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V. Territorios clandestinos

El Siluetazo, “una casi nada que dio lugar a un bosque”

(Diálogo con Myrna Insua y Ernesto Pereyra)
Le Siluetazo, « un presque rien qui a donné naissance à une forêt »
The Siluetazo, “a mere nothing that gave rise to a forest”
Guillermo Kexel

Texto completo

¿Quién no vio alguna vez una silueta blanca, gris, intervenida, vacía, de pie sobre el cemento o atada a una reja? ¿Quién no asoció esa silueta de hombre, mujer, embarazada, niño/a, con un desaparecido o una desaparecida? ¿Cuántos familiares, sin decirlo tal vez, han buscado similitudes con su ser querido en ese cuerpo de cartón trashumante? Desde el momento mismo en el cual las siluetas invadieron el espacio público, la ausencia/presencia de los/as desaparecidos/as, se abrazó a esta forma inequívoca de representación de las víctimas y el siluetazo comenzó su autónomo recorrido por todo el país. Cuarenta y tres años después de su entrada en el repertorio de las acciones colectivas del movimiento de derechos humanos, Guillermo Kexel y Ernesto Pereyra tienen a su cargo El siluetazo, una mirada desde adentro, una muestra fotográfica que da cuenta de los inicios de la “silueteada” desde la mirada personal de Guillermo. La muestra circula por múltiples ámbitos de la Capital y la provincia de Buenos Aires e interpela principalmente a los más jóvenes. El interés que le prestan los espectadores a las fotos no es fortuito ni se remite exclusivamente al contexto político actual. Por el contrario, es el pasado de la resistencia colectiva el que nos interroga con sus imágenes. Es la creencia en lo imposible la que imprime su vigencia. Es ese traspaso que realizan simbólicamente las siluetas, desde los territorios clandestinos al espacio público de la Plaza de Mayo, símbolo del poder por excelencia, el que nos llama a la reflexión. Le pedimos a Guillermo que compartiera con nosotros sus recuerdos y nos ayudara a entender un poco mejor la fuerza, la potencia de las imágenes en la lucha por la justicia. Aceptó y para bucear en su memoria nos encontramos primero en su casa y más tarde por videoconferencias. Restituimos aquí una parte de estas entrevistas. Le agradecemos a Guillermo su disponibilidad y confianza igualmente que el hecho de habernos abierto su archivo personal para constituir este dossier.

Myrna Insua y Ernesto Pereyra


Myrna Insua:
Ernesto, Guillermo, ¿cómo comienzan a colaborar y a establecer la relación artística militante que les permitió concebir recientemente la muestra “El siluetazo, una mirada desde adentro”?

  • 1 Lidia Stella Mercedes Miy Uranga de Almeida, conocida como “Taty” Almeida, Madre de Plaza de Mayo l (...)

Guillermo Kexel: En 2002–yo llevaba ya muchos años desde que había empezado a marchar con las Madres y de que en el 83 sacáramos a través de ellas, con ellas, lo de las siluetas–, Tati Almeida1, con quien yo tengo desde siempre una relación muy fluida, me dice: “Guille, me gustaría que vos integres un grupo de gente para hacer algo que queremos llevar el próximo 24 de marzo a la plaza. Queremos que sea importante esta marcha del 24”. No olvidemos que había ocurrido la debacle de diciembre de 2001 y que la violencia de Estado había provocado una gran cantidad de muertos. Se hizo entonces una reunión, en la casa de las madres. Había unas veinte personas en la sala grande. Enseguida nos pusimos cada uno a tirar ideas para el 24 y detecto dos personas en ese grupo a quienes yo no conocía. Una era Laura Fernández, actualmente residente en Italia, en Turín, con quien después haríamos una cantidad de actividades. Y en la otra punta, Ernesto. Creo que no se conocían tampoco entre ellos. No me acuerdo quién, pero alguno de los que estábamos en la reunión tiró la idea de colgar banderas sobre la avenida de mayo por donde iba a pasar la manifestación del 24. En otras ocasiones, algo ya habíamos hecho con un grupo de artistas, quizás con menos potencia o menos pretensiones hablando de lo estrictamente político de la apropiación del espacio público. Antes de irme de ahí, les pedí a Ernesto y a Laura que me den sus datos y les dije: “hagamos un grupo y empecemos a tirar ideas para pintar las banderas a mano. Ya veremos cómo las colgamos”. En el transcurso de esa semana y las siguientes, nos reunimos. Junté tres personas más, o cuatro, entre las cuales estaba María Lizardo, gran artista. Confeccionamos una serie de imágenes y entre todos elegimos una de Ernesto y otra mía. La de Ernesto era una mano abierta, bellísima, y la mía era un mapa de la Argentina estallado, pinchudo, crispado. Pintamos como locos. Le llevamos un presupuesto a las madres, como ya era costumbre, porque ninguno de nosotros tenía un mango. Compraron la tela y le pusimos toda nuestra capacidad de realización para ver cómo se implementaba el proyecto, siempre en el límite de los materiales qué teníamos a disposición.

Ernesto Pereyra: Lo interesante es que yo tenía 20 años en ese entonces y ninguna experiencia en trabajo colectivo de realización. Entonces no me podía considerar artista. Estaba estudiando pintura, pero recién los primeros cursos. Creo que lo que fortaleció la relación fue el compromiso que advertimos todos de Guillermo hacia el grupo. Conformamos un núcleo duro de cuatro o cinco personas que realizamos las banderas durante diez días, una semana. No teníamos mucho tiempo. Prácticamente nos juntábamos todos los días para trabajar hasta la noche. Realmente me sentí muy bien y a prueba. Era la primera vez que yo asumía, bajo la dirección de Guille, una responsabilidad como esa. Obviamente uno confiaba en Guille. Si bien yo no lo conocía mucho ni tampoco tenía la referencia fresca de su trayectoria como uno de los promotores de Siluetas, confié en su actitud, digamos, de compañero. Guille, por su parte, sin saber mucho, confió en mí y me dio pruebas de fidelidad, coraje y de honestidad. También me hizo comprar determinados libros y ahí rápidamente adquirí, creo yo, un ejercicio de lectura política desde el ámbito, digamos, artístico-político. A partir de esta primera experiencia seguimos trabajando juntos por otros canales, eventos más privados, eventos más de laburo concreto, etc. Acabamos de cumplir 25 años de colaboración.

M: Por lo que acaba de comentarnos, para Ernesto el arte como realización colectiva en el espacio público llegó en cierta manera de tu mano. ¿Y ustedes, los setentistas, cómo comenzaron a dar vida a la dimensión política del arte?

G: Para nosotros este aprendizaje se dio en la acción. Queríamos romper el cerco del ámbito galerístico y museístico donde se supone que el artista se mueve naturalmente. Teníamos como lema “abajo la pintura de caballete”. Recuerdo que Hugo Monson, director del Museo Municipal Sívori, nos abría las puertas de su sala en el Centro Cultural de Recoleta para que hiciéramos nuestras locuras de ruptura de esquemas. Yo he llevado mesas de serigrafía para intervenir en público. Después ese tipo de cosas empezó a hacerse un poquito menos rara.

En el 71, ya tenía 21 años, me hice socio con otros dos y montamos un taller de serigrafía. Y empecé a sobrevivir tratando de no vivir más con mis viejos. Para el 74, ya estaba re de novio con “esta mina que tengo acá en casa” (risas). Nos casamos en el 78. Nos fuimos a vivir a Córdoba, intentando tomar distancia del ámbito familiar. Digamos, yo soy hijo de militar (retirado para entonces). Ella también es hija de militar, de otra rama, un marino que después se hizo prefecto, o sea que los dos vivíamos en un ambiente que no siempre nos resultaba favorable, por decirlo de alguna manera. Al poco tiempo volvimos a Buenos Aires. En el ochenta y uno, me puse a buscar dónde instalarme y no encontraba. Yo me tenía que ir de casa porque el sistema de impresión que usábamos utilizaba solventes muy pesados y Nora, mi esposa, ya estaba embarazada de María. Y en el 81 justamente empiezo a marchar con las viejas.

M: ¿qué te decide a marchar con las Madres? Qué tenía que ver con vos la consigna “aparición con vida”?

G: Ehm, yo no tenía ni un hermano ni un primo desaparecidos. Pero sí hacía una lectura de la realidad muy directa, muy crítica de lo que era la mentira masiva, la manipulación de la opinión pública… Y además, por si fuera poco, al hermano de mi primo político cordobés, con quien éramos muy muy amigos, lo secuestran haciendo la colimba en Córdoba. Mi primo y mi prima se escapan de Córdoba, se vienen para Buenos Aires y mi tía le pide ayuda a mi viejo milico. Le dijo: “Danos una mano porque los voy a perder”. Y mi viejo les dio asilo. Durmieron durante meses en el living de casa. Es un personaje muy especial mi viejo y tenía entonces, un conocimiento directo de lo que estaba ocurriendo por detrás de la escena

Cuando las madres empiezan a marchar… Yo conozco lo que las madres están haciendo por alguna referencia (Me parece que el único medio que sacó tres líneas sobre las madres en la plaza fue el Buenos Aires Herald. Después, todo lo que hubo en ese momento, setenta y siete, setenta y ocho, tenía que ver con lo que publicaban medios de afuera. No de acá. Y acá, lo que pudiera ocurrir en Europa no nos llegaba. Lo que estaban empezando a organizar en Francia y otros lugares, nosotros no lo sabíamos). Entonces fui, fui porque lo creí. Cuando vi esa ronda de madres, creí sin tener la más mínima duda que eran madres de personas que habían luchado y que ya no estaban y de las cuales ni siquiera se conocía su fallecimiento. Fui como quien va a buscar la vida, qué sé yo. Y todo lo que sentía ahí era absolutamente verdad. Y fue ahí cuando una de las madres me dio el brazo y dando la vuelta a la pirámide, los dos del brazo, me pregunta: “¿vos por qué estás acá?”. “Por mis hijas”, le dije yo. “No, vos no podés tener hijas desaparecidas”, me dijo asustadísima. “No, no, no, no, no me entendiste. Yo vengo acá por mis hijas, porque mis hijas son el futuro. Yo vengo acá por lo que va a pasar después”. Bueno, seguí marchando con las Madres y tratando de mantenerme cerca de ellas. Las identifiqué casi inmediatamente como una fuerza política no partidaria a tener en cuenta. Y entonces voy a una festividad de San Cayetano, en la Basílica de San Cayetano, acá en la Capital, creo que es en Flores, Floresta por ahí. [Las viejas] se ponían el pañuelo dentro de la iglesia y cuando salían se sacaban el pañuelo y la gente las dejaba pasar. Y volvían a entrar y hacían la ronda allí. Y estando ahí, los milicos mandaron la guardia de infantería, nos corrieron con palos y gases, empezamos a correr todos, y mientras estoy corriendo, lo veo al Rodolfo, que corre a la par mía.

Hacía muchos años que no lo veía y lo conocía de chicos. En el setenta y siete, salía a vender papel y con mi portafolio recorría las pinturerías artísticas de la ciudad de Buenos Aires. Para esa época, el Rodó tenía un negocito en una esquina de venta de materiales para los estudiantes de la Belgrano, que es un secundario con orientación artística, donde él había sido docente. Él conocía a todo el alumnado de la Belgrano, pero lo echaron de ahí, lo declararon prescindible como a una cantidad de personal docente en el país al que le descubrían o inventaban algún tipo de antecedente o participación político-partidaria, o ponían en una lista y las autoridades de la escuela o un inspector los echaban a la mierda, los dejaban sin laburo. A el también lo habían echado del banco porque era empleado bancario, así que se había puesto este negocito. Y yo voy y me lo encuentro, y le digo, “pero vos sos Rodolfo”. Lo pensó y me dijo: “No, no soy tu primo” (risas). Nos pusimos a charlar e instantáneamente nos hicimos amigos. Y después me voy a Córdoba y lo vuelvo a perder. Por eso, cuando vuelvo y me lo encuentro, ambos corriendo de la cana, escapando de la policía y de los gases. Yo no lo podía creer. Pensé que el destino estaba empeñado en hacernos juntar de nuevo. Y así fue. Él me adoptó, yo lo adopté y quedamos hermanos del alma hasta el último suspiro de su vida.

Volviendo al día de San Cayetano, íbamos por lugares distintos y en La Perla de Flores, que es un bar, nos encontramos otra vez con esa fuerza de la naturaleza extraordinaria como es el Rodolfo Aguerreberry. El me pregunta, ¿cómo estás?, me puse a llorar y a contarle mi vida, que era un desastre. Y me dijo: “Vos tranquilo, vení, vamos a casa, vamos a comer algo en casa… Qué sé yo, algo vamos a hacer.” Y en su casa ese mismo día me cuenta: “yo comparto un taller con un tal Julio Flores, en Barracas, a cuatro cuadras de mi casa, la casa vieja. Y ahí, tenés, es una casa vieja, grande, hecha mierda, pero te vamos a hacer un lugarcito ahí y vos tenés que poder poner tu mesa de impresión en algún lado”. A la semana siguiente yo estaba instalado en un hueco que me hicieron y fue el reinicio de mi vida, de la mano de dos artistas formados, en el año 81.

El año siguiente ya estaba haciendo mi primera muestra. Yo no era artista hasta que me junté con ellos. Firmaba papeles, pero no tenía ninguna actividad. En el 82, ellos me invitan a participar de una muestra colectiva que iban a hacer en San Nicolás, donde hice una foto de los tres, que es la única foto que tenemos los tres juntos del 82, mientras empezábamos a carburar lo de las siluetas.

Yo empezaba a dar clases y ellos se tomaban con paciencia el laburo de explicarme qué significa ser docente. Yo no tenía la más mínima idea.

Y en esas breves reuniones de mates que ocurrían todos los días, nos reconocemos sensibles. Ellos tenían gente más cercana desaparecida, eh, militaban desde hacía mucho más tiempo. Militaban orgánicamente. El Rodo ya militaba en Intransigencia y Movilización Peronista, no me voy a acordar ahora el nombre del dirigente, que es un dirigente conocidísimo, eh, que ya para entonces era una agrupación clandestina. Yo los conocí a raíz del proyecto Silueta justamente. Fue la única fracción de un partido político que colaboró orgánicamente con nosotros en la realización de las siluetas previas al 21 de septiembre del 83 y fue por él, obviamente.

M: ¿Conocías en ese tiempo a otros artistas vinculados con las Madres?

  • 2 CAPATACO (Colectivo de Arte Participativo Tarifa Común), era en los años 80 un grupo integrado, ent (...)

G: Bueno, al Coco Bedoya. En ese momento estábamos con el Coco presentándonos a cuanto salón nos pasaba cerca. Y a los dos nos premiaron con un año de diferencia, en dos salones distintos de la Sociedad Argentina de Artistas Plásticos. Y en la inauguración de la muestra donde a él lo premian con serigrafía, yo me le fui al humo porque éramos muy pocos los que trabajábamos como artistas serígrafos es decir, como auténticos grabadores, no como reproductores de la obra de terceros. Nos fuimos a tomar algo, quedamos amigos y desde entonces, debe haber sido en el ‘82, hicimos una infinidad de cosas juntos, multitud de cosas juntos, incluyendo proyectos para las madres. No siempre juntos, a veces lo seguía documentando fotográficamente lo que hacían con CAPATACO2 y otros organismos que iban fundando. Pero a lo que iba es que él era integrante del MAS. Y esto no lo puedo olvidar porque a fines del 83, la primera nota que sale en un medio referida a las siluetas, o la segunda, la publica el Boletín Cultural del MAS, que él integraba y me la pide él personalmente, me escribió una notita. Publico la nota contando el origen de la idea, cómo surgió y cómo llegó a la plaza. La firmo con iniciales, porque me insiste que yo tengo que figurar, digo que no. La firmo con iniciales sin decir en ningún momento que yo era coautor del proyecto ni nada. Finalmente lo aceptó y así quedó. Para mi es importante esa nota porque con todo el pavor que yo tenía de ser reconocido y además chupado y torturado y violado en un infierno… Logré sobreponerme y publicar esa nota y tres o cuatro fotos. También había fotos de Okaranza y no sé si no había también fotos de Eduardo Longoni… Debe haber sido a finales del ochenta y tres, primeros días del ochenta y cuatro. También hubo una nota en una publicación cultural muy chiquitita.

M: Volvamos al 82…

G: Volvamos al 82. Yo no tengo palabras para explicar cómo se sentía uno en ese momento… Porque escuchábamos hablar de gente que habían volado con granadas o con dinamita, escuchábamos de gente que habían acribillado con cincuenta y dos tiros en un supuesto enfrentamiento, etcétera, etcétera. Pero esto de saber que había gente que se la habían llevado, a qué hora y de dónde se la habían llevado, y que no volvió a aparecer nunca más, no, no lo conocía nadie. Hablábamos del tema, supongo que como una forma de desahogo también, porque imagínate que era poco y nada lo que uno pudiera hacer. Nadie individualmente, desde luego. Y en esas charlas debe haber surgido la idea de “¿será posible?” –a modo de pregunta, ¿no?–. ¿Será posible representar esa ausencia? O sea, con imagen. ¿Hay una imagen que representa la ausencia? ¿Hay alguna forma? Justamente por lo que tiene de juego, de desafío, de polaridad extremadamente barroca, de poner la presencia de una imagen y contraponer la presencia de la imagen con la ausencia de la persona.

  • 3 El artista polaco se llamaba Jerzy Skapski.

No salió instantáneamente. Dimos vueltas y vueltas y vueltas y vueltas y vueltas. Sé que se discutió, se debatió, se fue, se vino. Creo recordar que ninguno de los tres teníamos una primera idea de por dónde empezar con esto. Pero a finales del 81 o principios del 82, Julio aparece con la revista de UNESCO donde se reproduce a página completa el afiche de un polaco –ya no me acuerdo cómo se llama3– que dibuja una imagen con una serie de siluetitas de una sola línea… de una siluetita a la otra siluetita, a la otra siluetita, sin levantar la pluma del papel hasta que sigue abajo. Siluetita, siluetita, siluetita, siluetita. Una al lado de la otra. Representa en ese afiche tantas siluetitas de personas como personas eran asesinadas en un día en ese campo. Creo que era Auschwitz. Y manda imprimir la cantidad de afiches equivalente o igual a la cantidad de días que ese campo de concentración funcionó. Esta idea le disparó a Julio y nos disparó a los tres una sensación de que…. Aparecía la dimensión numérica primero, pero también la dimensión del cuerpo, la dimensión de la ausencia, el espacio que no ocupa el que no está... Yo creo que ahí empezamos a manejar dos cosas. Una la cuantificación, porque treinta mil no es lo mismo que uno, ni que dos, ni que quince. Es un número abrumador, impensable e inimaginable

Julio es el maniático que se la pasaba haciendo cuentas, que cuántas superficies, cuántos miles de metros cuadrados son, y que, puestos cabeza con pies, uno atrás del otro, en kilómetros llegan desde la avenida Rivadavia hasta… ¡hasta la casa de Ernesto en General Rodríguez!. Él le daba vuelta a eso todo el tiempo. Yo estaba mucho más interesado en esto del tamaño natural. Una persona es una persona. Por más que sea una representación de la persona, una representación a tamaño natural parece tener más sentido que una cosa dibujada chiquitita...

E: Un paréntesis, con respecto a esa diferencia de significados y significantes… ¿Es la construcción simbólica de la figura de la persona que no está, o es la construcción simbólica de la ausencia? ¿Es posible profundizar un poco sobre esos dos aspectos que se encuentran, claro, pero no necesariamente son lo mismo?

G: La pregunta es buena porque mi primera reacción fue, sí, se juntan, pero después, mucho después vi que en el principio no se juntan. Voy a hablar por mí. No puedo decir lo que los otros dos hubieran estado pensando en ese momento, pero para mí, no tengo ninguna duda de que la representación es la de la ausencia. Es el hueco, para mí: la representación del hueco que yo tengo acá, el agujero que hay en nuestra vida, en el tejido social. El agujero que representa el hijaputismo de un sistema que a propósito, estratégicamente, te priva de la persona y de la prueba de su muerte. Sigue siendo la ausencia. Para mí, la silueta vacía que así fue pensada desde el principio no se llena… Por eso también ocurriría y no siempre por las mismas razones, por supuesto. Hay razones confluyentes a que aparecieran por un lado las siluetas rellenas y otras vacías, y los nombres en el pecho de las siluetas vacías y llenas. Es ahí donde la ausencia se termina de juntar con la persona, cuando se le pone nombre. Y esto ocurrió en la noche de la primera siluetada, el 21 de septiembre, a pesar de la primera voluntad de las Madres de que no llevaran nlleombres.

Entonces, para responder a la pregunta, desde mi punto de vista, ese esfuerzo legendario lo veo ahora como una cosa imposible, que solamente gente que tenía tiempo y energía para dedicarse a ese tipo de pensamientos que te quitaban el sueño, en fin… El desafío estaba apuntado a esto: representar el vacío, representar la ausencia. Por eso la primera silueta que sale, sale vacía. Sale con la no-persona.

M: Yo quiero seguir en la línea de Ernesto, que me parece... me da la impresión de que es todo lo contrario. No sé lo que pensás vos, Ernesto, pero para mí lo que te trae la silueta aun vacía, o sobre todo vacía, es la presencia del que no está. La desaparición es negación, no solo ausencia… Como diría Videla, no están ni vivos ni muertos, no están, no existen, son una entelequia. Bueno, la manera de ponerle el cuerpo, sobre todo en la práctica, en la acción, cuando los militantes se tiran al piso y dejan que se dibuje la silueta de sus propios cuerpos, lo que se está transfiriendo es precisamente la presencia, no la ausencia. Como que la ausencia se llena a partir de la silueta, se le da existencia. Hoy yo la opondría a las visiones negacionistas.

G: Escucho.

E: Pienso en dos planos. Digo: la figura humana, simbólicamente, es inevitable pensarla desde la ausencia de la figura humana concreta, de aquella persona que estuvo y, en un momento trágico, dejó de estar. Es como una abstracción, digamos, un número simbólico, o una figura simbólica, desde un plano político, de la ausencia o la obstrucción del proyecto social colectivo. Entonces, allí [el Siluetazo] adquiere para mí la mayor significación política, aunque no se puede obviar la connotación afectiva individual. Esa persona tenía una vida, una familia, una cotidianidad, ¿no? Una individualidad que sumaba a un colectivo. Entonces esto me parece que cabe y no anula otros significados, otros razonamientos. Pero es interesante, por ejemplo… Hace poquito un amigo, un artista, diseñador, me decía: “A mí me importa discutir el proyecto político”. Pero los treinta mil desaparecidos es el proyecto político. No son las treinta mil personas que vamos a reclamar sino de esa persona que estaba contribuyendo a un proyecto político claro. Y me parece interesante esa discusión.

M: Yo comparto el tema de que es un proyecto político –y en verdad, bueno, nos estamos adelantando a cómo se sucedieron los hechos–, de que el lugar que ocupa el Siluetazo es político. La manera de representar el desaparecido a través de la silueta es política. Cuando un grupo de Madres decide mantener en el pañuelo la consigna “aparición con vida” y otro grupo decide conservar el nombre de la persona, hay en ese momento dos maneras de construir, y en cierto modo las dos son válidas, son parte de lo mismo, y marcan una manera de relacionarse con la persona que no está que es diferente. Ninguna de las dos pierde “lo político”.

A mí me da la impresión de que es sacarlos/as de la ausencia, traerlo/as, hacer y rehacer esas cuentas que hacía Julio, este, cómo mostrar cuántos faltan, es de alguna forma sacarlos del vacío. Y de hecho, cuando se empiezan a escribir los nombres, cuando algunas madres o algunos familiares necesitan poner el nombre, lo que te están diciendo es que este que está acá es el que me falta a mí. No es cualquier silueta, esta es “mi silueta con mi desaparecido”, ¿no? Entonces yo creo que es mostrar la presencia de esa ausencia lo que prima.

G: A mí me gustaría que todas estas perspectivas que están manifestando, incluso la del amigo con el que hablabas el otro día, Ernesto… Me gustaría mucho traerlas, hacerlas confluir. Complementarlas unas con otras en un esfuerzo tan grande como seamos capaces de hacer para que ninguna excluya a la otra, para que todas sumen, como suman las dos agrupaciones de Madres que existen actualmente con perspectivas distintas, con distintas intenciones, voluntades y temperamentos. Volviendo un poquito a esta aparente dicotomía de la silueta como representación de la ausencia y la silueta como presentación de aquel que ha sido desaparecido, esas dos cosas se terminan integrando pero de un modo absolutamente indivisible a partir de la salida de las siluetas a la calle. Y quizás desde antes. Yo creo que empieza a aparecer cuando las madres ven la primera silueta de tamaño natural, antes de llegar a la plaza. Madres, familiares y abuelas empiezan a ver la silueta que estamos haciendo ahí en el piso y empiezan a reaccionar y no te digo que nos increparon, pero nos pusieron los puntos. Dijeron: “che, pero ¿y la silueta de la embarazada? ¿Y la silueta de los bebés nacidos en cautiverio?” Y nos apuraron. Salimos corriendo a resolverlo porque eso no estaba en el proyecto.

Por eso digo, el proyecto como tal, hay que entenderlo como una semillita, si vale la expresión, una casi nada que dio lugar a un bosque. Ese casi nada que somos nosotros tres tomando mate alrededor de una idea que nos duele y de una ausencia, que es la ausencia de personas queridas, que nos duele. Sabiendo que podríamos ser cualquiera de nosotros tres en cualquier momento y cualquier día. La idea y el desafío al que someten a tres profesionales cuando les dicen: “eh, a ver, si son capaces...”

Tener la capacidad, tener la sensibilidad, tener una capacidad expresiva que pueda hacer que esto no solamente se sintetice –subrayo dos veces la palabra sintetice– en una imagen, sino que además sea capaz de decir que van a ser 30.000 y van a estar en la calle. Para eso hace falta mucha imaginación, ¿no? Creo que tiene sentido que surgiera de un grupito de tres artistas. Porque ese nivel de delirio es el único medio. Hay que delirar y hay que sostener el delirio mientras todavía es imposible. Y sigue siendo imposible seis meses después, un año después, un año y medio después, dos años… Hay un desafío gráfico de producción, de realización… Mientras tanto yo, que era el que tenía menos ejercicio artístico, y tenía más laburo con clientes, más laburo de comunicador y de realizador que estos otros dos, imaginaba ¡cómo carajo hacemos para crear 30.000 siluetas nosotros tres, hermano! No me sirve que lo vayas a imprimir como hizo el polaco. Estas tienen que estar hechas de a una. Con plantillas si querés, ya vemos cómo, pero de a una. Hay que hacer las treinta mil sintiendo que se hace una y que después se hace la otra... Tiene que ver con la cuantificación de Julio. Si no, lo meto en una máquina y dentro de seis horas tengo treinta mil imágenes impresas… Pero no era esa la idea. Había que hacer treinta mil a mano, una por una. Y después sacarlas a la calle. Y estábamos rodeados.

Esto creo yo que es lo interesante. Entonces ocurre que como corolario, mientras ustedes hablaban y yo escuchaba, siento que justamente la vacuidad de la imagen, o sea la silueta vacía, la vacuidad de muchas de las intenciones que después se pueden adjudicar como fenómeno estético político, como toma estética del espacio público, etcétera, etcétera, todo eso que viene después tiene sitio y ocurre de un modo espontáneo. Justamente porque quizás la mayor virtud que pudimos haber tenido era dejar la idea lo más abierta posible.

Ahora estoy releyendo y restaurando pixel a pixel la propuesta original que le llevamos a las madres. Con las magníficas tachaduras de las viejas que dijeron esto sí, esto no. Estos son los tres papelitos que les llevamos a las madres. Lo estoy releyendo punto por punto y a pesar de los errores de ortografía y los apuros y los nervios –que se notan–, el esfuerzo era que esto se pudiera hacer sin entrenamiento, sin conocimientos específicos, ni de comunicación, ni de dibujo, que esto lo pudiera hacer cualquiera, que tuviera un cacho de papel y un poco de pintura. Y llevárselo, llevárse la idea y difundirla, o sea, que se vaya para allá todo este quilombo.

M: ¿Hablaron con Hebe Pastor de Bonafini directamente, o con la comisión directiva? ¿Fueron, los tres? ¿Qué pasó?

G: No, no, no. Julio siempre estaba haciendo algo. Entonces, fuimos con el Rodolfo, que era con el que yo me peleaba, porque Rodolfo no se lo quería dar a las madres al principio. El Rodo sostenía, lo sostuvo hasta el último minuto, que no se lo quería llevar a las madres porque decía que tenía que salir del ámbito político-partidario, de la estructura política del país como ámbito de lucha. Y yo le decía que no. De los tres yo era el que marchaba con las madres habitualmente.

Cuando a mediados del 83 se anuncian las elecciones, en las cuales yo no creía, les dije: “Muchachos, si no salimos ahora, no vamos a salir. Esto hay que sacarlo ya.” Rodolfo estaba permanentemente en contacto con juventudes políticas, con una agrupación paralela a la multipartidaria. Julio estaba en contacto con artistas plásticos y con centros de estudiantes clandestinos y en ningún lugar encontrábamos una respuesta que sirviera. Seguíamos solitos los tres imposibilitados de llevar esto a cabo. Después de meses de pelearme, de discutir continuamente con el Rodo, como era habitual, una tarde cualquiera el Rodo me dice: “Che, Guille, sabes que lo estuve pensando y me parece que tenés razón”. Un tipo con una honestidad intelectual que te peleaba las cosas durante un año y medio y cuando capaz que le caía la ficha y lo pensaba desde otro lado venía y decía: “¿sabés? Me parece que tenés razón”. Y yo le dije, bueno, vamos, pero vamos ahora. Yo sé dónde es la casa de las viejas, ahí a la vuelta de tribunales.

M: En la calle Montevideo...

G: Sí sí. Fuimos. Desde enfrente, fotografiaron a todo el que entraba y salía de ahí. Golpeamos la puerta, atiende una señora. Prolijísimas, como siempre. Uno se hacia pequeño. Le dijimos, todavía en la puerta: “Mirá, les traemos una idea”. Y sacamos de una carpeta tres hojitas que son las que te acabo de mostrar. “¿Y eso qué es?” “Y… es una propuesta para hacer imágenes de los desaparecidos y de las desaparecidas”. “Ah, bueno, estamos en reunión de comisión justo”. Y ahí le dijimos “volvemos en un rato, te lo dejo”. ¡Te lo dejo! ¡Te lo dejo, y se lo dejamos! Y nos fuimos a un café con el Rodo a un barcito que queda justamente en Viamonte y Uruguay. Nos tomamos ese café lleno de ansiedad y volvimos 40 minutos, 45 minutos después. Golpeamos la puerta, nos atiende la misma señora con las tres hojitas en la mano y lo primero que advertí es que las hojas estaban corregidas. Imagínate la situación. Y le preguntamos: “¿Y?”. Y nos dice: “Ah, sí, lo discutimos, lo votamos, etcétera, se hace”. Y ahí es donde los huevos se pegan contra el piso y te decís: “Ajá, ¿en serio?”. Y ahí sí te da miedo. Ahí sí te da miedo porque nosotros prometimos una cosa en esos papeles, que después ocurriría, pero nosotros no lo sabíamos. Nosotros mismos seguíamos creyendo que era imposible, pero, ¿qué hacen las viejas? Lo leen, lo comprenden, lo discuten y en 40 minutos lo votan. Y en una decisión no unánime, lo aprueban. ¿Querés escribir un libro acerca de lucidez política? ¡Arranquemos por ahí!

Bueno, nos quedamos con los papelitos con tachaduras, y nos explican: “queremos esto, no queremos esto, no queremos aquello”. Y escuchábamos todo esto parados en la puerta de la casa de las viejas porque adentro estaba la comisión y probablemente había discusiones que tenían que ver con otras cosas.

M: ¿Las cosas que les dicen que no pueden hacer es que las siluetas no pueden ir en el piso, que tienen que ir paradas, que no debían tener nombres, que tenían que estar las de las embarazadas?…

G: No, en ese momento no se planteó lo de las embarazadas. Las tres condiciones fundamentales eran: no van al piso porque el piso significa la muerte. No tienen que llevar nombres porque si llevan nombres o detalles no son todos. Tienen que ser todos ellos y todas ellas. Tres, no deben contener consignas político-partidarias. Lo cual hasta donde yo pude saberlo, se respetó. Yo no tengo documentado ninguna silueta con consignas político-partidarias. Aunque por supuesto, cada uno tiene su corazoncito y debe haber habido. Nosotros nos vamos con esto. Llegamos al taller y nos dijimos: ¿cómo nos repartimos? Julio fue a seguir trabajando con los pibes de los centros de estudiantes de las escuelas de Bellas Artes. El Rodo se fue a ver a los muchachos de Intransigencia y Movilización Peronista. Y yo hablaba con las viejas. Y pasaron dos cosas. Una, nos dijeron: “ustedes tienen que estar en la reunión de coordinación y presentar la idea”. Ellas con su firma y su logotipo ya habían convocado a otras organizaciones y organismos a que vinieran a escuchar una idea que había para hacer siluetas. Esto lo acabo de descubrir ahora revisando, papelito por papelito, mis archivos. Y lo otro que ocurrió es que ahí mismo nos dicen: “si necesitan un lugar donde ir haciendo siluetas, hay un Ateneo en la zona, donde cada tanto nos prestan una sala más grande que la nuestra y donde pueden hacer lo que quieran”. Se hicieron las dos cosas. Fuimos a la reunión de coordinación y presentamos la idea. Me tocó a mí y eso me trajo un poco de paz porque estaba muy preocupado con la sensación de que podíamos no cumplir. Si la gente, los manifestantes, ese día en la tercera marcha de resistencia no se enganchaban a hacer siluetas, nos íbamos a quedar como tres pelotudos con el pincelito y el tachito de pintura. Había que hacer la mayor cantidad de siluetas posibles para llegar con algo ya hecho.

M: ¿Había organizaciones de derechos humanos en la coordinación?

G: Por supuesto que sí. Estaban los convocantes es decir, madre, abuelas, familiares y los otros organismos que eran dos o tres, no eran tantos tampoco: Liga, SERPAJ, APDH… Me debo estar olvidando alguno. Al padre Puigjané lo había fotografiado abundantemente porque estaban siempre. No sé si el propio Pérez Esquivel, pero alguien de SERPAJ tiene que haber habido, porque era parte orgánica, sin duda.

Quiero que quede claro que con las cosas que les estoy contando, no estoy agotando el relato porque, a lo largo de más de 40 años, logré recopilar de mi propia memoria, de cosas que hablo con Julio y de cosas que encuentro en mis papeles, una cantidad de anécdotas y situaciones numerosísimas. Ocurrieron una infinidad de cosas como la silueta de la embarazada. En realidad soy yo. Es mi silueta con panza y rodete. Mientras estábamos haciendo las plantillas de las siluetas con el Rodo, en ese lugar que nos prestaron, pasa esto de que las madres, abuelas y familiares nos exigen una silueta de embarazada y siluetas de bebe

Y el Rolo, ahí mismo agarró un papel, lo pego a la pared y se puso a dibujar la embarazada. Yo sigo con lo mío; y al rato me dice/ “no me sale”. Era un dibujante excelso, maestro. “No, no me sale”. Estaba nervioso, estábamos todos nerviosos, cansados, agotados, sin dormir. Entonces agarra otro papel, lo pone en la pared y me dice: Párate ahí”. Voy me paro. “No, ponete de perfil”, me dice. Claro, si no cómo me iba a hacer la panza. Me pongo de perfil, levanta las proporciones, me hace las tetas, me hace la panza, me dibuja una faldita y un rodete. Listo.

Justo antes o justo después de que el Rodo resolviera lo de la embarazada, tenía que dar noticias de vida en casa. Tenía a mi segunda hija recién nacida, no había teléfono, o sea, era un quilombo. Fui a mi casa. Me comí una milanesa con puré, le di un beso a cada una y cuando estaba volviendo, me acordé: ¡los niños en cautiverio. Y sin pensarlo dos veces, mientras agarraba un papel le dije a María, vení. María tenía tres años. “Vení, acostate acá”. Entonces María se acostó sobre el papel y yo levanté velozmente su cuerpecito. Cualquiera hubiera podido dibujarlo también, pero por alguna razón yo decidí levantar de su cuerpo la forma de su silueta. Con la cual hicimos multitudes de plantillas y al día siguiente, a lo largo de la avenida de Mayo, se pegaron multitud de estas siluetas y yo obviamente fui y lo documenté. Y en el medio de esa marcha hacia la plaza de los dos Congresos, una de las siluetas se cae al piso. Y una Madre la agarra porque ninguna silueta y menos esa podía estar en el piso.

Tardé muchos años en confesarle a mi hija lo que había hecho porque me pareció una estupidez y una locura después. Raro, me pareció muy raro….

Bueno, de algún modo llegamos a la plaza. Íbamos en una camioneta prestada, manejada por un loco, más loco que nosotros. El tipo mete marcha atrás, sube la parte de atrás de la camioneta, dos ruedas a la vereda de la plaza. Y nos ponemos con los dos que venían de ayudantes a bajar los materiales: unas bobinas de papel pagadas por la madre, unos tachos de látex, rodillos, pinceles. Apenas bajamos los materiales y las siluetas que teníamos ya hechas, todos con mucho miedo, la plaza estaba rodeada por policías que estaban contra las paredes de las veredas que rodean la plaza. No estaban encima de la plaza. Ya había un montón de gente, eran las cuatro de la tarde o por ahí. Bajamos todo ahí y empezamos a armar con las bobinas de papel, serían seis o siete –menos un par que íbamos a utilizar en ese mismo instante–, una especie de cerco. Y ahí adentro, que quedó medio vacío de gente, tiramos unos papeles, unas plantillas y empezaremos a dibujar siluetas nosotros. Estaban los que habían venido en un colectivo que estacionaron del otro lado, con no sé qué cantidad de cientos de siluetas que habían hecho con plantilla. Bajamos todo ahí, se empezó a juntar gente a nuestro alrededor preguntándose que quiénes carajo éramos. Obviamente se acercó inmediatamente una madre y dijo: “Ah, vienen con nosotros. ¿Qué van a hacer? ¿Las figuras de los desaparecidos? Ah, bueno, fantástico”. Cuando nos vieron hacerlo, se empezaron a acercar todos. A unos los pusimos a cortar papel con el piolín y otros a usar plantillas y casi inmediatamente, como no alcanzaban las plantillas, se empezó a usar la mecánica de que uno de los manifestantes, algunos de los compañeros o compañeras se echara al piso y se le levantara el contorno con marcador, no con pincel con pintura porque te arruina la ropa. Después en otra parte se completaba y se reforzaban los bordes con pintura, pincel, rodillo o lo que hiciera falta.

M: Acá hay un cambio sustancial. No es lo mismo pintar a partir de plantillas ya establecidas que poner el cuerpo.

G: Por supuesto. No es lo mismo. El cambio es sustancial. Estaba de algún modo previsto en nuestras ideas, lo volví a leer ahora en la propuesta original. Pero yo creo que nosotros mismos no advertimos la importancia ritual, el peso simbólico y ritual que tendría esta acción. No faltó que alguien se conmoviera o resultara afectado por lo que estaba pasando. Empezaron a ocurrir este tipo de cosas.

M: ¿Cómo interpretás vos esto de que “no es lo mismo”? Es obvio que no es lo mismo, pero ¿por qué? ¿Qué es lo que pasa ahí en ese momento?

G: Esto que nosotros llamamos, tiempo después, “poner el cuerpo”. No está así expresado en la propuesta original porque poner el cuerpo se carga de una cantidad de variantes o vertientes significativas que parten de un lenguaje simbólico no previsto, el cual, en tanto lo simbólico le gana a lo factico, a lo tangible, adquiere mucho más peso. Incluso, con el correr de las décadas, adquiere mucho más peso el hecho de decir: “haceme mi silueta que va a ser mi hermano”. Yo no lo recuerdo que alguien lo haya dicho de esta manera, pero es perfectamente posible, y debe haber ocurrido. O que una madre… Porque varias Madres se tiraron al piso sobre los papeles para obtener la silueta de sus propios cuerpos y que representara a alguien más. Después lo recordarán ellas mismas. Entonces, para responder lo mejor posible a tu pregunta, yo entiendo que no es lo mismo, justamente porque la carga simbólica, ritual y me atrevería a decir espiritual, supera cualquier cosa que se pudiera obtener a partir de objetos. Ni la pintura ni el papel, ni el hecho de pintar o dibujar de memoria, ninguna de esas cosas hace lo que lo hizo convertirse en un acto que queda registrad: es mi cuerpo donde habitará el que me está faltando, el que nos está faltando. Eso fue tremendo. Eso fue terrible en la profundidad, del acontecimiento, de la complementación del acontecimiento trágico. ¿Desde dónde viene a complementar lo profundamente trágico? Desde un gesto restitutivo, que es un puño cerrado, que es un gesto de no claudicación, que es la actitud de las Madres convertida, me atrevo a decir, en un hecho concreto que queda documentado ahí en el piso y en las fotos que se saque. Es el espíritu de la lucha de las Madres. No nos rendiremos, no claudicaremos, no daremos un paso atrás. Memoria, verdad y justicia hasta el último día de mi vida y después van a seguir los chicos.

E: Hacer que la silueta no salga de un genio dibujante y que no se hagan preconcebidas en un taller a puertas cerradas o que, eh, las siluetas no sean pegadas por los mismos que la pensaron, todas esas barreras que se fueron superando con la práctica colectiva, fue enriqueciendo la idea. Incluso como ritual. Como un todo con sus partes, como un todo, con el aporte de cada cual…

G: de la multitud.

E: Claro. Además del hecho simbólico, muy afectivo, de poner el cuerpo en ese lugar donde se va a construir una nueva presencia, por así decirlo.

G: Es la presencia eventualmente de un hombre, de algún ser querido, pero es la presencia de un espíritu de lucha. A eso me refería fundamentalmente. Eso excede la persona, entiendo.

M: La plaza tienen ese peso. Es lugar de la resistencia que llama a esa presencia doble de la falta y del proyecto.

E: Y hay una confianza que se arma entre esas personas que ponen sobre el papel y se acuerdan y el otro que lo dibuja. Yo me imagino estar ahí y sentir esa conexión. Hay algo proactivo todo el tiempo, de proponer y superar la propuesta todo el tiempo, cargarla de sentidos múltiples permanentemente casi en el acto, en el acto continuo.

M: Hay algo como de lo sagrado que aparece, lo digo habiendo sido cuerpo de unas de esas siluetas, de ser parte de esa construcción colectiva. No podría explicar por qué, pero es como que esa silueta que uno construyó con su propio cuerpo cuando la tiene en papel y la va a pegar ya no es la silueta del cuerpo de uno, se transforma en otra cosa. Hay una unión que se forja entre la acción que uno está ejecutando y eso otro que aparece como nuevo y que sin dudas, es del orden de lo emocional. Y también hay una sensación de comunidad entre aquellos que están participando y los que están haciendo esto posible, ¿no? No puedo imaginarme muy bien cómo habrá sido esa primera vez, las diferentes emociones que dieron lugar a lo simbólico, a la pertinencia de la silueta como imagen de la desaparición. Me pregunto si, además de las Madres, hubo también sobrevivientes que se tiraron sobre los papeles y ocuparon el lugar de sus compañeros/as de cautiverio… Y también está el hecho de que las siluetas se han hecho muchas veces y que se han pasado de los tres que llevaron la idea. Las siluetas tienen una autonomía que va más allá de las Madres, más allá de todo. Hoy por hoy, la silueta circula…

G: tiene vida propia.

M: Tiene vida propia. No hay propietarios de nada y sin embargo tiene una carga simbólica particular que se construyó en ese primer instante en que se realizó la primera en el espacio público

G: Esta foto representa del modo más cabal para mí el nacimiento de Siluetazos. ¿Por qué lo digo? Las siluetas, tal como las conocemos y yo las interpreto, son miles de personas haciendo miles de siluetas. No otra cosa. Podés pintar una silueta en tu casa, podés juntarte con tus amigos y vamos a hacer un par de siluetas y las ponemos en la escuela, eso no es siluetazo. El Siluetazo es esa multitud, miles de personas haciendo miles de siluetas a lo largo de las décadas. Yo digo que nace en este instante que la foto muestra porque en ese momento, Julio seguramente estaba metido ahí en el montón o un poco más allá, no me aparece en cuadro, yo estoy parado en un cantero de la plaza con el Rodo. Probablemente con el ángulo tengo que estar levantando la cámara por encima de mi cabeza para capturar todo lo que se pudiera. Pero a esa altura ni él ni yo teníamos un pincel en la mano, ni teníamos que explicarle nada a nadie. Ya nos habían sido expropiadas. Y el Rodo acuñó el momento cuando me toca con el codo y me dice: “Guille –o Negro, porque en esa época me decían Negro también–, Negro, acá si nos vamos ni se van a dar cuenta. Acá no hacemos falta para nada”. Eso que él dijo y que después rescatamos en varios reportajes, incluso estando él en vida aún (uno en la revista La Maga fue muy famoso): “Si nos vamos, ni se enteran”. En la noche del primer día de hacer las primeras siluetas, vos ves a toda esta cantidad de gente que no nos da ni cinco pelotas, no saben ni quiénes somos. Les da lo mismo que yo sea un reportero gráfico, un fotógrafo que pasaba por ahí, o nadie. No conocen más que un concepto, una idea, una acción que los tomó por asalto. La idea se apropió de ellos y ahora son creyentes. Siguen su vida desde entonces. Yo puedo contar muchas cosas y otros que estuvieron ahí contarán otras. Te cuento una sola que redunda sobre esta idea de que la silueta es a la vez una persona mientras deja de serlo, mientras es la ausencia de esa persona. Cuando Julio estaba haciendo siluetas a mano alzada –porque él no necesitaba plantillas, y no se las iba a sacar a los muchachos tampoco–, se le acercó un chiquito y le dijo: “¿me haces a mi papá?”. De un modo que yo no me puedo explicar, Julio atinó a dibujarle a su papá. Le preguntó cómo era tu papá y el chico le dice era así, así, tenía bigote, no usaba nunca corbata, el pelo largo y no sé qué. Y Julio le dibujó una silueta tamaño natural del padre. El niño le tomó el papel y se fue diciendo, “¡me hizo a mi papá, me hizo a mi papá!”. Y es por eso que la única forma que yo entiendo de definir, describir, agotar el fenómeno siluetas es el de sumar y sumar y sumar perspectivas, conceptos, ideas, propuestas originales, más la participación de todos y cada uno de los que intervinieron modificando la idea.

M: ¿Te acordás de otras anécdotas?

G: Eh… el loco de los corazones también estuvo desde el primer día. Era un chabón que por alguna razón cortó con un cartón un corazón, consiguió no sé de dónde pintura roja e iba por la plaza sin preguntarle nada a nadie, metiéndole corazones a todas las siluetas que encontraba. Me acuerdo de una silueta puesta en la catedral que decía “Angelelli y Mujica viven en el corazón de su pueblo”. Los curas se pasaron toda la noche mandando a alguien para que limpiara el exterior del frente de la catedral y los pibes no paraban, a pesar de que las Madres decían que no salgan, que es peligroso, qué sé yo, alrededor de la plaza seguían pegando. Así que los pibes empapelaban y los curas mandaban limpiar. Y así estuvieron toda la noche.

Este chiquilín, este pibe está mirando desafiante a mi cámara. Mira adentro de la lente, no me mira a mí. Está mirando adentro de la lente. Está mirando, creo yo, permítanme un poquito de vuelo de vez en cuando… Está mirando, yo creo, al futuro. No sé, está mirando hacia allá. Está a 60 metros de la junta militar genocida que todavía anda por ahí asesinando, secuestrando y torturando. Este pibe sabe lo que está haciendo. Sabe exactamente qué es lo que está haciendo y ha decidido hacerse cargo de lo que está haciendo.

Estaba pensando en eso, que en lo colectivo tal vez corra esa real sensación de miedo, pero también esa efectiva fragmentación de lo clandestino, que era hacer su vida por su lado, de la forma más posible y en silencio. Esto rompe con todo eso.

E: Estando incluso en un contexto en el que uno no podía asegurar para nada estar a salvo, sin embargo lo estaban. Es la sensación. Aquel que se tira al piso sin ningún cuidado, se está confiando a los compañeros que lo rodean. El tipo que va con los corazones, plantando corazones, el loco ese, también está confiando que nadie lo va a seguir, supongo que hay un conjuro ahí en lo colectivo, cierta libertad. Es una experiencia liberadora, necesaria. Evidentemente todos estaban en una misma sintonía, por eso se multiplicó de esa forma, por eso tuvo esa potencia. Y todas y cada una de las cosas que iba nombrando recién Myrna me llevan a pensar en cómo habrá sido esa sensación vivida por primera vez en tantos años y por gente tan joven, ¿no?

G: Voy a hablar por mí. Alguna vez me han preguntado: “vos también estabas ahí, a 60 metros de la junta asesina, ¿tenías miedo?” Sí, tenía un miedo pavoroso, temblaba de miedo. Pero me olvidaba porque cuando yo estaba en mi casa todos esos años también tenía miedo. Y el miedo que tenía en mi casa se era más peligroso. El miedo que yo tenía, la impotencia que yo sentía, el desagrado de mí mismo que uno puede llegar a reunir, eh, el trauma que eso significa, es mucho.

Es difícil explicarlo a alguien que no ha vivido en situaciones tan límites como las que mi generación vivió. Sí, ahí afuera están las armas, está el peligro, está la bala que te viene, está que te chupan y te llevan y no volvés. Sí, pero cuando no está todo eso y estas encerrado en tu cuarto hay miedos peores, hermano. Lo que vos acabás de decir de la liberación, por llamarlo de alguna manera, está hecho de cosas por las cuales muchos de los que están en las fotos tienen que haber pasado: llegás a un sitio como muchos de estos y de repente, una vocecita dice, con un megáfono o algo: “Che, ¿hay algo que podemos hacer?”. Es casi nada, ¿viste? Es una nada, pero podemos hacer algo y lo hacemos. Y ellos se tiraron de cabeza, como me hubiera tirado yo, si no hubiera sido idea nuestra y pasaba por ahí. Me hubiera tirado de cabeza para hacer eso porque si querés era lo único que se podía hacer.

M: No hay que perder de vista que es el 83, que, o sea, es un momento de todavía de mucha inestabilidad, mucho miedo y ese miedo va a seguir hasta por lo menos el 86. Las cosas están cambiando, es el último coletazo de la dictadura. En el segundo siluetazo Alfonsín ya había sido electo presidente.

G: Estaba a punto de asumir.

M: ¿Como quisieras que cerremos esta entrevista?

G: Yo diría que la toma estética del espacio público está precedida, se me ocurre ahora, por la toma simbólica del espacio público que las Madres encabezaron junto con las otras organizaciones, incluyendo a los Padres de Plaza de Mayo y también a los sobrevivientes ex detenidos desaparecidos por razones políticas. Todos juntos generaron un espacio nuevo. La desaparición forzada, no existía en esta escala antes de la dictadura del ‘76, tampoco existía antes de las Madres algo que se les pudiera siquiera parecer. Yo diría que ellas modificaron el pensamiento político de la humanidad y creo que no estoy exagerando. No lo digo para dramatizar. No encuentro nada que se parezca a lo que estas mujeres han creado. Y todos nosotros hemos funcionado bajo ese paraguas, bajo esa protección, que determina un límite y que muy pocas veces la policía y las fuerzas armadas y las fuerzas del terrorismo de Estado se han animado a enfrentar. Toda aquella cobardía, esos pusilánimes la muestran en los juicios y se justifican: “¡Obediencia debida, obediencia debida!”. Niños asustados ante madres que representan la fuerza de aquello que no se puede detener. Y esto no había ocurrido antes, me parece a mí.

M, E: Gracias Guillermo.

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Notas

1 Lidia Stella Mercedes Miy Uranga de Almeida, conocida como “Taty” Almeida, Madre de Plaza de Mayo línea fundadora, falleció el 15 de junio de 2026.

2 CAPATACO (Colectivo de Arte Participativo Tarifa Común), era en los años 80 un grupo integrado, entre otros por Fernando “Coco” Bedoya, Mercedes Idoyaga, José Luis Meirás, Daniel Sanjuro, Fernando Amengual y Diego Fontanet.

3 El artista polaco se llamaba Jerzy Skapski.

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Para citar este artículo

Referencia electrónica

Guillermo Kexel, «El Siluetazo, “una casi nada que dio lugar a un bosque”»Cuadernos LIRICO [En línea], 32 | 2026, Publicado el 10 julio 2026, consultado el 06 agosto 2026. URL: http://journals.openedition.org/lirico/23066; DOI: https://doi.org/10.4000/16k2v

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