos de violencia y explotación sexual que las mujeres maltratadas, violadas y agredidas sexualmente”6 (Raymond, 2004, p. 1174), al tiempo que delinean la imagen de los clientes como predadores sexuales ávidos de mujeres migrantes y racializadas. La concepción de la prostitución como un asunto de violencia contra las mujeres, a la vez que la homogeneización del comercio sexual bajo la noción de la trata de personas, han sido fundamentales en la retórica del Lobby Europeo de Mujeres, una de las organizaciones clave en la expansión del modelo sueco en Europa (FitzGerald y Skilbrei, 2022). La exportación del modelo es también una política activa de las feministas y el gobierno sueco, quienes lo publicitan como una solución al problema de la prostitución y la trata.
21En el caso de su implantación en Francia, no solo tuvieron un rol protagonista el lobby sueco-europeo, sino también la imbricación entre las discusiones políticas de género y sexualidad y la cuestión racial y migratoria (Calderaro y Giametta, 2019) y la construcción previa de un imaginario sobre los varones que pagan por sexo, punto clave para nuestro análisis. Lilian Mathieu (2015) planteó antes de la aprobación de la ley que la construcción del cliente de prostitución le dio la forma de un “monstruo ordinario” en los discursos del activismo abolicionista y feminista. Siguiendo las publicaciones del Mouvement du Nid — una de las fuerzas abolicionistas más importantes en Francia —, Mathieu señala que algunas concepciones psicopatológicas sobre los clientes estuvieron presentes desde mediados del siglo xx. Aparecía la imagen del cliente de prostitución como un varón muy influenciable, incluso débil mentalmente. Si en un principio los clientes eran una preocupación secundaria para el abolicionismo francés, cuando entran en su mira las posiciones del Mouvement du Nid no se alineaban con la mirada represiva, sino más bien pedagógica.
22Para el feminismo francés la prostitución fue un tema relativamente relegado, pero desde mediados de la década de 1990 se comienza a poner en cuestión a los clientes. Se pondrán en marcha mecanismos retóricos que permiten construir una imagen estigmatizante de los varones que pagan por sexo. Entre estos mecanismos, algunos permiten trazar conexiones entre el feminismo abolicionista francés y el argentino, como la propuesta de usar el término prostituyente como forma de denominar a quienes pagan por sexo. En el abolicionismo francés el término prostitueur, y en Argentina prostituyente, buscan estigmatizar y atribuir la causalidad del fenómeno a los clientes. En una investigación precedente planteamos que así se opera un pasaje de un sujeto “invisible”, a un sujeto aparentemente “transparente”, pues su discurso parece ser autoevidente y su voluntad de dominio no estaría atravesada por ninguna tensión (Morcillo et al., 2021).
23En los discursos del feminismo abolicionista francés el aspecto normativo de la mirada sobre los clientes se manifiesta en su reducción a una animalidad, su sexualidad debe ser “civilizada” y el recurso a la prostitución aparece, a la vez, como parte ordinaria de la sexualidad masculina y como una forma exacerbada de una libido dominandi (Mathieu, 2013). Otro punto de contacto en las representaciones del prostituyente es su encarnación en el hincha de fútbol, donde la sociabilidad masculina y el consumo excesivo de alcohol fomentarían el consumo de prostitución. Según Mathieu, esta asociación sintetiza ese carácter brutal, poco cultivado, y habilita subrepticiamente la mirada clasista dado el carácter eminentemente popular de este deporte. Esta vinculación se hizo visible también en Argentina, en una campaña puesta en circulación durante el mundial de futbol de Brasil en 2014, con el anuncio7 Paremos la trata realizado por el Comité Ejecutivo para la Lucha contra la Trata y Explotación de Personas y para la Protección y Asistencia a las Víctimas. Es interesante que esta interpelación no solo traduce el problema en una responsabilidad individual, como ha señalado Estefanía Martynowskyj (véase capítulo en Morcillo et al., 2021), sino que el uso de los términos de la jerga futbolera muestra la contraposición con la imagen de masculinidad deseada, tal como recoge el eslogan: “los hombres de verdad no compran mujeres”. Adicionalmente, la masculinidad verdadera se liga con mantener limpio el orgullo nacional, pues en el anuncio una voz en off señala: “En los grandes eventos deportivos miles de mujeres y niñas son captadas para ser sometidas a explotación sexual. No manches la camiseta”.
24La construcción del putero se presenta en parte como resultado de análisis científicos, pero no por ello exentos de contradicciones, pues su fin último es lograr interpelar a la población y consolidar una imagen que individualiza las complejidades de los procesos sociales y habilita la penalización. Así, el carácter “monstruoso” que se le otorga desde el abolicionismo se tensiona con la imputación de “ordinario”, presente por todos lados (“monsieur tout le monde”) que, como bien señala Mathieu, habilita a la sensibilización de un público más amplio. Adicionalmente, creo que es posible leer la retórica del cliente como un hombre común como un mecanismo que difumina el carácter clasista de esta mirada. La tensión entre la idea del cliente como “un tipo común” y su carácter perverso también está presente en la mirada del psicoanalista Juan Carlos Volnovich (2006), quien publicó otro de los primeros libros que abordaron la temática en Argentina. Si bien señala los peligros de etiquetar como “perversión sexual”, “sadomasoquismo” o “pedofilia” las prácticas de los clientes, su preocupación es que de esta manera podrían eludir su responsabilidad.
25En Argentina, los discursos sobre el prostituyente acompañaron el momentum de la campaña antitrata al comienzo de la primera década del siglo xxi. En ese período aparece el eslogan “Sin clientes no hay trata” del Programa Nacional de Rescate y Acompañamiento de Víctimas Damnificadas por el Delito de Trata de Personas. También se presentan varios proyectos de ley para penalizar a los clientes de prostitución, donde estos aparecían directamente igualados con violadores. Sin embargo, ninguna de estas iniciativas logró ser aprobada, a diferencia de lo ocurrido en Francia, donde las estrategias de las alianzas feministas abolicionistas dieron su resultado.
26En este apartado quiero detenerme sobre algunos elementos de la forma en que Francia incorpora la penalización a quienes compran actos sexuales. Algunos componentes permiten ilustrar una puesta en acción de la representación estigmatizante de estos sujetos y, a la vez, permiten pensar en otras implicaciones más globales del dispositivo. La Ley núm. 2016-444, “dirigida a reforzar la lucha contra el sistema prostitucional y a acompañar a las personas prostituidas” tiene varios puntos con múltiples objetivos. Quienes trabajaron en la elaboración del proyecto definen cuatro ejes: a) la profundización de la persecución de los proxenetas, ampliando el margen de criminalización; b) instancias de sensibilización frente a la prostitución, orientadas al gran público y a las escuelas en particular — aunque muy poco implementadas hasta ahora —; c) planes de salida para las víctimas (parcours de sortie), que suponen una remuneración, ayudas del Estado y un permiso de residencia provisional por seis meses para las víctimas migrantes, pero exigiendo que abandonen el comercio sexual —planes juzgados como insuficientes en todos sus aspectos por quienes han estudiado su implementación (Giametta y Le Bail, 2022) e incluso por los informes del Gobierno y las organizaciones abolicionistas que sostienen esta ley —; y d) la penalización de los clientes de prostitución. Este último punto fue sin dudas el aspecto más debatido de la ley. Si bien en una primera instancia se proponía que el proyecto incluyera la pena de cárcel para quienes paguen por actos sexuales, la negociación llevó a encontrar una solución de compromiso: el pago de una multa de hasta 1500 euros, o 3750 euros para los reincidentes, y la obligación de hacer un “curso de sensibilización sobre la lucha contra la compra de actos sexuales”. Este puede funcionar como pena complementaria o alternativa según definan los jueces o juezas, pero en cualquier caso los cursos deben ser pagados por los clientes. Según la normativa que reglamenta su implementación, los objetivos son instruir a los cursantes sobre la “realidad de la prostitución y las consecuencias de la mercantilización del cuerpo” y hacerlos conscientes de su responsabilidad penal y civil en los hechos cometidos. El costo, la duración y los contenidos puntuales son definidos en cada jurisdicción en comisiones con las asociaciones que intervienen y por el personal formador a cargo. Esto significa una amplia heterogeneidad y flexibilidad en el funcionamiento de esta sanción, catalogada por las propias instituciones francesas como creativa e innovadora (dentro de un abanico de cursos de sensibilización para temas que van desde la violencia conyugal, el sexismo o el consumo de estupefacientes hasta la seguridad vial y los valores de ciudadanía).
27La ley fue aprobada en abril de 2016, y las detenciones y multas empezaron a aplicarse en diciembre de ese año, pero tanto los parcours de sortie como los stage de sensibilisation tardaron más de un año en implementarse. Todos los informes sobre la aplicación de la penalización y los cursos coinciden en la heterogeneidad territorial que, sin un control centralizado, queda librada a las autoridades de cada jurisdicción. Así funciona en un variado patchwork legal, combinándose con viejas normativas locales destinadas a la moralización del espacio público aplicadas para sancionar a las prostitutas. No obstante, esto significó que los cursos de sensibilización resultaran interesantes por varios aspectos: por un lado, como su aplicación aún no se ha expandido y se halla concentrada en la prostitución callejera de bosques y carreteras en París y la región circundante de Île-de-France, me ha permitido llevar a cabo un trabajo de campo intensivo y acceder a entrevistar a una parte sustancial de las personas a cargo de estos dispositivos (además de realizar observaciones en los cursos). Por otro lado, los discursos de las personas a cargo de estos cursos no solo muestran la moral sexual que opera en la construcción del estigma de putero, sino también algunos de los mecanismos de interpelación que se ponen en marcha en dichos cursos.
28La historia del surgimiento de estos cursos pervive en la impronta que le da el personal formador. Tal como señaló en la entrevista una de las diputadas que redactaron el proyecto de ley que sería finalmente aprobado, la idea de los cursos surgió de la imposibilidad de lograr la pena de cárcel. En esta situación, la igualación entre el comercio sexual y la violencia de género permitió que instancias pensadas para varones que ejercieron violencia conyugal sirvieran de inspiración para imaginar que la pena para los puteros podría ser obligarlos a realizar un curso de sensibilización. El formador que más cursos ha impartido hasta el momento (cerca de 80) explicaba sobre la concepción de estos cursos:
Es una mezcla de sanción y educación... los dejamos participar, pero tampoco vamos a poner en cuestión la ley, estamos en un marco judicial […]. A veces interviene una mujer policía, no está nada mal: uniforme, arma, todos cierran la boca y dicen “sí, sí, tiene razón”. (Formador 1)
29El objetivo de los cursos era, tomando en cuenta que “las prisiones ya están llenas”, darles a estos varones “una oportunidad para reflexionar sobre las consecuencias de sus actos”. Varias veces el personal formador también usa la idea de deconstrucción. Sin embargo, esta “oportunidad para la reflexión” está claramente enmarcada en un contexto punitivo, y frecuentemente los formadores no suelen apreciar la expresión de las visiones disidentes que pueden tener algunos condenados. Este desprecio toma distintas formas, visibles en concepciones sobre los prostituyentes que tienen quienes imparten los cursos. Otro de los formadores — que estuvo ligado a la creación del stage y fue el primero en ponerlo en marcha en Francia —, nos explicaba este carácter a mitad de camino entre la represión y una forma singular de la pedagogía:
Está bien hacer una ley, está bien reprimir, pero es todavía mejor que la gente entienda por qué hay una ley… es como castigar a un niño, si no le explicas lo va a hacer de vuelta… para los clientes es exactamente lo mismo. (Formador 2)
30En las manifestaciones de varias de las personas a cargo de los cursos se pueden leer distintas formas de infantilización o desprecio por los argumentos de estos varones, muchas veces considerados directamente como estúpidos. La descripción del hombre bruto, poco civilizado, aparecía especialmente entre los formadores varones, quienes en las entrevistas ridiculizaban a los cursantes que, por ejemplo, sostenían que tenían necesidades sexuales vitales.
31Sin duda, la noción que opera aquí es que estos hombres deben darse cuenta que sus concepciones simplemente están mal, no tienen sentido. Esta interpretación de la posición en que se hallan quienes asisten a los cursos de sensibilización tiene múltiples implicaciones, tanto en términos de las pautas de moral sexual que presuponen como en las formas de interpelación que llevan a cabo.
Yo también crecí en la misma sociedad que ellos, que autorizaba a comprar el cuerpo de otros, ¿por qué yo no lo hice y ellos sí? Si es tan poco problemático, ¿por qué no lo hace todo el mundo? […] Cuando paga por sexo ¿lo habla con amigos como si viniera de comprar un yogurt en el súper?, ¿les cuenta a sus hijos “papá viene de comprar el cuerpo de una mujer”? Si no lo cuenta es que hay un problema […]. Todos tienen vergüenza cuando vienen aquí […] a partir del momento donde hay vergüenza es porque sabe que lo que ha hecho no está bien. (Formador 2)
32Aquí se pone de relieve no solo que la moral sexual que se presupone es aquella de la familia heterosexual monogámica, sino que, a partir de esta posición, el mecanismo que se pretende movilizar para lograr la supuesta reflexión o toma de conciencia se apoya firmemente en la vergüenza. Las distintas personas a cargo de estos cursos de sensibilización coincidían al señalar que la vergüenza era una de las emociones más presentes entre los cursantes. A partir de las observaciones que realicé en los cursos resulta difícil asegurar que este sentimiento primara sobre el enojo, o simplemente el tedio de quienes se veían obligados a escuchar la narrativa victimizante sobre la prostitución que se les imparte en los cursos. Sin embargo, tal como podemos ver en el testimonio citado, el hecho de que los formadores interpretaran como vergonzante la posición de los cursantes sirve también para marcar una diferencia respecto de su propia posición (especialmente entre los varones).
33Martha Nussbaum (2006) ha analizado el rol que pueden tener distintas emociones en el ejercicio de la justicia. Opuesta a la mirada racionalista que buscaría excluir el rol de las emociones, Nussbaum propone analizar los fundamentos y los efectos que podrían tener algunas emociones problemáticas como la vergüenza y el asco. En otro trabajo hemos analizado cómo la movilización del asco en algunas retóricas abolicionistas resultaba nociva, pues no solo bloqueaba la reflexión, sino que retroalimenta el estigma de las prostitutas (Morcillo y Varela, 2021). La puesta de relieve de la vergüenza como emoción primordial entre los varones condenados a hacer los cursos de sensibilización está atravesada por la constitución de jerarquías entre grupos sociales, tal como Nussbaum señala retomando la concepción goffmaniana del estigma y sus efectos sobre los sujetos y sus interacciones. Además, los efectos estigmatizantes de la vergüenza no solo reducen procesos sociales a defectos individuales, sino que se articulan con una lectura moral y patologizante de ciertas prácticas sexuales.
Los jóvenes, sobre todo, crecen con la “cultura porno” […] y por eso tienen necesidad de una sexualidad anormal… la prostitución les permite realizar esa sexualidad fantaseada, que ellos piensan que es normal, pero no, no es normal, normalmente hay un encuentro, una atracción recíproca, etcétera. Ni el dinero ni la dominación tienen nada que hacer ahí… sí, hay gente que tiene pulsiones sadomasoquistas, sí, eso existe, pero eso está clasificado aquí [señalando el manual DSM V que tiene en su escritorio]. (Formador 2)
34La idea de “los jóvenes” que adquieren una “cultura porno” —especialmente a través de un temprano acceso a internet— y se convierten en una especie de predadores sexuales parece evocar a los demonios populares de Cohen (2011). Esta concepción era también replicada por otros formadores: uno de ellos señalaba que son estos jóvenes los que hacen una frívola “macdonalización del sexo”. La oposición entre atracción-reciprocidad-normalidad frente a pago-dominación-anormalidad hace que las referencias a la patología y la perversión devengan explícitas, mostrando una concepción más apta para el etiquetaje y la estigmatización que para habilitar cualquier proceso de reflexión. Luego, resulta elocuente la referencia al DSM (siglas en inglés del Manual Diagnóstico y Estadístico de los trastornos mentales de la Asociación Estadounidense de Psiquiatría) que diagnosticaba como enfermedad la homosexualidad y la “disforia de género”, con la que se patologizaba a las personas trans hasta hace poco tiempo.
35Asimismo, la moral sexual que pondera la heterosexualidad conyugal y monogámica se hace visible en diversos elementos. Además de las referencias a la familia — y en especial a las esposas e hijas — que el personal formador hace para evocar la vergüenza, en varias carreteras y bosques hay carteles que advierten que hay videovigilancia (un guiño del siglo XXI al panóptico) y que las multas podrían llegar al hogar familiar. Al mismo tiempo, hay un cuidado de todo el aparato burocrático —por ejemplo, enviando discretas notificaciones por SMS o explicando que no hace falta conservar ningún comprobante de haber hecho el curso— para evitar que las esposas de los clientes condenados se enteren de la sanción. La ley promulgada en nombre del feminismo termina accionando dispositivos para vigilar, estigmatizar sexualidades, restaurar la moral sexual y proteger el matrimonio y la familia al tiempo que precariza y complica la vida de otras tantas mujeres y trans.
- 8 Disponible en https://france3-regions.francetvinfo.fr/paris-ile-de-france/val-d-oise/dans-le-val-d- (...)
36Figura 1. Cartel de advertencia en las carreteras de Val-d’Oise en la región de Île-de-France8
37Según estudios solicitados por las asociaciones abolicionistas, la ley parece tener cierta aprobación entre los franceses y las francesas, aun sin conocer demasiado sus efectos, e incluso estarían dispuestos o dispuestas a sostener la ley sabiendo que podría perjudicar a las trabajadoras sexuales (IPSOS, 2019). Los sectores que impulsaron esta ley, lejos de tener una mirada crítica, señalan que los únicos defectos provienen de su (aún) poca aplicación. Uno de los formadores me explicaba que, a diferencia de otros países, Francia había honrado con esta ley los compromisos adquiridos al firmar el Convenio para la represión de la trata de personas y de la explotación de la prostitución ajena, aprobado en 1949 por las Naciones Unidas como corolario de las luchas abolicionistas contra la “trata de blancas”. Las asociaciones y los diputados y diputadas que impulsaron esta ley no dudan en llamarla una “ley civilizatoria” y, como sus pares suecos, no ocultan su deseo de “exportarla” a otros países.
38El recorrido por distintas políticas sobre la prostitución y trata de personas nos recuerda su carácter desbordante, que siempre expresa ansiedades sociales. Néstor Perlongher planteaba que “en el gran caldero de la prostitución se funden una diversidad de imaginarios sociales, de ‘representaciones’ que se proyectan, desde la ‘normalidad’, sobre un universo de funcionamientos que le escapan” (1993, p. 107). Ahora podemos intentar pensar esta relación equívoca entre representaciones y funcionamientos bajo la óptica de la gobernabilidad, que permite a la vez releer la mirada esquemática de los tres modelos.
39En Francia nace el modelo reglamentarista, también implementado en Argentina, que se asocia con el higienismo para producir un imaginario patologizante y estigmatizante de la puta. Luego ambos países transitan hacia un modelo abolicionista, pero mientras en Argentina el impulso de la campaña antitrata no logra vehiculizar una institucionalización de la sanción hacia los clientes, en Francia desembarca el modelo sueco. Múltiples vectores — geopolíticos, patrones de migración, raciales, económicos o de correlación de fuerzas entre las vertientes feministas, entre otros — pueden leerse en esta diferencia. Sin embargo, en ambos países proliferan construcciones de un nuevo sujeto perverso para el elenco de la prostitución, el putero, prostituyente o prostitueur. Nuevamente aquí, la circulación de las concepciones abolicionistas e incluso las formas de instrumentalización de las políticas antitrata pueden permitirnos comprender estas conexiones. Pero también las lecturas sobre las relaciones entre género, intimidad, violencia y vulnerabilidad nos habilitan a trazar los desplazamientos de una moral sexual que se apoya sobre distintos personajes perversos y logra transmutarse bajo un nombre feminista, aunque reproduzca las asimetrías en las relaciones de género.
40Quienes defienden la penalización de clientes en Francia ponen como objetivo de esta política invertir las relaciones de fuerza entre prostituidas y prostituyentes, revirtiendo la penalización, y adicionalmente pasando a estigmatizar a los puteros. Esta lógica no solamente supone una simplificación que desconoce los funcionamientos del sistema penal y las fuerzas de seguridad, sino que hace caso omiso del carácter contagioso del estigma — señalado ya por Goffman hace varias décadas —. El carácter desviado atribuido a los prostituyentes afecta también a las “víctimas” y lanza dudas sobre su estatus. Varios trabajos han mostrado para el caso de las víctimas de trata este carácter paradójico de las “malas víctimas” (en Francia, Jakšić, 2008; en Argentina Martynowskyj, 2019). Este contagio puede observarse cuando la población que está de acuerdo con la penalización de los clientes no ve mal que la sanción se extienda a las prostitutas, como sucede en Suecia, o es relativamente indiferente a los perjuicios que esta medida produce en las trabajadoras sexuales, como ocurre en Francia. También cuando dispositivos como las ayudas estatales, el parcours de sortie, requieren a las víctimas la prueba moral y responsabilizante de haber abandonado la prostitución. De forma similar, la penalización y las interpelaciones que los clientes reciben en los cursos de sensibilización los estigmatizan como perversos o brutos. Se presenta una narrativa sobre la “realidad de la prostitución” que omite toda otra posición que no sea la de una víctima del proxenetismo y las redes de trata, pero al mismo tiempo se pone la transformación a nivel de la responsabilidad y la voluntad individual de estos varones. La concepción que culpabiliza a los prostituyentes de la trata no solo es excesivamente simplificadora, sino que en esa reducción borra el peso de las estructuras sociales que intervienen y permite la mirada individualizadora y punitiva. La idea de inversión, de “dar vuelta a la tortilla”, intenta dar un aire revolucionario, o al menos transformador, a un dispositivo que opera bajo una misma economía política del estigma, en tanto no deja de construir jerarquías morales para sujetos cuyas prácticas sexuales escapan a las pautas deseables y civilizadas.
41Respecto a la construcción de la representación del prostituyente y del dispositivo que constituyen los stages de sensibilisation, quiero dejar planteadas algunas sospechas e interrogantes que surgen de esta primera aproximación. La tensión entre la perversión y la idea del “hombre común”, que Mathieu sintetiza bajo el nombre de “monstruo ordinario”, puede tener múltiples resonancias más allá de las ya analizadas. Por un lado, la posibilidad omnipresente de la perversión habilitaría mecanismos de vigilancia, que en principio deberían extenderse por todo el tejido social, o al menos donde se hallen presentes varones cisheterosexuales. Sin embargo, la vigilancia parece enfocada en el comercio sexual callejero, de bosques o carreteras — y así fomenta el mercado sexual de internet y la “cultura porno” que parece, paradójicamente, preocupante para los sectores abolicionistas. Este foco restringido, tanto como el énfasis sobre el aspecto pecuniario de la sanción, habilitan a pensar que es solo un sector de esta población el que es efectivamente vigilado. Por otro lado, así como el estigma de puta permite distinguir a las buenas mujeres, el estigma de putero parece asegurar una masculinidad respetable para aquellos varones que “no pagan por sexo”. Este punto puede llevar a preguntarnos cómo intervienen aquí los debates sobre seducción y consentimiento que pueden ser leídos en clave trasatlántica como plantea Fassin (2012). Los puteros, aquellos varones degradados que no saben seducir ni obtener el consentimiento, solo podrían ser avergonzados para, bajo su propio esfuerzo, intentar forjarse una masculinidad civilizada.
42Este esquema desecha la noción de los clientes como posibles informantes en los esfuerzos por combatir la trata de personas, pero parece que trae anexa una burocracia sensibilizadora. Sin embargo, la operación discontinua, heterogénea y (¿aún?) poco extendida de los dispositivos que instala la penalización francesa plantea dudas sobre la posibilidad de su desarrollo o la oposición de fuerzas que busquen limitar la regulación y normalización. Asimismo, queda abierta la cuestión sobre la posibilidad de construir otras formas de interpelación feministas para interrogar las relaciones entre masculinidad y sexualidades que no partan de miradas esencialistas y que desafíen los deseos punitivos.
- Receção: 15.02.2023
- Aprovação: 13.07.2023