Dewey John, (1938/2022), Lógica: La Teoría de la Investigación, traducción de Ángel Manuel Faerna, Zaragoza, Prensas de la Universidad de Zaragoza.
Una herramienta para pensar nuestro tiempo
Full text
1Pocas dudas hay hoy en día sobre la importancia de contar con buenas traducciones y ediciones de textos filosóficos relevantes. Más si se trata de textos clásicos, y más aún cuando las propuestas filosóficas que contienen no manifiestan el punto de vista hegemónico sobre el tema en cuestión.
2Estas son, precisamente, las circunstancias que acompañan a la reciente traducción al español realizada por Ángel Manuel Faerna de Lógica: La Teoría de la Investigación de John Dewey. No es la primera traducción de esta obra, pues en 1950 se publicó otra debida a Eugenio Imaz. Sin embargo, la actual es la primera traducción de calidad de la monumental obra de Dewey. Lo es, en primer lugar, por el cuidado combinado que Faerna aplica al lenguaje y al contenido del texto. Una tarea trabajosa por la dificultad técnica que, sin duda, entraña verter todos los detalles y precisiones que Dewey despliega en este escrito. A la pura tarea de traducción, Ángel Faerna ha añadido en el sumario del comienzo de la obra una oportuna sinopsis de los capítulos. De este modo, se anuncia mínimamente el contenido de cada uno de ellos y se facilita la lectura. La edición se completa con un afinado estudio introductorio y un conjunto de notas del traductor extremadamente valiosas por su función aclaratoria. Estas dos últimas aportaciones de Ángel Faerna (uno de los más destacados estudiosos de la filosofía de Dewey) constituyen una provechosa guía para adentrarse en la rica reflexión sobre la lógica, y demás temas anexos, realizada por el pensador estadounidense.
3Además de su valor intrínseco, la traducción tiene un enorme valor para el contexto filosófico actual y ello por varias razones. La más inmediata es que Dewey aparece continuamente citado por parte de algunos de los pensadores que han desarrollado el giro pragmático de la filosofía durante las últimas décadas. Pienso, concretamente, en todos aquéllos que se agrupan bajo el rótulo del neopragmatismo, una corriente de pensamiento que ocupa un lugar protagonista en los debates filosóficos actuales. Pero, como es habitual en filosofía, los neopragmatistas no reproducen tal cual el pensamiento de Dewey, sino que recurren a algunas ideas o reflexiones de ese pensandor para elaborar sus propias teorías, de modo que, cada uno ofrece una determinada interpretación de Dewey. A este respecto, es notable cómo, en el extenso debate filosófico que mantuvieron R. Rorty e H. Putnam a lo largo de sus obras, siempre acudían a Dewey como apoyo para sostener sus tesis, incluso las que eran incompatibles. Esto indica la vitalidad de la filosofía deweiana como caja de herramientas a la que acudir para abordar preocupaciones actuales. En esa medida, puede ser un buen motivo para estudiar directamente a Dewey y conocer de primera mano su pensamiento.
4Pero, al margen de su concreta recepción en el neopragmatismo, la razón principal para estudiar hoy la filosofía de Dewey reside en que su perspectiva general, su espíritu, tiene plena vigencia, especialmente, en los campos de la filosofía de la ciencia, de la epistemología y, en último término, de la teoría de la racionalidad. Probablemente uno de los escritos de Dewey en el que mejor se percibe esto es la Lógica, que es considerado por los especialistas como el que mejor condensa el pensamiento del estadounidense.
5Pero, ¿cómo un libro con ese título es tan relevante para unos campos filosóficos entre los que no se incluye el de la lógica? La respuesta está claramente expuesta tanto en la “Introducción” de A. Faerna, como en la del propio Dewey. En ambas se indica cómo, a propósito de los temas de lógica “pura” recogidos en la tercera parte del libro, Dewey se aparta del enfoque instaurado por Gottlob Frege y Bertrand Russell. La nueva lógica que inauguraron, y que acabó siendo hegemónica, era simbólica, formal y prescriptiva. Una doctrina del “deber ser” deducida a partir de principios necesarios y no a partir de las prácticas inferenciales que realizan de facto los seres humanos, incluidos los miembros de las comunidades científicas. Desde un punto de vista epistemológico, semejante concepción de la lógica la situó como un conocimiento a priori y previo a cualquier otro, pues quienes la entendieron así sostenían que cualquier investigación necesita la lógica para ser considerada, precisamente, como investigación.
6Dewey, en cambio, ofrece una concepción de la lógica y de su estatuto epistemológico completamente diferente. Señala a Ch. S. Peirce como su fuente de inspiración para sostener la idea clave de que la lógica es empírica. Como señala Dewey en su “Introducción”:
La teoría, resumidamente, es que todas las formas lógicas (con sus propiedades características) surgen en la operación de investigar y se ocupan de controlar la investigación para que esta pueda producir aserciones garantizadas. (Dewey 1938/2022: 66)
7Así pues, no es una actividad ni especulativa, ni a priori, sino empírica en el sentido de que los principios lógicos se originan en el proceso continuo de investigación real; es decir, derivan del examen de los métodos usados durante una investigación atendiendo a su conexión con el tipo de conclusión que han producido. Por esto último, no son premisas de las inferencias o argumentos, sino condiciones que están entrañadas en la prosecución exitosa de la investigación. Y por este vínculo de integración con el éxito del proceso de investigación, los principios lógicos de una investigación exitosa se adoptan para regular la investigación posterior: “son operacionalmente a priori respecto de la investigación ulterior.” (Ibid.: 77).
8Pero con todo, antes de la última afirmación citada, Dewey toma la precaución de matizar que los principios lógicos se adoptan “mientras no se encuentre una base clara para cuestionarlos.” De modo que, la validez de los principios lógicos tiene la contingencia propia de todo lo empírico.
9Así pues, en esta original perspectiva que aporta Dewey opera, pues, la idea de que las formas lógicas no son otra cosa que las inferencias realizadas por los seres humanos en sus interacciones mutuas y con el entorno. Esto, que tan opuesto es a la lógica formal al uso, es bastante similar a la idea que anima a la actual teoría de la argumentación iniciada, entre otros, por Stephen Toulmin dos décadas más tarde de la publicación del texto de Dewey. Es decir, que quizá este libro de Dewey, además de poco ortodoxo en su momento, también puede resultar pionero y de interés para la teoría en la argumentación en boga.
10Pero hay conexiones más claras todavía entre la Lógica, la filosofía de la ciencia y la epistemología (o teoría del conocimiento) actuales. En estos campos, la reflexión de Dewey ofrece una mirada sobre nociones tan centrales en la Filosofía de la ciencia como la de método y su relación con la inducción y la deducción; la de causalidad en relación con las leyes científicas; o la de experimento. También se ocupa seriamente de cuestiones centrales en Epistemología, como conocimiento, creencia, investigación, verdad o racionalidad. En ambos campos Dewey aporta unas perspectivas que ya fueron protagonistas en los debates filosóficos del siglo XX, como su antipositivismo en Filosofía de la ciencia y su falibilismo en Epistemología. Además, Dewey fue uno de los primeros filósofos en elaborar una concepción pragmática y dinámica del conocimiento, una tendencia que fue adquiriendo protagonismo a lo largo del siglo XX (con autores tan distintos como K. Popper, Th. S. Kuhn, el llamado segundo Wittgenstein o J. Ortega y Gasset) y continúa hoy en día.
11En un primer momento, resulta llamativo que en este libro se combine la heterodoxia de Dewey en lo que atañe a la Lógica con su ortodoxia a propósito de Filosofía de la ciencia y Epistemología. Pero este desajuste es menos un problema de Dewey que de los sostenedores de la noción puramente formal de la Lógica. De hecho, Dewey expone la profunda y congruente conexión que existe entre esas áreas filosóficas.
12En efecto, si antes he destacado que su teoría lógica es al mismo tiempo una teoría de la investigación centrada en la metodología, ahora hay que resaltar que Dewey entiende el término abstracto “conocimiento” como un nombre que designa el resultado de investigaciones competentes y controladas (Dewey 1938/2022: 71). Conocer, pues, equivale a investigar, que es un proceso continuo desarrollado por la especie humana y cuyos fundamentos son, a un tiempo, biológicos y culturales. Es decir, su marco interpretativo es un naturalismo cultural que incide en las condiciones contingentes desde las que los colectivos humanos piensan. Un factor clave aquí es el lenguaje, que no es entendido al modo clásico como medio por el que el sujeto de conocimiento representa el objeto, sino como dotación orgánica, esto es, como una capacidad de simbolizar y significar que está inextricablemente tejida con nuestras prácticas interactivas con el entorno. De manera que no hay cultura sin esa dotación orgánica. Nótese también como esta perspectiva evita el dualismo sujeto/objeto y los enredos filosóficos que provoca. Como se verá a continuación, este no será el único dualismo que deshace. De hecho, este rasgo es distintivo de la filosofía de Dewey y la conecta directamente con una tendencia del pensamiento contemporáneo.
13Pero, ¿cómo integra Dewey la perspectiva naturalista cultural con la idea de investigación totalmente identificada con la metodología? A través del postulado de la continuidad de las actividades menos complejas y las más complejas, y de la noción de hábito de acción como base del aprendizaje orgánico (ibid.: 89 y ss.). No es este el lugar para exponer las muy técnicas nociones que maneja Dewey (como las mencionadas de continuidad o de hábito), baste para los propósitos de este escrito destacar que el pensador estadounidense argumenta la continuidad entre el comportamiento animal, el comportamiento humano cotidiano y el comportamiento lógico, es decir, el que se ejerce en la investigación. Concibe esta última como sumamente variada debido a los diferentes problemas de que se ocupa. De manera que, las diferencias en la actividad de investigar se deben a la diversidad de materias a que se aplica, a la consiguiente diversidad de técnicas específicas empleadas y demás factores involucrados en cada caso. Así, Dewey rompe con la escisión entre investigación científico-natural e investigación social, pero para ello no postula ningún tipo de monismo metodológico, como sí hizo por estas mismas fechas K. R. Popper en su primera obra célebre: La lógica de la investigación científica. En ella ofreció una diferente concepción dinámica, falibilista y naturalista del conocimiento como investigación científica.
14Sin embargo, el pluralismo metodológico y lógico que exhibe Dewey se combina con la idea de que la investigación tiene una estructura o patrón común. De ello se ocupa en el capítulo 6. Es también ahí donde, entre otras muchas cosas, se ve la tarea que asigna a la filosofía en relación con la investigación. Se trata de una tarea epistemológica que (como ocurría con la cara lógica de la actividad) no instituye un deber ser metodológico, sino que saca a la luz un patrón común a los hábitos de razonar. El modo de proceder es mediante contraste y comparación de los métodos que han funcionado y los que no, es decir, de los que han arrojado conclusiones que tienen asertabilidad garantizada y los que no (Dewey 1938/2022: 176). Nada que ver, pues, con la búsqueda neopositivista, mediante análisis del lenguaje, de una estructura lógica ideal y perfecta.
15También en este mismo capítulo se ocupa de analizar la diferencia entre investigación de sentido común e investigación científica, la cual reside en sus respectivas materias y no en sus formas y relaciones lógicas básicas (ibid.: 187). Es decir, el patrón común no se reduce al campo de las investigaciones científicas, con lo que se mantiene a raya el peligro de caída en cientificismo.
16Junto a ello, Dewey sostiene que ese patrón común consiste en una transformación controlada de una situación indeterminada en otra determinada. De modo que, el punto de partida de cualquier investigación es una situación indeterminada que se caracteriza por ser incierta y dudosa o, dicho de otro modo, es una situación problemática (ibid.: 180). De nuevo, cabe recordar a Popper, quien también usó la expresión “situación problemática” para señalar el inicio de la investigación y adoptó una perspectiva naturalista conocida como darwinismo epistemológico para explicar su dinámica. Sería interesante comparar los parecidos y diferencias, pero nos conformaremos con destacar que con estos recursos filosóficos ambos autores concretaron propuestas epistemológicas alternativas a la clásica, tan dependiente en este punto de la filosofía de la conciencia. De hecho, Dewey se detiene a precisar que es la situación la que es dudosa y no nosotros. Más aún, todas las nociones tradicionalmente usadas en este campo filosófico (conocimiento, creencia, percepción, razonamiento…) las presenta siempre al margen del ámbito privado de la conciencia. Dewey subraya que son actividades (conocer, creer, percibir, razonar…) socio-culturales integradas con transformaciones físicas de la unidad entorno-organismo.
17Así pues, desde el punto de vista de Dewey, cualquier investigación (y la lógica entretejida) es un conjunto de operaciones que sirve para resolver problemas. Esta es una perspectiva operacional que trae de su mano otra característica destacable del patrón común de la investigación, a saber, que cualquier investigación conlleva un despliegue de medios que están integrados con los fines buscados en cada contexto concreto. Semejante concepción operacional del patrón de la investigación también tiene otra implicación, pues ofrece una imagen instrumentalista de la racionalidad que, dicho sea de paso, supera otro viejo dualismo: el que escindía racionalidad teórica y práctica. Dado que la racionalidad, o razonabilidad, no depende de una supuesta facultad, sino de los métodos de investigación, las prácticas de investigación son lo racional. De modo que, la racionalidad es tan empírica y variada como la investigación, y por las mismas razones (diversidad de materias, de técnicas que se aplican, etc.).
18Así, Dewey se esfuerza en este texto en mostrar que la racionalidad, o razonabilidad, (equivalencia que también estableció Toulmin) es una relación entre medios y consecuencias (ibid.: 73). De suerte que, la actividad humana de investigar (o de resolver problemas) consiste en usar ciertas herramientas (lingüísticas, lógicas) para restablecer con éxito el equilibrio perdido (determinar la situación). Ahora bien, matiza Dewey, el instrumento (la lógica) no preexiste a la actividad, ni viceversa. Se trata de una relación de interdependencia (como todas las de tipo medio-fin) por la que ambos componentes surgen a la vez y de forma coordinada. Precisamente, la sofisticada concepción deweiana de la relación medio-fin aleja su noción de instrumentalismo de la mala comprensión y simplificación que viene sufriendo el término en nuestra tradición filosófica. El instrumentalismo aquí nada tiene que ver con una actividad intelectualmente deficitaria y moralmente sospechosa.
19De nuevo en relación con lo racional, como a propósito de la concepción de la lógica, la explicación es de tipo empirista. Y es lo esperable, puesto que en realidad es la misma actividad contemplada desde distintos ángulos. Sin embargo, a pesar del carácter empírico de los criterios lógicos (que ahora vemos también como criterios de lo razonable o racional) la imagen de la racionalidad que ofrece Dewey no es meramente descriptiva, sino que es también normativa. Como ya he señalado antes, aquí no opera un deber ser a priori que rija la lógica-metodología-investigación-racionalidad. Pero, a esa idea añade la importante precisión (cargada de connotación normativa) de que el examen filosófico muestra “las razones de por qué algunos métodos tienen éxito y otros fallan” (ibid.: 73). Un éxito que, en los términos generales propios del patrón común, consiste en solucionar el problema, determinar la situación antes indeterminada, restablecer el equilibrio perdido con el entorno, reinstaurar la forma de relación interactiva con el entorno (no unas condiciones). Todas estas expresiones son equivalentes y aparecen en la Lógica junto a otra de cariz epistemológico, que es ampliamente examinada y debatida en la filosofía actual: la asertabilidad garantiza de los juicios en los que se expresa una investigación exitosa.
20Que esta categoría esté tan viva en la actualidad no es de extrañar, pues acompaña a la idea (hoy ampliamente compartida en filosofía) de que la racionalidad humana es falible, lo cual obliga a repensar la noción de justificación y, sobre todo, la de verdad como concepto diferente al de justificación. Así, por ejemplo, en los debates contemporáneos sobre desacuerdos y cambios en los sistemas de creencias se acepta como dato incontestable que la posibilidad del error y la duda que genera forman parte de las interacciones racionales. Junto a ello, también está siempre presente la preocupación por cómo la posibilidad del error y la duda afectan a la manera de entender la justificación de un sistema de creencias y la verdad del mismo.
21En la Lógica Dewey no se ocupa por extenso del falibilismo en relación con el papel de la duda y el error, aunque deja muy claro que sigue en este punto a Peirce (ibid.: 72). En cambio, se ocupa más de su reflejo en la noción de verdad. Sus reflexiones a este respecto son tan agudas como el resto de las que componen el libro, pero producen cierta perplejidad y, en ocasiones, confusión.
22Sostiene, por ejemplo, la equivalencia entre creencia, conocimiento y asertabilidad garantiza: “Cuando el conocimiento se toma como un término abstracto general relacionado con la investigación en abstracto, significa ‘asertabilidad garantizada’” (ibid.). Así mismo, señala en la página anterior que es un truismo decir que el fin de la investigación es el logro del conocimiento, o de la verdad.
23A esto añade una reflexión sobre la verdad como un concepto abstracto y generalizado similar al de belleza y bondad. Todos ellos, señala, en tanto que auténticos ideales, “tienen un poder limitador y orientador, pero, para que desempeñen su función genuina, deben tomarse como recordatorios de las condiciones y operaciones concretas que hay que satisfacer en los casos reales. Cuando se emplean así, como instrumentos generalizados, su significado queda ejemplificado en usos posteriores, pero también ese uso los va aclarando y modificando. Por ejemplo, el significado abstracto de ser verdadero, ha cambiado con la evolución de los métodos de investigación experimental.” (Ibid.: 257).
24Y más adelante manifiesta claramente su acuerdo con la noción peirceana de verdad como convergencia en el supuesto ideal del fin de la investigación (ibid.: 442).
25Con todo ello, si conectamos las equivalencias, tenemos que la expresión conocimiento (o creencia) verdadero remite a asertabilidad garantizada en el supuesto ideal del fin de la investigación.
26Pero, entonces, el conocimiento (o las creencias) resultante de la investigación que se ha completado (pero no finalizada en el sentido ideal) equivaldría a asertabilidad garantizada, porque es el resultado de una investigación competente y controlada, pero no podríamos decir que es verdadero porque la investigación en general sigue abierta. Luego, no hay truismo, pues tendríamos conocimiento (o juicios con asertabilidad garantizada), pero no verdad.
27En estas circunstancias afloran viejas preguntas epistemológicas como, por ejemplo, dado que el significado abstracto de verdad cambia al ritmo de los métodos de investigación, ¿podemos decir que el resultado de una investigación es verdadero en un sentido no ideal?, ¿cuál?, ¿es idéntico a asertabilidad garantizada? Si es así, entonces para evitar confusiones ¿no se debería abandonar el uso de verdadero que se sigue empleando en las investigaciones de todo tipo? Si la respuesta es afirmativa, entonces cabe preguntar si tiene algún sentido que la filosofía sostenga algo que va contra los usos habituales de verdad.
28Por otra parte, es posible pensar que el falibilismo de Dewey le hace contar con la posibilidad de que la asertabilidad garantizada que completa una investigación contenga errores todavía no detectados. Esto, a mi juicio, abunda en la necesidad de aclarar si la verdad solo tiene que ver con el final ideal de la investigación, o si también se opera con otra noción de verdad más contingente, cuyo significado es diferente al de ese final ideal. Rorty, por ejemplo, se queda solo con la segunda opción y la explica en el marco de su propuesta etnocéntrica, la cual a primera vista no parece muy compatible con la teoría general que ofrece Dewey.
29Además, las equivalencias de Dewey parecen complicar más el análisis de los casos de controversia o desacuerdo, pues ¿cómo se elige entre sistemas de creencias opuestos pero que gozan de asertabilidad garantizada? ¿Hemos de considerar todas las opciones como verdaderas en algún sentido contingente de verdad, o solo una de ellas? Si concluimos que solo de una cabe afirmar que es conocimiento, que cuenta con auténtica asertabilidad garantizada, ¿qué añade aquí verdad?, ¿no nos devuelve esto a la propuesta de Rorty?
30Quizá una de los frutos que ofrece este libro es que nos proporciona más elementos de reflexión y nuevas razones en favor (o no) de seguir distinguiendo entre verdad y asertabilidad garantizada a propósito de todas nuestras investigaciones, entendidas en el amplio y rico sentido que instituye Dewey.
31A ello ayudará contar con una traducción como la realizada por Ángel Faerna, la cual ofrece garantías, es fiable (aunque decir que es verdadera está fuera de contexto).
References
Electronic reference
Ángeles J. Perona, “Una herramienta para pensar nuestro tiempo”, European Journal of Pragmatism and American Philosophy [Online], XV-1 | 2023, Online since 06 May 2023, connection on 08 October 2026. URL: http://journals.openedition.org/ejpap/3300; DOI: https://doi.org/10.4000/ejpap.3300
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