1El contexto actual de Colombia, enmarcado por la transición impulsada por el gobierno de Juan Manuel Santos y el destino del posconflicto, ahora en manos de la administración de Iván Duque, plantea dos retos para la academia. El primero es repensar el Estado. El Acuerdo Final para la Terminación del Conflicto y la Construcción de una Paz Estable y Duradera tiene mucho más que ver con el Estado, que con las FARC. Más allá de desarmar a las FARC, el Acuerdo, y el discurso que lo rodea en ambas administraciones (aunque con marcadas diferencias entre sí), prometen resolver el problema de construcción de Estado en el país. Las partes acordaron, entre otras cosas, construir la infraestructura necesaria para modernizar el campo y combatir la desigualdad; abrir la democracia para nivelar el acceso a la política, para que no sean los “gamonales de siempre” quienes representen los intereses de los colombianos; y lograr el monopolio estatal de la fuerza, de cara a las soberanías de facto de las guerrillas, los paramilitares y los narcotraficantes, lo cual está ligado a la eficacia del sistema jurídico. El hecho de que la discusión entre diversos sectores de la sociedad se haya enfocado de manera desproporcionada en los aspectos del proceso de paz que tienen que ver con la dejación de armas de las FARC, su inserción en la política, y el proceso de investigar, sentenciar y sancionar a los máximos responsables por sus crímenes de lesa humanidad, ha tenido variados impactos. Estos no solamente incluyen el resultado del Plebiscito de 2016 y la elección de un presidente cuyo partido hizo campaña apelando al miedo de los colombianos a que su país se volviera “castrochavista”, sino también el desvío de la mirada crítica sobre el asunto fundamental de repensar el Estado para lograr una paz exitosa.
2El segundo reto es repensar la identidad nacional colombiana, mediada durante tantas décadas por el conflicto armado interno, por una dinámica de ellos/nosotros, por el fetiche de creerse una sociedad violenta, por la vergüenza de ser “el país de la coca y de Pablo Escobar”, y, sobre todo, por emociones como la rabia, el miedo, el resentimiento y una profunda desconfianza hacia el otro. Esto está ligado al primer reto: en Colombia nunca ha habido en realidad una comunidad imaginada, en los términos de Anderson (2006), que integre todas las regiones y todos los sectores de la sociedad. El reciclaje reiterado de la violencia en diferentes formas desde la Independencia ha obstaculizado no sólo la construcción de Estado, sino también la construcción de nación (González, Bolívar y Vásquez 2003).
3El libro de Ana María Forero Ángel El coronel no tiene quien le escuche: una aproximación antropológica a las narrativas militares hace contribuciones importantes a ambos retos. Es una aproximación etnográfica al Ejército colombiano, a su tradición inventada, siguiendo a Hobsbawm y Ranger (1983), a saber, a las narrativas identitarias sobre su propia historia. Forero se internó en la Biblioteca Tomás Rueda Vargas, situada dentro de la Escuela Militar de Cadetes José María Córdova, para empaparse de las formas de narrar la historia de la institución, sus héroes y sus heridas. Además, entrevistó a varios generales y oficiales de alto rango, quienes son fundadores de discursividad, en el sentido foucaultiano (Foucault 1977); es decir, (re)productores de la epistemología militar, constituida mediante los mitos fundacionales contenidos en la biblioteca. Los lectores de la biblioteca son “hombres de armas y de letras” (Forero 2017, 19), con disciplina intelectual, destinados a ser grandes militares. En las palabras de un general entrevistado, no es cualquier soldado quien se vale de la biblioteca para formarse como oficial, sino solamente aquellos “que vengan de familias de cierto relieve social, religiosas, de buenos valores, con recursos para tener libros, bibliotecas, con dinero para viajar y estimular en sus hijos la curiosidad por el mundo, sus orígenes, su historia” (19).
4De esta manera, el libro abre para el lector el fascinante mundo militar, poco accesible para los que no le pertenecen, y revela un microcosmos de la sociedad colombiana, con sus divisiones de clase, educación y raza, provenientes de la época colonial. En este sentido, Forero repiensa el Estado desde una agenda de investigación fundamentalmente antropológica. El Estado, por supuesto, no es una entidad homogénea, sino una multiplicidad de instituciones, y cada una contiene un mundo social compuesto por individuos que también pertenecen a otros campos sociales. Las investigaciones antropológicas sobre el Estado han proliferado en los últimos años (Steinmetz 1999; Blom Hansen y Stepputat 2001; Das y Poole 2004; Sharma y Gupta 2006; Gupta 2012; Mitchell 2006; Navaro-Yashin 2012; Krupa y Nugent 2015; Mathur 2016), y en Colombia ha habido avances importantes en ese sentido (Ramírez 2011; Ocampo 2014; Pellegrino Velásquez 2017; Burnyeat 2017 y 2018). Estas etnografías contribuyen a deconstruir el simplismo que permea el discurso popular de un Estado cosificado. Forero aborda el Ejército en sus propios términos, sin glorificarlo ni condenarlo, solamente buscando comprenderlo, en el sentido planteado por Bourdieu (1999, 626) de comprender, que, si uno estuviera en su lugar, sin duda sería y pensaría como ellos.
5Un retrato etnográfico de cualquier institución de poder presenta desafíos éticos en la escritura. En el caso del Ejército colombiano, este desafío es magnificado. Forero se pregunta, ¿cómo escuchar al otro, cuando ese otro fue victimario en el conflicto armado? ¿Cómo navegar las políticas de representación sin volverse cómplice en las violaciones de los derechos humanos, pero tampoco cayendo en generalizaciones y reproduciendo narrativas políticas acríticas? Este libro es una lección magistral de cómo enfrentar este desafío. Parte desde el reconocimiento de que el Ejército pertenece a una estructura cultural y la reproduce, cuya comprensión no sólo es útil para la academia sino también para el país. La representación se construye sobre una metáfora teatral; el libro está estructurado por Actos, en vez de capítulos, enfatizando el carácter performativo de las narrativas identitarias, el escenario de la biblioteca y la puesta en escena de los encuentros en la Escuela Militar. Este tropo le permite a Forero resaltar las narrativas de los militares como ficciones, en el sentido geertziano de algo construido, históricamente constituido y culturalmente heredado (Geertz 1973). La autora escribe: “Las narraciones en la Tomas Rueda Vargas no son susceptibles de verificación o confutación: son el telón de fondo sobre el que la muerte, la vida, el temor y las esperanzas militares adquieren significado” (125). La representación en forma de obra de teatro permite, en vez de detenerse en el carácter de verdad o falsedad del discurso de los militares, “entender el trasfondo sobre el cual los autores dan significado a su proceder” (126). Esto es más sofisticado que un análisis del Ejército desde la denuncia, o desde el positivismo jurídico, que, en un contexto transicional, es el deber ser de las cortes. Para entender de forma más matizada el papel del Estado en la historia del conflicto armado colombiano y contribuir a repensar el Estado para el posconflicto, la academia debe emprender un acercamiento al mundo humano y social de las diferentes instituciones.
6Una crítica común a las obras que salen del subcampo de la antropología del Estado es que tienden a retratar el Estado sin situarlo en su contexto histórico-cultural. Pero este libro no cae en ese error. A través de la comprensión de las narrativas militares, Forero muestra un espejo que ilumina aspectos de toda la cultura colombiana, en especial su carácter muchas veces olvidado de sociedad poscolonial.
7El “Acto I” del libro explora la representación de la colonización y el “proceso civilizatorio” en las narrativas militares. Una diferencia clave entre América Latina y los países colonizados por Inglaterra en el Sur Asiático es que los españoles se reprodujeron con las mujeres indígenas, penetrando, literalmente, en los pueblos americanos con sus genes, su cultura y su idioma. En cambio, en la India y Paquistán no hubo tanta procreación, y los idiomas locales existen hoy al lado del inglés. En la narrativa militar, este proceso dio origen a la raza mestiza, y el encuentro colonial se da entre “unas élites iluminadas, blancas, que debían gobernar una gran masa mestiza poco inteligente, perezosa y ladina” (36). Este encuentro se traslada al cuerpo mismo del soldado colombiano, en el que el lado blanco, equilibrado, europeo y racional debe “controlar sus propios instintos violentos” (28) y dominar su lado mestizo, animal e indisciplinado. Esta tensión —en los cuerpos y en la vida social— entre lo blanco y lo mestizo reproduce una jerarquía social, donde la raza y la clase se entrecruzan dentro del Ejército. En los relatos históricos de la biblioteca:
[…] se ve la posición que cada grupo poblacional debía ocupar en la sociedad: los españoles de bien, representantes de la moral y de la razón, ocupaban los mejores puestos políticos y los grados más altos en el escalafón militar. Los indios civilizados ocupaban los puestos de servidumbre y constituían las bases de la tropa, mientras que los mestizos constituían un enorme sector de la población que debía ser transformado, su naturaleza debía ser reprimida para garantizar que pudieran respetar los valores hispanos y dejaran de ser un obstáculo en la civilización de los pueblos americanos. (37)
8Simón Bolívar, a su vez, es interpretado como un hombre excepcional que logra superar su propio mestizaje. Según un general entrevistado, Bolívar tenía “todas las características para ser un militar que podía sucumbir a la pereza, a la indisciplina”, pero era “lector y estudiante de Locke, Rousseau y Voltaire, estuvo bajo la influencia de valores que lo acercarían a la disciplina y a la racionalidad europea” (50). Con Bolívar nace otro tropo que sigue reproduciéndose hasta hoy: la falta de respeto de las élites gobernantes por el conocimiento del Ejército. Bolívar conocía el país y entendía cómo debía ser gobernado, pero la clase política era miope, y de manera reiterada postergó la modernización del país, indiferente frente al destino de la nación, y trágicamente incapaz de pensar en el interés del bien colectivo, en una comunidad imaginada colombiana.
9El “Acto I” constituye una extraordinaria exposición de las raíces históricas de los supuestos raciales que persisten en la cultura colombiana de hoy. Esta persistencia se evidencia en un “Intermedio”, en el que un general le explica a Forero que:
[…] en el aprendizaje de la historia puede uno sentirse miembro de esta institución. […] Acá uno puede leer sobre Bolívar, Reyes y otros ilustres personajes, y puede también ver a estos jóvenes mestizos, imperfectos, perdiendo el tiempo sin caer en cuenta del tesoro al que pueden acceder. (85)
10Estos jóvenes reciben órdenes y le dicen “sí, mi General”, pero luego no cumplen, dice, concluyendo que “El soldado colombiano tiene el legado del mestizaje, a él no le sirve la ceremonia, a él le sirve aprender a obedecer” (85).
11El “Acto II” retrata otros hitos, como la pérdida de Panamá y el conflicto de las bananeras, en los que el Ejército es reiteradamente utilizado por unas élites civiles que “no han sabido respetar las funciones de la institución”, según un general (63). En su interpretación de estos hitos históricos, los militares resaltan la incapacidad de los gobernantes para concebir proyectos nacionales, y revelan su emocionalidad frente a ser una institución odiada y malentendida por la sociedad colombiana. Este “Acto” es “una historia de heridas”, por la constante traición de parte del gobierno. Cada vez que el Ejército llega a pacificar una zona, el Estado más adelante no hace presencia con vías, educación y salud (75), y es el Ejército el que representa el Estado fracasado en el territorio, recibiendo el reproche de la sociedad. Pero también hay momentos de gloria, retratados en el “Acto III”, que evocan elementos de una identidad democrática, anticomunista y fuerte, como la guerra contra Perú (1932), la participación en la guerra de Corea (1950-1953) y el gobierno de Rojas Pinilla (1953-1957).
12El “Acto IV” explora la representación del comunismo y las luchas guerrilleras en las narrativas militares. Durante el siglo XX, los altos mandos militares llamaban constantemente a los gobiernos “a abandonar las luchas partidistas y a concentrarse en llevar a todo el territorio nacional empleo, educación y salud” (108), porque identifican la pobreza como causa de la violencia. El comunismo echa raíces debido al abandono social, pero “los gobiernos siguen siendo sordos a las necesidades del pueblo y los colombianos abandonan a su Ejército y caen en manos de la manipulación comunista” (109). En su interpretación de la historia del conflicto armado reciente, una y otra vez el Ejército recupera territorios mediante operaciones de pacificación, devolviendo la tranquilidad a los colombianos, pero el gobierno indiferente no llega para construir Estado y modernizar la nación. Una y otra vez, el Ejército es usado como “apagafuegos”, en las palabras de un general: “De fuerza que debe ir y apagar un brote guerrillero y después alejarse de la zona, sin opinar, sin decir nada” (114). Su moral decae y crece la herida ante el cinismo del gobierno y la incomprensión de la sociedad colombiana.
13La interpretación militar de las luchas guerrilleras difiere sustancialmente de la interpretación de otros sectores de la sociedad, por su involucramiento directo en el combate y en las regiones más afectadas por la pobreza, el abandono y el conflicto. Esto informa su percepción de los diálogos de paz de La Habana, tratada brevemente por Forero al final del “Acto IV”. Sería valioso que futuras publicaciones exploren desde esta perspectiva íntima el complejo entramado de significados de los militares en el proceso de paz, en especial con relación a las afiliaciones y tendencias políticas de mandos altos y retirados influyentes.
14Si el libro permite entender el discurso hegemónico de la tradición inventada del Ejército colombiano, también permite ver las grietas en su epistemología. Forero dice, “basta alejarse unos cien metros de la Biblioteca y la coherencia de la puesta en escena se resquebraja” (125), y describe un encuentro con un soldado afuera de la biblioteca, quien le cuenta por qué entró en el Ejército:
Yo estoy en el Ejército porque quería una vida distinta a la de mi hermano. Él se fue pa’ la guerrilla, un compañero de él nos dijo que lo mataron, pero que no nos iban a entregar el cuerpo. Vaya usted a saber por qué. Yo entré acá porque me dan comida y, así sea en el monte, tengo un lugar donde dormir, y sobre todo si me muero le entregan el cadáver a mi mamá, que me puede llorar y enterrar. (124-125)
15Los soldados mestizos, tan criticados por los generales por su “pereza” y falta de interés en la gloriosa historia de su institución, son simplemente “carne de cañón” (124). Este microcosmos es el espejo de una sociedad desigual, dividida por un sistema de clases heredado de la Colonia y fundamentalmente criolla, pero que poco se ha comprendido como tal todavía.
16En suma, este libro abre múltiples caminos para repensar de forma crítica la aproximación al Estado y a la identidad nacional. Es una lectura clave para la antropología del Estado y la antropología de las instituciones de poder, para la historia del Ejército y del conflicto armado colombiano, e invita nuevas agendas de investigación para los estudios transicionales, los estudios de paz y los análisis de la identidad nacional colombiana y latinoamericana desde los enfoques de poscolonialismo y de raza.