1A raíz de la Primera Guerra mundial, tanto en Europa como en el continente americano, profundas mutaciones marcaron la llamada cuestión femenina –como se denominaba entonces al conjunto de temas relativos a la condición de las mujeres. En materia de mentalidades y modos de vida, uno de los aspectos más visibles de esos cambios es la reconsideración del papel de las mujeres en estas sociedades y el nuevo protagonismo que reivindicaban en el espacio público (Thébaud F., 1992: 85-144; Nash M., 2004; Pérez Garzón J.S., 2024: 109-165). Esas evoluciones resultaron de dinámicas globales en las que participaron los países latinoamericanos, especialmente desde la nueva etapa de mundialización iniciada en la década de 1860. Gracias al desarrollo de la navegación a vapor y el ferrocarril, integraron más sus economías en los flujos comerciales mundiales y conocieron una fuerte inmigración, estando así en contacto con nuevos modelos culturales. La exportación progresiva del American Way of Life, con sus patrones de ocio y consumo, fue particularmente significativa en países en estrecho contacto con la sociedad estadounidense, como es el caso de Cuba, Puerto Rico o Panamá. Las circulaciones de mujeres militantes y la aparición de nuevas asociaciones acompañaron estas transferencias a nivel continental y facilitaron la estructuración de un feminismo transnacional que permitió el intercambio de experiencias en función de las tradiciones de cada país (Valdivieso M. et al., 2016; Marino K., 2019; Barrancos D., 2020). En este sentido, las conferencias y congresos internacionales de mujeres representan un observatorio privilegiado en la materia, ya que esos foros constituían espacios donde se discutían los aspectos más candentes de la llamada “cuestión femenina” y se confrontaban argumentos, revelándose interacciones a distintas escalas, desde lo local hasta lo continental (Bruno P. et al., 2021).
2Desde la experiencia del Primer Congreso Panamericano de Mujeres en 1922, las mujeres encontraron en el sistema de cooperación interamericana una plataforma donde situar sus debates, en paralelo a asambleas de alcance nacional o específicamente latinoamericanas. Precisamente, en el marco de estos congresos panamericanos de mujeres, uno resulta poco conocido, el Congreso Inter-Americano de Mujeres que tuvo lugar en Panamá con ocasión del centenario del Congreso Anfictiónico de 1826 organizado por Simón Bolívar (excepciones son Marco Serra Y., 2005, Marcilhacy D., 2018: 141-164, y Marino K., 2019).
3Este congreso femenino de 1926 presenta un doble interés, tanto por el conjunto de temas que fueron abordados, desde la educación hasta los derechos políticos e incluso las relaciones internacionales, como por la posición particular de Panamá en el ajedrez interamericano. Joven república, a menudo considerada como puente de las Américas por su centralidad y función de nexo de circulaciones, experimentaba en su propio suelo la convivencia de modelos y tradiciones muy dispares, dada la presencia de numerosas colonias extranjeras llegadas con las obras del canal interoceánico: afrocaribeños, latinoamericanos, europeos, asiáticos… sin olvidar a los numerosos estadounidenses residentes en la Zona del Canal, un microcosmo norteamericano trasplantado bajo esos trópicos centroamericanos. Al invitar a delegaciones de todo el continente, las organizadoras panameñas pretendían demostrar el camino de progreso recorrido por su país desde la independencia de 1903, situándose de lleno en la modernidad occidental. Si la perspectiva general era promover reformas graduales desde un feminismo racionalizado, esta perspectiva de relativo consenso sería trastornada por algunas delegadas panameñas y cubanas proclives a reivindicar valores (geo)políticos emancipadores para una región caribeña considerada por Estados Unidos (EEUU) como su “patio trasero”.
4A partir de un análisis centrado en fuentes archivísticas y hemerográficas en parte inéditas, se tratará de ver cuál fue la especificidad de aquella asamblea feminista que tuvo lugar en ese territorio marcado, a la altura de los años 1920, por un cosmopolitismo conflictivo y una relación ambivalente con el “protector” estadounidense, fuente de inspiración a la vez que de rechazo.
5La estructuración del feminismo latinoamericano de principios del siglo XX se vincula con las mutaciones ocasionadas en el cambio de siglo, favorecidas por fenómenos que ya han sido estudiados como el éxodo rural, la urbanización, los progresos en la educación y el creciente acceso de las mujeres al mercado laboral (para el caso panameño, Pizzurno P., 2016: 27-46). En las últimas décadas del siglo XIX, la mejora de la educación de las niñas y la lucha contra el abrumante analfabetismo femenino se volvieron un asunto público en muchos países de América Latina, lo cual permitió que muchas mujeres no se limitaran a la enseñanza primaria sino que accedieran también a la secundaria. La creación de las escuelas normales, las nuevas oportunidades educativas para las mujeres y su inserción laboral como maestras y enfermeras contribuyeron a alimentar en toda América Latina una serie de reivindicaciones contra las discriminaciones legales y laborales que padecían y a favor de la extensión de sus derechos. Fue en aquellas primeras décadas del siglo XX cuando surgieron a la vez revistas y asociaciones feministas de distintas escalas –local, nacional, transnacional– que desde variadas orientaciones ejercieron de plataformas de movilización y de tribunas para estas reivindicaciones.
6La Primera Guerra mundial constituye un parteaguas en la historia de las mujeres y de los movimientos feministas. El conflicto representó un punto de inflexión decisivo en el proceso de estructuración del feminismo y en las circulaciones de modelos. También condujo a una globalización de las luchas, combinando dos movimientos paralelos, el feminismo y el pacifismo, en reacción a los nacionalismos imperantes (Thébaud F., 1992: 60). La formación de la Liga Internacional de Mujeres por la Paz y la Libertad (Women’s International League for Peace and Freedom) en 1915, a raíz del Congreso de Mujeres contra la Guerra celebrado en La Haya, reflejó una nueva dinámica que condujo a la estructuración de un feminismo a escala mundial (Magallón C. y Blasco S., 2020). Este doble compromiso, con el feminismo y con la paz, dio lugar a las primeras iniciativas destinadas a federar esfuerzos que hasta entonces se habían circunscrito a las fronteras nacionales. Dicha tendencia contribuyó a la formación de un gran número de organizaciones transnacionales y a la celebración de varios congresos internacionales destinados a ofrecer a las mujeres foros y tribunas para debatir sus problemas comunes y elaborar una agenda de reformas que debían aplicarse en los distintos países.
7En América, la dinámica de integración panamericana lanzada en 1889 desde Washington acompañó un paulatino proceso de continentalización de la cuestión femenina: unas mujeres comprometidas en la agenda feminista como la uruguaya Paulina Luisi o la brasileña Bertha Lutz aprovecharon la plataforma que ofrecía el interamericanismo para situar a escala continental sus reivindicaciones (Marino K., 2019: 13-34). Su premisa era, por un lado, la idea de la natural fraternidad entre repúblicas vecinas que compartían un relato fundacional de emancipación y libertad y, por otro, el postulado de una comunidad de destino, definida por los sucesivos proyectos unionistas latinoamericanos y/o panamericanos que recorrieron todo el siglo XIX (Reza G., 2006). En la estructuración de este feminismo transnacional, cabe resaltar el papel de los congresos internacionales de mujeres, cuyo origen se remonta al organizado en París en 1878. Ejemplos famosos son el Primer Congreso Femenino Internacional de la República Argentina, organizado en 1910, o el Congreso Internacional de Mujeres de La Raza, celebrado en México en 1925, dos asambleas a las que acudieron mujeres de países de filiación latina, sin participación estadounidense o británica. A nivel panamericano, además de los congresos dedicados al niño (el primero en Buenos Aires en 1916), los congresos científicos interamericanos que hubo en Santiago (1908), Wáshington (1915) y Lima (1924) ofrecieron un primer espacio para debatir cuestiones que se reputaban de la esfera femenina, en particular en sus secciones de educación y salud, aunque dichas discusiones habían de integrarse en simposios que reunían a una mayoría de hombres y abordaban muchos otros temas. Estas distintas iniciativas reflejaban el debate entonces existente entre las partidarias de un feminismo extensible a todo el continente –EEUU incluidos– y quienes juzgaban, sobre todo desde México, que el marco panamericano era tan asimétrico y reunía tradiciones tan distintas que era ilusorio plantear el debate feminista a esta escala.
- 1 Éstos son: Baltimore, 1922; Lima, 1924; Wáshington, 1925; Panamá, 1926; y La Habana, 1928.
- 2 Brita L. Horner, “The Pan-American Conference of Women”, Hispania, New York, 5/5, nov. 1922, p. 286 (...)
8Como resultado de este proceso global, surgió a partir de la sociedad civil un feminismo que apelaba al panamericanismo para promover una agenda reformista que abarcara el progreso social, el estado de bienestar, la democracia y la solidaridad entre las mujeres del continente a favor de la igualdad de género y la paz mundial (Miller F., 1986; Marino K., 2019: 4-5, 13-39). Señal de una forma de “panamericanización” de los debates sobre la mujer, aparecieron en la década de 1920 los primeros congresos panamericanos especialmente dedicados al tema de la condición femenina, celebrándose cinco con este carácter a lo largo de la década1. El Primer Congreso Panamericano de Mujeres así tuvo lugar en Baltimore en abril de 1922. Organizado por la League of Women Voters estadounidense y presidido por la sufragista estadounidense Carrie Chapman Catt, tenía como objetivo inicial extender al resto del continente el derecho al voto recién conquistado en los EEUU. Las dimensiones de aquel congreso rebasaron todo lo que se había hecho antes. En aquella ocasión, 2000 delegadas de 22 países, repartidas entre delegaciones oficiales y representaciones de las asociaciones femeninas del continente, se reunieron para debatir derechos cívicos y una multitud de temas relacionados con la emancipación de las mujeres del continente2. En aquella reunión la delegación panameña, que representaba el ala liberal moderada del feminismo continental, tuvo un destacado protagonismo que reflejaba el progreso del movimiento feminista en el istmo. En efecto, las vicepresidencias del congreso se repartieron en tres áreas geográficas y le correspondió a la panameña Esther Neira de Calvo (Fig. 1) la representación de América Central y el Caribe, mientras que la mexicana Elena Torres Cuéllar y la brasileña Bertha Lutz obtuvieron las de América del Norte y del Sur.
Fig 1. Esther Neira de Calvo
Esther Neira de Calvo, Congreso Pan-Americano Conmemorativo del de Bolívar. 1826-1926, Panamá, Imprenta Nacional, 1927, p. 352-353.
9Esta posición privilegiada no solo se relacionaba con el perfil de la delegada panameña, una pedagoga formada en Bélgica muy comprometida en la educación femenina, sino también con la identificación de Panamá como un prometedor laboratorio panamericano. En efecto, los discursos de la época aplicados al canal y a la nación interoceánica expresaban un imaginario impregnado de fe en el progreso y de feliz cosmopolitismo, siendo Panamá visto como un lugar de fusión armoniosa entre “latinos” y “anglosajones”, un “crisol de razas” y culturas reunidas en el istmo en torno a los valores de trabajo, higiene y comercio (Porras AE., 2009: 227-236).
- 3 La constitución de esta asociación, así como su composición y objetivos, se describen en “The women (...)
- 4 Véase su conferencia en el Instituto Nacional de Panamá: Esther Neira de Calvo, “El feminismo, triu (...)
10Como resultado práctico, la asamblea de Baltimore dio nacimiento a la Sociedad Panamericana para el Progreso de la Mujer (Pan American Association for the Advancement of Women), una organización cuyo advenimiento ilustraba aquel proceso de continentalización de las cuestiones femeninas3. Mujer de firme convicción feminista4, Neira de Calvo fue nombrada vicepresidenta del nuevo órgano y presidenta de su sección panameña, la Sociedad Nacional para el Progreso de la Mujer, creada en 1923 (Marco Y., 2010; Marco Y. y Alvarado Á., 2024: 23-32 y 94).
11Entre el conjunto de conferencias americanas de mujeres, la que tuvo lugar en Panamá en 1926 reviste un carácter específico, constituyendo una suerte de término medio entre las asambleas de mujeres organizadas en el marco de los congresos científicos panamericanos y los congresos femeninos más estrictamente latinoamericanos, como el Primer Congreso Femenino Internacional de la República Argentina (Buenos Aires, 1910) o el Congreso Internacional de Mujeres de La Raza (México, 1925). En efecto, el que fue bautizado “Congreso Inter-Americano de Mujeres”, celebrado en junio de 1926 en la ciudad de Panamá, recibió el aval de la Unión Panamericana, pero su organización y su programa no fueron subordinados a la agenda de ninguna conferencia panamericana oficial como había sido el caso en 1915 (Wáshington) y 1924 (Lima), beneficiándose por tanto de una gran libertad de tono.
12Pocos estudios se han interesado por este congreso, excepción hecha de los trabajos pioneros de Yolanda Marco (2004), nuestro análisis del centenario de 1926 (Marcilhacy D., 2018: 141-161) y los estudios transnacionales de Katherine Marino (2019: 40-53) y E. Sue Wamsley (2022: 41-46). El caso panameño resulta de particular interés por varios motivos. La situación de las mujeres en el Panamá de la posguerra era paradójica. En muchos aspectos, la legislación nacional –heredada de la Constitución de 1904 y de varias leyes adoptadas por los gobiernos liberales desde 1912– era una de las más igualitarias de su época en América Latina, al autorizar por ejemplo el matrimonio civil y el divorcio. Asimismo, las niñas gozaban de un nivel satisfactorio de escolarización para la época, y el legislador, que deseaba promover una verdadera igualdad salarial entre los sexos, armonizó la escala salarial en la administración pública (Marco Y., 2005, 2010).
13Sin embargo, cuando el gobierno liberal de Belisario Porras introdujo la coeducación en 1919 –por razones más presupuestarias que ideológicas, conviene precisarlo–, las mujeres estuvieron en el centro de la polémica sobre la modernización a marchas forzadas de la sociedad panameña. En el marco de una batalla educativa entre grupos laicos y pro-religiosos, varios sectores conservadores y parte de la derecha católica apuntaron a la aparición de lo que denominaban la “mujer moderna” (Nancy F. Cott en Thébaud F., 1992: 145-164; Pizzurno P., 2016: 161-176): a su juicio, se trataba de un nuevo fenómeno que anunciaba la acelerada decadencia moral de Panamá como consecuencia de la importación de modelos extranjeros. Efectivamente, a raíz de los importantes flujos migratorios ocasionados por las obras del ferrocarril transístmico (1850-1855) y del canal interoceánico (1881-1914), Panamá ofrecía una gran permeabilidad a las corrientes de pensamiento provenientes de América Latina, Europa y EEUU. Esta realidad hace que la sociedad panameña, al menos (peri)urbana, estuviera en contacto con ideologías como el socialismo y el anarcosindicalismo y con las nuevas dinámicas que recorrían el continente a raíz de las revoluciones mexicana y rusa, a semejanza de otros países como Argentina, Uruguay, México o Cuba. El caso panameño también es interesante ya que reflejaba las contradicciones inherentes a las luchas feministas en países tradicionalmente católicos del mundo de habla hispana y portuguesa. Como se verá, el Congreso Inter-Americano de Mujeres ilustró tanto los límites del feminismo de entreguerras en América Latina (en particular a nivel del derecho a voto) como la importancia de los movimientos transnacionales para comprender las transformaciones jurídicas y sociales en curso en la subregión.
14La idea de organizar un congreso de mujeres en Panamá surgió durante los preparativos del Centenario Bolivariano, destinado a conmemorar los cien años del Congreso Anfictiónico convocado en el istmo de Panamá por el Libertador neogranadino en 1826 (Marcilhacy, 2018). Convertido en una ambiciosa operación de diplomacia cultural, el centenario de 1926 fue aprovechado por la joven república de Panamá para organizar un importante congreso conmemorativo con carácter panamericano, que suponía no solo rescatar la memoria del Congreso de 1826 como origen del movimiento panamericanista, sino también actualizar el legado de Simón Bolívar en materia de relaciones internacionales: de este modo, los promotores de la conmemoración pretendían abrir un debate sobre el estado actual de las relaciones interamericanas rescatando ideales atribuidos a la paternidad de Bolívar, como la solidaridad continental, el respeto a la soberanía de los Estados o los principios del derecho internacional.
15Como era frecuente en ocasión de encuentros panamericanos de distinta índole, se aprovechó la ocasión para organizar en paralelo un gran congreso femenino de alcance continental (Fig. 2).
Fig. 2. Portada del programa del Congreso Inter-Americano de Mujeres (1926)
Portada del programa del Congreso Inter-Americano de Mujeres (1926), Archivo del Ministerio de Relaciones Exteriores de Panamá.
- 5 Esther Neira de Calvo, “El Congreso Inter-Americano de Mujeres”, El Progreso Latino-Americano, Sant (...)
16Su instigadora –como hemos señalado– fue Esther Neira de Calvo, educadora panameña formada a la pedagogía en Lovaina y Bruselas y habituada de los congresos de educación y paidología a ambos lados del Atlántico (Marco Y. y Alvarado Á., 2024: 58-59). Su idea era aprovechar el centenario del Congreso Anfictiónico para activar las conexiones ya establecidas con mujeres de varios países americanos comprometidas en la cuestión femenina. Fue su experiencia en la Conferencia de Baltimore (1922) y en el II Congreso Mundial de Educación de Edimburgo (1925), a los que asistió como delegada de Panamá, lo que le decidió a organizar un congreso feminista interamericano en su país5. En su calidad de vicepresidenta de la Pan-American Association for the Advancement of Women y de presidenta de su sección panameña, Esther Neira de Calvo representaba al sector moderado del feminismo panameño, interesado en abrir dicha corriente local a los vientos que soplaban a nivel continental, sin necesariamente plantear reformas radicales a corto plazo (Marco Y. y Alvarado Á., 2024: 58-59).
17En carta dirigida al ministro de Instrucción Pública panameño, Neira de Calvo justificó su proyecto de congreso femenino, explicando que su objetivo era unir las energías de todas las mujeres del continente “para mejorar la condición social, civil y política de la mujer americana e intensificar los sentimientos de solidaridad y fraternidad que deben unirlas”6. Reconocía en la futura asamblea el palpitante espíritu internacionalista entonces en boga en los sectores intelectuales liberales, así como una clara convergencia con los valores emancipadores propugnados en su tiempo por Simón Bolívar, lo cual a sus ojos justificaba asociar su proyecto al centenario bolivariano que se aproximaba. El reglamento constitutivo reflejaba esa ambición y definía tres finalidades principales:
- 7 Esther Neira de Calvo, “El congreso Inter-Americano de Mujeres”, Diario de Panamá, 27/05, 02/06 y 0 (...)
1°. Provocar una exposición del adelanto de la mujer americana, de acuerdo con la legislación y los sistemas educativos de cada país representado.
2°. Dar a conocer la obra de la mujer de las Américas, a fin de facilitar un cambio de ideas que revele los mejores métodos aplicables al desenvolvimiento de todas las actividades femeninas.
3°. Propender al acercamiento de las mujeres de nuestro continente con el objeto de asegurar un conocimiento mutuo y de colaborar en toda acción que tienda a mantener la paz y a promover la solidaridad de las Américas, de acuerdo con los ideales del Libertador7.
18Más que reformar directamente la legislación, se trataba por tanto de crear conexiones a nivel continental y de realizar una labor informativa y divulgativa, para suscitar una corriente de opinión favorable a posteriores reformas que adoptaran los respectivos gobiernos de la región.
- 8 Las presidentes de las delegaciones eran las siguientes: Zulema Jofre de Barilari (Argentina); Ana (...)
19Organizado del 17 al 26 de junio de 1926, el Congreso Inter-Americano de Mujeres fue un éxito en cuanto a asistencia, reuniendo a unas sesenta delegadas procedentes de once países, un logro dadas las complicaciones que suponía viajar a lo largo y ancho del continente en la época. A pesar de la ausencia de Bertha Lutz y Carrie Chapman Catt (la cual ya había visitado Panamá en 1923), entre las delegaciones presentes figuraban los grandes países de la zona andina, junto con Cuba y Nicaragua. No podía faltar la representación de EEUU y una nutrida delegación de “zoneítas” (zonians, en inglés), las mujeres estadounidenses establecidas en la Zona del Canal, franja de tierra que desde 1904 estaba bajo administración estadounidense8. Si bien algunas participantes eran las esposas de los miembros del paralelo Congreso Conmemorativo, la mayoría de ellas eran auténticas militantes de la causa feminista, aunque reflejaban todos los matices de aquella corriente.
20Una de las características de ese feminismo transnacional era su extraordinaria heterogeneidad, que constituía a la vez su fuerza y su debilidad. Aunque la mayoría de las activistas, generalmente con un alto nivel educativo, procedían de las clases medias y los estratos acomodados de sus sociedades, el feminismo panamericano reunía a mujeres de muy diversos orígenes y compromisos, desde católicas miembros de organizaciones benéficas hasta activistas sufragistas de cultura protestante. Sin embargo, sería erróneo establecer una división excesivamente esquemática entre un feminismo anglosajón más avanzado, centrado en la realización individual de la mujer, y un feminismo latino más relacional, centrado en el rol de la mujer como esposa, madre y trabajadora (Marino K., 2014). Las líneas de separación son más complejas, y estas dos tendencias podían encontrarse en el seno mismo de los países latinoamericanos, empezando por Panamá.
21Las discusiones del congreso femenino de 1926 reflejaron tres tendencias dominantes, que pueden ilustrar las delegaciones de Panamá, Cuba y Perú, las más activas en aquella asamblea. La mayoría de las participantes defendían un feminismo que podría calificarse de moderado, favorable a reformas legales, pero prudente a la hora de formular sus propuestas para no chocar con las resistencias locales. Este feminismo lo representaban los distintos Consejos Nacionales de Mujeres (como los de Chile o Uruguay), numerosas mujeres del sector educativo, profesoras y directoras de centros docentes para mujeres, o la propia Sociedad Panameña para el Progreso de la Mujer (1923), encarnada por Esther Neira de Calvo, a la sazón inspectora de primera enseñanza.
- 9 “La Sta. Angélica Palma es huésped de honor”, Diario de Panamá, 15 de junio de 1926, p. 1-2.
22Frente a este sector favorable a un reformismo efectivo pero moderado, destacaron dos grupos minoritarios. Uno era relativamente conservador, centrado en la beneficencia, la educación y la sociabilidad cultural para mujeres de clase alta. Lo componían mujeres de organizaciones caritativas como la Cruz Roja (las de EEUU, Cuba y Panamá), la Liga Nacional contra el Alcoholismo de Uruguay, las asociaciones profesionales de enfermeras, o la agrupación estadounidense Daughters of the American Revolution, cuya divisa era “Dios, Hogar y Patria”. Además de las panameñas Enriqueta R. Morales, delegada de la Cruz Roja Nacional, y María Olimpia de Obaldía, miembro de una Sociedad Literaria y autora del poema La Oración de la esposa, sus principales portavoces en la asamblea de Panamá fueron las dos delegadas de Perú, que tuvieron un protagonismo destacado en los debates del congreso: la escritora costumbrista María Isabel Sánchez Concha de Pinilla y la periodista y escritora Angélica Palma, secretaria del Consejo Nacional de Mujeres del Perú9.
- 10 Además de su órgano mensual Orientación Feminista, el Partido Nacional Feminista incluía una Escuel (...)
23A la inversa, se manifestó en Panamá un grupo mucho más radical, resueltamente favorable a los derechos políticos y civiles. Lo representaban las delegadas de organizaciones o partidos sufragistas como el Club Femenino de Cuba (creado en 1917) y el Partido Nacional Feminista panameño (1923), una organización que reunía a mujeres de extracción social más baja, varias de ellas afrodescendientes y mestizas, y que defendía el sufragio femenino junto con una absoluta emancipación legal (Fig. 3)10.
Fig 3. Un grupo de mujeres del Partido Nacional Feminista
Un grupo de mujeres del Partido Nacional Feminista, Recuerdo del Partido Nacional Feminista a las delegadas al Congreso Inter-Americano de Mujeres, Panamá, La Moderna, 1926, p. 90.
- 11 Clara González se licenció en 1922 con una tesis titulada La mujer ante el Derecho panameño, en la (...)
24Su fundación se remontaba al Congreso Nacional Feminista reunido en Panamá en septiembre de 1923 por iniciativa de militantes feministas y de maestras de los Talleres-Escuela, un centro destinado a la educación de las mujeres obreras y populares. La presidenta del partido era Clara González (Fig. 4), una jurista de origen rural y modesto, hija de una indígena ngäbe y de un inmigrante español, que fue la primera licenciada de la Escuela de Jurisprudencia de Panamá (Turner A., 2006; Marco Y. y Alvarado Á., 2024: 55-57)11.
Fig 4. Clara González
Clara González, Recuerdo del Partido Nacional Feminista a las delegadas al Congreso Inter-Americano de Mujeres, Panamá, La Moderna, 1926, pág. inicial.
- 12 “Breves minutos de conversación con la delegación cubana al Congreso Bolivariano”, Diario de Panamá(...)
- 13 Una postura en la que coincidían con la uruguaya Paulina Luisi, también representante de un pequeño (...)
25Sus perspectivas bastante radicales en el panorama centroamericano de la época eran cercanas al ideario de las dos representantes cubanas, la periodista Emma López Seña (ya presente en Baltimore) y la abogada Ofelia Domínguez Navarro, que desde el Club Femenino cubano defendían un feminismo integral que incluía el derecho al voto12. Otra característica de este grupo formado por González y Domínguez era la dimensión hispanoamericanista de su combate, que suponía defender un feminismo hemisférico que no se dejara capitanear por los países más estructurados en la materia: EEUU desde luego, pero también Argentina, Brasil y Chile13. La condición de semi protectorados de sus países las condujo a adoptar posturas antiimperialistas y a unir las luchas por la emancipación de las mujeres y por la plena soberanía de sus naciones (Marino K., 2019: 40-41).
- 14 Entre las fuentes archivísticas consultadas, pueden citarse: Archivo Biblioteca Ricardo J. Alfaro, (...)
- 15 Esther Neira de Calvo, Congreso Inter-Americano de Mujeres..., op. cit., p. 9-10.
26Si se consideran los temas abordados, el Congreso Inter-Americano de Mujeres dio lugar a debates muy consistentes y a veces apasionados, debido a que su presidenta Neira de Calvo tuvo amplio margen de maniobra para determinar los temas. Aunque no existen actas de aquel congreso, pueden reconstruirse las sesiones a partir de una serie de folletos organizativos, de documentos de archivo y de la cobertura que le dio la prensa, principalmente panameña14. Repartidas sobre unos diez días, las sesiones se distribuyeron en torno a doce temas distribuidos en cuatro comisiones: 1. El bienestar del niño; 2. La educación de la mujer; 3. Legislación y derechos cívicos; y 4. Relaciones interamericanas15. El hecho de que la primera sesión de trabajo fuera dedicada al bienestar del niño es significativo, porque los movimientos pro-derechos del niño fueron entre los primeros en estructurar un feminismo a escala panamericana (Guy D.J., 1998). Quien presidió aquella sesión fue la joven boliviana Ana Rosa Tornero, que entonces solo tenía 19 años, pero cuya trayectoria feminista ya era más que apreciable, al haber fundado la revista Ideal Femenino (1922) y participado en la primera asociación feminista de Bolivia, el Ateneo Femenino (1923). En esa materia, las discusiones no se limitaron a un mero feminismo maternalista, sino que se orientaron claramente en el sentido del reformismo social. Algunas resoluciones propusieron reforzar las ayudas a la niñez, como recomendar la creación de casas cuna o de secciones de la Cruz Roja infantil, o sea reforzar la vocación protectora del Estado y de organismos internacionales para ofrecer garantías de bienestar a ese grupo de edad frecuentemente abandonado. Otras resoluciones se concentraron en la delincuencia juvenil, invitando los gobiernos del continente a crear tribunales para menores y centros de reeducación, con el fin de acabar con el espíritu represivo de las casas correccionales.
- 16 “Los tópicos ‘Educación, Legislación y Relaciones Interamericanas’ han sido tratados en el Congreso (...)
27A continuación, se dedicaron nada menos que tres sesiones al tema de la educación, con el auditorio repleto. Bajo la dirección de Edith Fahnestock, fundadora del departamento de español del Vassar College, un colegio femenino del Estado de Nueva York, estos debates abarcaron un amplio abanico de temas16. A propuesta de la delegada colombiana Claudina Múnera, se aprobó una moción para crear una liga interamericana de lucha contra el analfabetismo. Otra moción que recibió el asentimiento general pretendía promover la educación integral de la mujer, así como su formación profesional, lo cual traducía la convicción de que la educación y el acceso al mercado laboral eran claves para la emancipación de las mujeres, al brindarles independencia económica. Uno de los temas más debatidos, sin embargo, fue el principio de coeducación, una cuestión especialmente delicada dado el conflicto que existía en aquel momento entre los partidarios de la coeducación laica y los que querían preservar la educación religiosa y la separación de sexos en las escuelas públicas. Algunas de las delegadas presentes trabajaban en escuelas confesionales o representaban a asociaciones cristianas como las Catholic Daughters of America (rama femenina de la muy conservadora organización de los Caballeros de Colón) o la Christian Federation of Women in the Canal Zone. El principio de la coeducación, presentado por la representante del Partido Nacional Feminista Elida Campodónico de Crespo, fue finalmente aprobado, a pesar de las reservas de las delegadas zoneítas que lo veían como una amenaza a la feminidad de las jóvenes.
28En un plano más político y con un espíritu de conciliación, Esther Neira de Calvo sometió la propuesta de crear escuelas de ciudadanía en cada país para educar a las mujeres en materia de ciudadanía, una especie de primer paso antes de reclamar el derecho al voto en el futuro. Concebida para “desminar” el debate potencialmente explosivo sobre el sufragio femenino previsto para los siguientes días, esta prudente moción, defendida también por la delegada zoneíta Gertrude Ann Geopfarth, fue apoyada por unanimidad.
- 17 “La igualdad completa del hombre y de la mujer, objeto de discusión”, Diario de Panamá, 25/06/1926, (...)
29Para el final llegaron las sesiones más espinosas. La primera concernía la Legislación y los derechos cívicos, cuya comisión estuvo presidida por la tenaz abogada cubana Ofelia Domínguez Navarro. Se abordaron algunos temas que resultaron consensuales entre las delegadas, como ofrecer una protección jurídica para las mujeres víctimas de adulterio, o defender el principio de una estricta igualdad jurídica de hombres y mujeres en el código civil. Pero los debates se hicieron más inflamados ante una propuesta que cuestionaba el modelo de la familia tradicional: así el informe mandado por la ginecóloga uruguaya Paulina Luisi proponía suprimir cualquier discriminación, en materia de herencia, entre las mujeres casadas y no casadas, y entre hijos legítimos o ilegítimos. ¡Incluso llegó a someter la posibilidad de instituir un derecho a la búsqueda de paternidad! Esta propuesta provocó la indignación de algunas delegadas, como la peruana Sánchez de Pinilla que rehusó debatir un tema que calificó como “escabroso y poco agradable” (sic), provocando la respuesta aireada de la abogada panameña Clara González, que le contestó tajantemente que no se habían reunido las delegadas para hablar de “temas agradables”, sino para encarar con valor los problemas que debían afrontar a diario las mujeres, recibiendo grandes aplausos17.
- 18 Clara González, “La mujer latino-americana ante la conquista de sus derechos políticos”, La Ley, Pa (...)
30El otro tema candente de esta comisión lógicamente era la cuestión del sufragio femenino. Las distintas abogadas presentes, en particular cubanas y panameñas, defendieron una completa emancipación legal de las mujeres latinoamericanas, que había de incluir la igualdad de los derechos políticos18. La propia Clara González se había graduado en derecho con una tesis sobre “La mujer ante el derecho panameño” –como se ha indicado antes. Pero en esta materia las posturas de muchas delegadas eran todavía cautelosas. La peruana Angélica Palma reflejaba esa marcada prudencia en una entrevista que dio a un diario panameño al margen del congreso:
- 19 “La Sta. Angélica Palma es huésped de honor”, Diario de Panamá, 15 de junio de 1926, p. 1-2.
En cuanto a los derechos políticos la mujer peruana no es muy asidua a los mítines, a la solicitud del voto y a equipararse con el hombre; defendemos aquí, dice la señorita Palma, nuestros derechos civiles […]. Mi opinión personal, agrega la señorita Palma, es que a la mujer le está reservado un papel de gran trascendencia en el hogar, y es sensible que lo abandone por entrar en actividades que no corresponden a su feminidad; la acción de la mujer tiene su asiento en el hogar y es de aquí de donde debe extenderse hacia la sociedad19.
- 20 “Veinte minutos de amena conversación con las señoritas Ana Rosa y Emma Tornero”, Diario de Panamá, (...)
- 21 “Ecos del Congreso de Mujeres”, Diario de Panamá, 28 de junio 1926, p. 3.
31En sintonía con su homóloga andina, la joven boliviana Ana Rosa Tornero se opuso resueltamente a una resolución favorable al sufragio femenino, alegando la falta de preparación política de las mujeres y su carácter fácilmente influenciable. Esta partidaria de un “feminismo racional”20, o sea caracterizado por la prudencia y la voluntad de promover reformas graduales, anunciaba los mismos argumentos que esgrimirían cinco años después las diputadas socialistas Margarita Nelken y Victoria Kent en la Asamblea constituyente de la IIa República Española. Según el concepto de la delegada por Bolivia, apoyada por su colega colombiana Claudina Múnera, “en las actuales circunstancias de la vida política, social y económica de las naciones americanas, (es) peligrosa la intromisión de la mujer en la política”21.
32Pero esta argumentación fue combatida con fuerza de nuevo por la delegada cubana Ofelina Domínguez, la cual concluyó su alegato a favor del derecho al voto con una fórmula provocativa que suscitó general adhesión: “Para la mujer inteligente, los dandys, los Rodolfo Valentino son repulsivos y por lo tanto es pura fábula la sugestión que éstos (o sea los hombres) pueden ejercer sobre la mujer en sus actividades políticas”22. Estas palabras y el apoyo de Clara González permitieron que la asamblea adoptara una resolución favorable a la concesión del derecho de voto a las mujeres, una moción acogida con sonoros aplausos… No obstante, dicha resolución –que como el resto de mociones era una mera recomendación– se quedaría letra muerta en la mayor parte de América Latina, siendo Ecuador el primer país en adoptar ese derecho en 1929 (aunque con restricciones), seguido por Brasil y Uruguay en 1932, Cuba en 1934 y Panamá en 1945.
- 23 “Los tópicos ‘Educación, Legislación y Relaciones Interamericanas’ han sido tratados en el Congreso (...)
33Finalmente, el último día, 26 de junio, se dio paso a la delicada comisión de Relaciones interamericanas23. Presidida por la novelista peruana Angélica Palma, se trataba de otro tema muy sensible, dado el vigor de las doctrinas antiimperialistas que, en la estela del pacifismo y el anticolonialismo de posguerra, ya habían asomado en anteriores asambleas internacionales de mujeres (Archer Mann S., 2008). El tema era tanto más sensible cuanto que esta conferencia se verificaba en Panamá, un caso de escuela de la política hegemónica que ejercía EEUU en Centroamérica y el Caribe, asimilable a una forma de imperialismo informal (Coatsworth J., 1994). Como uno de los objetivos declarados de las principales organizaciones feministas era asegurar la paz entre las naciones americanas, estas conferencias habían dado pie a la formulación recurrente de críticas más o menos veladas contra el desequilibrio en las relaciones interamericanas, siendo la Doctrina Monroe y sus posteriores adaptaciones el blanco de varios movimientos feministas. De manera más sútil, la reflexión sobre el panamericanismo y las relaciones interamericanas era también un punto de fricción entre las feministas de los pequeños países, mayoritariamente de Centroamérica y el Caribe, en contacto directo con EEUU, y las de las repúblicas suramericaas, que no sufrían una presión tan directa de parte de Washington.
34Al reivindicar el legado de los famosos Protocolos del Istmo adoptados en 1826 y la doctrina internacionalista de Bolívar, todas las delegadas reunidas en Panamá defendieron con fuerza los principios de paz y resolución de conflictos por arbitraje, temas que dominaban el feminismo transnacional desde la creación de la Liga Internacional de las Mujeres por la Paz y la Libertad, fundada en plena Primera Guerra mundial (1915). Sin embargo, varias de ellas no dudaron en cuestionar el papel ambivalente de EEUU para el mantenimiento de la paz a nivel continental, dadas sus tendencias hegemónicas, en particular en los territorios que consideraban su “patio trasero”, Centroamérica y el Caribe. Las delegadas caribeñas colocaron el debate en este delicado terreno. La panameña Julia Palau de Gámez, directora de la escuela profesional Talleres-Escuela para Mujeres, así propuso crear una “Liga Femenina para la Paz Continental” que fuera exclusivamente latinoamericana, no panamericana, alegando argumentos muy osados en ese congreso interamericano en que un tercio de las delegadas eran zoneítas y/o estadounidenses. Así lo justificó en las columnas de un importante periódico de Panamá, país huésped que padecía entonces una situación de protectorado de hecho de parte de Wáshington:
- 24 “Doña Julia Palau de Gámez provocará una estrecha solidaridad de la mujer”, Diario de Panamá, 17 de (...)
Sostengo, porque así lo creo sinceramente, que entre los países hispanoamericanos, disgregados, débiles, celosos entre sí, y el estadounidense fuerte, rico, poderoso y temido, no habrá nunca una federación real y efectiva, sino las relaciones que median entre la nación débil y el poder que la ampara, entre el Patriarca y su tribu, a la que dictará siempre la ley e impondrá su voluntad24.
35Otra panameña, la abogada Clara González, presentó al congreso una moción relativa al nuevo tratado que se estaba negociando entre Panamá y EEUU con vistas a solucionar los puntos en litigio desde 1903. Se trataba de un tema extremadamente delicado, dado el secretismo de las negociaciones en curso desde 1924, que se decía estaban a punto de concluir, y la evidente debilidad de la pequeña república istmeña para hacer valer sus intereses (Marcilhacy D., 2018: 478-520; Marino K., 2019: 50-51). Por ello, su propuesta fue prudente y se limitó a recomendar a los negociadores que tuvieran presente en sus discusiones el ideal bolivariano de confraternidad americana. La moción propuesta decía lo siguiente:
Dejar constancia de que la Mujer Americana, vivamente interesada en el porvenir de la nueva generación de este Nuevo Mundo, espera ver, ante todo en las negociaciones que Panamá está celebrando con la nación hermana de los Estados Unidos de Norte América, la más hermosa expresión de fraternidad Americana, en relación con el Nuevo Tratado del Canal, como una demostración del espíritu altruista con que los pueblos grandes obtienen la cooperación de los pueblos chicos, en la obra de solidaridad y de armónica convivencia internacional que debe constituir la máxima finalidad y aspiración de los pueblos civilizados.
- 25 “La Lcda. Clara González responde a las opiniones de la Señora Emma López Seña”, Diario de Panamá, (...)
36Al hacerlo, Clara González se tomaba una doble libertad: la de hacer un llamamiento directo a la diplomacia estadounidense para que asumiera las responsabilidades morales inherentes a su estatus de gran potencia, pero también, y de forma más sutil, la de asumir que esta asamblea de mujeres se expresara sobre un tema tradicionalmente reservado a los hombres, a saber, la diplomacia y las relaciones internacionales25.
- 26 “Ecos del Congreso de Mujeres”, Diario de Panamá, 28 de junio de 1926, p. 1 y 3.
- 27 “La Lcda. Clara González responde a las opiniones de la Señora Emma López Seña”, Diario de Panamá, (...)
37A diferencia de lo ocurrido con la cuestión del sufragio femenino, esta vez la audacia de Clara González no fue seguida por la asamblea, que prefirió atenerse a la recomendación de la presidenta y anfitriona de la reunión, Esther Neira de Calvo. Reputada cercana al gobierno, intervino alegando que se trataba de un asunto local y por tanto ajeno al conjunto del continente. La cubana Ofelia Domínguez, enfrentada también a la relación asimétrica de su país con su poderoso vecino del norte, rechazó este argumento y apoyó la moción. En su opinión, se trataba de una cuestión global, no puramente local, que interesaba a todos los pueblos estrechamente vinculados a EEUU. Añadió, entre aplausos atronadores, que esto era especialmente cierto en el caso de los países débiles de Hispanoamérica que se enfrentan al “coloso del Norte”26. Una convicción que también compartía Clara González, la cual declararía en una entrevista posterior al congreso que Panamá era como el termómetro de las relaciones entre EEUU y sus vecinos de Centroamérica y el Caribe: “Panamá en sus relaciones con Estados Unidos viene a ser como un espejo en que todos los pueblos débiles de Hispanoamérica deben verse”27.
38Sin embargo, la propuesta fue archivada y la sesión terminó con un tono más conciliador entre las delegadas de Panamá y de la Zona del Canal: votaron por unanimidad la creación de un Comité Interamericano de Mujeres para poner en práctica las propuestas aprobadas por el Congreso, con Esther Neira de Calvo e Irene Reynolds (presidenta de la Canal Zone Mothers Association) como presidenta y vicepresidenta. Fue esta imagen de un feminismo equilibrado y razonable la que la prensa conservadora prefirió conservar, ridiculizando los excesos de las que identificaba como feministas “con pantalones”:
- 28 “El Congreso de Mujeres”, La Prensa Ilustrada, Panamá, 15 de julio de 1926.
Desprovisto de todo quijotismo ridículo y libre de exaltaciones del feminismo al uso que quiere ponerse pantalones, el Congreso Inter-Americano de Mujeres desenvolvió sus labores en medio de la mayor armonía y cultura logrando el mayor éxito. Su labor ha sido positiva y será provechosa, a no dudarlo, porque se la ha querido hacer eminentemente práctica28.
39Aunque se desechara la propuesta de Clara González, conviene subrayar la audacia de este tipo de posturas. El haber incluido el tema de las relaciones interamericanas entre los debates del Congreso de Mujeres es señal de la modernidad de aquellas mujeres, que no quisieron dejar tan importante asunto entre las manos de sus colegas masculinos del Congreso Bolivariano, y reivindicaron su capacidad para abordar cuestiones de política internacional. Y de hecho las mujeres del Congreso femenino asumieron posturas más firmes que sus colegas varones, cuyo discurso quedó a menudo condicionado por el decoro diplomático y una forma de prudencia ante los intereses de las grandes potencias allí presentes, empezando por EEUU.
- 29 F.M.T., “Un Centenario Suntuoso”, Diario de Panamá, 30 de julio de 1926, p. 2-4.
40Para terminar este panorama y dar a ver en qué ambiente trabajaron y se expresaron aquellas mujeres, resulta interesante ver cuáles fueron los discursos producidos sobre la mujer fuera de la asamblea que las reunió, o sea en la prensa panameña y en las reuniones sociales que acompañaron las sesiones de trabajo de ambos congresos, el interamericano de mujeres y el conmemorativo panamericano. La organización paralela del Congreso Conmemorativo Bolivariano y el hecho de que varias participantes del de mujeres eran las esposas de delegados de ése favorecieron las interacciones entre ambos grupos, aunque sus deliberaciones iban por separado. Las numerosas fiestas sociales que se sucedieron durante esas dos semanas dieron pie –como se verá– a una sensualización de las relaciones entre hombres y mujeres y a múltiples discursos teñidos de una clara misoginia. Un delegado peruano así confesó al concluir el centenario que le habían fascinado las innumerables mujeres “traídas a la tierra para la tortura eterna de (los congresistas) de corazón sensible”, citando como ejemplo a la bella panameña Aida Pacheco, coronada reina del carnaval de 192629. Un tipo de discurso que mezclaba fascinación y misoginia y que reprodujeron los escritos (memorias de viaje, entrevistas a periódicos, informes) que relataban las fiestas mundanas y los bailes que amenizaron el centenario.
- 30 “La fiesta de la tarde del martes en el Palacio de España”, La Estrella de Panamá, 24 de junio de 1 (...)
41La velada más memorable fue, sin duda, el té danzante organizado por Esther Neira de Calvo en el Palacio de España en honor de las delegadas del Congreso de Mujeres30. Bautizado el “Baile de las Polleras de la Legación Española”, fue un escaparate de lo más granado de la moda femenina panameña. Sobre todo, fue una oportunidad para dar a ver la pollera, un colorido vestido bordado utilizado tradicionalmente en el campo y que desde hacía unos años se había convertido en un emblema de la cultura nacional panameña (Fig. 5).
Fig 5. La pollera
La pollera, Guillermo Colunge, The Panama Republic at the Iberian-American exhibition at Sevilla. 1929, Hamburg, Kiehn & Biermann, 1929, p. 10.
- 31 Héctor Conte B., “Costumbres criollas”, en Demetrio Korsi (comp.), Antología de Panamá: parnaso y p (...)
42Considerada durante mucho tiempo una tradición provinciana, y más aún de la plebe, la pollera había sido abandonada en el siglo XIX por la élite, que prefería la vestimenta de estilo inglés. Tras la independencia de 1903 y los brutales cambios demográficos y sociales a los que se vio sometido el istmo, la pollera se convirtió en un símbolo de las tradiciones istmeñas y de la identidad nacional, por lo que fue reivindicada por las élites, que querían promover una cultura “auténticamente” panameña que hiciera de contrapeso al cosmopolitismo exotizante que dominaba en ciudades como Panamá o Colón (Szok P., 2001: 108)31. Junto con el tamborito (un baile típico del istmo), la pollera se volvió entonces una parte esencial del folclore panameño y uno de los atractivos centrales de estas veladas sociales.
43Todos estos elementos estuvieron presentes en el baile organizado por la presidenta de la Sociedad por el Progreso de la Mujer Panameña. Al día siguiente, el director de la Oficina panameña de Información y Propaganda, el periodista cubano Enrique Ruiz Vernacci, inundó la prensa con columnas en las que ensalzaba los encantos de las participantes femeninas. A su juicio, el “sexo débil” parecía mucho más en su justo sitio en la recepción del Palacio de España que el día anterior, en el congreso feminista donde las delegadas celebraban su primera sesión:
- 32 Enrique Ruiz Vernacci, “La fiesta de la tarde del martes en el Palacio de España”, La Estrella de P (...)
Se sirvió de todo en el buffet, se bailó de todo en el salón, acudió lo mejor de la sociedad a esta fiesta de sociedad en la que las feministas parecían estar más en su centro repartiendo sonrisas y apretones de manos, entre el paréntesis de un flirt, que perorando acerca del Código Penal y del Civil desde una tribuna un tanto cómica, sea o no justificada32.
44Y adornaba su discurso con hechizantes descripciones de la sensualidad de la pollera, que, coloreada o inmaculada, revelaba sutilmente las formas maravillosas, alegres y sensibles de las damas que bailaban al ritmo del tamborito criollo. Pocos días después, volvió a explayarse sobre los encantos de este vestido, alabando las gracias de su compatriota cubana Lucrecia de Mediz Bolio, esposa del presidente de la delegación mexicana y reina de otra recepción ofrecida por el delegado argentino en el selecto Club Unión de la capital panameña:
- 33 Enrique Ruiz Vernacci, “El congreso ha sido la más extraordinaria glorificación de Bolívar, dijo Ch (...)
Gracia ancestral de la pollera. Gracia de los hombros desnudos, de los tembleques, diciendo que sí a los piropos y que no a todas las tristezas. He aquí una pollera gentilísima. He aquí una pollera que lleva la armonía de nuestra tierra interiorana, de los campitos ingenuos, de las fiestas del patrón: San Atanasio, San Juan, la Candelaria, el Carmen, el Cristo de la Esquipula. Esta empollerada es una extranjera que tiene el alma de nuestra tierra, su alma hermana de la tierra cubana, temblorosa de estrellas en la noche dol trópico, con nuestros propios quereres y nuestras propias ansias. He aquí a la señora (Lucrecia) de Mediz Bolio, la lindísima cubana que ha sido gala de nuestras fiestas sociales rindiendo el homenaje a nuestro traje nacional. Loémosla, y recordemos su gracia, su espíritu deliciosamente juvenil que sabe comprender nuestro corazón que rima en maravilla con el suyo33.
45Este discurso de quien podría considerarse el responsable de la comunicación o portavoz de la administración del presidente Rodolfo Chiari refleja las mentalidades que, aun en las filas del Partido Liberal en el poder, dominaban.
46De parte de los sectores conservadores o católicos más tradicionales, la percepción del Congreso de Mujeres fue cuando menos hostil. Un ejemplo es la revista ilustrada panameña El Mundo, que publicaba regularmente artículos sobre temas femeninos en los que se ensalzaban las virtudes de modestia y discreción de la “buena esposa”. Con motivo del congreso femenino de 1926, publicó un virulento artículo titulado “La mujer feminista” en que los redactores hablaban de lo que consideraban la deriva de la mujer contemporánea, cada vez más alejada de las tareas que la naturaleza le asignaba como madre y esposa:
- 34 “La mujer feminista”, El Mundo, Panamá, 49 de julio de 1926, p. 26.
¿Es esto realmente evolución, o por el contrario un estado enfermizo del sexo femenino o una tendencia a la inversión sexual? Que hablen los patólogos. Lo que sí puede afirmarse sin ahondar mucho es que desde cuando la mujer ha comenzado a apartarse de su natural angélico con el pretexto de tomar parte en las luchas por la vida, ha comenzado también el relajamiento en las costumbres, el prosaiquismo tedioso que aumenta el número de decepcionados y de suicidas, la vida se ha vuelto más material y por lo tanto menos atractiva, porque el hombre no encuentra en el hogar las dulzuras que hacían plácidas sus horas de reposo. En una palabra, ha encontrado que la felicidad ha huido del hogar moderno34.
47La estructuración del movimiento feminista en la década de 1920 tuvo lugar en ese contexto en el que persistían fuertes prejuicios misóginos, que reflejaban una resistencia real ante las transformaciones sociales y el cambio de costumbres en curso. Unas mutaciones que tenían en Panamá un escenario especialmente ilustrativo, por su centralidad continental y por concentrar en un espacio muy reducido a sociedades muy dispares procedentes del istmo, de EEUU, del Caribe anglófono e hispanohablante, junto con europeos, chinos y otros foráneos (Pizzurno P., 2016: 47-50, 126-133, 161-175).
48El Congreso Inter-Americano de Mujeres que se reunió en Panamá en 1926 permitió abordar una serie de temas entre los más avanzados en materia de género en la época, en la estela de las discusiones que anteriores congresos femeninos habían puesto sobre el tapete. Entre las intervenciones de delegadas panameñas, cubanas y andinas, sin olvidar el papel de las delegadas estadounidenses y zoneítas, los debates y argumentos cruzados ilustraron la gran heterogeneidad del continente en términos de tradiciones, culturas políticas y formas de considerar las luchas sociales y los temas de política internacional. Las militantes más radicales querían ampliar el concepto tradicional de familia, que consideraban estrecho. Abogaban tanto por la emancipación política y jurídica como por un reformismo social atento a la difícil situación de la clase trabajadora (en relación con la prostitución, la droga, el desempleo femenino, la pobreza de las mujeres aisladas, etc.). Frente a ellas, las partidarias de un feminismo más moderado o incluso conservador preferían centrarse en las obras de caridad, la ayuda a la maternidad, la prevención de las enfermedades infantiles... en resumen, medidas destinadas a proteger la familia tradicional mediante la educación y la asistencia social, pero que no llegaban a cuestionar el patriarcado dominante.
49En ausencia de las líderes más prestigiadas del feminismo continental, Carrie Chapman Catt y Bertha Lutz, la reunión de Panamá dejó espacio para la emergencia de otras voces y demostró que las feministas hispanoamericanas podían estar a la vanguardia del combate por los derechos de la mujer. Por la diversidad de los temas abordados, la asamblea de Panamá dio lugar a encendidas discusiones entre las delegaciones presentes, que representaban un amplio abanico de posturas respecto de la cuestión femenina. El hecho de que se celebrara en Panamá le dio un evidente protagonismo a las feministas caribeñas, destacando las panameñas del Partido Nacional Feminista y las cubanas del Club Femenino. En materia de costumbres, de derecho civil como de relaciones internacionales, estas no chocaron directamente con las mujeres zoneítas y su nutrida delegación, sino con las representantes andinas y la propia Esther Neira de Calvo, deseosa de promover un feminismo racionalizado, o sea sin radicalidades, favorable a una modernidad controlada, adaptada a los condicionantes de estas sociedades mayoritariamente conservadoras. Entre el modelo sufragista venido de los EEUU, los feminismos más prudentes de las representantes andinas y el “radicalismo” de algunas delegaciones –caribeñas sobre todo–, dicho congreso reflejó en pocos días los múltiples desafíos que planteaba la irrupción de la modernidad femenina en Pan-América, un espacio que, a la altura de los años 1920, constituía un hervidero de concepciones y proyectos marcados por la heterogeneidad de experiencias y culturas.