Leticia Pérez Puente, Los cimientos de la iglesia en la América española. Los seminarios conciliares, siglo XVI
Leticia Pérez Puente, Los cimientos de la iglesia en la América española. Los seminarios conciliares, siglo XVI, México, Instituto de Investigaciones sobre la Universidad y la Educación, Universidad Nacional Autónoma de México, 2017, 510 p.
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1La presente obra muestra cómo la fundación de los seminarios conciliares en la América española siguió una lógica propia de cada virreinato; entender las circunstancias políticas y sociales que determinaron su creación va más allá de los conflictos de jurisdicción entre las instituciones eclesiásticas y seglares, es tomar en cuenta también factores como la geografía y la diversidad lingüística. Leticia Pérez Puente se posiciona frente a una historiografía que presentaba una imagen estática de los seminarios, como escuelas para la formación de sacerdotes, cuando fueron más que eso, según la autora, llegaron a ser los cimientos de la Iglesia indiana puesto que incrementaron el poder de la Corona y de la Iglesia secular, de ahí la necesidad de dejar de concebirlos sólo como centros de instrucción.
2Para alcanzar su objetivo investigó once de los primeros colegios tridentinos fundados en Hispanoamérica; ocho en el virreinato del Perú y tres en Nueva España. Consultó diversos archivos históricos de España, México, y de las ciudades de Lima, Cuzco, Sucre, Bogotá y Guatemala. Otra fuente muy importante fueron los impresos de la época, los cuales están bien contextualizados para cada caso. Cabe destacar los quince mapas que acompañan la publicación, donde se cartografió a los seminarios y universidades en España, las catedrales americanas, las fundaciones de jesuitas en Perú y las diferentes diócesis; todo ello ayuda al lector a comprender el espacio americano y la distribución de los seminarios en los siglos XVI y XVII. El libro está estructurado en seis capítulos y un anexo documental.
3De entrada, una visión centralista de los procesos históricos nos llevaría a considerar que fueron las capitales de los virreinatos y las sedes episcopales más importantes de cada región, las primeras en auspiciar los colegios tridentinos, sin embargo, no siempre fue así. Las condiciones para su establecimiento no dependieron solo de la capacidad adquisitiva o de la voluntad de las autoridades, sino de factores locales y regionales, así como del interés de la Corona, factores que debieron conjugarse para tal fin. Los concilios provinciales de Lima y México, pero sobre todo el primero, abrieron el camino para su establecimiento y consolidación. Figuras como el clero secular y regular, el obispo, funcionarios de la Audiencia, virreyes, el cabildo catedralicio y la universidad, serán protagonistas en distintos niveles dependiendo del contexto. En este escenario tan extenso y con una geografía diversa, los jesuitas se irán convirtiendo en un actor esencial, pues a partir de la segunda mitad del siglo XVI tomarán la batuta en la educación, y asumirán la administración de varios seminarios conciliares en sus primeros años de fundación.
4Esta historia comparada y conectada de los primeros seminarios en la América hispánica permite entender comportamientos distintos de las órdenes regulares y del clero secular. En Nueva España dominó la presencia de los frailes, salvo excepciones como el obispado de Michoacán con Vasco de Quiroga, el resto de la labor evangelizadora y de colonización fue obra de los franciscanos, dominicos, agustinos, y más tardíamente de los jesuitas. En cambio, en el inmenso virreinato de Perú la presencia de los regulares fue más débil, en parte por el contexto de guerra que se vivió en este período, lo cual facilitó el establecimiento y rápido crecimiento de los eclesiásticos, como lo muestra Pérez Puente, la Iglesia secular no tuvo obstáculos para extenderse en el vasto territorio, esto explica porque la dinámica de las fundaciones siguió una lógica distinta.
5El origen de estas instituciones educativas está en el Concilio de Trento, el decreto se redactó el 25 de julio de 1563. Antes de esta fecha, la historiadora señala que en las posesiones de ultramar ya existían diecinueve catedrales americanas y las primeras provincias eclesiásticas. Además se había celebrado el primer concilio provincial de Lima y México, y las universidades de ambas capitales habían abierto sus puertas. Para ese entonces, la principal fuente de sostenimiento de todas las catedrales era el diezmo, esto es importante destacarlo, pues desde las primeras solicitudes para fundar un Seminario Conciliar, el debate recaía sobre cómo se iba a financiar. De hecho, este fue un obstáculo junto a intereses locales que impidieron que el primer colegio tridentino se estableciera en Cuzco, tal como eran los deseos del virrey Toledo, por ello, la fundación que precede a los demás se dio en 1569 en la ciudad de Quito.
6En el segundo capítulo, la autora destaca el papel central de las Audiencias en la creación de los seminarios en Quito y Santa Fe de Bogotá. En el primero señala la labor del obispo fray Pedro de la Peña que, con el apoyo de la Audiencia logró impartir las primeras lecciones en 1569; las disputas entre los oidores y el diocesano surgieron por el derecho a nombrar a los catedráticos, el reclamo entre ambas potestades se dio por el origen de las rentas, pues para mantener las cátedras los recursos provenían en su mayoría del tributo del rey y no del diezmo, así, la Audiencia se sentía con el derecho de aplicar el Patronato Real. El seminario cerró en 1582 concluyendo su primer ciclo, y será refundado en 1594. En Santa Fe, fue la creación de la cátedra de lenguas indígenas la que condicionó la fundación del colegio tridentino en 1582, se buscaba sustituir a los frailes en las parroquias de indios y combatir la fragmetación lingüística, el objetivo era que el chibcha fuera la lengua general del Nuevo Reino de Granada y que las lecciones estuvieran a cargo de los clérigos presbíteros. Esta empresa no prosperó, ya que no habían garantías reales de una carrera eclesiástica para los alumnos, el poco atractivo de los beneficios eclesiásticos fue la causa principal de su abandono, por lo que en 1588 cerró sus aulas y será refundado en 1605.
7Vale la pena referir dos aspectos que la académica de la UNAM apunta en estas páginas, mientras que en ese territorio los frailes abogaron por la fundación de escuelas de español, en Nueva España eran ellos los que dominaban las lenguas de los naturales. El otro punto es que, tanto en Quito como en Santa Fe, y después en Santiago de Chile, el jerarca principal de la diocesis ordenó a varios curas mestizos, debido a la necesidad de crear un clero propio, sin duda esto causó revuelo entre los españoles y criollos.
8Leticia Pérez Puente se ha especializado en la Historia de la Iglesia y de las instituciones educativas en Hispanoamérica en los siglos XVI y XVII. Ha coordinado varios libros colectivos, y es autora de otros tantos entre los que podemos citar: El concierto imposible. Los concilios provinciales en la disputa por las parroquias indígenas (México, 1555-1647); y, Tiempo de crisis, tiempos de consolidación: la catedral metropolitana de la ciudad de México, 1653-1680.
9Estas investigaciones previas le permiten manejar con soltura y explicar de manera clara la importancia que tuvo el tercer concilio limeño en la definición de los colegios tridentinos en la América española. Los concilios provinciales de Lima (1582) y México (1585), buscaron adaptar lo dictado en Trento. Pero como bien argumenta la historiadora, fueron hechos para realidades distintas, hay una aplicación desigual debido a que el territorio novohispano prácticamente estaba en manos de las órdenes mendicantes. ¿Cómo los obispos iban a ejercer su jurisdicción y fundar seminarios tridentinos cuando los frailes desde muy temprano fueron mayoría? Fue por ello que el orden diocesano se asentó primero en Perú. Un dato importante es que el Concilio de Lima urgió la fundación de seminarios e impuso a perpetuidad el 3% de contribución de todas las rentas y bienes eclesiásticos. Es decir, a partir de dicho documento quedará ya estipulado que los seminarios se sostendrán por rentas eclesiásticas, y así será aplicado en toda América. La puntualización del porcentaje de las contibuciones y las indicaciones de los canales para su cobro fue tan importante que, según Pérez Puente, muchos historiadores supusieron que esto habia sido estipulado en Trento, pero no, fue en la capital del virreinato peruano.
10Después del tercer concilio provincial limeño, las ciudades de La Plata, Santiago de Chile y La Imperial fundaron sus respectivos seminarios. El primero se ubicó en la diócesis más rica de América para ese momento, mientras que los otros dos se localizaban en el extremo del continente. En La Plata, abastecida de parroquias y doctrinas bien pagadas, el clero protestó por el 3% que estaba obligado a contribuir. Inversa situación ocurrió en los dos obispados chilenos, a pesar de su pobreza, una población dispersa, escasez de curas, una carrera eclesiástica poco promisoria, y un contexto de guerra permanente, este 3% fue la pieza clave que permitió la creación de los seminarios. Es en este momento de la lectura cuando la autora establece dos elementos que harán distintivo a un colegio tridentino: un gobierno bajo la autoridad del obispo, garantizado por el origen de las rentas eclesiásticas. Este será el hilo conductor de las siguientes páginas que corresponen al capítulo cuarto: “Los jesuitas y los seminarios tridentinos”.
11Los jesuitas arribaron a América en un ambiente positivo, se les veía como un actor que favorecería a los obispos para tener mayor control de los nuevos territorios. El apoyo del rey, de los diferentes virreyes, así como el prestigio que adquirieron como educadores hizo que pronto gozaran de gran popularidad, tanto así que prácticamente toda ciudad o villa deseaba que los hijos de Loyola se asentaran en su jurisdicción, eran vistos como una especie de imán, su sola presencia atraía recursos económicos de las élites y a diferentes sectores de la población. Por razones diversas de una diocesis a otra, los seminarios les fueron entregados a los jesuitas quienes les imprimieron su sello partícular, pero como demuestra la autora, ello ocasionó que el obispo quedara marginado de las decisiones del gobierno y de la administración, apartándose así del mandato tridentino que buscaba fortalecer la figura episcopal.
12Bajo estas circunstancías, se observaron conflictos entre la Compañía y el arzobispo de Lima, así como con los obispos de Quito, Santa Fe, Cuzco y Tucumán, donde se fundaron colegios tridentinos que administraron los jesuitas. Tales espacios educativos en realidad no fueron seminarios conciliares sino reales, es decir, pagados con la Hacienda del rey, y otros fueron mitad regios y mitad tridentinos, solo el de Cuzco tuvo las características de Trento, allí el obispo no perdió su autoridad en la gestión del colegio. Así, Pérez Puente afirma que estos centros de enseñanza para el clero secular fueron utilizados para beneficiar la presencia y proyectos de los jesuitas en América, y será hasta 1660 cuando los diocesanos tomen el control de los seminarios para nunca perderlo.
13Lo que deja en evidencia el libro, es la importancia que tuvieron dichas instituciones educativas para el control de los territorios, el rey apoyó a los obispos en este tipo de fundaciones porque fueron puntos estratégicos, de colonización, de abrir brecha en la evangelización, pero también en la pacificación, sobre todo en lugares como Santigo de Chile, La Imperial y Santigo del Estero (Tucumán). Estos espacios poco habitados necesitaban de cohesión social y espacial, y las parroquias eran un instrumento para ello, pero con una cantidad de curas insuficiente, el Seminario Conciliar se volvió el bastión a partir del cual se nutrió la Iglesia secular para expandirse en el extremo del continente, en los llamados territorios de frontera. Esto explica porque no hay una uniformidad en el establecimiento de los colegios en la América española, pues fueron intereses diversos lo que los definió.
14Las disputas por el control de los seminarios se incrementaron a partir de la cédula real de 1592, la cual ordenaba “al virrey, las audiencias y los gobernadores favorecer y dar auxilio a los obispos para la erección, fundación y conservación de los colegios” (p. 200). Para hacer efectivo ese plan, la Corona buscó obligar a la comunidad de frailes a pagar el impuesto del 3%, pero hubo renuencia de los religiosos, ya que esto implicaría reconocer la autoridad episcopal. Otros deseencuentros al interior de la Iglesia se dieron con los cabildos catedralicios, de hecho esta corporación de seglares se opuso en casi todas las diocesis a la fundación de seminarios. Hasta cierto punto es normal, pues como explica la historiadora de la UNAM, a partir de Trento y de los concilios provinciales americanos, se otorgaron facultades al obispo sobre los prebendados catedralicios, la relación fue tensa durante varios años, hubo una negación constante a pagar para el sostenimiento de los seminarios, el ejemplo más claro sucedió en Lima donde el conflicto entre el arzobispo y el cabildo duró 30 años.
15Otro de los inconvenientes descritos por la autora en el penúltimo capítulo, se refiere a que una vez instalados los colegios, los prebendados querían que los estudiantes sirvieran en la catedral como retribución del dinero que aportaban, cuando el objetivo no era el servicio en la iglesia episcopal “sino profesionalizar la labor del cura de almas” (p. 263). Caso concreto sucedió en Charcas, allí el cabildo catedralicio de La Plata era una corporación muy poderosa, razón por la cual el gobierno de la diocesis recaía en ellos, incluyendo al Seminario Conciliar. Eso se reflejó en que el dinero del seminario se usó para la catedral, y los alumnos se destinaron al canto en el coro, las cosas cambiaron en 1597 con la llegada de un nuevo obispo quien consiguió retomar el control de su jurisdicción y fue así como el seminario dejó de estar supeditado a los capitulares. Algo similar parecía suceder en Valadolid de Michoacán en 1590, la llegada del obispo Alonso Guerra de la Vega, hizo que el colegio de San Nicolás se convirtiera en objeto de disputa entre el mitrado y los prebendados de la catedral. El primero buscaba convertirlo en Seminario Conciliar, pero el patrono del colegio era el cabildo, ceder a las pretensiones de aquel era pervertir la voluntad del fundador Vasco de Quiroga, pues quedarían excluidos los indios de la educación.
16El panorama es claro, los seminarios conciliares como instituciones nuevas fueron en palabras de la autora, “más que solo escuelas para clérigos” (p. 287), vinieron a reacomodar las diferentes fuerzas dentro de la Iglesia en sus respectivas diocesis, en este nuevo organigrama la figura episcopal saldía fortalecida, no sin antes haber desencuentros con otros actores importantes. Ello queda en evidencia si el lector echa un vistazo al anexo documental que acompaña a esta obra, -allí se muestran los autos de fundación, cédulas, estatutos y provisiones sobre la creación y gobierno de los seminarios americanos-, y podrá entender por qué hubo reacciones hasta cierto punto naturales de otras instancias que buscaban defender su antigua jurisdicción. Además, el material muestra algunas piezas inéditas, su utilidad es notoria, pues permite ver la actividad “cotidiana” de un colegio respecto a otro, favoreciendo un estudio comparativo, ya que se transcribieron las reglas y constituciones de San Juan Evangelista de Puebla, San Bartolomé de Santa Fe de Bogotá, San Antonio Abad de Cuzco, San Luis de Quito, Nuestra Señora de la Asunción de Guatemala, entre otros.
17La obra comentada concluye con el capítulo “Tres colegios novohispanos: Guadalajara, Guatemala y Puebla”. Se podría suponer, no sin bases, que la Audiencia de Guadalajara tuvo que ver en la erección del seminario como sucedió en Quito y Santa Fe de Bogotá, sin embargo, ni ellos ni el obispo fueron sus promotores sino el cabildo eclesiástico quien en 1570 decidió su fundación, es decir no nació como un proyecto del episcopado. Fue el primero de la Nueva España, y tal como sucedió en La Plata, “quedó destinado a la formación de mozos de coro y sirvientes de la catedral” (p. 292). Nuevamente resalta la ubicación geográfica, pues estamos hablando del territorio de la Nueva Galicia que para la época fungía como frontera con el resto del septentrión novohispano. Pérez Puente señala que no fue la densidad demográfica de los naturales o españoles lo que motivó su creación, de hecho, Tucumán contaba con mayor población indígena, fueron las buenas condiciones económicas de la catedral de Guadalajara lo que contribuyó al establecimiento del colegio que, dicho sea de paso, inició como una catedra de Gramática Latina, como muchos seminarios peruanos. Una década después dejó de funcionar por no tener una renta fija, y con la llegada del nuevo obispo, se intentó tomar la batuta de la educación para los clérigos, por ello de 1586 a 1588 el eclesiástico decidió encargar a los jesuitas la instrucción en la diocesis. En 1604 cerró, y hasta finales del siglo XVII, el obispo decretaría la fundación del nuevo colegio tridentino, ya con la renta fija del 3% para su sostenimiento.
18Un caso atípico mostrado por la historiadora es el sucedido en Guatemala. El acta de fundación del centro de enseñanza data de 1597, ni el obispo ni el cabildo fueron partícipes en los primeros años de vida del seminario, la Iglesia en general no aportó nada para su sustento. El origen de las rentas determinó el carácter del colegio, y fueron los vecinos de la ciudad y la Corona las fuentes de financiamiento, por esa razón llevó en su título el apelativo de “Real”. En una región en la que hubo una fuerte disputa con los frailes por la salvación de las almas, esta institución sirvió para fortalecer el Patronato y abrir camino al clero secular en el panorama parroquial. Fue hasta 1604 cuando el obispo se hizo cargo del seminario y modificó la forma de financiamiento, lo curas aportaron su cuota pero el cabildo –como sucedió en Lima- se negó a pagar durante 50 años.
19Aunque el título del libro refiere en su periodización al siglo XVI, lo cierto es que también se abordan las primeras décadas de la siguiente centuria. La figura de Palafox en Puebla, destaca por ser el promotor del seminario que se funda en 1644. Este colegio entró en competencia con los colegios jesuitas donde también se formaba el clero diocésano. Nuevamente la autora hace hincapié en ver al seminario como pieza importante en el nuevo orden social que quería imponer el obispo, pues con este centro educativo se buscaba entrelazar el conjunto de instituciones de la Iglesia y seguir avanzando en la secularización de doctrinas. Así, lo que se observa en la fundación del seminario, es un ambiente conflictivo sobre todo por la presencia importante del clero regular en la segunda ciudad más importante del virreinato novohispano. El seminario tuvo una cómoda situación financiera, con una rica biblioteca, y obtuvo muy pronto el privilegio de que sus cursos sirvieran para graduarse en la Real Universidad de México.
20La obra que hoy nos reúne, no es una historia comparada al modo de dos islas analizadas de manera separada y sin relación una con la otra, al contrario, es un trabajo que artícula muy bien las diferentes realidades estudiadas. Tampoco es la tradicional historia de la fundación de instituciones en la que sólo se destaque a los promotores, los conflictos y pareceres de los actores involucrados, es una investigación con un sentido global de la monarquía hispánica, en la que se analiza a la Iglesia secular en una dimesión territorial americana a partir de lo dictado en Trento, para ello el eje conductor son los seminarios conciliares como pieza clave en la configuración del orden social y político en el primer siglo de evangelización y colonización.
21Es una historia de las circunstancias, de los motivos y peripecias que existieron en el establecimiento de estas instituciones educativas encargadas de formar a los curas y párrocos. Entender eso, va más allá de una historia de la educación, es reconstruir el contexto para explicar el desarrollo y la desigual presencia de los eclesiásticos en Hispanoamérica, pero también de los diferentes usos que tuvo el Seminario Conciliar: para el rey fue una manera de fortalecer el Patronato, mientras que los jesuitas los utilizaron como una plataforma para su promoción, para el cabildo catedralicio fue la manzana de la discordia con los obispos y un recurso para hacerse de servicios en la catedral, lo mismo podríamos decir de las Audiencias, de la Universidad y de los diferentes virreyes.
22En suma, es un libro que no se limita a la percela de la historia eclesiástica, es cierto que pone en evidencia cómo con el devenir de los años el obispo va a echar raíces en su jurisdicción y hará valer su poder en estos espacios educativos, con recursos propios de la Iglesia para su sostenimiento. En este juego de poderes, resaltan diferentes escenarios y actores, por ello representa un aporte a la historiografía que no tiene parangón con otras investigaciones sobre los seminarios, pero tampoco existe algo similar para los colegios jesuitas que son los más estudiados. La escala de análisis del trabajo de Leticia Pérez Puente puede servir de modelo metodólogico para futuras publicaciones que busquen ampliar la mirada con una perspectiva conectada. El resultado de la investigación es que en los colegios tridentinos se impartieron cátedras diferentes, no hubo uniformidad en los saberes, pero tampoco fue un espacio exclusivo para la educación del clero, “solo el hecho de que la corporación se sostuviera con rentas eclesiásticas permite diferenciarla del resto de colegios e instituciones” (p. 362), esta característica permanecerá todavía en el siglo XIX y principios del XX, por tanto su lectura es clave si se quiere comprender el pasado y presente de la Iglesia secular en América Latina.
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Pour citer cet article
Référence électronique
Rafael Castañeda García, « Leticia Pérez Puente, Los cimientos de la iglesia en la América española. Los seminarios conciliares, siglo XVI », Nuevo Mundo Mundos Nuevos [En ligne], Comptes rendus et essais historiographiques, mis en ligne le 07 octobre 2018, consulté le 10 septembre 2026. URL : http://journals.openedition.org/nuevomundo/73441 ; DOI : https://doi.org/10.4000/nuevomundo.73441
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