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2026

¿Qué significa «cuidado» en el Antropoceno?

Que serait le soin à l’heure de l’Anthropocène ?
What does “care” mean in the Anthropocene?
María Grace Salamanca González
Cet article est une traduction de :
Que serait le soin à l’heure de l’Anthropocène ? [fr]
Autre(s) traduction(s) de cet article :
What does “care” mean in the Anthropocene? []

Résumés

Cet article inaugure une réflexion sur ce qu'impliquerait de penser les soins dans le contexte de crises écosociales qui affligent aujourd'hui la planète. Les études transdisciplinaires sur l'Anthropocène ont modifié les critères épistémiques de réflexion sur nos mondes. À partir d’une conceptualisation particulière de l’Anthropocène en lien avec la santé, cet article propose une réflexion sur la construction du diagnostic et sur la nécessité d’une pluralisation des approches thérapeutiques et des pratiques de soin. Dans un deuxième temps, s'inspirant de la médecine sociale latino-américaine, ce texte établit un lien entre l'épidémiologie socioculturelle, la santé collective et les études sur l'Anthropocène.

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Texte intégral

Introducción

1¿Para qué molestarse en imaginar el cuidado en el Antropoceno? La fragilidad de la vida humana y los retos para la salud ya parecen suficientemente complicados por sí mismos. Además, el cuidado se desarrolla en condiciones sin resolver: ¿para qué añadir neologismos a la mezcla? Sobre todo cuando ya disponemos de bastantes «One Health», «salud planetaria», «salud comunitaria» y «salud colectiva». ¿Qué sentido tendría replantearse el cuidado en relación con las diversas crisis de habitabilidad que amenazan las vidas y la propia posibilidad de la vida en la Tierra?

  • 1 Una posición situada de producción de conocimiento que articula dimensiones geográficas, sociales, (...)

2Este texto es una propuesta que me parece indispensable desde mi lugar de enunciación1 (entendido como una posición situada geográfica, social, histórica y existencialmente) con el objetivo de asumir la responsabilidad sobre nuestras acciones en el planeta, incluidas aquellas mediante las cuales preservamos nuestras vidas. Al imaginar el cuidado en la era del Antropoceno, deseo introducir en el debate las crisis de habitabilidad y la distribución desigual de los riesgos, los tratamientos y los lugares de atención. En otras palabras, deseo establecer un vínculo entre el cuidado, el Antropoceno y lo que percibimos como «nuestros verdaderos problemas de salud». Estos problemas dependen en gran medida de quiénes somos: si vivo en Francia y tengo acceso gratuito al sistema sanitario, además del reembolso de los gastos médicos, podría pensar que los problemas de salud se limitan a los desiertos médicos, al equipamiento hospitalario, a la resistencia a los antibióticos y a las condiciones laborales del personal sanitario. Sin embargo, incluso en países con sistemas sanitarios bien desarrollados, ciertas poblaciones se enfrentan a importantes barreras para acceder a los servicios biomédicos, mientras que en otros contextos estas dificultades pueden ser aún más pronunciadas. Además, si viviera en una región como Cerro de Pasco, en Perú, donde la minería a gran escala ha provocado una contaminación a largo plazo con importantes consecuencias para la salud de las poblaciones locales, quizá contaría la historia de otra manera. Quizás los problemas de salud que destacaría en ese caso se centrarían más en los efectos de la contaminación, la exposición a metales pesados y las desigualdades generadas por las redes globales de extracción que hacen posible la atención hospitalaria de alta tecnología en ciertos lugares. Por lo tanto, replantearse la asistencia sanitaria a la luz de las crisis de habitabilidad es una necesidad global que se realiza de forma diferenciada. Las respuestas extraídas exclusivamente del ámbito de la biomedicina, la ciencia moderna o el Norte Global no son suficientes.

3Dicho esto, mi punto de vista no es el único factor que da forma a esta reflexión, y lo que sigue no pretende ser una historia completa de la salud ni de la resistencia a la biomedicina en todo el mundo. Existe una tendencia impuesta por la colonialidad del saber (Lander, 2000) que plantea la posibilidad de generar explicaciones universales, exhaustivas y enciclopédicas. Esta propuesta no es moderna; este texto se construye según la teoría decolonial, a la luz de la historia intelectual de mi región, América Latina. Se trata de nuestra propia historia (Mignolo, 2003). Dicho esto, el hecho de que esté escribiendo este texto en francés implica que también estoy proponiendo un diálogo que va más allá de mi propia cultura —donde todo queda por construir— a través de relaciones e intercambios (Glissant, 2009). Existe una tensión — que puede resultar fructífera— entre el respeto por lo particular y el pensamiento situado, por un lado, y los imperativos del pensamiento universalista, por otro. Desde el punto de vista epistemológico, me enfrento a una pregunta recurrente en los estudios sobre las crisis: ¿cómo podemos conciliar la atención a las particularidades locales con la comprensión de las dinámicas globales que configuran las crisis ecosociales?

4El Antropoceno marca un momento en la historia de la Tierra en el que los seres humanos se convierten en una fuerza cuyas acciones amenazan la habitabilidad del planeta —e incluso la propia posibilidad de vida en él—. En este contexto, el Antropoceno funciona como un «concepto-acontecimiento», en el sentido de que da lugar a nuevas conversaciones y formas de diálogo (Lussault, 2018). Ofrece una oportunidad para replantearnos las condiciones bajo las cuales las vidas y las muertes —tanto humanas como no humanas— se consideran aceptables a escala global.

5Una segunda contradicción se deriva del hecho de que, en mi región (América Latina), la mayoría de la gente se muestra escéptica ante el concepto del «Antropoceno» por varias razones. La más citada es de carácter moral: no todos somos responsables de las crisis (ecológicas, económicas, climáticas, coloniales, entre otras). Aunque esto tiene el mérito de suscitar un debate importante, mi enfoque es más práctico. Para mí, lo que importa no es tanto determinar quién es responsable o cuál es el concepto universal más adecuado para describir nuestra era (Kaltmeier et al., 202б). Me sumo a este debate con el objetivo de reconocer el sufrimiento y explorar alternativas al «modo de vida imperial» (Brand y Wissen, 2021).

6Repensar el cuidado en el Antropoceno es, de hecho, un ejercicio de imaginación y previsión impulsado por el deseo de restauración. Implica cuestionar las formas en que habitamos la Tierra, en particular los efectos que nuestras concepciones de la vida humana, la salud y el cuidado tienen sobre el sistema terrestre a escala global. Lo que importa son las acciones que puedan derivarse de este intercambio, más que la precisión epistémica moderna sobre el tema (Latour, 2015; Morton, 2013).

7La precisión epistémica derivada de los estudios sobre el Antropoceno subraya que la cuestión no se limita a términos disciplinarios. No es meramente un asunto de medicina, antropología o sociología de la salud, sino que exige una perspectiva transdisciplinar o postdisciplinar que implica un descentramiento de la salud humana, que históricamente se ha modelado, de hecho, a partir de la figura del hombre moderno del Norte Global (Disdier y Herrmann, 2021; Kaltmeier et al., 202б; Lussault, 2024; Salamanca González, 2023).

8Para desarrollar esta línea de pensamiento, he elegido dos temas clásicos en el ámbito de la atención sanitaria. Por un lado, interpretación de los males y la construcción de los diagnósticos; por el otro lado, la construcción de lo que será interpretado y validado en tanto que terapéutico. Esto con el objetivo de compartir una mirada sobre el cuidado en el Antropoceno desde la perspectiva de la salud colectiva latinoamericana.

La construcción del diagnóstico

9Cuando pensamos en la salud, ¿qué nos viene a la mente? ¿La enfermedad? ¿Los hospitales? ¿Los tratamientos? ¿Cuál es el propósito de la salud? ¿Tratar enfermos? ¿Curar las enfermedades? ¿Prevenirlas? ¿Prolongar la vida? ¿Evitar la muerte?

10En América Latina, siguiendo la perspectiva de la medicina social y la salud colectiva (Asociación Latinoamericana de Medicina Social y Salud Pública, 1984; Granda, 2004), creemos que es importante distinguir entre el daño que se puede prevenir y el daño que es inevitable. Entre lo que se puede tratar —e incluso curar— y lo que solo se puede aliviar. Esto nos permite centrar nuestros esfuerzos y recursos en lo que se puede abordar, más allá del imperativo ético de establecer la evitabilidad del daño como referente para las decisiones de salud (Hersch Martínez y Salamanca González, 2021).

11En este contexto, los cuidados no buscarán prolongar la vida indefinidamente, sino que tendremos que imaginar, crear y establecer las condiciones de lo que constituiría una vida digna y de lo que constituiría una muerte aceptable (Hersch Martínez y González Chévez, 2011). A la inversa, se trata de definir qué no se consideraría una vida digna y qué muertes serían inaceptables. Esto implica que no podemos separar nuestra conceptualización del cuidado —y menos aún su aplicación— de la ética que conlleva (Molinier y Paperman, 2020). Así, la evitabilidad del daño (Hersch Martínez, 2013) nos parece un criterio importante para el cuidado; y el primer daño inevitable requiere aceptar la vulnerabilidad y la mortalidad humanas, aceptar el fin de la vida.

12Lo que ocupará el centro de los cuidados no será la muerte ni la enfermedad, sino la experiencia de vivir. En América Latina, este valor moral se reconoce en la expresión «ponemos la vida en el centro» (Granda, 2000, 2004). En otras palabras, esta conceptualización del cuidado tiene menos que ver con la incidencia de la muerte y la enfermedad que con las condiciones y experiencias particulares del vivir, lo que abre las dimensiones afectivas, simbólicas y éticas del cuidado. Por «experiencia de la vida» no me refiero a la vida en su dimensión fenomenológica ni siquiera biográfica, sino más bien a las configuraciones históricas, sociales e imaginarias que dan forma a las maneras de habitar el mundo. Lo que está en juego no es tanto la experiencia vivida de los individuos como las formas colectivas a través de las cuales una época organiza las posibilidades mismas de lo que significa habitar la Tierra de manera humana.

13Para indicar la integración de la dimensión moral, la dimensión afectiva y el trabajo que implican las actividades de cuidado, utilizo el término inglés «care» o «cuidado» en español, que implica las dimensiones afectiva y cognitiva presentes en la preocupación por prestar atención, percibir y sentir —en el acto de dejarse afectar por la situación (en relación con las personas presentes, dentro del contexto)—, así como una segunda dimensión de respuesta adecuada a las necesidades detectadas y las expectativas percibidas (Held, 200б; Molinier, 2013).

14Hago hincapié en la dimensión perceptiva del cuidado porque, tanto para la persona que sufre dolor como para el personal asistencial, una dolencia solo puede tratarse si se percibe (Molinier, 2022). En consecuencia, la estrategia más poderosa para denegar el cuidado —el antónimo de «cuidado»— no consiste en infligir daño directamente, sino más bien en la falta de atención, la falta de «cuidado», que se ha conceptualizado como la indiferencia y la irresponsabilidad de los privilegiados (Tronto, 1993)—, aquellos que, precisamente, pueden no percibir las necesidades de los demás, en particular de quienes son diferentes o más vulnerables (Molinier, 2013, 2018).

15¿Qué enfermedades se estudiarán? ¿Qué criterios culturales para interpretar el sufrimiento se reconocerán? Por ejemplo, en muchas naciones preexistentes de Abya Yala no existe distinción entre dolencias físicas y emocionales. Es posible enfermar —e incluso morir— a causa de la ira, la vergüenza o la desesperanza (Hersch Martínez y González Chévez, 2011).

16¿Cómo se desarrollan esos sufrimientos? ¿Cómo pueden conducir a la muerte? En la era del Antropoceno, ¿cómo podemos permitir que la Tierra siga contaminada —una situación que pone en tela de juicio la propia habitabilidad del planeta— mientras repetimos el eslogan de que ser realista implica ajustarse a la lógica de mercado (Comas, 2015), que incluso domina el acceso a la asistencia sanitaria y su asequibilidad en todo el mundo?

17¿En qué medida esto constituye un problema de salud pública? ¿En qué sentido el impacto del Antropoceno —en la medida en que supone una amenaza para la vida en la Tierra— es un problema de salud pública? Nótese que no utilizo el tiempo futuro, porque los males vinculados a las crisis de habitabilidad —que podrían clasificarse como propios del Antropoceno— están matando y han matado, y ya están enfermando a tantas poblaciones en todo el mundo (Kitmann et al., 2025). Las olas de calor extremo causan muertes, agravan las enfermedades cardiovasculares y respiratorias, y afectan especialmente a las poblaciones más vulnerables. Las sequías, las inundaciones y los ciclones tropicales destruyen hogares, infraestructuras sanitarias y medios de vida, al tiempo que contribuyen al desplazamiento forzoso de la población y a la inseguridad alimentaria (Lussault, 2024; Raju et al., 2022). El informe sobre el estado del clima mundial de la Organización Meteorológica Mundial destaca que los fenómenos climáticos extremos que se produjeron en 2024 provocaron el mayor número de nuevos desplazamientos registrados en seis años y contribuyeron al agravamiento de las crisis alimentarias en varias regiones del mundo (Organización Meteorológica Mundial, OMM, 2025).

18Para la epidemiología sociocultural latinoamericana, es necesario centrarse en la colonialidad como mecanismo de poder que conlleva una jerarquía naturalizada (Castro Gómez, 2000). Esta jerarquía estructura la atención que se presta a los dolores y al sufrimiento, así como su tratamiento, basándose en criterios como la edad, nacionalidad, lugar de residencia, clase social, color de la piel o el origen étnico. La colonialidad actúa como un mecanismo patogénico estructural (Hersch Martínez, en prensa), que inflige determinados daños basados en criterios sociales, que la salud pública considera determinantes sociales de la salud y que generan desigualdades en la atención sanitaria.

19La pregunta planteada —«¿Cómo sería el cuidado en el Antropoceno?»— nos obliga, por tanto, a examinar a qué prestaremos atención: ¿qué dolores se percibirán, se reconocerán y, por lo tanto, se tratarán? ¿Qué diagnósticos serán imposibles de establecer? ¿Se puede reconocer como enfermo a alguien por vivir en un entorno tóxico?

20¿Se puede reconocer como enfermo a alguien por falta de tiempo? ¿Se puede reconocer como enfermo a alguien a causa del extractivismo? ¿Se puede considerar a alguien enfermo por sufrir ecoansiedad? ¿Puede el ruido enfermarnos ? ¿Pueden los olores enfermarnos? Y, además, ¿constituyen las muertes de activistas que defienden territorios y formas de vida amenazados un problema que exigirá nuestra atención? En otras palabras, ¿qué formas de sufrimiento son susceptibles de atraer nuestra atención y, potencialmente, impulsarnos a abordarlas y tratarlas y, por el contrario, qué formas de sufrimiento ignoraremos, normalizaremos y, en consecuencia, pasaremos por alto?

21Repensar la construcción del diagnóstico en la era del Antropoceno implica reevaluar el sufrimiento basándonos en las sensibilidades de las personas y en los contextos desde los que se expresan. Si el «cuidado» implica adaptarse a circunstancias variables —no solo a escala biológica o material, sino también de formas específicas por su carga emocional—, entonces la personalización de los diagnósticos es una vía prometedora para el cuidado en el Antropoceno. Esta personalización implica la adaptación emocional y cultural de las acciones y decisiones de cuidado (Kleinman, 1988, 200б, 2013; Kleinman y Benson, 2004).

Hacia la diversificación terapéutica

22Para esta sección, propongo un enfoque diferente. Comencemos por preguntarnos: ¿Qué es lo que realmente cura? ¿Los principios activos? ¿Los placebos? ¿Los gestos terapéuticos? ¿Los extractos totales? ¿La atención? ¿La adherencia al tratamiento? La respuesta dependerá de lo que consideremos que es el objetivo del cuidado. ¿Será prolongar la vida, prevenir la muerte o mejorar la calidad de vida? En función del objetivo de la atención, se definirán y determinarán los remedios y el contexto en el que ofrecerse. Por ejemplo, ¿cuáles serán los mejores entornos para la atención? ¿Es el hogar privado el espacio principal para la atención, o se trata más bien de los espacios públicos o las clínicas (Barúa Caffarena, 2023)?

23Además, replantearse los enfoques terapéuticos en el Antropoceno implica vincular múltiples escalas, lo que requiere romper con los hábitos arraigados para reflexionar sobre estas cuestiones (Granda, 200б). Por ejemplo, esto exige volver a tomar en serio la diversidad biológica y cultural como terreno fértil para respuestas diversas al fenómeno del sufrimiento humano (Hersch Martínez, 2000, 2012; Hersch Martínez y González Chévez, 2011). También podría implicar tomarse en serio la accesibilidad de los propios remedios como criterio para juzgar la eficacia terapéutica (preguntándose quién tendrá acceso a las supuestas soluciones) (Hersch Martínez, 2000). O podría implicar reflexionar sobre la posibilidad de sobrepasar los límites planetarios (Steffen et al., 2015) al imaginar «el futuro» de la asistencia sanitaria: ¿hay suficientes materiales disponibles para la atención hospitalaria de alta tecnología como para considerar esta vía como el futuro de la terapéutica? Además, ¿cuáles son los costos en el Sur Global del extractivismo y las contaminaciones que engendran la obtención de los materiales de la tecnología ensalud?

24En otras palabras, no todos somos «modernos» (Latour, 1991), lo que significa que no todos podemos reducirnos a la biomedicina occidental. Esto no solo se debe a que interpretamos la vida, la muerte y el dolor de manera diferente, sino también a que el acceso a los recursos para el tratamiento no es el mismo en todas partes. En el Antropoceno, debemos dejar claro que no disponemos de un planeta capaz de sostener proyectos biomédicos hospitalarios de la misma manera en todas partes del mundo, y que la implantación de tecnologías sanitarias en el Norte Global tiene un costo —en términos de salud— para el Sur Global.

25Es urgente replantearse las condiciones en las que se lleva a cabo el trabajo de cuidados para situar la vida —todas las vidas— en el centro de nuestros proyectos colectivos (Molinier, 2013). ¿Cuál es la duración ideal de una consulta —no la que se considera rentable, sino la necesaria para prestar cuidados, para prestar buenos cuidados —? ¿Cómo, entonces, puede el personal sanitario trabajar en turnos continuos? ¿Cuánto valen los cuidados? ¿Qué tipo de relaciones humanas dentro de las administraciones de las instituciones sanitarias harán posible la prestación de cuidados? ¿Qué es lo que realmente importa en los cuidados? (Pierron et al., 2018).

26Reimaginar la terapéutica en el Antropoceno implica también definir claramente los sistemas de valores. La práctica terapéutica debe concebirse a nivel individual para satisfacer las necesidades específicas de la persona atendida, pero, al mismo tiempo, no podemos separar las elecciones y acciones individuales de sus posibles efectos globales (Lussault, 2018). Debemos asumir la responsabilidad, a escala colectiva y global, de nuestras elecciones terapéuticas.

27Por último, en América Latina hemos sido testigos de que existen otras formas de terapia posibles. Me refiero a lo que se denomina «medicina tradicional», un término acuñado por el marco de conocimiento colonial, que da por sentado que la biomedicina occidental no tiene tradición. Con demasiada frecuencia, esta medicina indígena se ha interpretado como atrasada, ineficaz, obsoleta y sin suficiente base científica (Hersch Martínez, 2000). En este marco, la resiliencia, la existencia y las vidas de las comunidades—que han sido abandonadas por la biomedicina— no se consideran prueba suficiente de la eficacia terapéutica de sus prácticas para la salud. Una de las estrategias empleadas por estas comunidades —que han logrado sobrevivir a pesar de la intención expresa de exterminarlas—ha sido recurrir a sus conocimientos y recursos bioculturales locales para sustentar sus vidas y hacer frente tanto a las enfermedades locales como, además, a las enfermedades importadas. Es importante destacar que la diversidad terapéutica, así como el retorno a los recursos locales (tanto para interpretar como para abordar el daño), pueden ofrecer vías para sustentar la vida humana al tiempo que se preserva la habitabilidad del planeta (Hersch Martínez, 2000; Hersch Martínez y González Chévez, 2011).

La salud colectiva en el Antropoceno

28Reimaginar el cuidado en la era del Antropoceno implica ir más allá de los marcos disciplinarios; implica imaginar la integración del contexto socioambiental —no solo en los ámbitos de la alimentación, las formas de habitar el planeta y los enfoques para interpretar el sufrimiento o los enfoques terapéuticos —, sino también concebir su distribución de formas que trasciendan criterios como la geografía, la clase, la etnia, etc. (Prévot et al., 2024)

29Esforzarse por repensar el cuidado en el Antropoceno requiere un cambio intelectual que puede parecer contradictorio: por un lado, debemos tener en cuenta los posibles efectos globales de nuestras decisiones y, por otro, el pensamiento situado también es indispensable (Haraway, 1988; Ribeiro, 2023). Dicho esto, el pensamiento decolonial nos invita a ir más allá del universalismo eurocéntrico del conocimiento; es decir, a romper con el imperativo de una historia única y totalizadora (Antonacci, 201б; Lander, 2000; Quijano, 1992). Este texto no pretende ofrecer una perspectiva histórica globalizadora, sino que busca abrir un debate que —si compartimos la sensación de urgencia de estas crisis— resulta apremiante, con la esperanza de imaginar formas de vida compatibles con los límites planetarios (Steffen et al., 2005, 2015). En otras palabras, su enfoque se dirige hacia el futuro que puede construirse a través del diálogo, y el primer paso que se sugiere es establecer una justicia epistémica que permita la pluralidad de futuros posibles para las numerosas vidas que habitan la Tierra (Salamanca González, 2023).

30Para imaginar futuros, podemos inspirarnos en la epidemiología sociocultural, que, desde sus inicios, ha planteado este tipo de integraciones para identificar los riesgos para la salud y su distribución (Granda, 200б). Lo que propongo aquí va aún más allá: implica vincular la experiencia individual del sufrimiento, la dimensión local de los cuidados y sus posibles efectos (y quizás causas) globales. Esto requiere una reconceptualización de la diversidad de percepciones del daño y de la diversidad de remedios. En resumen, entre la epidemiología sociocultural y los estudios sobre el Antropoceno, propongo que tengamos en cuenta la diversidad humana.

31Por último, otra vía para esta reflexión sería plantearnos la pregunta «¿Qué es el cuidado?», tomando como punto de partida la vulnerabilidad de la vida en el planeta y la interdependencia generalizada.

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Notes

1 Una posición situada de producción de conocimiento que articula dimensiones geográficas, sociales, históricas y existenciales. Por lo tanto, se refiere no solo al lugar desde el que hablo, sino también a las experiencias, los legados y las relaciones de poder que sustentan este discurso.

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Pour citer cet article

Référence électronique

María Grace Salamanca González, « ¿Qué significa «cuidado» en el Antropoceno? », VertigO [En ligne], Débats et Perspectives, mis en ligne le , consulté le 08 octobre 2026. URL : http://journals.openedition.org/vertigo/56446 ; DOI : https://doi.org/10.4000/16pw5

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Auteur

María Grace Salamanca González

Profesora de bioética, antropología médica e interculturalidad, Departamento de Historia y Filosofía de la Medicina, Facultad de Medicina, Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), correo electrónico : msalamanca@facmed.unam.mx

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Droits d’auteur

CC-BY-NC-ND-4.0

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