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Más sobre el animal tenebroso de Góngora (Soledad I, vv. 64-83). Adenda mínima

Ignacio Arellano
p. 5-13

Resúmenes

El artículo confirma la identificación del animal tenebroso que evoca Góngora en la Soledad I, y añade algún nuevo pasaje importante para la lectura del pasaje, especialmente uno de El Paraíso en el Nuevo Mundo, de León Pinelo, donde comenta al propio Góngora.

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Notas de la redacción

Article reçu pour publication le 10 mars 2017; accepté le 5 avril 2017

Texto completo

  • 1 Arellano, 2014. No voy a repetir aquí datos y textos. Remito a este artículo para más informaciones

1Al examinar la identificación del animal tenebroso de la Soledad I de Góngora, vv. 64-831, que resultaba ser un animal llamado carbunclo que lleva en la frente la piedra preciosa del mismo nombre, revisé el estado de la cuestión y aporté una bastante nutrida serie de textos que no dejaban lugar a dudas (me parece) sobre qué animal exactamente era el aludido por Góngora. Apuntaba que un rastreo de otros muchos textos podrían aumentar notablemente los testimonios:

Un rastreo exhaustivo de las crónicas de Indias y la poesía del Siglo de Oro permitiría seguramente añadir muchos otros testimonios de ese animal de las tinieblas que lleva un carbunclo en la frente, y que recibe el nombre de carbunclo en esa «tradición apócrifa», reciente y poco digna de ser creída a la que hacen referencia los textos auriseculares. Pero me parece que con los aportados será bastante para certificar la identidad del animal tenebroso gongorino que tantas hipótesis ha provocado (Arellano, 2014, p. 230).

2Mi intención no era trazar una historia del misterioso animal ni estudiar sus usos simbólicos en toda clase de textos, sino, más modestamente, identificarlo en el texto gongorino, sin proceder tampoco al comentario de las técnicas expresivas, usos metafóricos o alusiones conceptistas en general que sustentan ese pasaje o las enteras Soledades.

  • 2 El erudito trabajo de Méndez tiene una especie de inexplicable renuencia —más o menos explícita— a (...)

3La tarea de acumular un copioso repertorio con mucha más documentación la ha abordado Sigmund Méndez (2015) en un artículo de cerca de 100 páginas al que solo pudiera acusarse de acabar sembrando cierta confusión, planteando al parecer (aunque no de manera totalmente nítida) algunas dudas sobre el animal gongorino, que aparece inserto en una abundancia de textos y comentarios indiscriminados sobre distintos valores metafóricos, simbolismos religiosos y tradiciones varias (unas pertinentes, otras no) hasta difuminarse en el conjunto2, de manera que, a vueltas de tantos datos a mi juicio impertinentes y complejas referencias zigzagueantes, el lector puede desorientarse sobre la identificación del animal tenebroso, identificación que el mismo Méndez califica de concluyente en el comienzo de su trabajo, pero que plantea algunas dudas en otros pasajes de su argumentación.

4Convendría, pues, quizá, señalar algunas precisiones complementarias al respecto. La primera es que una cosa es ilustrar y enriquecer el tema —tanto de la piedra carbunclo como del animal carbunclo— aduciendo textos relevantes que pueden contribuir a trazar la historia literaria del motivo, y otra cosa es mezclar todos los materiales en una masa confusa como si todos fueran relevantes para el concreto objetivo de la identificación del animal de las Soledades. La historia lapidaria del carbunclo en numerosos repertorios tiene poco que ver con el problema de la identificación y no conviene mezclar ambas cuestiones.

5Por tanto, replantear la pesquisa desde fuentes antiguas y medievales —dedicando decenas de páginas a revisar “lo que no se encuentra” en esas fuentes a propósito del pasaje de Góngora— añade una potente carga erudita impertinente, y no ofrece mucha rentabilidad en el contexto gongorino, porque parece obvio que la expansión del motivo se relaciona con el Nuevo Mundo, y que no se halla en los repertorios clásicos, aunque abunden piedras y animales más o menos tenebrosos en ellos. Escribe Méndez con razón:

Emprender la pesquisa del «carbunclo» en el medio ibérico medieval es sinuosa y casi desesperada, dada la ausencia de bestiarios españoles y portugueses que allanen la búsqueda (p. 471).

6Sin embargo, acto seguido sugiere «otro posible candidato» del Lapidario de Alfonso X (la piedra catu, que se desecha luego como solución creíble, p. 471). En realidad, si no me equivoco, toda indagación en fuentes clásicas está condenada al fracaso si lo que se busca es el animal, cuyo origen, según sostengo a tenor de los datos conocidos, es efectivamente indiano, como Méndez acepta en ocasiones (p. 478), para añadir enseguida aparentes reparos:

Estas primeras apariciones no dieron sin embargo lugar a menciones asiduas ni muy notorias en los años siguientes. Los posteriores ejemplos documentados por Arellano se comprueban laterales y problemáticos (p. 479).

Según lo visto, el «descubrimiento» de la criatura se dio en uno de los muchos capítulos de la exploración de las tierras americanas, pero su continuidad imaginaria pudo darse sin dificultad desprendida de aquella experiencia (p. 482).

  • 3 Sin embargo en una coda de mi artículo recojo muchos testimonios de la difusión posterior hasta la (...)

7Digo que los reparos son aparentes, porque la calificación de laterales y problemáticos para textos como el de Diego Hurtado de Mendoza y otros que aduzco no se refieren a su falta de fiabilidad —como la redacción parece sugerir—, sino a su escasa difusión —lo cual no hace al caso de su valor testimonial—, y a la hipotética laguna de la continuidad imaginaria3, que tampoco es relevante a los efectos que nos importan ahora.

8Por otro lado, que ciertos comentaristas lo desechen como fábula sin fundamento (ya dice el texto de Góngora «tradición apócrifa») no importa para la identificación del animal: sea fabuloso (como lo es, claro) o viva en el mundo zoológico real da lo mismo para averiguar a qué especie se refiere Góngora. Lo mismo cabe decir sobre los impedimentos que han justificado en la historia crítica las dificultades para localizar este animal tenebroso. Cierto es que:

Los impedimentos son notorios y justificados. En primer término, el modo alusivo y elusivo del poeta, que echa mano de escasos rasgos caracterizadores de un animal particular y evade de hecho nombrarlo, pues la palabra «carbunclo» en el verso 82 es solo una mención indirecta que en realidad nombra otra cosa. En segundo lugar, la supuesta criatura que habría de recibir, por un equívoco originario, esa designación no supone ni con mucho una materia común ni de claros contornos en el acervo documental de la época. No lo fue al menos para la mayor parte de los tratadistas enciclopédicos o doctos naturalistas, y es casi inútil buscarlo en las obras al uso. Si es por entero desconocida en los libros antiguos y medievales, si no la clasificaron Wotton, Gessner ni —en rigor— Aldrovandi, no es extraño que no haya hecho referencia zoológica alguna Gaspar de Morales, ni que omitieran al animal Vélez de Arciniega o Gerónimo Cortés, ni que décadas más tarde, y pese al cierto material disponible para ello, dejara de moralizar a tal propósito Andrés de Valdecebro (Méndez, 2015, p. 455).

9De acuerdo; pero tales impedimentos no afectan al hecho de que es el animal carbunclo el que debemos leer en el texto de don Luis. La técnica alusiva y elusiva o la falta de noticias no permite aceptar como soluciones las propuestas erradas (solo las excusa) por numerosos comentaristas y estudiosos ni poner en duda la identificación. Esta duda se sugiere precisamente en las conclusiones de Méndez, que introducen sutilmente una desviación capciosa de la perspectiva: pues las meticulosas observaciones sobre el pasaje, sus rasgos de ingenio, sus hipálages, etc., que para Méndez dan pie a cierta ambigüedad, no afectan en absoluto a la identificación del animal; interesan, quizá, para el análisis de la técnica del poeta, para la comprensión de la estructura metafórica y la organización ingeniosa… pero no para reconocer a la bestia.

10Que Góngora evoque solo unos pocos rasgos —de entre los numerosos que definen al carbunclo en los restantes textos en que aparece— para nada estorba su identificación, como se sugiere. ¿Por qué se le va a exigir que mencione la veintena de rasgos que selecciona Méndez de su corpus textual? No es, pues, pertinente un argumento como el siguiente:

Todos estos elementos, vinculados, disímbolos o francamente contradictorios componen un conjunto difuso y proteico que, con buena probabilidad, supera lo que un receptor aislado de inicios del siglo xvii pudo conocer, por lo que su reunión otorga un aceptable margen de maniobra para indagaciones individuales. Con base en esos datos acumulados, puede mirarse de nuevo el pasaje correspondiente de la Soledad primera. Como principio, pueden destacarse las escasas coincidencias entre la varia información arriba enlistada y la que este nos proporciona. Pues de entre esa veintena de características solo concuerdan con el texto de Góngora tres datos innegables (Méndez, 2015, p. 510).

Dos características indiscutibles del «carbunclo», otra más cuya cualidad no se precisa del todo, y una última que es más visible en la redacción inicial no constituyen índices demasiado claros y contundentes para una identificación inequívoca; por lo tanto, hay razonable lugar para la anfibología y las dudas de los comentaristas (Méndez, 2015, p. 512).

11No alcanzo a ver la lógica de semejante razonamiento. Tanto valdría decir que no es clara la identificación de un león porque se mencionen solo las garras y la melena y no otras características zoológicas, o que no se puede identificar cuál es el ave que mira de frente al sol, porque no se mencione la envergadura de sus alas… Tres datos o dos o uno… basta que no haya dudas al respecto.

12Pero añadiré sobre estas cuestiones un par de textos más que he anotado al azar (ese azar imprevisible) de las lecturas. Vuelvo a citar un pasaje de mi trabajo anterior:

en el Siglo de Oro, que es lo que ahora más importa, el animal está bastante bien precisado en una serie de textos que a mi juicio arrancan de los relatos y crónicas del Nuevo Mundo. Se trataría de una «tradición apócrifa» —desconocida para el mundo antiguo y medieval—, situada en el marco de las «maravillas de las Indias», como confirma de manera indirecta la posterior expansión del motivo, predominantemente —aunque no de modo exclusivo— en zonas americanas. Si estoy en lo cierto, la relativa novedad del motivo explica que los eruditos comentaristas de Góngora todavía no tuvieran noticia de él, ya que se habría difundido de manera algo aleatoria, y en esa difusión no habría llegado todavía a conocimiento de los Díaz de Rivas, Pellicer, Salcedo Coronel, etc. (Arellano, 2014, p. 213)

  • 4 Se sugiere por tanto que para ellos no estaba claro el asunto, ya que no citan a este animal. Pero (...)

13Méndez introduce una nueva fuente de duda (relativa) al sugerir que la identificación propuesta del carbunclo no es del todo irrefutable, ya que los comentaristas no lo explicitan y «es casi seguro que no lo desconocían»4 y además —afirma— no parece probable que Góngora conociera lo que desconocían estos eruditos:

  • 5 Fuera más o menos vasta la erudición de Góngora, nada obsta para que pudiera conocer un detalle que (...)
  • 6 Otro juicio apresurado de Méndez: la cuestión aquí es si la información disponible permitía entende (...)

Ninguno de aquellos explicita que se le llamara «carbunclo», pero es casi seguro que no lo desconocían; en cualquier caso, el detalle es irrelevante, porque si se asume que lo ignoraban no hay ningún elemento en la Soledad primera para suponer que el conocimiento del poeta sobre la cuestión fuera más vasto5 (ni siquiera la piedra, como tal, es nombrada por él). No parece demasiado probable que Góngora conociera los olvidados poemas de Hurtado de Mendoza o Fonseca; mucho menos se antoja imaginarlo como ávido lector de crónicas de Indias o tratados devotos, por lo que parece probable que lo poco que llegó a saber del «carbunclo» le hubiera sido transmitido de oídas. Por todo ello, cabe afirmar que se trataba de una «noticia curiosa» sabida de modo suficiente en aquellos años, sin duda de índole esquiva y contradictoria y, sobre todo, de escaso prestigio y por tal razón preferentemente «sobreentendida»; sin poderse invocar a «graves autores» que la avalaran, poco valía la pena abundar sobre ella en un comentario serio sobre un serio poeta6 (Méndez, 2015, p. 517).

14El pasaje que acabo de citar ofrece unas cuantas afirmaciones —cuando no invenciones gratuitas— poco demostrables y en todo caso impertinentes para nuestro asunto, pero que pueden desviar el enfoque preciso del animal en conclusiones arbitrarias. Me parece claro que, contra lo que dice el erudito estudioso, los comentaristas gongorinos sí desconocían este animal, como lo demuestran sus comentarios; y que Góngora conociera los poemas de Hurtado o Fonseca, o que fuera lector ávido de crónicas, o que le llegaran noticias del carbunclo de oídas, da lo mismo. Si Fonseca o Hurtado y otros muchos conocían al animal ¿por qué no lo iba a conocer Góngora? Que lo ignorasen los comentaristas tiene sentido, pues siendo tan eruditos y enciclopédicos buscarían en los repertorios prestigiosos de los clásicos una documentación que no podían encontrar en ellos.

  • 7 Salazar Mardones en cambio sí da abundantes noticias de esta región y sus esmeraldas: todo apunta a (...)

15En apoyo de esta inferencia hay alguna otra pista que quizá fuera productivo perseguir. En la Fábula de Píramo y Tisbe, escribe Góngora: «Pródigo desató el hierro / —si crüel— un largo flujo / de rubíes de Ceilán / sobre esmeraldas de Muso» (vv. 465-468). Y Pellicer (Lecciones solemnes, col. 824) no sabe dónde está esa región (sin duda la busca en Plinio, Diodoro Sículo o Claudio Eliano)7:

Esta región de Muso, confieso ingenuamente que ignoro dónde sea, aunque lo he buscado cuidadoso, y acaso será para otro fácil. El que lo supiere me lo advierta.

  • 8 Antonio de León Pinelo comenta esta ignorancia de Pellicer y la anotación de Salazar Mardones. Ver (...)

16Pues bien, Góngora lo sabía y muchos con noticias de las cosas de Indias también sabían de la producción de esmeraldas del valle de los muzos o musos en Nueva Granada (actual Colombia)8. Lo mismo sin duda sucedió con el carbunclo.

17Sea como fuere lo que me interesa en esta mínima adenda es añadir algún otro testimonio nuevo que evidencia que algún lector del Siglo de Oro comprendió perfectamente el texto de Góngora, supo cuál era el animal, y significativamente, situó el contexto de lectura del motivo precisamente en las Indias.

18Me limitaré a tres textos de interés creciente para el pasaje de la Soledad. El primero, en el que me hizo reparar mi colega y amigo Andrés Eichmann, pertenece a fray Alonso Ramos Gavilán en la Historia del santuario de Nuestra Señora de Copacabana (1621), quien al tratar de la etimología de Titicaca (libro I, cap. xiii) la relaciona con la lengua aimara, donde titi, dice, «es lo mismo que gato montés». Titicaca significaría ‘la peña del gato montés’, según una leyenda de los indios que vieron en tiempos pasados un gato resplandeciente en lo alto de una roca; para el buen fraile ese animal ofrece dos posibilidades de lectura: que fuese el mismo demonio en forma de gato, o que fuese

  • 9 Ramos Gavilán, Historia del santuario de Nuestra Señora de Copacabana, p. 90.

el animal que llamamos carbunclo, porque en este reino hay gran noticia de ellos, y en la ciudad de Guánuco oí decir a muchas personas fidedignas haberlos visto de noche, y que guiados de su resplandor habían ido en su seguimiento, hallándose burlados después, porque este animal tiene tal instinto que con una cortina o funda vellosa que le dio naturaleza cubre la piedra cuando siente que por ella van en su seguimiento y alcance. Tiénese por muy sin duda haber tenido el Inga algunas destas piedras, en particular una muy grande que llamaban intíptoca, que es lo mismo que cosa escupida del sol.9

19Repárese en que pondera la gran noticia que hay en ese reino del Nuevo Mundo de los carbunclos animales.

20El segundo es del Tratado del carbunco de don Juan de Quiñones (1634), más interesante, porque al comentar el animal que tiene el carbunclo en la frente aduce precisamente el poema de Góngora:

tiénelo por fábula Maximiliano Sandeo, y primero que él lo dijo Luis de Alcázar con estas palabras: «Hase publicado un error del vulgo, que fácilmente da crédito a todo, que aquella piedra llamada carbunclo arroja de sí resplandor tan grande que parece una antorcha encendida y que nade en la frente de un animal […] dicen que Plinio dejó escrito ser este animal el lobo y engáñanse porque no tiene tal piedra en la frente […]». Y sintiendo ser tradición apócrifa aquel Píndaro cordobés, don Luis de Góngora, cantando allá en su soledad, dijo [cita el pasaje] y don Joseph Pellicer […] dice en este lugar que este animal es el lobo, según se dice, y que algunos lo tienen por fabuloso, y yo digo que todos, porque Plinio no dijo tal ni hay autor que tal diga (fols. 7v-8v).

21No da el nombre del animal, pero quien sí lo recoge (y es mi tercer y más importante texto) es Antonio de León Pinelo en El Paraíso en el Nuevo Mundo (escrito entre 1643 y 1647), en otro pasaje de comentario del poema gongorino que inserta en su repaso de las maravillas de las Indias, en la sección de piedras preciosas.

  • 10 En realidad este pasaje de Pinelo basta para identificar al animal. Todo lo demás: transmisión del (...)

22Para Pinelo, como se verá, no hay duda de a qué animal alude Góngora: su lectura del pasaje de la Soledad primera es directa, descomplicada y sin dudas en lo que al animal se refiere10 y en la correspondencia con el ámbito indiano de su principal difusión. Para Pinelo Góngora alude en el poema la «opinión vulgar» sobre el carbunclo. Y no deja de ser significativo que Pinelo, al tratar de las piedras preciosas y llegar al carbunclo, recuerde inmediatamente el poema de Góngora.

23Basta dar la palabra al historiador, especialista en asuntos indianos, compilador de las leyes de Indias, oidor de la Casa de Contratación y Cronista mayor de Indias, entre otros cargos, además de gongorista de ocasión:

  • 11 Es lo que dice Quiñones en la dedicatoria de su tratado, que le movió a escribirlo el caso de haber (...)

Remate este capítulo la más preciosa piedra, que es el carbunclo. No ignoro que este nombre dan los lapidarios y los que escriben de piedras al rubí grande y que llega a cierto peso, del cual dicen por encarecimiento que entre las tinieblas despide rayos de luz. Pero aquí no trato de estos carbunclos, sino de otros que se entiende los crían ciertos animales, de que juntó mucho el doctor don Juan de Quiñones, del hábito de Santiago, alcalde de casa y corte, en un curioso tratado que escribió de esta piedra. A que le dio motivo11 lo que sucedió o se inventó en Vizcaya, de haberse visto y hallado una piedra que pareció era carbunclo y de animal que la traía en la frente, porque en el lugar de su invención había pelos gruesos y despojos que lo indiciaron. Si bien la piedra, si es que la hubo, de una en otra mano se ocultó de modo que no bastaron diligencias que llegaron a tormentos para descubrirla, con haber ido a solo ello ministros graves desta corte. Que haya carbunclo que tenga este origen el vulgo lo afirma, la causa y el suceso de Vizcaya lo supone; don Juan de Quiñones lo contradice. Don Luis de Góngora, siguiendo la opinión vulgar, dijo [cita del pasaje de la Soledad primera]. Su comentador primero, don Josef Pellicer de Tovar, dice que este animal es el lobo, aunque no lo autoriza. El segundo, que es don García Coronel, del hábito de Santiago, cuya erudición venero y estimo, no aprueba en don Luis el haber seguido esta vulgaridad, ni halla fundamento para ella, aunque trae las piedras que crían los dragones en la cabeza de que hacen mención Plinio y Solino. Por ahora no disputo a la verdad deste animal, que el padre Alcázar tiene por tradición apócrifa, pero a tres autores de tan conocidas letras añadiré lo que omitieron. Y que esta opinión que tiene el vulgo de que el carbunclo le trae un animal en la frente vino de las Indias Occidentales y no en otra parte se halla, de que traeré dos testigos que lo dicen expresamente. Gonzalo Fernández de Oviedo, haciendo relación del viaje que a las Molucas hizo el comendador de San Juan, Fr. García de Loaisa, el año de 1526 y de lo que le sucedió y vio en el estrecho de Magallanes, por donde entró y salió a la Mar del Sur, hablando de don Juan de Areizaga, clérigo que fue con el comendador y aportó a Nueva España, dice estas palabras: «Decía este clérigo que estando en este puerto (que era el de San Jorge, dentro del estrecho) se vieron dos animales en tierra de noche, los cuales decían que eran carbunclos, cuyas piedras alumbraban como sendas candelas resplandecientes […]. De esta noticia que ha cien años que salió impresa corrió por España la fama de que el carbunco era piedra que un animal traía en la frente, sin que haya tenido ni pueda tener otro origen. [Copia y comenta luego el texto de Barco Centenera.] No afirmo lo que de este animal refiero por indubitable… (El Paraíso en el Nuevo Mundo, II, pp. 294-297)

24Quédese aquí esta apostilla mínima que confirma tanto la identificación del animal tenebroso como el ámbito de expansión, y que explica (creo) los problemas que algunos eruditos tuvieron para aclarar este detalle del pasaje.

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Bibliografía

Arellano, Ignacio, «Un pasaje oscuro de Góngora aclarado: el animal tenebroso de la Soledad primera (vv. 64-83)», Criticón, 120-121, 2014, pp. 201-233.

Arellano, Ignacio, http://jardindelosclasicos.blogspot.com.es/2014/08/un-misterio-de-gongora-aclarado-el.html

León Pinelo, Antonio de, El Paraíso en el Nuevo Mundo, ed. Raúl Porras Barrenechea, Lima, Imprenta Torres Aguirre, 1943.

Méndez, Sigmund, «Apostillas sobre la leyenda del “carbunclo” y el símil obscuro de la Soledad I, 64-83», Etiópicas, 11, 2015, pp. 452-539.

Pellicer, Josef, Lecciones solemnes a las obras de don Luis de Góngora, Madrid, Imprenta del Reino, 1630.

Quiñones, Juan, Tratado del carbunco, Madrid, Viuda de Juan González, 1634.

Ramos Gavilán, Alonso, Historia del santuario de Nuestra Señora de Copacabana, ed. Ignacio Prado Pastor, Lima, P. L. Villanueva, 1988.

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Notas

1 Arellano, 2014. No voy a repetir aquí datos y textos. Remito a este artículo para más informaciones.

2 El erudito trabajo de Méndez tiene una especie de inexplicable renuencia —más o menos explícita— a aceptar lo que no hay más remedio que aceptar a juzgar por los abrumadores testimonios que identifican al animal gongorino como el tal carbunclo. Su artículo responde mejor a la primera parte del título que a la segunda. Podía haber analizado la leyenda del carbunclo, las técnicas gongorinas y muchas otras cosas dejando clara desde el principio la identificación indiscutible del animal y su trabajo hubiera ganado en eficacia y nitidez.

3 Sin embargo en una coda de mi artículo recojo muchos testimonios de la difusión posterior hasta la actualidad —la mayoría en internet—, y es significativo el predominio de los ámbitos americanos para la extensión del motivo (a veces muy alterado, pero reconocible).

4 Se sugiere por tanto que para ellos no estaba claro el asunto, ya que no citan a este animal. Pero el argumento de Méndez es inaceptable: es evidente que los comentaristas no conocen al carbunclo; es inverosímil que ofrezcan otras soluciones tentativas o mentirosas —como alguno hace— para salir del paso, y que eludieran mencionar este carbunclo, caso de conocerlo, aunque pensaran que era dudosa su identificación (que no lo es, por cierto).

5 Fuera más o menos vasta la erudición de Góngora, nada obsta para que pudiera conocer un detalle que los comentaristas ignoraban. El vulgo, por ejemplo, parece que conocía esta fábula del carbunclo mejor que algunos eruditos. No veo ninguna dificultad en suponer en Góngora este y otros muchos conocimientos, sin necesidad de reducirlos («lo poco que llegó a saber del “carbunclo”», asegura Méndez, p. 517: ¿cómo sabe Méndez si sabía mucho o poco Góngora, y qué tanto tenía que saber para usarlo metafóricamente en las Soledades?).

6 Otro juicio apresurado de Méndez: la cuestión aquí es si la información disponible permitía entender bien la alusión del poeta. Que esa información viniera o no de «graves autores» no importa en este caso concreto. Si los comentaristas no explican el animal es porque no lo saben: uno acude al lobo, otro se burla del anterior, los modernos exegetas acuden al dragón, a la Osa mayor…

7 Salazar Mardones en cambio sí da abundantes noticias de esta región y sus esmeraldas: todo apunta a que las cosas de Indias se van conociendo de manera más o menos irregular; no tienen una tradición de alta cultura capaz de hacer que los eruditos se sientan concernidos sistemáticamente.

8 Antonio de León Pinelo comenta esta ignorancia de Pellicer y la anotación de Salazar Mardones. Ver infra para un comentario crucial de León Pinelo sobre las Soledades.

9 Ramos Gavilán, Historia del santuario de Nuestra Señora de Copacabana, p. 90.

10 En realidad este pasaje de Pinelo basta para identificar al animal. Todo lo demás: transmisión del motivo, confusiones, usos metafóricos en tratados místicos y teológicos, complejidad del tratamiento poético gongorino… son asuntos diferentes al sencillo objetivo de saber qué animal es este tan ignorado mucho tiempo… entre otras cosas por no haber leído a Pinelo…

11 Es lo que dice Quiñones en la dedicatoria de su tratado, que le movió a escribirlo el caso de haberse hallado uno junto a Santander, cuya averiguación se encargó a don Sebastián de Carvajal, alcalde de casa y corte, etc.; cfr. también fol. 5r.

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Para citar este artículo

Referencia en papel

Ignacio Arellano, «Más sobre el animal tenebroso de Góngora (Soledad I, vv. 64-83). Adenda mínima»Criticón, 130 | 2017, 5-13.

Referencia electrónica

Ignacio Arellano, «Más sobre el animal tenebroso de Góngora (Soledad I, vv. 64-83). Adenda mínima»Criticón [En línea], 130 | 2017, Publicado el 10 junio 2017, consultado el 17 septiembre 2026. URL: http://journals.openedition.org/criticon/3415; DOI: https://doi.org/10.4000/criticon.3415

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Autor

Ignacio Arellano

Ignacio Arellano es catedrático de literatura en la Universidad de Navarra, fundador y director del Grupo de Investigación Siglo de Oro de la misma universidad. Ha sido profesor visitante e invitado en distintas universidades, entre ellas la de Toulouse-Le Mirail. Autor de numerosos estudios y ediciones principalmente de autores del Siglo de Oro. Dirige también las revistas La Perinola. Revista de investigación quevediana y Anuario calderoniano. iarellano@unav.es

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