1La problemática del consentimiento sexual es históricamente un asunto bastante reciente. En el régimen sexual que prevalecía hasta la primera mitad del siglo xx, el sexo adquiría valor por su funcionalidad reproductiva y sus aspectos no reproductivos caían bajo las categorías de delitos o patologías (tales como la sodomía y la prostitución). Como sostiene Sergio Carrara (2015), se buscaba proteger así los destinos de la familia, la raza y la nación a través de la producción de seres humanos saludables. A partir de los años 1960, en Occidente, los movimientos feministas y homosexuales entablaron una serie de disputas culturales y legales que buscaban legitimar la capacidad de las personas para comprometerse en la actividad sexual que decidieran. El estándar reproductivo fue desplazado así por el consentimiento y su legitimidad abrevó en el lenguaje de los derechos individuales y sexuales.
2En los últimos años asistimos a una importante difusión del lenguaje del consentimiento promovido por movimientos feministas como modo de discutir las viejas convenciones de género y sexualidad. En este contexto el MeToo irradiado desde los Estados Unidos hacia otros países del norte y el sur global ha permitido la enunciación de múltiples experiencias de violencia y victimización por parte de mujeres, antes reservadas al silencio. El texto de Geoffroy de Lagasnerie es un ensayo corto elaborado a partir de una conferencia pronunciada durante el coloquio “Édouard Louis: écricre la violence” en París (2021) con el que busca problematizar y expresar su incomodidad ante la política contemporánea de la sexualidad. Escrito al calor del MeToo francés, la emergencia de los movimientos de víctimas así como la revisión y cuestionamiento de las relaciones de sexo intergeneracional, Lagasnerie, filósofo y doctor en ciencias sociales, toma como punto de partida y reflexión los trabajos autobiográficos de Édouard Louis y Samantha Greimer, cuyos relatos de sus experiencias de violación se distancian de la identidad de víctima y de la necesidad de castigo penal, al mismo tiempo que articulan una crítica de la apropiación de sus experiencias por parte de los activismos o del Estado. Para Lagasnerie, estas son formas de articulación de las experiencias de violencia que contrastan con los discursos hegemónicos sobre el abuso y la violencia sexual.
3En Francia, esta forma de presentar la cuestión del consentimiento sexual tomó centralidad con la publicación de La familia grande (2021) de Camille Kouchner y El consentimiento (2020) de Vanessa Springora, libros que denunciaban relaciones sexuales del pasado sostenidas por adultos (en algunos casos familiares) con menores de edad. Estos testimonios que involucraban a personajes de la intelectualidad francesa conmocionaron a la opinión pública y estimularon las revisiones de las convenciones de género y sexualidad en distintos registros, incluso promoviendo importantes cambios legislativos.
4El posicionamiento inicial del ensayo de Lagasnerie es que en materia de sexualidad es necesario reconocer el pluralismo de las experiencias, lo irreductible de cada una de ellas. De ahí su preocupación por que las medidas legislativas o las movilizaciones culturales de nuestra época estén imponiendo una representación en detrimento de otras posibles. De los distintos temas y polémicas que brotan a lo largo de sus páginas, elegimos subrayar de este ensayo tres ejes de discusión.
5Lagasnerie cuestiona la tendencia contemporánea a pensar las relaciones amorosas como un asunto de dominio o influencia cuando estas involucran sujetos en posiciones asimétricas, especialmente cuando está en juego la diferencia de edad. Dos asuntos quedan aquí puestos en entredicho. En primer lugar, que en esta operación algunos marcadores de diferenciación social aparecen siempre como problemáticos por encima de otros, (la edad, por ejemplo) y no en relación a otros marcadores o instituciones (la familia, la educación). En segundo lugar, afirma que estas interacciones se perciben en tanto que inscritas en relaciones sociales de poder, pero la sociología que entró por la puerta grande sale por la ventana, cuando se somete el tratamiento de esas relaciones a un análisis individualizante y criminalizante. Es decir, ¿si afirmamos que el problema es estructural, porqué habría de privilegiarse una respuesta a partir del aparato penal? Este es el excepcionalismo sexual de la izquierda, donde esta invierte u olvida sus enfoques críticos tradicionales (crítica de la individualización de la responsabilidad y de las respuestas punitivas) cuando de sexualidad se trata.
6En este sentido el libro de Lagasnerie nos ofrece elementos para interrogar algunos de los supuestos como de los efectos de los feminismos contemporáneos en su diálogo y demandas hacia los sistemas de justicia. Por ejemplo, algunas propuestas de los feminismos jurídicos en las que se deducen de posiciones desiguales en la estructura social relaciones de víctimas y victimarios y se busca suplir de esta forma los sesgos androcéntricos y clasistas del derecho. Ahora bien, aun reconociendo los límites del derecho liberal, ¿es legítimo o deseable proyectar automáticamente desde posiciones en la estructura social relaciones de víctimas y victimarios en los vínculos concretos? Es decir, introducir para todas las relaciones y vínculos el principio de la determinación sociocultural y operar esa reducción a partir del lenguaje del derecho. Así, las herramientas de la teoría social se tornan débiles o insuficientes en tanto el juego de los universales sociológicos hace perder algo del orden de la singularidad y la pluralidad de las experiencias.
7Lanzado a la polémica el autor de Mi cuerpo, ese deseo, esta ley propone una visión del mundo de las relaciones sexo-afectivas que le haga justicia a su complejidad y ambivalencia, asunto que no puede ser plenamente captado ni por categorías penales ni por categorías sociológicas. Cualquier política de la sexualidad desde su perspectiva tiene que reconocer la pluralidad de las experiencias, en ocasiones su ambivalencia y la imposibilidad de fijarles a priori un sentido. Aquí, dice Lagasnerie, es donde algunos utilizan la noción de “zona gris”, pero sólo para establecer sobre ella una vigilancia más intensa (pensemos, por ejemplo, en la proliferación técnica de protocolos e instrumentos que permiten definir niveles y perfiles de riesgo). Así, Lagasnerie sugiere en cambio ir al fondo de la significación ética de la noción de zona gris, lo cual pone en entredicho la capacidad de cada sujeto de explicar para cada circunstancia su voluntad y su deseo de manera transparente.
8La filosofía de la conciencia es para el autor un obstáculo epistemológico para pensar esas zonas grises de la experiencia sexual. Las revisiones bajo distintos formatos que se han producido en el contexto del MeToo han permitido por un lado visibilizar padecimientos, abusos y violencias, pero también han traído consigo discursos simplificadores sobre las experiencias y relaciones sexuales pasadas. Lagasnerie sostiene que la toma de conciencia en ocasiones produce un trauma a través de una torsión temporal que hace surgir en la conciencia presente la impresión de haber sufrido un trauma en el pasado a causa de una situación de desigualdad que solo se puede entender como dominación. Argumenta que una interpretación presente del pasado no puede ser lo mismo que una verdad del pasado. En un pasaje el autor compara la toma de conciencia en el campo de la sexualidad con el ámbito del trabajo, y dice que en el trabajo tenemos la verdad de la explotación tal como la revela el análisis sociológico y la verdad subjetiva de que el trabajo puede vivirse como placer. Los procesos de politización permiten que las personas tomen conciencia de esa explotación y experimenten esa situación ya de otra manera. Su argumento es que no es posible trazar una equivalencia en el campo de la sexualidad. ¿Por qué? En el caso del trabajo, el desgaste del cuerpo y la violencia corporal resultan para él realidades objetivables, tomar conciencia o no en nada cambia el maltrato físico. En cambio, en el caso de la sexualidad el trauma psíquico aparece como un efecto de la toma de conciencia. Su crítica a la mirada retrospectiva por momentos parece recaer en la idea de un realismo de un trauma original (como en el caso del trabajo). Así, Lagasnerie entiende la cuestión de la interpretación como algo distinto de los acontecimientos sucedidos en la realidad, pero ¿podemos tan fácilmente devaluar esa interpretación por haberse constituido con posterioridad?
9Así, siguiendo a Scott, para quien todas las experiencias son producidas en marcos interpretativos, tal vez el problema central con la mirada retrospectiva no sea tanto que postule el acceso a una verdad absoluta, sino que borre su propio trabajo de interpretación. Además, según Lagasnerie, parecería querer hacer existir un deseo neutro, verdadero, correcto y normal que remitiría a relaciones igualitarias, frente a otro deseo, entendido como el producto de una falsa conciencia. Ahí el autor recupera la idea del deseo como una acción del cuerpo, no como una fuerza de la voluntad, que empuja incluso contra la voluntad. De hecho, una de las provocaciones finales del texto consiste en plantear que los únicos sujetos de los cuales se podría afirmar que efectivamente consienten son aquellos que practican el comercio sexual. Una sexualidad sin deseo como última garantía de autodominio y consentimiento.
- Receção: 13.10.2023
- Aprovação: 31.10.2023