1Suelo tener dificultad para recordar cuándo empecé a trabajar con los manuscritos de Manuel Puig, y sin embargo es tan fácil: hay archivo. Conservo el ejemplar de Cae la noche tropical (edición de 1990) que su madre, Male Puig, me regaló con su firma y la fecha 7/5/94, el primer día que la visitamos sin saber que volveríamos una y otra vez. Male tenía una letra parecida a la de Manuel, pero distinguible; la P es casi igual, la M no. Todo lo que aprendí de los archivos lo había vivido ya en esa casa, las lecturas que fueron llegando estuvieron siempre referidas a la experiencia de navegar en el mar de papeles que la arconta de su hijo abrió generosamente a quienes veníamos de la Universidad Nacional de La Plata donde ella había estudiado Farmacia, pero donde también había asistido a algunas clases de Filosofía y Letras. Nada hubo de inocente en esa elección; la empatía con las tres graduadas (Julia Romero, Roxana Páez y yo misma) que nos dispusimos a revisar los papeles que acababan de llegar a Buenos Aires después de cuatro años de haber sido recogidos en Cuernavaca y de su paso por Princeton, lugar en el que habían permanecido en guarda, estaba enraizada en una experiencia compartida, en una geografía común signada por la Universidad.
2Este ejemplar dedicado de la última novela de Puig tiene una carga afectiva. Hoy que Male no está se ha convertido, como los manuscritos de su hijo, en la presencia de una ausencia. Toda escritura implica una ausencia, pero las huellas que leemos en los archivos desbordan la semiosis y “producen presencia” (Gumbrecht 2005). Es así que trabajar con archivos nos afecta en tanto implica el contacto directo con alguna cosa diferente de los signos con los que estamos acostumbradas a trabajar, hay allí una corporalidad descarnada y puede suceder que nos emocione. Afectos y emociones suponen un involucramiento, una forma de relación que implica “la ‘presión’ de una impresión, que nos permite asociar la experiencia de tener una emoción con el efecto mismo de una superficie sobre otra, un efecto que deja su marca o rastro” (Ahmed 2015: 28, destacado en el original). La figura de la imprenta, que aparece aludida en lo que subraya la autora, es determinante para Derrida a la hora de pensar la estructura del inconsciente según Freud; si el “Mal de archivo” es una “impresión freudiana”, se debe a lo que la imprenta nos enseñó a través del psicoanálisis sobre el deseo de destrucción, ya que “el archivo tiene lugar en (el) lugar del desfallecimiento originario y estructural de dicha memoria” (1997: 19). Para ordenarnos, negar la emoción que sentimos en el trabajo con archivos nos hace perder una dimensión crítica de importancia. Ingresar en las inscripciones que no tuvieron estado público, en tanto no fueron dadas a la imprenta, nos expone a emociones no programadas; entre ellas, el desencanto.
- 1 “Si las emociones adquieren forma mediante el contacto con objetos, y no son causadas por ellos, en (...)
3Hablemos un momento de la des-ilusión, del des-encanto que produce acercarse demasiado a “la cocina de la escritura”, como suele decirse. No importa por dónde entremos, este movimiento de destronamiento nos lleva a un lugar menor que arrastra al archivo con el que trabajamos. Hay un devenir-menor en este trabajo, y sólo podremos convertirlo en potencia crítica si tomamos posición. Todo devenir-menor es político, en este caso implica apartarse de la sacralidad que se supone inherente a los papeles efectivamente escritos, marcados, por un escritor que admiramos1. Más que una profanación, un “entablar conocimiento” (Despret 2023) desde la cercanía que implica involucrarnos en las diferentes etapas de construcción de un archivo, en su lectura en tanto archivo. La desilusión experimentada por la gran mayoría de investigaciones de literatura comprometidas con el archivo rompe, en términos de Bajtin, una distancia épica valorativa y temporal que deja al archivo intacto, acabado, en una zona que “se conserva y se revela sólo bajo la forma de tradición nacional” (1989: 461). Ese momento de des-ilusión (lo que leemos no es tan brillante como lo que efectivamente se publicó, no hay a simple vista tachaduras que revelen algo que nadie sabía, no aparece la pieza que dé testimonio de eso que estamos estudiando) es lo que nos pone en contacto con una realidad dinámica, inacabada, fragmentaria, y abre a nuevas conexiones, nuevas “impresiones”. Nuestro devenir-menor en el archivo implica una “política de lectura” (Goldchluk, 2015; 2024) que se dirija hacia una desapropiación del sentido, donde nuestra firma se retire para que los archivos puedan decir hacia el porvenir. En palabras de Derrida dirigidas a los investigadores que se estaban ocupando de los papeles de Heine, Joyce y Sartre, de lo que verdaderamente se trata es de saber retirarse: “Habrán terminado su trabajo cuando el archivo no tenga más necesidad de ustedes” (Derrida et al 2013: 215).
4Las firmas estudiadas, más allá de lo que encuentren, dan prestigio a los investigadores que podrán usar ese capital para “descubrir” otras escrituras; pero eso no funciona así en América Latina, donde los archivos no sólo son incompletos por naturaleza (Didi-Huberman 2021), sino que están siempre en proceso de ser establecidos. Estudiar los manuscritos de un escritor, escritora o escritore, además de las dificultades que conlleva, se convierte en una actividad sospechada de querer convertirse en “viuda”. El campo semántico desplegado alrededor de una tarea tradicionalmente desempeñada junto a bibliotecarias mujeres (la cocina, la viuda), es suficientemente elocuente: no sólo no habrá más prestigio, será necesario justificarse. Por otro lado, asistimos a una suerte de monetización de los archivos a través de su inclusión acrítica en tesis y artículos que los mencionan para figurar hallazgos y mostrar cierta objetividad cientificista en la que el archivo no tiene nada que decir, es apenas una fuente de extracción de datos. Cuando en cambio nos acercamos al archivo para “entablar conocimiento” lo hacemos porque ya estamos involucradas, porque somos parte de eso que estamos estudiando. Vinciane Despret desarrolla esta noción para referirse a prácticas científicas que estudian el comportamiento de animales no humanos “en una perspectiva que toma activamente en cuenta la singularidad de las prácticas que interrogan a los vivientes” (2023: 115) en las que los científicos se involucran adhiriendo a reglas de cortesía, en oposición a prácticas de laboratorio crueles e inútiles, que bajo “la pretensión de hacer ciencia” sólo logra “un procedimiento de fabricación de tautologías que no tienen otro poder más que el de duplicarse al infinito” (115). Emocionarnos con el archivo, desde esta perspectiva, no implica apropiarnos ni del objeto, que pertenece a los herederos, ni de su sentido, que pertenece a los muchos porvenires, sino tener en cuenta la singularidad de cada archivo al que nos acercamos, con el que vamos a convivir durante nuestra investigación. Ya desarrollé el movimiento anticapitalista que subyace al trabajo con archivos (Goldchluk 2019), una lógica del don que implica ante todo la suspensión del tiempo de la eficiencia: requisito indispensable para superar la desilusión de no haber encontrado lo que buscábamos, o alguna cosa de interés, en un tiempo razonable. La suspensión de lo razonable es por lo tanto condición del archivo, nunca sabemos qué va a aparecer, puede ser instantáneo o permanecer mudo. Hay un motivo para esto y es que la razón está moldeada por la religión capitalista (Benjamin 2016), “debido a que en él [en el culto del capital] está anulado el ámbito de los medios y reemplazado por el ámbito de los fines inmediatos, este rito carente de trascendencia sólo permite el puro presente que él designa” (Hamacher 2012: 147). Cómo podría instalarse el puro presente frente a la presencia de una ausencia, cómo no reconocer esa distancia desde la que estamos leyendo, esa interrupción del discurrir temporal por donde asoma la historia. Sólo una actitud amorosa, vale decir basada en el respeto, nos permite abrir el archivo, interrogarlo desde la cercanía más absoluta que implica el involucramiento (que nos llevará a hacer todo lo posible para reparar documentos, describirlos, realizar tareas tediosas que el archivo requiere) y con la distancia que impone el respeto (por el orden original, por quienes nos precedieron y por quienes vendrán, por las vidas que ese archivo toca, por la vida misma del archivo); una “lejacercanía” propuesta por Werner Hamacher (2011: 29), y desplegada por Raúl Antelo (2012) en una sintaxis del con que no deja de atender a los detalles.
5La historiadora Lila Caimari, que en 2017 había publicado La vida en el archivo, realiza en plena pandemia de 2020 un análisis lúcido de lo que llama “el momento archivos”, forma que asume el archival turn en las condiciones específicas de trabajo en Argentina. Me interesa detenerme en una observación que sitúa la diferencia:
Podría decirse: en estas tierras de archivos endebles o ausentes, la conciencia crítica del archivo no es incompatible con la intervención constructora de archivo, con la vocación pública de los proyectos. Y difícilmente podría ser de otra manera porque, como en otros ámbitos, la recepción de la teoría crítica transcurre sin los objetos que la inspiraron (2020: 228).
- 2 El paralelismo es explícito, en tanto los tres últimos capítulos de Anarchivismo. Tecnologías polít (...)
Pensamos de manera divergente porque miramos objetos diferentes. En el ámbito de los archivos literarios, la dispersión es lo más frecuente y la necesidad de “salvar” los archivos del deterioro por las condiciones en que se conservan nos obliga a incluir preguntas metodológicas en nuestros proyectos. Lejos de invalidar la lectura de teorías gestadas en países europeos (Foucault, Derrida, Didi-Hubeman), su traducción provoca desplazamientos, pone acentos donde los necesitamos. La lectura que hace el filósofo chileno Andrés Tello de la construcción del concepto de archivo y en particular de las tecnologías de archivo hace foco en la inestabilidad de la máquina social de archivación, y de manera coherente comienza con una frase que tiene ecos del Manifiesto comunista. “El anarchivismo es la pesadilla del orden actual” (2018: 7) replica a la vez que actualiza “Un espectro se cierne sobre Europa: el espectro del comunismo” (Marx y Engels 1948). De ese modo ubica, en el corazón mismo del orden actual, vale decir del “capitalismo arcóntico” (2018: 250 y sig.) que “almacena, administra y procesa los datos masivos estableciendo nuevas tecnologías de control tanto de las huellas digitales como de la superficie social en la que se despliega” (2018: 255), el germen de su destrucción2. La fuerza anarchivista, que no es otra cosa que sustraerse a la organización de nuestra vida según un “aparato social de archivación” que determinaría qué cosas son posibles de ser pensadas, se pone en funcionamiento con más facilidad en un contexto de “archivos endebles”, pasibles por lo tanto de ser examinados en su propia conformación. Lo sabe cualquier bibliotecaria, que no deja de encontrar una caja clasificada como “Miscelánea” en todo archivo que se precie, y lo ejercieron las Madres de Plaza de Mayo cuando siguieron apareciendo de cuerpo presente cada jueves, reclamando aparición con vida, inventando una marcha como una ronda que rompió toda lógica cuando las mandaron a “circular”.
6 Este pensamiento organiza nuestro trabajo, que se asienta en una lectura filológica, vale decir detenida y atenta a la singularidad de cada archivo. Somos conscientes de que el acceso remoto a los archivos ha modificado las posibilidades y los temas de investigación, favoreciendo unos en detrimento de otros (cf. Caimari 2017: 65-84), pero nuestra práctica se encuentra de manera privilegiada con los otros archivos, aquellos que no están terminados de organizar, que no fueron considerados archivables. Nuestra revuelta anarchivista comienza entonces en el momento de reunir los archivos, porque pensamos con Claudia Gilman que “para cambiar el mundo hay que saber dónde queda” (2012: 394). Proponemos para ello la figura de la espigadora / recolectora (Hafter y Stedile Luna 2016) que reúne algunas características: “Recolección de lo que está fuera de la cadena de producción-consumo, de lo que queda, legislación que contempla esas acciones o vacío de ley, involucramiento de la espigadora que construye una memoria intersubjetiva” (Goldchluk 2020). Es nuestro modo de hacer archivo, juntamos papeles que nos importan y les buscamos un domicilio institucional, he aquí nuestra lectura de Derrida: “En el cruce entre lo topológico y lo nomológico, del lugar y de la ley, del soporte y de la autoridad, una escena de domiciliación se hace a la vez visible e invisible” (1997: 11). Intuimos una escena de domiciliación invisible en el IMEC (Institut Mémoires de l’édition contemporaine), que reúne los archivos del siglo XX de editoriales, publicaciones periódicas y fondos de manuscritos de autores: si está guardado en esa abadía del siglo XIII (monumento arquitectónico nacional restaurado y acondicionado por el gobierno de la Región de Normandía con la mejor tecnología de conservación) es porque es importante; la vecindad con firmas consagradas refuerza esa valoración. Difícil replicar tal inocencia en este lado del globo, el pensamiento poscolonial surge como necesidad frente a la precariedad de las instituciones, donde también recae nuestra “intervención constructora” (Caimari, cit.). Que una biblioteca popular albergue documentos de las primeras maestras de la región, que un club social se ocupe de recuperar su propio archivo, que una secretaría de cultura solicite y reciba cartas y documento personales de los vecinos antiguos de la ciudad a la que pertenece, son acciones en las que se cruzan una ley de consignación dictada por la comunidad y un espacio institucional que se fortalece. Visto desde los herederos de unos papeles, la alianza con una institución termina por conformar el archivo como tal: lo que era la valija de un poeta militante desaparecido a los 19 años se constituyó en archivo cuando fue mostrado en la Biblioteca Pública de la Universidad Nacional de La Plata, y comenzó un proceso de institucionalización respetuoso de los afectos que garantiza un lugar y un tratamiento adecuados (cf. Bossié 2019). Por otro lado, la falta de apoyo concreto a la salvaguarda de la memoria escritural del continente provoca la fuga de documentos, pero sobre todo la falta de políticas sostenidas de recepción y salvaguarda hace que se pierdan carpetas que van pasando de generación en generación, con el deterioro esperable. Podemos albergar documentos en nuestras casas, pero hasta que no logremos un domicilio institucional no tendremos un archivo sino una colección sujeta a la historia personal y a las de las generaciones que los reciban. Como en otras zonas de traducción, la escena de domiciliación no sólo es con frecuencia visible, sino también llamativa como un libro cartonero.
- 3 La filiación entre Madres de Plaza de Mayo y el Archivo de la Memoria Trans, al que me estoy refiri (...)
7El problema mayor de los archivos es que se trata de definir qué es lo que importa. “Jamás se determinará esta cuestión como una cuestión política entre otras. Ella atraviesa la totalidad del campo y determina de parte a parte lo político como res pública”, nos advierte Derrida (1997: 12, n. 1). Llevado al terreno que sea, intervenir en el archivo es accionar sobre lo que importa. Lo que el giro archivístico que experimentan las humanidades vino a producir es un mirar los archivos en su propia constitución, produciendo una torsión sobre sí mismos que habilitó la emergencia de arcontas inesperadas: madres y travestis, para nombrar algunas3, escritores y cartoneros, para nombrar otros.
8Traigo acá la experiencia de Eloísa cartonera porque publicó literatura consagrada impresa con materiales plebeyos, fue esa reunión la que hizo estallar el aparato social de archivación y llamó la atención. Si cuando exhumamos escrituras olvidadas o marginales reclamamos su inclusión en lo que puede considerarse la res pública, la editorial cartonera trabajó a partir de firmas consagradas para discutir quién tenía derecho de leer esa literatura, cuán pública era la res litterarium. Editorial anarchivista por antonomasia, con libros hechos a partir del material de recolectores urbanos e impresos con tecnología subalterna (fotocopias durante los primeros años), se instaló en los bordes de las leyes de propiedad intelectual para evadir el aparato legal de los conglomerados editoriales:
Eloísa Cartonera ha privilegiado ciertas zonas de la literatura latinoamericana y argentina contemporánea, la traducción de obras de literatura brasileña, y en algunos casos, la producción de ediciones bilingües de antologías de autores argentinos, latinoamericanos y europeos. Algunas de las obras que integran este catálogo son compartidas por los catálogos de otros sellos cartoneros en pos del desarrollo de redes de editoriales cartoneras en Latinoamérica (aunque también en Europa y África). Estos desplazamientos y circuitos son facilitados por la autorización de publicación de la obra por parte del autor y el rechazo al registro ISBN (salvo en excepcionales ocasiones). (Pochettino 2015: 118)
9No hay palabras-clave que expliquen ese catálogo que privilegia “ciertas zonas”, pero no es un rejunte sino una selección, la reunión de libros que importa publicar y de autoras y traductoras que dan sus derechos porque les importa tener un libro ahí, hecho artesanalmente. La potencia de archivo que tienen los libros cartoneros (archivo de la literatura, de los movimientos sociales, de la crisis del 2001) está dada por su materialidad. De los libros que tengo en mi biblioteca, los cartoneros son los más solicitados por manos que pasan cerca. Vemos libros y reconocemos o intuimos su contenido por el lomo, pero estos libros se sostienen en las manos, corporizan el deseo de literatura por otros medios.
10Sin embargo no se trata únicamente del impulso constructivo del archivo, sino también de ejercer una lectura crítica surgida de la frecuentación y el contacto con cada archivo y generar herramientas para su lectura, de otro modo sólo estaríamos ampliando el repertorio de objetos para leer. Propongo para cerrar volver sobre el archivo de Manuel Puig, sobre la exhumación de un texto que estaba a la vista de todes, pero que nadie había podido leer. Se trata de El desencuentro, texto incluido en el volumen Textos tempranos (Puig 2023), en una edición realizada por Lea Hafter, quien lo presenta así:
Texto singular, fragmentario e íntimo, estas son las páginas iniciales de una escritura que más tarde dará lugar a la primera novela publicada de Manuel Puig, La traición de Rita Hayworth (1968). El desencuentro surge de la lectura de una cantidad significativa de manuscritos y borradores iniciales de los primeros capítulos, conservados por el propio autor, que permiten ser leídos como aquella novela que de algún modo deja atrás (Hafter 2023: 15)
- 4 En ARCAS están los archivos de Mario Bellatin, Edgardo Vigo y Manuel Puig. El enlace directo a los (...)
11Detengámonos en algunos elementos: lo publicado surge de la lectura de manuscritos que se pueden ver en ARCAS, un portal de acceso abierto de la Facultad de Humanidades donde se exhiben fuentes de interés para la investigación4. Cualquiera puede ir a verlos, pero la edición incluye, a modo de ejemplo, un manuscrito que corresponde a la primera versión del capítulo 3 (hay dos versiones posteriores). Reproducimos un detalle (Fig. 1):
Fig. 1: Hoja 4, (ID puig.NLtrh.N.A.7.0118_(2C))
12No todas, pero muchas de las 673 hojas que pertenecen al conjunto de La traición de Rita Hayworth presentan correcciones, tachaduras y agregados tanto al correr de la máquina como posteriores, en interlineado, y también manuscritas con diferentes colores de tina y de lápiz, además de la utilización de reversos para continuar con algunos agregados. El anacronismo es en estos casos palpable, pero esbozamos una hipótesis para hacer legible esa maraña de signos. Dice Hafter:
Así se dio comienzo a la transcripción de cada una de las páginas, esto es, entre otras tareas, leer y descifrar palabras o tachaduras, ordenar las escrituras al margen, comparar los distintos papeles; en suma, volver de algún modo legible el manuscrito (2023: 15).
13Interesa dejar aclarado que los manuscritos están transcriptos y revisados por Lea Hafter y Florencia Brizuela reproduciendo tachaduras y dando cuenta del desplazamiento de bloques de escritura: el resultado es un texto plagado de signos y convenciones que atraviesan la escritura de Manuel Puig y distraen la atención. Sin embargo, lo que leemos de El desencuentro en el fragmento mostrado es lo que sigue:
Y llamó a una nena grande que había cerca con el vestido que se le veía todo debajo la enagua y almidonado que pinchaba y le pidió que me acompañara al baño. Pero era una mala, una mala, que pincha con el vestido, como la bruja de Blancanieves que pincha con la nariz de pico y esta pincha con el vestido, yo la quiero morder, y pegarle una patada, a esa mala. Qué mala, me llevó para el baño de las mujeres y pasamos por una pieza donde se estaban arreglando los chicos para el beneficio, yo me asusté los chicos grandes y chicos con la cara pintada con redondeles verdes y rayas, una boca colorada de payaso encima de la boca y un ojo arriba del ojo y unos trajes grandes que adentro se puede esconder otro hombre, o detrás, que tienen muchos volados, y por ahí salen los que no se veían y agarran a los más chicos. Había un chanchito clavado en un fierro que daba vueltas en el fuego y parecía un nene, en la cocina de la fonda. Las nenas grandes pegan a los nenes chiquitos, y esa mala les dijo a todos que yo era una mujercita porque iba al baño de las mujeres. Y todos se reían y me decían “mujercita pollerita”. Y se quedaba ahí, y no me llevaba al baño. Después me llevó, un corredor y una pieza vacía y el baño y a lo mejor me dejaba con la luz apagada. Las nenas malas, como los gitanos de cara de carbón, y si apagaba la luz y venían los gitanos, a mí me llevaban porque si me ponen en una bolsa en la calle no se da cuenta la gente que lleva un chico. Si un policía lo para el gitano enseguida enseguida se pone una careta color rosa que se ríe y le dice “llevo un gato con sarna” y lo dejan pasar y después los ensucian a los nenes y se los llevan como gitanitos, y les pegan con una ramita (240-241).
14Quienes hayan leído La traición de Rita Hayworth podrán reconocer la escena, pero en una versión más ominosa; es algo que está en la novela pero a la vez es diferente, el tono es distinto. Dice Hafter:
Y es al revisar esas mismas transcripciones que comenzó a asomar la huella de una escritura que estaba allí, pero que aún no se dejaba leer. Se tornó evidente la necesidad de buscar un nuevo método para poder dar forma a ese texto que pedía emerger. (15, resaltado mío)
15El nuevo método, que sólo sirve para esta ocasión, consistió en hacer un corte, pasar en limpio las intervenciones de Puig hasta un punto (recordemos que esta es la primera de tres versiones) y hacer emerger “un texto, un estado en el que el autor deja la novela, en el que ha suspendido la corrección para pasar a otra etapa, y del que no se deshace, como sí lo hará con muchísimos otros papeles” (16). En contraste con los dieciséis capítulos de La traición de Rita Hayworth, El desencuentro tiene cuatro y uno de ellos se borra por completo de la novela publicada. Este texto exhumado, vale decir transformado en el mismo proceso de rescate (Gerbaudo 2013: 70), lo es por una necesidad que parte del archivo, según lo que el texto pide. No hay acá el descubrimiento de una perla olvidada, sino la emergencia de una escritura sin resolver, que se hace pública sin dejar de ser archivo, “fragmentario e íntimo”.
16Si “el archivo debe estar afuera, expuesto afuera” (Derrida 2013: 233), las formas de exponerlo, de darlo a conocer, van a determinar también qué es lo que leemos, y eso será lo que importa para nosotras. Quien lea este texto conocerá lo que el escritor dejó de ser para convertirse en el Manuel Puig que conocemos, la interrupción que para Hamacher es política de lectura: “Es asunto de la filología percibir, realizar y actualizar en cada ‘y continuando así’ un ‘no continuando así’, ‘y no’, ‘de otro modo que así’. Es el gesto más pequeño de su política” (Hamacher 2011. Tesis 36: 17).
17¿Qué pasó para que trabajar con archivos haya dejado de ser la mayor prueba de objetividad para convertirse en una declaración de compromiso?
18No sería capaz de decir cuántos años le tomó a Lea Hafter llegar a este texto de 53 páginas; no tengo ese archivo, pero mis papeles dicen que se comenzó a gestar en 2016. Sé que sus consecuencias son incalculables y que las condiciones de posibilidad para que esa tarea sea llevada a cabo fueron generadas en la Universidad pública, en sus proyectos de investigación, en las conversaciones con especialistas y en su obstinación, junto con Florencia Brizuela, de no claudicar frente a algo que no funcionaba. Esta descripción da cuenta de un aporte que se apoya en la labor previa de la comunidad científica y lee un corte que ofrece a la comunidad bajo la forma de un relato fragmentario. Este resultado puede ser rebatido porque las fuentes que se utilizaron están accesibles, pero no fue siempre de este modo.
19Un archivo es doble por naturaleza, como lo es toda huella, ya que es necesario que sea objetivable, pero esa objetivación ha sufrido un desplazamiento; ya no pertenece al investigador privilegiado que hace de esa posesión y del secreto el argumento “objetivo” de un resultado que no está dispuesto a discutir en sus fundamentos. La huella que recogemos lleva, además de su doble que la hace legible, la marca de quien la recogió; involucrarnos más en ese proceso nos obliga a ser doblemente cuidadosas con los principios archivísticos en general, pero sobre todo con lo que cada archivo tiene para decir si lo interrogamos en sus propios términos. Una investigadora debe poder “señalar en el suelo de hoy el lugar preciso en el cual [se] preserva lo antiguo” (Benjamin 1991), y esa exigencia sólo se cumple si pensamos el archivo en su construcción intersubjetiva y en su propia materialidad, con capacidad de movilizar emociones que estamos comprometidas a analizar en una nueva objetividad que nos involucra.